Actualizado: 23/05/2019 11:26
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Cine

Carreteras de celuloide

En tres películas filmadas en los últimos años, sus debutantes realizadores coinciden en adoptar el formato de la road movie para contar historias ambientadas en sitios perdidos y remotos de la Rusia profunda

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“No existen dos road movies que sean iguales. En términos de gramática cinematográfica, la road movie se ve limitada por una sola obligación: acompañar las transformaciones vividas por sus personajes principales al enfrentarse con la realidad. La road movie no es ámbito de grandes grúas a cámaras fijas. Al contrario, la cámara debe mantenerse al unísono con los personajes que están en continuo movimiento —un movimiento que no debe ser controlado. La road movie tiende, por lo tanto, a ser impulsada por una idea de inmediatez que no difiere mucho de la película documental”.

Las palabras anteriores pertenecen al cineasta brasileño Walter Salles, quien hay que reconocer que sabe de lo que habla. En su filmografía figuran cuatro títulos que pertenecen al género en cuestión: Foreign Land, Central do Brasil, Diarios de motocicleta y En el camino. Ahora bien, respecto a su afirmación de que no existen dos road movies que sean iguales, se puede recordar que Hollywood ha producido unas cuantas que demuestran lo contrario. Se reducen a una cansina repetición de persecuciones, tiroteos y destrucciones de autos. Pero en líneas generales, es cierto que ese subgénero cinematográfico, heredero de una tradición literaria iniciada por Homero con La Odisea, ha dado lugar a filmes muy distintos entre sí.

Basta recordar títulos como La diligencia, Bonnie y Clyde, Easy Rider, Las aventuras dePriscilla, reina del desierto, Balada del soldado, Thelma y Louise, Aaltra, Luna de papel, La Strada, El mago de Oz, Western, The Straight Story, Alicia en las ciudades, París, Texas, Los viajes de Sullivan, In this world. Incluso en Latinoamérica la road movie se ha aclimatado bien, como lo ponen de manifiesto filmes como Y tu mamá también, Plata quemada, Bye bye Brasil, Guantanamera, Familia rodante, Mi socio, Los viajes del viento, Historias mínimas, Caballos salvajes y Las acacias.

Una regla de oro de las road movies, acompañar las transformaciones vividas por los personajes a lo largo de su viaje, está presente en tres películas en lengua rusa producidas en la última década. Además de pertenecer al mismo subgénero, tienen el común denominador de que constituyen el primer largometraje de ficción de sus realizadores, cuyas edades oscilan entre los 39 y los 49 años. Las tres películas fueron seleccionadas para varios festivales internacionales y han recibido una excelente recepción por parte de los críticos. Asimismo estos han señalado en dos de ellas reminiscencias del cine de Andréi Tarkovski. Por otro lado, las historias que desarrollan esas películas no ocurren en grandes urbes como Moscú o San Petersburgo, sino en sitios perdidos y remotos de la Rusia profunda. Son, en esencia, los elementos de unión que poseen esas tres obras que temática y estilísticamente son muy diferentes.

Viaje en busca de redención

En 2004, la Semana de la Crítica, una de las secciones paralelas del Festival de Cannes, incluyó una proyección especial de Caminos a Koktebel (2003). La película había competido el año anterior en Moscú, donde además de alzarse con el Premio Especial del jurado, ganó el de la FIPRESCI. La presentación en Cannes se debía a que esa misma organización escogió el filme como mejor revelación de 2003. Después de eso, fue invitado a otros eventos internacionales en Bélgica, Filipinas, Alemania, Canadá y la República Checa. Caminos a Koktebel fue el debut como directores de Boris Jlebnikov y Alexei Popogrevsky, ambos nacidos en Moscú en 1972.

No obstante y a pesar de contar con tan buen aval, a nivel internacional Caminos a Koktebel se vio perjudicada por la cercanía en el tiempo con otra película rusa, El regreso. En la misma también se tratan las relaciones entre padres e hijos y asimismo su argumento incluye un viaje familiar. Pero a diferencia del filme de Andrei Zviaguintesev, el de sus compatriotas no tiene un giro excesivamente dramático y además es menos trágico.

