Actualizado: 19/10/2017 11:37
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Cinco años sin Kapuscinski

Ryszard Kapuscinski publicó más de veinte títulos y cubrió numerosas guerras

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Una vez, cuando estaba en pleno desierto… las dunas danzaban. Nuestro jeep se tuvo que detener porque había una barrera. Una caseta albergaba a un soldado. Este nos apuntó con un arma. Le enseñé que tenía el visado para pasar la frontera. Inmediatamente me calló:
─Eso es imposible─ dijo.
─¿Por qué?─ le pregunté.
─Porque la única frontera soy yo─

¿De cuántos modos se podría interpretar esta anécdota? Tal vez solo de uno: el autoritarismo. Un hombre solo representa a un país e impone sus leyes. Un hombre es una frontera, una ley, un territorio. En la narración del periodista, el simple soldado se arroga la facultad de prohibir, protegido por la instrucción del poder que representa.

Ryszard Kapuscinski contó este incidente durante el último taller de periodismo que impartió, en abril de 2004. Tres años después, un 23 de enero, moriría en su modesta casa de Varsovia, a los 75 años de edad. Había sobrevivido a la malaria, al veneno de un escorpión, sufrido epidemias; en una ocasión le volaron los dientes a culatazos, otras veces pudo librar condenas a muerte.

Publicó más de veinte títulos y cubrió numerosas guerras. En 2003 recibió el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades y por esos años, una encuesta de la revista Press lo nombraba como el Mejor periodista del siglo XX.

Todos estos datos conducen a las preguntas siguientes: ¿Qué nos legó Kapuscinski? En esta rica trayectoria, ¿cuáles herramientas nos podrían ser útiles en la práctica de estos días, que —por cierto— continúan siendo sus días?

La diferencia entre Kapuscinski y cualquier otro periodista occidental, igualmente receptor de méritos y galardones, es que él ejerció toda su vida en un sistema autoritario. Y logró algo que pocos alcanzan: no faltar a la verdad.

En Kapuscinski se juntaron varias cualidades que resultan esenciales a la práctica del periodismo y a su eticidad: inteligencia, talento, honestidad, valentía, sensibilidad humana. Buena parte de Los cinco sentidos del periodista la dedicó a describir los avatares de su ejercicio en una sociedad plena de limitaciones para ofrecer la información. Y es en ese libro donde refiere las habilidades que desarrollan los más avezados para evadir de algún modo la censura: “Los que trabajamos en el sistema sabíamos más o menos cómo escribir en ese ambiente”, afirma, para luego considerar que el peor efecto de la coacción sobre la información es la autocensura y en tal sentido su diagnóstico se vuelve dramático: “Abandonar la pelea diaria por encontrar un camino de expresión implicaba una situación sicológica de resignación ante la adversidad que vivíamos”.

Un común denominador en toda su práctica, se refirió a la importancia que tienen los demás en nuestro ejercicio: siempre tomó al entrevistado como sujeto, nunca como objeto. Continúo en las páginas de Los cinco sentidos…:

El periodismo, en mi opinión, se cuenta entre las profesiones más gregarias que existen, porque sin los otros no podemos hacer nada. Sin la ayuda, la participación, la opinión y el pensamiento de los otros, no existimos. La condición fundamental de este oficio es el entendimiento con el otro.

Sin embargo colocó una disyuntiva al percatarse de que:

…el otro tiene una visión sesgada de los hechos, o intenta manipularnos con su opinión. Para prevenir esto no existe receta alguna, porque todo depende de las situaciones, que es como decir de un montón de cosas. La única medida que se puede tomar, si disponemos de tiempo, consiste en juntar el mayor número de opiniones, para poderlas equilibrar y hacer una selección.

Luego de lo cual hizo una afirmación que ya he citado y pienso repetir hasta la saciedad:

Cuando el reportero se ve privado de la posibilidad de conseguir información por su cuenta y riesgo, el periodismo deja de ser periodismo, y se convierte, a veces, en propaganda.

A la experiencia polaca, Kapuscinski sumó el contacto con órganos internacionales de información de varios países y gran prestigio, lo cual le hizo ver el fenómeno de la censura como algo inherente a la propia existencia de los medios, asunto que definió así:

Mientras más grandes sean el periódico, el canal de televisión y la estación de radio, mayor será la censura. En esos terrenos juegan otros intereses antes que la verdad. Y en ese juego no hay una respuesta buena. Hay que luchar y negociar, porque no hay otra solución que hacer los mejores compromisos que podamos para nuestra misión profesional.

A partir de tales convicciones, construyó herramientas que le permitieron esquivar la censura y de algún modo alcanzar la verdad. La más importante entre ellas —tal vez la única imprescindible— fue mantenerse lejos del poder, no recibir de él los beneficios que en cualquier sistema éste ofrece a los periodistas, en especial aquellos que los acercan a puestos de dirección, colmados de prebendas.

Solo así, lección de Kapuscinski, es posible conservar las manos libres y, de hecho, limpias.


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