Actualizado: 16/09/2019 12:05
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Artes Plásticas

Caprichos de la post-postmodernidad

Un taller en el Art District miamense reúne a artistas cubanos con una selecta trayectoria en el panorama visual contemporáneo.

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El día que el realizador Jorge Moya y el fotógrafo Pedro Portal me llamaron para colaborar con ellos en la documentación de una reunión informal de artistas en el taller del escultor Carlos González, ni remotamente podía prever que asistiría a una de esas jornadas en que el cronista no puede eludir el adjetivo excepcional al calificarla. Ese tipo de visitas que, por conmoción, se hace dato intenso.

Del ajetreado encuentro se extractarían ocho minutos y algo de material documental, procesado por el autor de quien justamente ya había reseñado semanas atrás su logrado testimonio acerca de Gory. Ahora resulta que Moya, con la colaboración de Portal, ha tratado de atrapar en este registro fílmico las peripecias de una congregación espontánea en la que oficio y levedad se hacen cómplices en los pretextos del pincel. Y cuando hablo de espontaneidad, créanme que lo hago con total desmesura.

Allí, en el galpón de González, la única premeditación de convocatoria corre por la voluntad aglutinadora del propio escultor, quien ha decidido reunir esporádicamente a ex compañeros de estudios, amistades y colegas de otras nacionalidades. El resto lo pone la buena intención y las apetencias afectivas de la guerrilla de creadores que se dan cita, todos ellos dueños de una selecta trayectoria en el panorama visual contemporáneo.

Cultura transinsular

Cuando llegamos al sitio nos topamos con el ambiente vivaz y emancipado. Abundante muestra de pericia sin asomo de petulancias o grisuras. Al contrario, cada uno aprendiendo del otro. Pleno divertimento entre vinos, quesos y tabacos y, a la vez, la posibilidad de descargar la anécdota, la buena memoria y toda la soberanía creativa. Mucho de jolgorio vernáculo transcurriendo chispeante sobre el vaivén de brochas y los olores a trementina.

Para acudir al taller, el argumento estriba en depositar alguna metáfora sobre platos de cerámica, esa será la asignación reconocible y comprometida con La Escuelita, el nombre con que familiarmente han bautizado la sede de estos trances bohemios en el Art District miamense. Carlitos González, por supuesto, funge como el anfitrión diligente y está al tanto de todos los pormenores del cenáculo informal.

Con materiales y soporte en mano, cada participante se irá enfrascando fervorosamente en su propuesta. ¿Los nombres de los presentes en esta sesión? Gustavo Acosta, Joaquín González, Carlitos Cárdenas, venido desde Nueva York, Esteban Blanco, Luis Cruz Azaceta, proveniente de Nueva Orleáns, Carlos Estévez, Pepe Bedia, y dos de sus compañeros de correrías antropológicas, los peruanos William Pinillos y Wilo Vargas. Todos convertidos en consumados ceramógrafos que pretendían vindicar laboriosos los rituales que hicieran célebre el taller del griego Eufronios.

Créanme que corrieron horas preciosas y fuimos testigos de esos caprichos de la post-postmodernidad que se condensan hoy día en ciertos espacios suburbanos, como este en el que un dream team de talento nuestro no reparó en comarquismos, diferencias generacionales o estilos para desbordar excelencia con la misma soltura con que se juega al dominó. El asunto era despojarse de las frivolidades sobadas del mercadeo y de cualquier otra orilla ficticia. Cero encartonamiento y protocolo. Lo que se agradecía era que calidez y adhesión corrieran circulares como los bordes en los platos de cerámica.

Recuerdo de ese día que de nada me sirvió agobiar con preguntas a cada artista tratando de hallar alguna pretensión disimulada para establecer nexos entre lo casuístico de los ya periódicos encuentros con proyectos institucionales y eventos mercantiles de la ciudad. Ninguno de los concurrentes cedió ante la celada. Nadie descartó la posibilidad de interactuar con la comunidad en caso de que la misma fijara sus ojos en reuniones como estas, pero por sobre todas las cosas defendieron el tiempo alternativo, auténtico y fraterno de La Escuelita.

Quedó claro que las relaciones públicas con las infraestructuras corrían en sendas separadas a la necesidad de convivencia entre colegas. No habría bienal o feria que pudiera competir con esas horas de humanismo íntimo y no circunspecto, compartidas llanamente, sin darle cabida al pragmatismo convencional.

Desconozco si en alguna otra latitud la cultura transinsular cuenta con tertulias tan desprendidas. Esta de Miami se me hace peculiar experiencia. Es clara evidencia de que entre hedonismo y gesto estético se puede erigir un espíritu opuesto a los absolutismos que nos dañaron. Y conste que nadie está hablando de una solidaridad forzada entre autoestimas que consabidamente descuellan por su individualidad tan grávida.

El tema aquí viaja hasta el ejercicio del pacto casto y desenfadado, el mismo que va madurando con la ciencia del trato, con las amabilidades del intercambio vital. Esa conexión afable y serena que, hasta entre los egos más rebeldes, suele identificarse con la concordia.


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Artistas del taller 'La Escuelita'. (PEDRO PORTAL)Galería

Artistas del taller 'La Escuelita'. (PEDRO PORTAL)

Cuba, cine

'La Escuelita'

Estreno del documental de Jorge Moya en exclusiva en CUBAENCUENTRO.com.

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