En muchas ocasiones he escuchado decir que el cine ruso es demasiado lento para el gusto del público occidental. Como todas las generalizaciones, esa afirmación peca de injusta, al no discriminar ni hacer distinciones. Por otro lado, responde a una concepción del ritmo cinematográfico que hemos adquirido. De acuerdo a esta, durante los primeros quince minutos de una película deben haber ocurrido unas cuantas cosas. Y con esto debe entenderse asesinatos, robos de bancos, apariciones de vampiros, zombis o muertos vivientes, autos que vuelan por los aires y lindezas similares. Quienes eso aguardan cuando se sientan a ver una película, lo mejor es que eviten una obra como Caminos aKoktebel. No apunto esto porque sea aburrida. Lo digo porque se trata de un filme sobrio, contemplativo, que transcurre en un tono íntimo, plagado de silencios y gestos. Cine que hace recordar el de Andrei Tarkovski, y también el del norteamericano Terrece Malick.

El punto de partida del filme no puede ser más económico. Un hombre sale con su hijo de once años e inicia un viaje de Moscú a Koktebel, en Crimea, en donde vive su hermana. El periplo los lleva a recorrer 2 mil kilómetros a pie, a dedo y viajando clandestinamente en trenes de carga. Durante el mismo, sobreviven con chapuzas ocasionales, como arreglar el techo de la casa de un viejo, a cambio de comida, hospedaje y algún que otro sobresalto. Son también acogidos por una atractiva doctora, con quien el hombre establece una relación sentimental. El niño está impaciente por llegar a la mítica ciudad costera, y ve el enamoramiento como un obstáculo. Así que decide salir por su cuenta para completar el viaje.

Hay que aguardar más o menos hasta la mitad de la película, para saber las verdaderas razones por las cuales los dos personajes realizan ese viaje. Jlebnikov y Popogrevsky, autores del guión, suministran la información con cuentagotas y a través de detalles significativos que afloran gradualmente. El hombre (nunca sabemos su nombre ni el del niño) es un ingeniero en aerodinámica que perdió a su mujer. Eso lo condujo a caer en el alcoholismo, y a consecuencia de ello perdió el empleo y el apartamento en donde vivían. En esas circunstancias ha crecido el hijo, quien pese a los sufrimientos y las dificultades no ha perdido la capacidad infantil de soñar. Al mismo tiempo, demuestra ser sensible e inteligente y sabe comportarse con madurez. En determinadas situaciones protege a su padre y también controla que no se desvíe del propósito que los anima.

Durante el largo itinerario, afloran las heridas de esos personajes desamparados y golpeados, pero no definitivamente vencidos. Carecen de bienes materiales, pero conservan la capacidad de afecto y la habilidad para sobrevivir y protegerse mutuamente. En sus relaciones, hay reproches, complicidades, culpa, desencuentros, rebeldía, confianza, dudas, amor. El viaje además sirve para reconciliarlos, dar a sus existencias el sentido que parece haber perdido y mostrar las necesidades latentes en cada uno. En el padre, restaurar el respeto por sí mismo, juntar los pedazos de una vida rota y recuperar la confianza de su hijo. En este, dejar atrás la infancia, lograr independencia y comenzar una existencia mejor. Los dos personajes están construidos con sutileza y riqueza de detalles por unos actores cuyo desempeño, como resulta habitual en el cine ruso, es excelente.

Como es característico en las road movies, en Caminos a Koktebel además de una experiencia emocional, hay un recorrido físico. El filme muestra un paisaje exterior que corresponde a regiones rurales de Rusia y Ucrania. Durante el viaje, los dos protagonistas encuentran desolación, ruinas, campesinos aislados, casas desvencijadas, circunstancias miserables. Son imágenes de un mundo que da la impresión de que se derrumba en pedazos. Ni siquiera la doctora vive en unas condiciones que denoten progreso o solvencia. En la pantalla se ven además unas geografías imponentes, inabarcables y, por momentos, fantasmagóricas. Se transforman en un personaje más gracias al gran trabajo del fotógrafo Shandor Berkeshi.

