Actualizado: 26/05/2022 12:27
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Cine

Censura inútil

Tras su prohibición, el documental 'La Habana: Arte nuevo de hacer ruinas' se ha convertido en un bumerán y se difunde de mano en mano.

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En un artículo suscrito por Pedro de la Hoz, publicado recientemente en el diario oficialista Granma, se denunciaba que al cineasta norteamericano Oliver Stone se le había impuesto una multa en su país debido a sus viajes a Cuba, realizados entre los años 2002 y 2003 cuando filmaba dos películas "sobre el líder de la Revolución Cubana".

El día anterior a la salida de este artículo, la noticia fue difundida por el diario floridano El Nuevo Herald. En su texto en Granma, De la Hoz agita su capa y esgrime enérgico su espada en defensa del cineasta, víctima de la Oficina de Control de Activos Extranjeros de Estados Unidos (OFAC).

Cualquier incauto podría suponer que tan apasionada defensa refleja el más sincero respeto a la libertad de expresión por parte de las autoridades culturales cubanas y de los críticos de arte de la prensa oficial —representantes unos y otros, por supuesto, de los intereses ideológicos del gobierno—. Pero no nos engañemos.

En este caso, la lanza se quiebra no por el derecho de Stone a desarrollar su obra como realizador de cine y exhibirla públicamente (hasta donde conozco, su gobierno no se lo ha impedido), sino porque es una de esas personalidades que sienten un enfermizo atractivo por ciertos exotismos tropicales, en este caso el caudillo Castro, al que dedicó sus documentales Comandante y Looking for Fidel. Eso, por sí solo, con independencia de su demostrada calidad como realizador, lo convierte en un creador de cine "magnífico" para la prensa oficial cubana.

No pretendo negar a Stone su derecho a filmar a quien le parezca, me simpatice o no el objeto de su interés. De cualquier manera, haciendo de tripas corazón —y en un supremo esfuerzo de disciplina digno de un monje medieval—, me impuse el penoso deber de ver ambos documentales de Stone, que no me parecieron muy ingenuos. En todo caso, ponen de relieve, entre otros muchos detalles, el desenfadado cinismo que es capaz de desplegar un dictador. Quizás por eso también en Cuba la obra de Stone parece estar "censurada".

La era de la informática

En su arranque de indignación por lo que califica de práctica inquisitorial dirigida "contra todo aquel que haciendo valer su derecho a la libertad de creación y la de expresión quiera reflejar objetivamente la realidad de la Isla", el articulista de Granma olvida mencionar la censura que dejó fuera de exhibición en el último Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, que tuvo lugar en La Habana en diciembre último, el documental La Habana: Arte nuevo de hacer ruinas, del realizador alemán Florian Borchmeyer.

¿Es que Stone tiene más derechos como creador que Borchmeyer? ¿Por qué De la Hoz no condena el hecho de que el documental de este último haya sido groseramente excluido de la muestra alemana del Festival? ¿Acaso desconoce la existencia misma del filme?

La realidad demostró de inmediato que la censura no funciona ya con la eficacia que exhibía antes de la era de la informática: el soporte digital ha hecho virtualmente imposible el bloqueo absoluto de aquellos productos que durante décadas estuvieron fuera del alcance de los espectadores cubanos. Y el disco con este filme no ha sido la excepción: ha circulado de mano en mano, ha sido quemado, multiplicado, compartido por decenas de espectadores que, a su vez, lo hacen llegar a sus amistades.

Burlando incluso la orfandad tecnológica que padecemos la mayoría de los cubanos, grupos de amigos se dan cita en la casa del que posee una computadora para disfrutar del documental. Desde un genuino retrato de una Habana dolorosamente real y cotidiana, la cinta de Borchmeyer se nos hace creíble, cercana y sincera. Las imágenes son más elocuentes que los diálogos de los entrevistados que desgranan sus penas, miserias y desesperanzas.

El hilo discursivo del escritor Antonio José Ponte a lo largo del documental es la tesis que sirve de soporte; la columna vertebral que corre paralela al ruinoso paisaje que transcurre ante la vista. Ambos, discurso e imagen, golpean sobre el espectador colocándolo frente a un universo que, a fuerza de repetido, apenas lo percibimos en nuestras vidas diarias. Un documental vigoroso y duro en el que cobran el mismo valor cada palabra y cada silencio.

El efecto contrario

Si bien Stone, con sus devaneos cinematográficos en torno a Castro, parece tratar de aprehender el espíritu del poder desmedido de un individuo sobre una nación, Borchmeyer consigue retener un fragmento de sus consecuencias: La Habana en ruinas; el espíritu de sus habitantes, también arruinado, esperando, esperando, esperando…

"La única capital del mundo que está en ruinas, sin que por ella haya pasado la guerra", sentencia Ponte, para concluir que son las ruinas ficticias de una guerra ficticia: la mil veces anunciada guerra contra el imperio invasor, que ha servido de pretexto al gobierno cubano para completar la destrucción nacional.

En Cuba, como en cualquier parte, la censura oficial siempre logra exactamente el efecto contrario al que se propone. Basta que trascienda que algo ha sido censurado —un libro, una canción, un artista, un filme—, para que amplios sectores de la población de la Isla se pongan de inmediato a la caza del producto en cuestión, y se cree una cadena de promotores que operan como activistas culturales difundiendo la obra, transmitiéndola, rompiendo el cerco ineficaz de la censura.

Los inquisidores no aprenden la lección e incurren una y otra vez en el mismo error. En la Cuba de hoy, censurar un producto es garantizar su difusión y éxito. Es lo que está ocurriendo con este documental. El realizador alemán tenía toda la razón cuando afirmaba, en entrevista publicada en este periódico, que los censores tendrían que contar con que la película se vería en todas partes y se convertiría en un "canto de lo prohibido".

Sólo se equivocó en un pequeño detalle: no fue indispensable que se proyectara en Miami para que se difundiera entre los cubanos.