Actualizado: 21/11/2017 14:51
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Cazador

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Lo agarró por la nuca; la presa extendió las extremidades, temblorosa, sin saber —cómo pudiera— que estaba a punto de ser destrozada. Intentó escapar, en vano; las garras diminutas arañaron a la piedra, tratando de resistir el jalón del hombre que la arrastraba consigo a su matadero.

El Moco oprimió la cabeza del reptil contra la recalentada superficie de cemento pulido; el elegante cuerpo verde parduzco de la lagartija onduló, desesperado. El muchacho sacó un trozo de vidrio de su bolsillo y le cercenó la cola al animal. El apéndice se contorsionó, desconcertado, zigzagueando cada vez con menos intensidad.

La estridencia de la risa de El Moco quebró el silencio de la media mañana; primero fue un graznido, después un borboteo. Se limpió la nariz con el antebrazo, dejando un rastro de mucosidad en la piel; sorbió ruidosamente la blancuzca secreción que asomaba en sus fosas nasales, y clavó una esquina del cristal en el cuello del animal; lo decapitó con un par de movimientos cortos y le dio vuelta, exponiendo el vientre blanquecino.

Examinó el vidrio con atención, hasta encontrar una arista que le pareció más filosa que las demás. Mantuvo inmóvil en su sitio el cuerpecillo que aun temblaba, como perplejo; separó con dos dedos de su mano izquierda las patas delanteras del animalejo, crucifixión sin cruz, y deslizó el vidrio varias veces por la piel rugosa, trazando un corte longitudinal, hasta que logró hacer una incisión. Un amasijo de coloridas tripas asomó por abertura. Raspó entonces la cavidad abdominal hasta dejarla vacía, colocando el bultillo de entrañas junto a la cabeza.

Dejó el vidrio sobre la acera y estiró la piel del animal con los dedos; usó demasiada fuerza y por eso apareció una pequeña grieta que se expandió con rapidez, rajando a la ya irreconocible lagartija en dos pedazos. El Moco hizo un mohín de disgusto. Con evidente frustración limpió sus dedos de los fragmentos de tejido que los ensuciaban y los apiló junto a la cabeza, los intestinos, y la ya inmóvil cola; tomó una piedra de mediano tamaño y, con metódica saña, machacó el montón, hasta que fue solo una mancha pastosa.

Un sonido gutural llamó su atención.

En el amplio portal de la casa al otro lado de la calle —su casa—, una niña de edad indeterminada y notoria obesidad, con acusados rasgos de Síndrome de Down, miraba a El Moco. Las manos apoyadas en el muro, se balanceaba con la cadencia de un metrónomo; una sonrisa inmóvil le curvaba los estrechos labios. Casi sin separarlos, sonriendo siempre, emitió otro llamado ininteligible.

El muchacho dejó la piedra al lado de la pulpa que había sido una lagartija. Se limpió otra vez la nariz con el brazo, sorbiendo el resto de la flema; gesticuló en dirección a la niña, ya voy, respondió a media voz, y cruzó la calle. Sus ojos, de un gris sucio, brillaron con una luz oscura. Se pasó la lengua por los labios, sintiendo la sal del sudor y las secreciones, y se apresuró a entrar al portal. Con una rápida mirada se aseguró de que nadie estaba a la vista; a ver, le susurró a la chica, que entusiasmada lo había estado observando mientras se acercaba, la sonrisa inalterable, los ojos muertos, tócame la pinga, anda.

La mano regordeta, extrañamente lisa, agarró con firmeza, por encima de la tela, la verga que se iba endureciendo con rapidez. Trató de bajarle los shorts al muchacho, a la vez que, con torpeza, intentó arrodillarse, la boca entreabierta, la sonrisa helada. No, aquí no, vamos para adentro, la detuvo él, la voz entrecortada, sorbiendo de prisa los mocos de nuevo pugnaban por escapar de su nariz. ¿Y mamá?, preguntó expectante; la niña replicó con una frase sin consonantes, apenas un ulular, a a oea, a la bodega, y el muchacho asintió satisfecho.

Se acomodó los shorts y tomó a la hermana de la mano. Entraron a la casa y se detuvieron junto al ventanal de la sala, Aquí, dale, la mirada en la calle, que no viniera alguien, que no viene nadie, mientras la muchacha, estremecida por una queda risa, un delgado hilo de baba colgando de los labios violáceos, se arrodillaba, se metía la verga en la boca demasiado abierta, y empezaba a chupar con fruición.