Antes de realizar Caminos a Koktebel, Jlebnikov y Popogrevsky solo contaban con un par de cortometrajes y documentales. El trabajo para acometer su primer largometraje les llevó cinco años. Primero fue la escritura del guión. Después hicieron con el fotógrafo el itinerario que recorrerían sus personajes, para atrapar paisajes e historias. El rodaje se realizó entre octubre y noviembre de 2002, y cuando uno ve el filme comprueba que fue hecho con gran rigor y convicción.

Los cineastas evitaron caer en el sentimentalismo y la edulcoración, y potenciaron en cambio la sutileza y la sensibilidad. A la singular belleza que imprimen a la película los planos, encuadres y movimientos de cámara, se suman la música compuesta por Chick Corea, así como una dirección que posee un esmero artístico y una madurez insólitos en unos debutantes. El resultado es una road movie minimalista, existencial, lírica, de cuidada composición visual y notable ascetismo narrativo. En suma, un pequeño gran filme.

Obra de admirable pureza

Un debut igualmente promisorio ha sido el de Alexei Fedorchenko (Ekaterinburgo, 1966). Su primer largometraje, Almas silenciosas (2010), fue seleccionado para la sección oficial del Festival de Venecia. Allí fue el filme favorito en la votación de los críticos y justamente se alzó con el galardón de la FIPRESCI. Por su parte, el jurado otorgó la Osella de Oro a la mejor cinematografía a Mijaíl Krichkman, fotógrafo habitual de Zviaguintsev. Almas silenciosas participó además en el Festival de Mar del Plata, Argentina, donde recibió los premios al mejor director y al mejor guión. Asimismo en los Nika, los premios de cine que se conceden anualmente en Rusia, ganó en los rubros correspondientes a película, guión (Denis Osokin), fotografía, compositor y descubrimiento (ambos para Andréi Karasiov).

Almas silenciosas es otra pequeña joya, que cuenta una historia que no es tan dramática como puede parecer cuando se resume. Al inicio vemos a un hombre que lleva en su bicicleta una jaula con una pareja de pájaros que acaba de comprar (en ruso se llaman ovsyanki, que es título original de la película). Es Aist, un lacónico hombre de mediana edad que pasa a narrar lo que vamos a ver. Trabaja como fotógrafo en una fábrica de papel propiedad de su amigo Miron. Una mañana este lo llama a su oficina, le dice que su esposa Tania ha muerto la noche anterior y le pide que lo acompañe en todo lo que tiene que ver con las exequias. No quiere enterrarla, sino que ha decidido cremar su cuerpo.

Es necesario apuntar aquí un dato sin el cual no se puede comprender bien la película de Fedorchenko. Los antepasados de Aist y Miron pertenecieron a la antigua tribu de los merjan. Estos eran originalmente de Finlandia y vivieron en los territorios de Rusia que hoy ocupan Rostov, Kostroma, Yaroslav y Vladimir, donde aún quedan registros arqueológicos. Los merjan fueron absorbidos por los rusos hace más de cuatrocientos años. A pesar de ello, los descendientes actuales conservan algunas costumbres y creencias de sus remotos antecesores. En Almas silenciosas, eso está ejemplificado en el personaje de Miron, aunque también Aist participa de ello.

Los dos hombres desvisten a Tania y la bañan con una cierta rudeza masculina, no exenta de ternura. Después salen en el auto de Miron hacia el sitio donde van a incinerar el cuerpo. Aist lleva con él la jaula con los pájaros, pues no quiere dejarlos desatendidos. Al respecto, conviene decir que a lo largo del filme resulta evidente que Fedorchenko les asigna un valor simbólico. Asimismo en el asiento de atrás va el cadáver desnudo envuelto en una manta, pero es algo que el espectador no descubre hasta pasados unos veinte minutos. Durante el trayecto, Miron cumple, e incluso se espera de él, una tradición de los merjan llamada “fumar”. Consiste en contar a un amigo detalles íntimos de su vida sexual, algo que no haría si su esposa estuviese viva. Tal como él lo hace, no resulta ofensivo, y al igual que otras escenas, ese acto está cargado de solemnidad.

