Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Chelo Alonso, la diosa de los «péplum»

Una camagüeyana que se llama Isabella García, y cuyo nombre artístico es Chelo Alonso

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La semana ha sido dura y hoy decido no hacer nada. Vegeto en una de esas tardes de domingo un poco aburridas, tranquilas, soñolientas en que uno hace zapping buscando a tientas algo en la tele sin saber muy bien qué. Competencias de perritos finos y peludos, reportajes sobre locos que se tiran de los acantilados sin paracaídas, peces ciegos y raros en los abismos del océano, energúmenos condenando a grito pelado los pecados del hombre, chefs que se pelean entre ellos para hacer en media hora lo que mi mujer y yo no comeríamos ni muertos con medio año de hambre y… Y de pronto veo al mismísimo Clint Eastwood con un tabaquito en la comisura de la boca, una raída manta india sobre el hombro izquierdo y aquella inolvidable mirada que parece perdida en lontananza. Esos ojos acuosos del Clint son dos líneas estrechitas que ya contienen el cálculo exacto del final abrupto de los otros dos tipos que se mueven lentos en el círculo de tierra reseca por el sol que insólitamente está dentro del viejo cementerio de Sad Hill.

Se acabó el zapping.

Están poniendo —echando, decíamos de niños allá en Cuba— The Good. The Bad and the Ugly (El Bueno, el Malo y el Feo), esa joya imposible que junto a For a few dollars more (Por unos cuantos dólares más) y A fistful of dollars (Un puñado de dólares) se convirtieron —se les denominaron la trilogía del dólar— en el corazón de aquellas entrañables películas que luego todos dieron en llamar westerns spaghettis. Unas cintas pretéritas que hacen levantar la nariz y revirar los ojos a los profundos conocedores y analistas del buen cine, del cine culto y artístico, pero que esos mismos sabios no dejan de disfrutar, escondidos en la soledad y la oscuridad de su sala de estar (como hago yo hoy) una y otra vez.

Pues bien, el rubio Clint Eastwood termina su trabajo, no les voy a contar el final, aunque podría hacerlo cuadro a cuadro —me lo sé de memoria— y se marcha en su caballo mientras suena en la distancia el tema de la cinta creado por ese grande de los estándares que es, porque aún vive, el maestro Ennio Morricone. Visto, una vez más, el desenlace, me entra la curiosidad y vuelvo a repasar, a saltos, la vieja y barata producción de serie B que siempre me parece nueva. Pero hoy, no sé por qué, me detengo en un personaje secundario. Es la esposa de Stevens, que ella, en la película, carece de nombre y hasta de la palabra. Una mujer destinada a servir y pasar trabajos sin mayores pretensiones, pero poseedora de una belleza rara, una atracción animal que me hace verla incongruente en aquel medio tan áspero y poco aseado.

No me interesa el personaje, más que secundario, sino ella, la intérprete. Y así se me rompe el descanso del domingo y me pongo a investigar, comenzando, claro, por los créditos de la película. E investigando me encuentro con la sorpresa de que aquella hembra entera y tan fuera de lugar en ese filme de tipos rudos y asesinos natos es, no me lo creo, una camagüeyana. Sí señor, una camagüeyana que se llama Isabella García, aunque su nombre artístico es Chelo Alonso.

¿Qué demonios hace esta trigueñona cubana en una coproducción europea y norteamericana tan distante, en argumento, música y formas de hacer, de nosotros los caribeños? ¿Cómo llegó hasta aquí?

Llegó, y como Julio César, vio y venció. Aquí está la historia.

Isabella nació, Chelo vendría después, y de paso digo que es una tremenda falta de respeto que se airee así la edad de una dama, el 10 de abril de 1933. Eso fue unos meses antes de la caída de Machado —hecho que no creo haya tenido ningún interés para ella—, en el llamado entonces Central Lugareño (Hoy Sierra de Cubitas), tierra de cañaverales infinitos. Ese batey está muy cerca del poblado de Minas, en el justo punto medio entre la ciudad de Camagüey y el puerto de Nuevitas. En otras palabras, más cubana ni mandada a hacer.

