Actualizado: 21/07/2019 2:08
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Cine, Rusia, Ucrania

La guerra en la era de la posverdad

En su nuevo filme de ficción, Sergei Loznitsa aborda el conflicto bélico que desde 2014 se desarrolla en el este de Ucrania. Una película pesimista, salvaje y permeada por la cólera y por la escasa fe en la naturaleza humana

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Sergei Loznitsa (1964) nació en Bielorrusia, creció en Ucrania y se formó como cineasta en Rusia, donde además rodó sus primeros filmes. El conocimiento de esas tres realidades explica por qué se ha interesado en indagar en las consecuencias que la desintegración de la Unión Soviética ha tenido en los países que formaron parte de la Europa Oriental. Si Svetlana Aleksiévich se interesa en el fin del homo sovieticus, se puede afirmar que uno de los temas predilectos de Loznitsa es el homo post-sovieticus.

Varios de sus últimos documentales se centran en ese tema. En Maidán (2014) retrata el despertar de un país y el redescubrimiento de su identidad, a través de la crónica de las revueltas del pueblo ucraniano que derrocaron al presidente prorruso Viktor Yanukovich. En The Event (2015) revisa los dramáticos hechos ocurridos en Rusia en 1991, cuando varios altos dirigentes del gobierno y de la KGB intentaron dar un golpe de Estado, para indagar qué pasó realmente entonces. Y en Victory Day (2018) filma el desfile que cada 9 de mayo se celebra en el Parque Treptower de Berlín, ante el monumento en honor a los caídos en la Segunda Guerra Mundial, para preguntarse si esos antiguos ciudadanos de la Unión Soviética y hoy residentes en Alemania y seguidores de Stalin y de Putin, homenajean a los muertos o sueñan con el regreso del glorioso pasado soviético.

Esa determinación de Loznitsa a no hacer un cine complaciente se extiende también a sus largometrajes de ficción, género en el cual debutó en 2010 y que hasta hoy alterna con el documental. Su primera película, My Joy, es un desgarrador y deprimente descenso a la Rusia más periférica y olvidada (este cronista la comentó en este mismo diario hace unos años). Ese retrato de una sociedad enferma y podrida en los cimientos desagradó y provocó las críticas de cineastas como Karen Shaknazarov y Nikita Mijalkov. En A Gentle Creature (2017) se inspiró en un cuento de Dostoievski para narrar la historia de una mujer que se enfrenta a la violencia y las humillaciones del sistema carcelario postsoviético. La más reciente plasmación de esa crítica feroz de la Rusia contemporánea es Donbass (Ucrania-Alemania-Francia-Holanda-Rumanía, 2018, 101 minutos).

El filme tuvo su estreno el año pasado, en el Festival de Cannes. Allí se alzó con el premio al mejor director en la sección Un Certain Regard. A aquel galardón se han sumado después la Pirámide de Plata en el Festival Internacional de El Cairo y el Giroldillo a la mejor película en el de Sevilla. El jurado de este último certamen premió la película, entre otros motivos, por ofrecer una “visión sumamente clara de la imparable tragedia de la guerra y sus consecuencias”, así como por relatar, “con gran acierto, el horror del conflicto armado conjugado en su vertiente más nacionalista, en una historia conmovedora, cotidiana y muy cercana a nivel humano”.

La guerra a la cual se alude es la que comenzó en el año 2014, en la región del este de Ucrania. Allí los independentistas prorrusas arrebataron el poder y autoproclamaron las repúblicas populares de Donetsk y Lugansk, apoyadas por Rusia. Los separatistas también llaman a esa región la Nueva Rusia, nombre histórico de un territorio del Imperio ruso surgido tras la conquista en 1774 del Janato de Crimea, tras las guerras ruso-turcas. Esa región fue incorporada en 1922 a la República Socialista Soviética de Ucrania. Pese a que la prensa no le presta atención, ese conflicto bélico dura ya cinco años y ha ocasionado que un millón y medio de personas se hayan desplazado. Y aunque aparenta ser una guerra civil, en realidad no lo es, pues sería imposible sin la intervención del ejército ruso.

En la filmografía de Loznitsa, los documentales y las películas de ficción no ocupan compartimientos estancos, sino que suelen compartir e intercambiar recursos. Como él ha declarado, para realizar Donbass se basó en videos domésticos que luego fueron subidos a YouTube entre 2014 y 2015. El cineasta también aprovechó historias que escuchó a amigos que residen en la zona del este de Ucrania y que luego se vieron forzados a escapar. Y, por otro lado, se inspiró en reportajes de propaganda emitidos por los noticieros. En cierto momento, decidió que iba a realizar un filme de ficción a partir de esas grabaciones de la vida real hechas por aficionados. Y al respecto, ha dicho: “El desafío artístico fue reproducir escenas documentales en una película de ficción”.

En esa elección debe de haber influido un aspecto no precisamente cinematográfico. Si como documentalista Loznitsa pudo hacer una crónica de la revolución ucraniana, haber rodado en la zona que hoy dominan los separatistas hubiera sido demasiado arriesgado. Ahí está como ejemplo vivo su compatriota y colega Oleg Santsov, quien, tras la anexión rusa de Crimea, fue arrestado bajo los cargos de perpetrar supuestos atentados terroristas. Fue condenado a veinte años de cárcel, que en la actualidad cumple en un penal del círculo polar ártico ruso. De ahí que resulta comprensible que Loznitsa recurriese a la ficción para contar los dos primeros años del conflicto bélico.