En medio de esas confidencias, se inserta un flashback de cuando Miron y Tania se casaron. Se ve cuando las amigas de ella le anudaban cintas de colores al vello púbico, siguiendo otra tradición de los merjan que ha sobrevivido. Al día siguiente, Miron a su vez las amarró a las ramas de un árbol, como prueba de que la unión se había consumado. Igualmente Aist y Miron ataron cintas a Tania durante el sencillo e insólito ritual funerario, pues es también una costumbre tratar a las mujeres muertas como si fueran una novia (a propósito, nunca se especifican las causas por las cuales murió Tania, quien era veintiún años más joven que su esposo).

Tras viajar por carreteras desoladas, los dos hombres llegan a un lago que está cerca del sitio en donde Miron y su enigmática esposa pasaron la luna de miel. Hay que apuntar además que para los merjan el agua es muy importante. Para ellos, significa la inmortalidad. Consideran los ríos como los jueces más altos, pero de igual modo estiman inapropiado arrojarse a ellos para morir, pues son los ríos los que escogen a las personas. Asimismo si los merjan hallan un ahogado no lo entierran, sino que le atan un objeto pesado y lo arrojan de nuevo al agua. De hecho, como comenta Aist en su narración, los cementerios están medio vacíos. Esa misma idea hace que cuando al final de la película los dos amigos tienen relaciones sexuales con unas prostitutas, están agradecidos a estas porque son como un río que se ha llevado su luto. A lo cual Aist agrega: “Solo es una pena que no puedas arrojarte en él”.

Una vez que se hallan en el lago, Aist y Miron preparan una pira con la madera que compraron durante el trayecto y queman el cuerpo de Tania. Después Miron recoge las cenizas, se adentra en el lago y las esparce. Durante el viaje de vuelta, el viudo se ve obligado a detener el auto y salir, para ocultar su dolor. Es la única ocasión en que manifiesta sus sentimientos. A través de la narración de Aist, nos enteramos de que él amaba a Tania en secreto, que ella probablemente también lo amaba y que Miron lo sabía. Son cuestiones que el espectador intuye, pues se trata de un filme en el que muchas cosas están sobrentendidas o bien no se dicen, y en el cual abundan los silencios. En ese sentido, cuenta con unos magníficos actores que prácticamente basan su labor en miradas, en pequeños gestos y en la gran expresividad de unos rostros aparentemente impasibles.

Almas silenciosas es una poética, profunda y melancólica meditación sobre el amor, la muerte de un ser querido, la desaparición de una cultura. Es una suerte de réquiem que no insiste en las emociones, y que adopta la forma de una apacible road movie. Fedorchenko ha logrado además un verdadero prodigio de síntesis, al contar todo eso en unos concisos y perfectos 75 minutos. Otro de sus encantos radica en que parece un filme realista, con una extraña atmósfera en parte hiperreal, en parte mística. Es una obra arriesgada, inusual, hecha con tanta sencillez como elegancia, con largas tomas y una espléndida fotografía. Por supuesto, Almas silenciosas no es cine para todos, ni falta que le hace. Para lo otro, ya tenemos a Hollywood.

El traumático karma del pasado

Tras una brillante trayectoria como documentalista, que lo ha situado como uno de los directores más aclamados internacionalmente, Serguéi Loznitsa (Baranovitchi, 1964) decidió que había llegado el momento de materializar el sueño de realizar su primer largometraje de ficción. Rodó así My Joy (2010), hecho con financiación de productores de Alemania, Ucrania y los Países Bajos. El filme fue la única opera prima seleccionada para competir en la sección oficial de Cannes, donde tuvo una magnífica acogida. A partir de ahí, participó en numerosos festivales en Israel, Brasil, Canadá, Italia, Polonia, Australia, Estados Unidos, Grecia, India, Portugal, en los cuales acumuló varios premios.

“Yo quería hacer una película de amor, pero como ocurre frecuentemente con los rusos, sea cual sea el proyecto, siempre acabamos con una kalashnikov”. Eso comentó Loznitsa acerca de su película. Y en efecto, cuando uno ve a este hombre sonriente, de rostro afable y hablar pausado y suave, espera de él un filme romántico y de visión agradable. Pero que nadie se llame a engaño por el sardónico título. Lo que va a presenciar es una película dura, angustiosa y devastadora, que muestra un fresco sombrío y descarnado de las miserias cotidianas en la Rusia actual. En otras palabras, es como recibir un mazazo en plena nuca.