El padre de Isabella era un técnico azucarero de ciertos recursos (su madre había nacido en México y no tengo la menor idea de cómo llegó hasta un lugar tan apartado) y además de darle una buena educación a la niña no se opuso, no olvidemos que estamos en los años cuarenta del siglo XX, a que tomara clases de danza. A los 17 años de edad Chelo ya era una estrella en ascenso. No solo poseía una belleza espectacular, sino que bailaba como una consagrada. Y ambas cosas se juntaron —actuó por un breve tiempo en el Teatro Nacional de La Habana— para que los cazatalentos se fijaran en ella y la contrataran. Luego de una breve estancia en Estados Unidos (hizo algunas presentaciones en el Miami de entonces y luego en Broadway) cayó como un meteoro en el Folies Bergére de París.

The new Josephine Baker”, “La Bomba de Hidrógeno Cubana”, “El Huracán”, y otros piropos por el estilo marcaban las cada vez más frecuentes apariciones de Chelo en la prensa de espectáculos y farándula. Toda una revelación. Creó un estilo de baile muy peculiar y personal en el que se asociaban los ritmos del Caribe, sobre todo el afro, la rumba clásica, el mambo de Pérez Prado y una forma algo enigmática y muy sexy que los norteamericanos llaman bump and grind. Y claro, con ese palmarés, como dicen los cronistas deportivos, el cine tenía que estar al doblar de la esquina.

Pero ese otro lado de la esquina no era francés sino italiano.

En 1958 se estableció en Italia y entre 1959 y 1962 hizo 16 largometrajes, entre ellos Sheba y el Gladiador, Goliath y los Bárbaros, El camino de los gigantes y El Hijo de Sansón, casi todas junto al Mister Universo Steve Reeves. No eran grandes películas —los críticos las denominaron péplum por aquello de los vestidos “griegos” semitransparentes de las protagonistas— en el sentido artístico e intelectual, pero crearon un nuevo género que fue sumamente popular, y no solo en Italia sino también en el resto de Europa, Estados Unidos y la América hispana.

¿Qué cubano de la generación de inicios de la Revolución no recuerda las películas de Hércules protagonizadas por el fuertote y un tanto bobalicón Steve Reeves? Pues bien, su contraparte, aquella exótica y despampanante jovencita de ojos fieros y profundos era, ni más ni menos, Chelo Alonso.

Y no nos equivoquemos; Chelo, en Bajo el signo de Roma fue dirigida por un Michelangelo Antonioni necesitado de plata, y en esa misma película nuestra estrella barrió el piso con una Anita Ekberg comenzante. La Ekberg era la estrella, pero Chelo se encargó de la promoción y se robó la crítica (Por supuesto que hubo peleas, y de las gordas). En Gastone se dio el gusto de trabajar junto a Vittorio de Sica y Alberto Sordi y en La cimitarra del Sarraceno hizo pareja con Lex Barker. No muchas caribeñas pueden vanagloriarse de cosas así.

En el año 63, nadie sabe muy bien por qué, dejó el cine por la televisión. Tuvo incluso un programa de cocina en el que hacía de vez en cuando frijoles negros y ropa vieja. Mucho antes de una Nigela Lawson hubo una Chelo Alonso. Tres años después quiso volver, pero ya no era lo mismo. Trabajó en tres películas más, incluyendo la de Clint Eastwood con la que comenzamos este artículo y luego desistió. Conservaba su extraordinaria belleza, pero ya, según un crítico, había disminuido el “fiero erotismo que cortaba el aliento”. Eran otros tiempos y habían aparecido chicas más jóvenes y atrevidas, que así es el cine. Se retiró con su pareja con la que estaba desde el año 61, el productor cinematográfico Aldo Pomilia, a criar su hijo Aldino e invertir lo ganado. En 1986 enviudó, pero continuó viviendo en Italia.

Chelo Alonso vive hoy en Siena llevando con mano firme su hotel y su negocio de comida para gatos. Dicen que el Che Guevara la contactó una vez, alrededor de 1961 o 62 para que regresara a Cuba, pero ella rechazó la oferta. Desconozco si eso es verdad o es una leyenda urbana más. Lo cierto es que Chelo Alonso nunca regresó a Cuba.


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