Esto ya está muy jodido, meditó El Moco, observando con indiferencia el ralo cabello en la oscilante cabeza de la hermana.

Encontrar el dinero necesario para sus planes —ahora ya impostergables— no había sido sencillo. Había perdido ya la cuenta de las bicicletas que se había robado, de la ropa birlada en tendederas y vendida a los traperos en el Canal del Cerro, de las gallinas hurtadas al amparo de las noches, de las viejas decrépitas y chillonas a las que había arrebatado la cartera. Y aun así, no era mucho lo que había sacado de todo ello.

Su hermano mayor, el muy cabrón, era más hábil y eficiente; de alguna manera había logrado entrar a trabajar en el Combinado Cárnico, y estaba ganando dinero a manos llenas, vendiendo carne de contrabando. A veces se le acumulaba mercancía, y le daba una parte a El Moco para que este la vendiera a su vez, con una comisión por lo vendido, una mierda de comisión; pero esas ocasiones eran cada vez menos frecuentes. El hermano había perfeccionado el negocio y ahora robaba por encargo; tenía vendidas de antemano las piezas de carne —que traía ensartadas en unos ganchos en forma de S—, casi siempre pagadas por adelantado.

Y eso no era justo.

Tampoco le parecía justo que por culpa de los vecinos que venían a tocar la puerta de su casa, a reclamarle a su madre por los desmanes del hijo, yo sé que él se robó la bicicleta, yo sé que fue él, por aquella visita de esos policías, a los que vió llegar y que evitó a tiempo saltando por el muro trasero del patio, por la histeria del hermano, que en esos días lo andaba buscando machete en mano, ¿dónde está mi dinero, cojones?, jurando que lo voy a matar a ese hijo de puta: por todas esas cosas que no merecía, la vida es de pinga, ya llevaba dos días fuera de la casa, durmiendo en donde lo agarrara la noche. No era justo eso, ni tampoco que la hermana estuviera embarazada: al cabo él no tenía la culpa de la lujuria con que ella lo perseguía por todos lados, ni de que, a la menor oportunidad, se le metiera en la cama por las noches.

Todo está pero que muy jodido, concluyó, empujando a la vez la cabeza de la niña, más duro, dale, y por eso había decidido que era la hora de irse del barrio de manera definitiva; de irse, además, de Cuba.

Había comprado su lugar en una lancha de traficantes que lo recogería a él, y a otras personas, en la costa de la Ciénaga de Zapata. Te van a llevar hasta México, a Cancún; allá los van a meter en una casa de seguridad y poco a poco los van a mandar a la frontera norte. Y allí, pues pides asilo… le había explicado su contacto. Por solo diez mil dólares, le dijo, y es seguro; no hay fallo, asere.

Y hoy, por fin, era el día.

Eyaculó de prisa, sin pasión, como si defecara. Con un empellón alejó de sí la cabeza de la hermana; la ayudó a levantarse, solo para limpiarse la pinga en su vestido y, sin reparar en la sonrisa vacía que iluminaba el rostro demasiado redondo de la niña, salió al patio de la casa.

Se desnudó bajo el sol de casi mediodía, el inclemente, dejando sobre el piso embaldosado los shorts, los calzoncillos y las maltrechas zapatillas deportivas; levantó la tapa metálica de la cisterna y se dejó caer en el agua fría. Tomó aire, una, dos veces, y se sumergió; tanteó en la semioscuridad hasta que encontró un paquete, anclado al fondo con un trozo de bloque de hormigón, y regresó a la luz. Colocó la tapa en su lugar, se secó con una sábana que colgaba en la tendedera, y entró a la casa.

En su cuarto se vistió de prisa; se puso su único y raído pantalón de mezclilla, un jersey con un letrero de Aeropostale, en letras a relieve, y las mismas zapatillas, sin calcetines. Deshizo el húmedo paquete que había recuperado de la cisterna y colocó sobre la cama cuatro gruesos fajos de billetes. Una parte provenía de lo que había robado y vendido; el resto, la mayor cantidad, se lo había llevado hacía dos noches del escondite donde el hermano guardaba el dinero.

