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Títeres, Teatro

Camelias teatrales para una dama titiritera

Como parte de la programación de la Bacanal de Títeres para Adultos, se ha estrenado en La Habana una versión de La dama de las camelias escrita por Abelardo Estorino

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Han debido transcurrir cuarenta años para que, finalmente, en el mismo escenario donde debió haberse producido su estreno, puedan escucharse los parlamentos de la versión titiritera que Abelardo Estorino concibió a petición de los Hermanos Camejo y Pepe Carril. Firmada en 1971, la pieza es una excelente parodia del melodramático original francés, debido al ingenio de Alejandro Dumas hijo, que ha sido también punto de partida de innumerables adaptaciones. El cine, la ópera, la televisión, el musical…, han reinventado el argumento que protagoniza “la buena cortesana”, a ratos para acentuar su engañoso moralismo, y en ocasiones para aprovechar el matiz erótico que se desprende de un personaje tan inefable como Margarita Gautier. A fin de dar continuidad a la espléndida labor que el Teatro Nacional de Guiñol estaba desplegando a favor de un teatro de títeres para adultos, el autor de La casa vieja y Los mangos de Caín concibió este abordaje pletórico de humor, desacralización y posibilidades escénicas, que lejos de percibirse como una entrega menor, es un digno ejemplo de los recursos que ya Estorino iba reclamando para sus textos, alejándose del canon ibseniano para ir confiando cada vez más en la subversión del juego escénico. Los turbios acentos de la parametración impidieron que esta cubana dama de las camelias alcanzara los aplausos y comentarios que seguramente no se le negarían. Es por ello que, sobre tantos años de paciente espera, el estreno deviene en doble acontecimiento: hecho teatral y deuda saldada.

Había una vez un Guiñol en La Habana

Carucha y Pepe Camejo, junto a Pepe Carril, venían ya desde los años 50 empeñados no solo en levantar un retablo criollo, a despecho de los viejos recelos que comprendían al arte del títere solo como un entretenimiento para adormecer al público infantil. Al frente del TNG, que nace en 1963, se dan a la tarea de conquistar a los adultos con proyectos tan exquisitos como El cartero del rey o La loca de Chaillot, celebrados por la crítica, pero aún incapaces de atraer a grandes cantidades de espectadores. En 1965 eso cambiaría, al anunciarse la versión de Carril sobre Asamblea de mujeres. La puesta aprovechó lo aprendido en los años de ejercicio, y no dudó en aludir al cabaret, el mundo de las variedades, y al rejuego erótico que contiene el original. Los títeres, seres de conducta siempre irreverente, se permitían hacer en la escena lo que tal vez, en aquellos días, no fuera permitido a actores de carne y hueso. El éxito no se hizo esperar, y con Asamblea…, por fin, las propuestas para adultos llegaron a tener tanto reclamo como las ya muy celebradas propuestas para niños del Teatro Nacional de Guiñol. Vendrían entonces el Don Juan Tenorio, de Carucha Camejo, La Celestina, de Pepe Camejo, y La corte del Faraón, también de Carucha. Ella era el talento más agudo de la tríada dorada, y su anhelo experimental se mezclaba con un gozoso atrevimiento, lo cual provocó a más de uno, y molestaría a sus futuros censores.

Para ese núcleo en plenitud que era el TNG en 1971 imaginó Abelardo Estorino su apropiación choteadora de La dama de las camelias. No era el primero de sus títulos en llegar al repertorio del mejor grupo titiritero de Cuba; antes habían sido retomadas sus versiones de La Cucarachita Martina (con un delicioso desempeño de Xiomara Palacio y Ulises García en los protagónicos), y El mago de Oz; concebidas inicialmente para que las escenificara Heberto Dumé. La dama… sería el empeño de Estorino concebido específicamente para estos artistas, que a fuerza de tesón y creatividad, lograban que la cola de aspirantes a ver sus espectáculos para adultos doblara la esquina del teatro. Pero al igual que otros sueños, como el de representar con figuras animadas El reino de este mundo, La dama de las camelias no pudo superar los recelos emanados desde el I Congreso de Educación y Cultura, en el que se dictaminó que toda manifestación de “conducta impropia” debería ser borrada. La ola negra llegó con fuerza devastadora a los escenarios, y derribó los retablos donde esa Margarita tropical debió haber recibido tantos aplausos como camelias.

