Actualizado: 23/11/2017 16:24
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Ciclón, Literatura, Hemingway

«Cada vez que me acuerdo del ciclón»

Esta relación calvinista de castigo, voluntad y trabajo frente a un fenómeno atmosférico; ese esfuerzo pragmático por regular el caos al no poder impedirlo es ajeno a la mentalidad caribeña, donde el ciclón es melodrama, pero también jolgorio

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Para Hemingway la mejor manera de pasar un ciclón es con una botella de ron a mano y el oído atento a las noticias —si uno tiene una radio de batería— luego de asegurar puertas y ventanas con tablones y clavos.

Pese al tiempo transcurrido desde el descubrimiento de América, las tormentas tropicales no han perdido por completo su carácter exótico.

Crean temor e incluso pánico, pero también producen una mezcla de impotencia y desafío: se almacena desde agua hasta embutidos, que si no se comen rápido terminan podridos a los pocos días de faltar la energía eléctrica.

Nos hacen más dependientes de los otros (socorristas, bomberos, policías, brigadas de limpieza, reparadores de líneas energéticas y sistemas de comunicación), pero al mismo tiempo despiertan el afán de protegernos por medios propios y comprar incluso una planta eléctrica para la vivienda si contamos con el dinero necesario.

Se repiten año tras año y siempre se hace necesario volver a emitir las órdenes de evacuación, imponer toques de queda y sacar a la calle más policías.

El paso de un huracán es fortuito, inevitable e incierto. No importan los avances tecnológicos, cualquier ciclón puede sorprender con su recorrido. Lo más que ha llegado el hombre es a prolongar la espera. Porque cuando este llega, solo cabe buscar refugio.

Todo el aparataje de los servicios de emergencia de los gobiernos locales, los pronósticos cada pocas horas, los políticos brindando conferencias de prensa y los reporteros de televisión informando empapados por la lluvia —con sus cuerpos sufriendo el azote del viento— es para ayudarnos en nuestra soledad frente a la tempestad.

Un ciclón nos hace sentir pequeños, débiles, abandonados.

Ese alarde de fuerza de la naturaleza abre las posibilidades a que los hombres se ayuden y se dediquen al saqueo. Somos mejores y peores. Una tragedia para unos y una bonanza para otros. Miseria y oportunidad. Pérdida y ganancia.

En Estados Unidos, cualquier ciclón es motivo de alarma, ruegos y pérdidas millonarias. Solo da cabida a la tragedia y la esperanza.

Esta relación calvinista de castigo, voluntad y trabajo frente a un fenómeno atmosférico; ese esfuerzo pragmático por regular el caos al no poder impedirlo es ajeno a la mentalidad caribeña, donde el ciclón es melodrama, pero también jolgorio.

Causa de naufragios, una tempestad tropical da inicio y título a la última obra de teatro de Shakespeare, e inicia un debate cultural y político que sobrevive en nuestros días. Pero ni ella ni su equivalente en las antípodas —el tifón, que sirvió a Joseph Conrad para una novela— alcanzan la grandeza bíblica del diluvio o la frecuencia literaria de la tormenta de nieve.

El huracán es cosa de dioses primitivos, tema de etnólogos como el cubano Fernando Ortiz y solo capaz de atemorizar al gánster en decadencia, Johnny Rocco en Key Largo.

No es que el número de muertes ocasionadas por los ciclones sea despreciable, sino que a este se le tiende a asociar con islas, naciones subdesarrolladas y pueblos pobres.

Solo en Estados Unidos se rompe en ocasiones ese nexo.

No siempre: los cientos de norteamericanos que murieron en 1935, principalmente en los cayos Matecumbe, eran veteranos de la Primera Guerra Mundial; pobres diablos que trabajaban en la construcción de la autopista destinada a unir a los cayos floridanos con la tierra firme, como parte de un proyecto federal destinado a combatir la miseria causada por la recesión económica.