Tomó de la gaveta de la desvencijada mesa de noche una navaja de barbero; la extendió, probó el filo, la plegó y la colocó al lado del dinero. Levantó el colchón y sacó una estampa de una Virgen descolorida. Acomodó todo dentro de un sobre de nylon, le amarró la boca, y embutió el paquete en la cintura, atrapándolo con la faja del pantalón.

La niña lo observaba en silencio, detenida en la puerta de cuarto. El Moco se deslizó por su lado sin mirarla y salió al pasillo, ¿O ao a inar?, escuchó al alejarse, No, no vamos a singar, estoy apurado, respondió malhumorado, y salió a la calle.

El camión lo recogió a media tarde en la entrada a la autopista.

Unas diez personas, acomodadas en bancos de madera adosados a los costados de la cama del vehículo, apenas lo miraron mientras subía al vehículo. Sin saludar ni pronunciar palabra, El Moco se fue al extremo más alejado de uno de los bancos, se sentó, y se durmió casi de inmediato.

Estaba anocheciendo cuando despertó. El camión estaba detenido en una estrecha carretera flanqueada por una vegetación baja y espesa. Dos hombres conversaban en voz baja con el chofer, que les entregó algo. La pareja se subió entonces a un jeep y partieron en dirección opuesta a la del camión, alejándose velozmente. El Moco hubiera jurado que eran militares.

Media hora más tarde arribaron a un solitario tramo de costa. La playa era una cinta estrecha que blanqueaba en la oscuridad, el rumor de las olas de un lado, la quietud del manglar del otro, delimitando el borde de la ciénaga. A unos cien metros a la izquierda un muelle de madera se adentraba en el mar, Allá los van a recoger, les dijo el chofer del camión, señalando hacia la estructura de madera; sin más explicación subió de vuelta a la cabina y se marchó por donde mismo habían llegado.

Los viajeros vieron alejarse y desaparecer las luces traseras del vehículo. Después se sentaron en silencio en la arena, la vista clavada en la oscuridad de la que vendría la lancha. El Moco dudó un instante, y al final decidió alejarse del grupo. Quería relajarse, no estar cerca de ese montón de gente nerviosa; además, necesitaba aliviarse.

Caminó por la lengua de arena hasta que encontró en el muro del mangle un breve nicho, que le pareció tener la privacidad necesaria; se bajó los pantalones, y se agachó.

El lagarto verde, apenas tres puntos en el caldo turbio del pantano, había estado observando a la presa. Se había acercado, silencioso, y esperaba, paciente, a que el extraño animal se acercara a abrevar. Sin embargo, en lugar de beber, la presa se había agazapado en la orilla, y allí había quedado inmóvil. No parecía peligrosa, pero era descuidada, ruidosa, como si no temiera; si el saurio hubiera tenido la capacidad de asombrarse, esa hubiera sido una buena oportunidad para hacerlo. A cambio, se abalanzó como una pesadilla de agua y fango.

Lo agarró por la nuca; la presa extendió las extremidades, temblorosa, sin saber —cómo pudiera— que estaba a punto de ser destrozada.

Intentó en vano gritar; enterró los dedos en la arena, aferrándose a raíces que reventaban como hilos podridos. Las uñas se le despegaron de la piel, un dedo estalló, la articulación dislocada, pero ni siquiera sintió dolor: solo importaba resistir el jalón del lagarto, que lo arrastraba a su comedero bajo la ciénaga.

La boca se le llenó de barro, de sabor terroso y fermentado. Las manos ya no encontraron a qué asirse y la certeza de la muerte inminente hizo que los ojos de color gris sucio se abrieran, desorbitados, en un postrero esfuerzo por comprender y El Moco desapareció bajo el agua.

Dos horas después, impulsado por el último embate de la marea alta, un pequeño yate, sin luces ni señales visibles, atracó en el destartalado muelle; el pequeño grupo de emigrantes embarcó con torpeza, pero con rapidez, y la embarcación zarpó de inmediato rumbo al sur. La operación duró menos de diez minutos; nadie se acordó de un muchacho que se había alejado caminando por la playa y ya no regresó.

El silencio de la madrugada se volvió a posar sobre la costa y el pantano. La bajamar fue vaciando el manglar; manchones del fondo fangoso comenzaron a asomar, tímidos, entre las sarmentosas raíces de los mangles. A escasa distancia de la orilla quedó aislado un charco, oscuro espejo del cielo sin nubes; ondulando sobre su agua mansa, la estampa de una Virgen descolorida flotaba, indiferente.


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