Camelias en una Bacanal

Con el deseo de estimular la creación destinada al espectador de más edad, se acaba de producir en La Habana la Bacanal de Títeres para Adultos. Ello implica el anhelo de retomar la línea en la que fueron reyes los Camejo y Carril, interrumpida en aquel 1971, y que solo de vez en vez reaparece de manera esporádica. La concepción didáctica que se puso de moda enfatizó la idea de que los retablos debían abrirse solo ante los niños, con propósitos esencialmente educativos, y eso despobló el panorama de las irreverencias y atrevimientos del cuerpo y el espíritu que los muñecos de La corte del faraón y obras no menos memorables, como Shango de Ima, exponían desenfrenadamente. En 1975 pudo al fin verse en el TNG una adaptación con figuras de Cecilia Valdés, otro de los proyectos frustrados, que no consiguió el impacto que los guías del colectivo le hubieran podido insuflar, alejados ya de las tareas de dirección. Un discípulo de estos maestros, el actor, artista plástico y director Armando Morales, ha tratado de mantener el diálogo de los títeres con el público adulto, y fe de ello es el verlo como uno de los principales organizadores del evento, junto a la dramaturga e investigadora Esther Suárez Durán.

Colectivos de distintas provincias se han unido en las funciones que llegaron a la sala Llauradó, el Teatro Nacional de Guiñol y el Café Bertolt Brecht. Un evento teórico, lecturas dramatizadas de obras, y una exposición dedicada a la memoria de los Camejo y Carril, complementaban el programa de acciones de esta Bacanal. Como resultado integral, puede advertirse que más allá del impulso y el deseo de renovar este tipo de quehacer, falta aún mucho por restablecer los códigos que los iniciadores de esta expresión nos legaron, a fuerza de estudio, trabajo constante, cultura del títere y cultura general en función de un teatro que, más allá de la edad de su espectador, debe ser, por encima de todo, una obra de segura calidad. En 2013 se prevé una segunda edición del evento, en el que ojalá lo pensado, visto y por discutir de esta primera convocatoria aliente y alimente de veras a quienes, desde el retablo, piensen en un espectador de mentalidad, en todos los sentidos, mayor.

En ese marco se estrenó La dama de las camelias, a cargo de Teatro Océano, dirigido por Luis Emilio Martínez y Juan González. Sobre el tablado en el que los Camejo y Carril debieron haberla presentado, se alzó esta puesta en escena, indudablemente uno de los mayores retos que este colectivo ha enfrentado hasta hoy. El montaje, más allá de esa intención loable que es el rescatar una pieza que permanecía inédita en la escena (el libreto se publicó en el número 2 de 2000 por la revista Tablas, y está integrado a la edición del teatro completo de Estorino), necesita aún ajustes profundos y una revisión de todos sus elementos. La sutileza, la ironía, el gusto por la cita y el guiño intelectual, rebajado a veces a la escala del choteo, debe ser solfeado a lo largo del montaje, para que sus soluciones no pierdan atractivo. Apegado aún a un concepto demasiado humano en la animación, los actores, que mueven los grandes títeres a la vista del público, a veces olvidan la neutralidad expresiva que deben asumir para no robar protagonismo a las figuras. Un apresuramiento en el decir y el hacer lleva a cierta confusión en lo que se ve, lo cual oscurece el sentido de lo que debe ser entretenido, ágil y provocador. Sugeriría un repaso, ahora que ya se ha cumplido con las funciones anunciadas en el evento, a todo lo que la propuesta quiere acercarnos para que esta dama, en verdad, tuviera consigo las camelias más rotundas. El grupo, como ventaja, tiene ya el haber entendido que el humor y la parodia son recursos esenciales para enfrentar esta pieza; de ahí deben partir para ganar más elementos a favor.

Abelardo Estorino es el nombre mayor de la dramaturgia en la Isla hoy. Teatro D’Dos está presentando, en noches consecutivas, una trilogía a partir de varias de sus obras. La dama de las camelias ha salido finalmente de su ataúd para que lo recordemos como un autor eficaz también en términos titiriteros. Teatro de Las Estaciones, colectivo puntero de esta expresión en el país, anuncia su propia versión de La dama de las camelias en su aniversario, que ocurrirá en el venidero agosto. Esperemos que el colectivo, ya ducho en el trabajo para adultos, demuestre su pujanza una vez más con esta mirada a lo que propuso, en 1971, un dramaturgo que sigue siendo tan reclamado como sorprendente. Tal vez, en la próxima Bacanal, esa dama de las camelias que ahora se ensaya en Matanzas podrá llegar a la escena para sacudirnos con preguntas mayores acerca del arte, del títere, del público, de lo que somos. En la escena y fuera de ella.

Como para saldar la deuda de manera redonda, en la función que presencié de La dama de las camelias, Esther Suárez Durán nos hizo testigos de una conversación telefónica que sostuvo con una sorprendida Carucha Camejo. Hasta su apartamento en la Avenida Columbus de Nueya York llegaron los aplausos de los titiriteros cubanos que, en la misma sala donde fue reina y señora, la nombran hoy para saber que la cultura del país la necesita y la recuerda. Solo por ese momento, vale haber asistido a la Bacanal del Títere para Adultos. Sean para Carucha, mujer imborrable, estas camelias que a manera de ovación, llegaron desde La Habana hasta su puerta.


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