La secuencia inicial prepara ya para lo que vendrá a continuación. En una obra en construcción un hombre, inconsciente o tal vez muerto, es arrastrado por otros dos que lo arrojan en un hoyo. Allí una capa de hormigón cae sobre él y lo va cubriendo. Después aparece un buldócer que empuja tierra y parece venírsele encima al espectador. Tras ese comienzo contundente y perturbador, vemos a Gueorgui, el protagonista. Es chofer y va a transportar en su camión un cargamento de harina. Al poco rato de haber salido, evita un control de carretera donde unos depredadores policías se aprovechan para obtener dinero o abusar sexualmente de las mujeres. El chofer se encuentra luego con una larga fila de carros parados. Pregunta la causa al chofer de un camión y este, en lugar de responderle, lo insulta. A través de una adolescente se entera de que hubo un accidente y que, como es habitual, la espera irá para largo.

La adolescente, una lolita que aprovecha los atascos y la desidia policial para vender su cuerpo por unos pocos rublos, pasa a ser la improvisada guía del chofer, y le indica un camino que los lleva a un extraño paraje. Allí el particular Odiseo de My Joy se enfrenta a una realidad para él desconocida, una Rusia rural profundamente triste. Se trata de un mundo salvaje y desquiciado, en donde la fuerza bruta y el instinto de sobrevivencia ahogan cualquier vestigio de humanidad y sensatez. Aunque no es mucho lo que el espectador sabe sobre Gueorgui, en ese medio parece ser el único que mantiene un código de valores positivos. En todo caso, sea una buena o una mala persona no merece todo lo que a partir de ese momento le va a ocurrir. Ha iniciado un viaje sin retorno, una pesadilla sobre la cual no tiene ningún control y que cambiará radicalmente su personalidad.

El protagonista se adentra después en unas carreteras comarcales, se pierde y tiene que pasar la noche dentro del camión. Unos ladronzuelos de poca monta que han escuchado el ruido del motor llegan para robarle, sin tener idea de lo que transporta. Lo golpean con un pedazo de madera y lo dejan inconsciente. Una mujer lo encuentra y se lo lleva para su casa. Cuando está más o menos repuesto, se aprovecha sexualmente de él, comercia con la harina de la carga y, por último, vende el camión a unos hombres. Después de ser usado como objeto sexual, como recurso alimenticio y como chivo expiatorio, Gueorgui es lanzado literalmente a la calle.

Cuando está a punto de morir congelado, lo recoge un anciano que al inicio de su viaje él llevó en el camión, pero que ahora no lo ha reconocido. Gueorgui tiene barba y su aspecto es muy diferente. Tras el golpe, ha quedado como un vegetal. No habla, parece como si se hubiese refugiado en otro mundo. Como los personajes de algunas novelas de Dostoievski, es un muerto viviente. Al final de la película, aparece de noche en una carretera, donde es recogido por un camionero que monologa con él e insiste en “no involucrarse en nada, en no meterse en asuntos ajenos”. Tras una escena apocalíptica, MyJoy se cierra cuando vemos al protagonista desaparecer en la negra oscuridad. No imaginamos cómo va a salir de esa espiral de horror. El suyo es un camino sin salida.

En ese alucinado viaje por un mundo en el cual prima el absurdo de un sistema ya hundido, el protagonista halla una galería de fantasmagóricos personajes. Parecen haber salido de las radicales alucinaciones de David Lynch, pero son una viva muestra de lo que pasa alrededor suyo. Están, en primer término, los numerosos policías que aparecen en el filme. Todos hacen gala de una amoralidad y una violencia espeluznantes. Representan la corrupción y la barbarie institucionalizadas, el poder represor ejercido con absoluta impunidad. Por otro lado, hay otros personajes cuyas historias aparentemente se apartan de la trama central y la desvían hacia el pasado. En realidad, son flashbacks que ayudan a entender de dónde viene el carácter endémico de esa violencia.