Retrato virulento y brutal de una sociedad en total degradación

A diferencia de sus anteriores largometrajes de ficción, que contaban con un nudo argumental coherente, en Donbass su director optó por una estructura episódica y circular. Integran el filme 13 segmentos ligeramente conectados entre sí por una narrativa leve y que, a excepción del primero y el último, son una recreación ficticia de materiales documentales. Siete de ellos están inspirados directamente en videos, y Loznitsa asegura que en todos los casos trató de seguirlos lo más fielmente posible. Solo acentuó su dimensión dramática y les dio un final.

Aparte de captar la barbarie del conflicto bélico, esos episodios arman una suerte de crónica de lo que significa el día a día en esa zona: los pasajeros de un autobús son maltratados y esquilmados por los paramilitares en los puntos de control; para escapar del horror de los bombardeos, decenas de personas viven sin agua ni calefacción en el sótano de un edificio; una mujer que ha sido acusada de aceptar sobornos arroja al director de un periódico un cubo lleno de mierda; en el interior de un autocar, un grupo de actores se prepara para rodar con fines propagandísticos un falso reportaje sobre un ataque ucraniano; un empresario es despojado de su vehículo mediante un galimatías patriotero; un periodista alemán es humillado por soldados rusos por el pasado nazi de su país; una pareja de “patriotas” que contrae matrimonio se jura fidelidad en una atmósfera de histeria, que transforma la boda en un espectáculo caricaturesco y estrafalario en el cual se llama a “celebrar juntos el triunfo del amor y la muerte”; dos oficiales atan a un soldado ucraniano a una farola cerca de una parada de autobús, para que los transeúntes lo insulten y golpeen. Este último episodio está inspirado en un video que sirvió de punto de partida a la película. Una de las personas que participó en la golpiza filmó todo y lo subió a YouTube.

Esa sucesión de viñetas se materializa en un retrato virulento, amargo y brutal de una sociedad en total degradación y sumida en la burocracia, el arribismo, la impunidad, la corrupción y la violencia institucional. Loznitsa alerta sobre su espeluznante y escalonado proceso de deshumanización. En ese sentido, el horror en estado puro tiene sus mejores ilustraciones en el episodio del soldado ucraniano atado a la farola y en el que cierra la película. Son ejemplos elocuentes de lo fácil que resulta a los seres humanos descender al nivel de la crueldad y la barbarie. Asimismo, en el filme se contrasta la opulencia que gozan los dirigentes separatistas con la existencia de la mayor parte de la población, que vive privada de lo esencial. Una privación que, sin embargo, es el resultado de la corrupción de quienes han asumido el poder.

“La propaganda juega un papel primordial en la guerra en Donbass. De hecho, diría que el papel de la propaganda y de las noticias falsas es igual de importante, si no más, que el de las armas tradicionales. Y en esto incide mucho mi película”, ha declarado Loznitsa. Un tema que también aparece en Donbass es justamente el de las fake news y la manipulación de la propaganda en la era de la posverdad. Eso se pone de manifiesto concretamente en las viñetas de la mujer acusada de recibir sobornos y la de los actores que se disponen a rodar un reportaje falso. Esta última muestra las tácticas empleadas para legitimizar un conflicto bélico en el cual soldados rusos toman parte de manera no oficial. La televisión fabrica noticias falsas que presenta como la verdad. Es el modo como manipula la opinión pública, ignorando los límites éticos. La realidad pasa a ser así una mercancía inútil, cuyo único valor reside en cómo puede ser adulterada y maquillada.

Para plasmar en la pantalla esas historias en las que, al igual que la vida y la muerte, lo trágico y lo absurdo se mezclan, Loznitsa optó por el grotesco. Del mismo modo que la estructura fragmentaria resulta idónea para reflejar el complicado mapa geopolítico de esa guerra, ese estilo le sirve para extraer lo esperpéntico y mostrar lo más salvaje de una sociedad que ha perdido su humanidad. En la labor del elenco, que incluye actores profesionales y extras locales, no hay exageración para dar ese registro. Tampoco lo hay en la puesta en escena, que posee un estilo frío, directo, seco, con abundantes dosis de humor negro y de una afilada ironía. El rumano Oleg Mutu, responsable de la fotografía, adoptó una aproximación observacional y documental. Convierte la cámara en un observador pasivo y silente, que no interviene en los hechos. Prefiere dejar que sean estos los que hablen a través de las imágenes. El filme además está rodado en largas secuencias que eluden los cortes de la edición.

Loznitsa no aclara mucho sobre el contexto ni proporciona mucha información sobre el conflicto bélico en el cual se centra Donbass. Eso probablemente responde a su interés por demostrar que en el mismo hay algo decididamente universal, que “no es solo ucraniana este tipo de enfermedad. Lo mismo que hoy no está en todas partes en Ucrania, esta enfermedad, este tipo de destrucción y deshumanización, donde el humano se convierte en un animal, es universal”. Lo ha hecho en una película pesimista, salvaje, técnica y narrativamente bien resuelta y permeada por la cólera y por la escasa fe en la naturaleza humana.