Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Literatura, Narrativa, Lectura de Verano

Café cubano

A inicios de temporada, CUBAENCUENTRO retoma la sección Lectura de Verano, dedicada a publicar obras de narrativa

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Me despedí con un beso insuficiente, por el camino sin saber porqué lloraba, encima el sol daba la cara, quedaba poco para desconfiar en cuándo volver a verte, todo terminaba en fobia: fotofobia, heliofobia, en definitiva: pantofobia.

Llegué odiando los baches, la música me hizo, dentro de casa, llorar como el sol, todo lo inundaba la voz de Connie. El pabilo ardía, era la única luz, la luna en segundo cuarto menguante, no daba como yo para más, por lo tanto convenía ser prudente.

La mañana fue una prolongación de la noche, me inyecté una sobredosis de café que tuve que repetir en media hora, lo dejaba en mi boca y con los ojos cerrados imaginaba el recorrido por mi interior, sujetaba la taza como si tu pecho fuera. En cuanto terminé volví a la realidad, aún cogía la loza con las dos manos mientras pensaba en cómo colocar todo lo poco que me pertenecía o cómo el cuadro de los girasoles, el ramo de la señora Concha no sería problema, en menos de dos días entraría en su primer cuarto menguante, lo dejaría en la casa muriendo poco a poco hasta quedar totalmente disecado como en las floristerías. Sinceramente podía partir sin nada, nada valía nada, lo que más aprecié fue ese instante de música, la misma música que hubo en su casa, me transportaba a castillos con cielo azul, iglesias apartadas, puestas de sol y a ti que era más grande que todo junto, miles de sensaciones de amor que con la música desplegaron las alas de mi imaginación y las vivía o quería vivirlas por segunda vez, todo ello fue posible tan sólo con la música y no necesitaba más espacio que la palma de mi mano.

Quise detener el tiempo, ¿pero qué instante? A su lado me balanceaba en la quietud, cada percepción era insólita, te recordaré junto a mí en el sofá de dos plazas, con tu cabeza recostada escuchándome hablar unas veces y mirándome otras.

Me gustan los sábados porque a las cuatro su casa olía siempre a café cubano y allí estaba yo, sorbo a sorbo robándole, consciente, lo único que me podía dar.

Sin darnos cuenta el aroma nos llevó a la cena, tenía que marcharme a mi helado hogar en donde la charla era un escándalo en monólogo.

Nos quedaba una semana y sabíamos que esa tarde era la última, irremediablemente. Sentía por ti más que el matrimonio que firmé, descubrirte fue descubrir que nunca se llega a la meta del amor, todo es tan intenso a tu lado como mil inciensos ardiendo en la cálida noche, pero no te lo podía decir para conservar esa primitiva amistad y tampoco se lo podía contar, creo que no hacía falta, se respiraba en las miradas esa atmósfera de inconfesable amor. Nos despedimos sin la fuerza del adiós para siempre pero conscientes de ello.

Pronto pasaron los días que quedaban, fue justo el día que entró el verano cuando llegó la despedida, era la última reunión, agradecí a Dios que reservara el único asiento libre a tu lado, los demás estaban ocupados y aunque no tuviera nada en su contra, no lo tenía a favor. Éramos conscientes del efímero tiempo que nos quedaba, no había acuerdos en la mesa y las ideas se alargaban como chicle, en otras ocasiones me ponían de mal humor las votaciones, actuábamos para salir del desacuerdo como los antiguos romanos, premiábamos si había mayoría y la minoría quedaba en la misma situación, condenada, teníamos el poder y dictábamos las órdenes con gente desordenada, entre voto y voto un grito de silencio ponía orden en el desconcierto, pero ese día me compensaban los desacuerdos, quería estar a tu lado un segundo más, tú callabas tal vez juzgando las estupideces por las que alzaban la mano, me gustó verte, raramente, en silencio.

Mi actuación en la reunión terminó, tu papel —más importante y largo— te obligaba a quedarte; era mejor no despedirse cerca de donde estábamos, pero siento el abrazo que no te pude dar perdido por mi cuerpo, todo me cansa. El café del sábado fue una despedida y tu visita inesperada del lunes, otro adiós. ¡Cómo pasaban las horas contigo! Y cómo pasan sin ti.


María José Mures, 1970, nació en Fernán Núñez, Córdoba. Es pedagoga y terapeuta. Tiene tres libros publicados, Antes del Amor (2001), Zahorí (relatos, 2004) y Cambalache (poesía, 2005). Fue directora adjunta de Revista de Feria. Su producción poética y narrativa aparece en revistas como Alhucema, Baquiana, Arique y La pájara pinta, entre otras.


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