Una casa móvil, un techo de tejas, una vivienda de madera: todas desaparecen. Como los terremotos, aunque con menor sorpresa e indiferencia, el ciclón es clasista por naturaleza.

Por esa razón William Faulkner prefiere una inundación del Mississippi —y su vinculación con el diluvio universal— para una de las historias entrecruzadas de la novela Las Palmeras Salvajes. La relación entre el prisionero y el fenómeno natural, que es a la vez liberación; causa circunstancial que le permite convertirse en un héroe y obstáculo temporal frente a su deseo de volver a la cárcel —libre de cualquier responsabilidad: el lugar donde paradójicamente se ha adaptado a vivir y se siente seguro— tiene un carácter existencial que va más allá del tema social.

Hemingway es quien hace referencia al ciclón de 1935 en Tener o no Tener, su novela más “comprometida” y también una de sus narraciones más flojas.

Otra tempestad, que azotó a pocos kilómetros de la costa de La Habana la noche del 8 de septiembre de 1919, y provocó el naufragio del buque español Valbanera en el estrecho de la Florida, le sirvió para contar una historia de pillaje en el cuento Después de la Tormenta.

El autor de El Viejo y el Mar —según Norberto Fuentes— practicaba una aproximación bélica ante cualquier ciclón cubano, al cual catalogaba de “enemigo”, en una anticipación norteamericana y doméstica a Fidel Castro.

Para los cubanos antes de Castro tomar el poder —al menos antes del paso del Flora en 1963— la llegada de los ciclones era motivo de fiesta y causa de calamidades; todo mezclado en una actitud irreverente e irresponsable. En la década de los cincuenta, las mujeres aprovechaban la ocasión para salir a la calle con pantalones ajustados.

Así describe Guillermo Cabrera Infante la situación en La Habana, tras la amenaza de un ciclón en 1952: “Todavía estaban en las calles las señales del ciclón que no ocurrió: vidrieras con tablas y una que otra ciclonera. (Se llamaba en Cuba cicloneras a las mujeres que salían a la calle en pantalones en cuanto había la menor señal de ciclón, ocasiones que eran para todos una extraña combinación de fiesta y de infausto)”.

Años antes, en 1930, el Trío Matamoros había cantado la desolación —ocurrida al paso del ciclón San Zenón por Santo Domingo— con palabras sentidas y simples: “Cada vez que me acuerdo del ciclón/se me enferma el corazón”.

El vínculo del ciclón con la cultura cubana llega hasta servir de nombre para una revista literaria de vanguardia. Cuando aparece en enero de 1955, bajo el título de “Borrón y cuenta nueva”, Ciclón le declara la guerra a Orígenes. Es más, anuncia la muerte de la segunda. José́ Rodríguez Feo y Virgilio Pinera, director y jefe de redacción respectivamente, quieren borrar la publicación de Lezama Lima a golpes de ráfaga.

Un escritor afrancesado como Alejo Carpentier aspira a la epopeya ciclonera en su primera novela, ¡Ecue-Yamba-O!: “Terror de Ulises, del holandés errante, de la carraca y el astrolabio”, pero le sale ajena. Solo cuando vienen en su ayuda los negros de Puerto Rico adquiere un sabor similar al del trío: ¡Temporal, temporal/ Qué tremendo temporal!/¡Cuando veo a mi casita,/Me dan ganas de llorar!”.

Y es que el ciclón es un fenómeno isleño, pero no mediterráneo: necesita del mar Caribe para fortalecerse. Al adentrarse en el continente, inicia un camino de destrucción que lo conduce a su fin.

Un grupo de mariposas agita las alas en cualquier lugar del mundo y el aleteo origina una tormenta tropical en el Caribe. Como una advertencia, esa catástrofe llega cada vez con mayor frecuencia a Estados Unidos.


Una versión de este trabajo ya apareció en esta publicación.


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