Algo que ilustra muy bien esto es la historia narrada en el primer flashback. Se produce cuando el protagonista acepta llevar en el camión a un autoestopista y le pregunta su nombre. “Perdí mi nombre en la guerra y desde entonces vagabundeo tras su pista”, le responde el anciano. Pasa entonces a contarle cómo sucedió. Participó como soldado en la Guerra Patria y al terminar esta, sirvió por un año en Berlín. Volvió a su patria con el grado de teniente, y cuando aguardaba un tren unos soldados que revisaban los documentos lo chantajearon, con el pretexto de que sus papeles eran sospechosos. En realidad, solo pretendían quedarse con las pocas cosas que traía en la maleta (una cámara fotográfica, un vestido rojo para su novia). El teniente resolvió aquella humillación con un asesinato, que lo anuló del mundo y lo convirtió en un errante permanente, olvidado por la sociedad.

En My Joy, Loznitsa, quien además firma el guión, hace un desagarrado y deprimente descenso a los infiernos de la Rusia postsoviética más periférica y olvidada. Lo que vemos en la pantalla es una sociedad enferma y podrida en sus cimientos. Las personas con quienes Gueorgui se encuentra o se cruza están marcadas por un insalvable desencanto existencial que las arrastra a la violencia. Es una población dolida que aún supura por la herida dejada por el régimen comunista. Su violencia y su dolor vienen, pues, de lejos, y tales personajes no son tanto culpables como testimonios y hasta víctimas de unos crímenes que otrora se cometieron. Y que además se van a seguir cometiendo, porque esa huella del pasado contamina el espíritu generación tras generación.

Admito que para más de uno, My Joy puede resultar una película difícil de seguir, pues desafía los instintos condicionados de los espectadores. Estos pueden sentirse despistados debido a que los flashbacks, en apariencia inconexos, subvierten nuestra necesidad de que, en términos narrativos, haya un núcleo central. En mi opinión, creo que ese boceto con múltiples ramificaciones es una estructura idónea para reflejar el caos y la locura cotidiana de ese mundo. Asimismo es interesante señalar que esa inusual organización fue modelada según el laberíntico diseño de las carreteras comarcales en Rusia.

Curtido en el terreno del documental, Loznitsa aprovecha esa experiencia en su primer largometraje de ficción. Eso se hace evidente en el uso de la cámara en mano, la incorporación de actores no profesionales, la visión antropológica de la realidad (un buen ejemplo de ello es la secuencia del mercado popular). Pero de igual modo, sorprende que un cineasta que armó varias de sus obras anteriores a partir de imágenes de archivo muestre tanta capacidad imaginativa.

My Joy posee además una cuidada puesta en escena y muestra a un cineasta dotado con un gran talento visual. En este último aspecto, Loznitsa cuenta con la colaboración del rumano Oleg Mutu, quien antes realizó la fotografía de La muerte del señor Lazarescu y 4 meses, 3 semanas y 2 días. El filme es además una obra que estéticamente participa de varios estilos. Mezcla farsa, crónica social, alegoría política. Y a medida que se incrementa la violencia, el humor absurdo va derivando a un tono más oscuro, agobiante y claustrofóbico. Acerca de ello, Loznitsa declaró: “Comencé a rodar una road movie, pero a mitad del rodaje descubrí que no lo era. No sé muy bien a qué género pertenece ni cuál es su estilo”.

De las líneas anteriores se puede deducir que My Joy no es el tipo de películas que agrada al Ministerio de Turismo de cualquier país. Tras su estreno, el filme fue duramente atacado por los estamentos oficiales de Rusia. Nikita Mijalkov, conocido por su íntima amistad con Vladimir Putin, comentó que la película de Loznitsa “no tiene ningún parecido con lo que es el arte”. Otro cineasta, Karen Shaknazarov, dijo que es evidente que a Loznitsa le gustaría darle un tiro a todo ser viviente en Rusia. En cambio, Andréi Zviaguntsev elogió My Joy, que en su opinión es la mejor película hecha en lengua rusa en la última década.