Actualizado: 03/12/2021 11:36
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Cine político disfrazado de horror

El fallo del director de esta película reside en que su mensaje político es demasiado obvio, aunque tenga razón, y de alguna manera interfiere con la credibilidad de los aspectos de horror

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La leyenda de «La Llorona» tiene una larga y variada historia en México y en América Central, tanto en la cultura maya como en la azteca, pero en el imaginario popular contemporáneo se convierte en una mujer (o un alma), vestida de blanco, que vaga por las noches en los pueblos, llorando mientras trata de robar niños, porque ella ahogó a sus dos hijos.

En La llorona, el realizador guatemalteco Jayro Bustamante, se apropia de los símbolos de esta leyenda para construir una historia de alta carga política, narrada en tono y estilo típicos del cine de horror.

Enrique es un expresidente y general retirado que está siendo sometido a juicio. Se le acusa de ser responsable de genocidio durante su presidencia a principios de la década de los 80. Tras ser encontrado culpable de los delitos imputados, Enrique, viejo y enfermo, es enviado a su casa a cumplir prisión domiciliaria, mientras apela la sentencia de la corte.

Su reclusión se vuelve un infierno cuando centenares de personas se mantienen protestando frente a la casa, día y noche. Son familiares de sus víctimas y manifestantes indignados y solidarios con estos. Ante la situación, toda la servidumbre renuncia a sus trabajos, excepto por Valeriana, el ama de llaves y jefa del equipo. Una indígena leal, quien luego se insinúa puede ser hija del general.

En medio de las protestas masivas, llega Alma, quien se mueve entre los reclamantes, aparentemente sin ser vista. Se presenta como nativa del pueblo de Valeriana. Poco antes, Enrique había tenido pesadillas y escuchaba a alguien llorar en la casa. Delirante por sus complejos de culpa, piensa que son guerrilleros infiltrados y persigue el sonido con una pistola, al punto que casi mata a su mujer.

Alma se gana la simpatía de Sara, la nieta del general, una joven preadolescente que se siente inquieta ante la situación que está viviendo. Enrique se obsesiona con Alma y el ambiente de la casa se vuelve cada vez más ominoso. Sueños, delirios, alucinaciones y realidad se van confundiendo y poco a poco todos los personajes que habitan la casa, incluyendo a la esposa y a la hija de Enrique, así como a su guardaespaldas, quedan atrapados en ese universo confuso. Comienzan a aparecer sapos (que en folclor maya representan presagios de todo tipo, aunque mayormente de limpieza, pues anuncian las lluvias purificadoras), así como los espíritus de los desaparecidos.

El filme comienza con una impresionante secuencia en la casa del general, en la cual se destaca el contraste entre las mujeres reunidas, rezando con una solemnidad casi sobrenatural, mientras en otra habitación el general, sus abogados y otros asociados, se muestran preocupados por su futuro en caso de que el general sea hallado culpable.

La narrativa del personaje de Enrique, así como su historia oficial, están prácticamente calcados del general Efraín Ríos Montt, quien fuera presidente de Guatemala desde 1982 hasta 1983, continuó su carrera política como presidente del Congreso entre 2000 y 2004 y una vez fuera de sus cargos, fuera encausado por genocidio, condenado y luego absuelto por decisión de una corte superior. Y aquí es donde comienzan los problemas del filme.

El general Enrique es una caricatura política, carece de vida y se presenta exclusivamente a partir de su figura pública. Sus pesadillas y obsesiones no le dan la menor humanidad. Jayro Bustamante a la larga opta por el panfleto. Tanto el general como los manifestantes parecen compuestos a partir de lo peor del cine agit-prop. Son personajes de pancarta. Parecen listos para ser impresos en un afiche.

Los personajes femeninos sí están bien delineados y tienen vida propia. Se desarrollan muy bien a través de la trama, tanto la esposa del general, Carmen, como su hija Natalia. Su progresivo involucramiento resulta muy orgánico a la trama y están llenos de matices.

Bustamante compone muy bien sus escenas desde el punto de vista visual. Sus elipsis y sus saltos de la realidad a lo onírico o a lo delirante, están perfectamente montadas, sin necesidad de cambios de iluminación. El espectador queda tan confundido como los personajes. Se ilumina al igual que ellos. A pesar de que muchos críticos primermundistas resaltan lo que se supone hay en el filme de “realismo mágico”, en realidad no es más que una percepción paternalista. Bustamante nunca explota los elementos folclóricos o autóctonos más allá de lo necesario ni de lo que resulta relevante a la trama. Su fallo reside quizá en que su mensaje político es demasiado obvio, aunque tenga razón, y de alguna manera, interfiere con la credibilidad de los aspectos de horror del filme.

Este es el tercer largometraje de Jayro Bustamante (Guatemala 1977). En sus anteriores (Ixcanul y Temblores) aneja también muy bien los mitos y ritos locales. Aquí se destaca principalmente en la narrativa de los aspectos del horror. Compone bien sus imágenes, mantiene los diálogos fluidos (es coguionista junto con Lisandro Sánchez) y su dirección de actores sirve a sus propósitos. Pero se pierde quizá por su deseo de enviar un mensaje político y de justicia social y ahí se vuelve obvio y reiterativo. También, a la larga, el desenlace resulta previsible.

Julio Díaz no tiene experiencia cinematográfica y parece un actor muy malo. Su caracterización de Enrique es muy floja y le resta efectividad al filme. Tampoco el personaje como tal, tiene mucho que decir. Margarita Kenéfic, una actriz de gran experiencia e importancia en el teatro guatemalteco, es una figura imponente y está magistral en su papel como Carmen. Sandra de la Hoz, con poca experiencia cinematográfica, está muy bien como Natalia, la hija, haciendo la transición de alguien ajeno a los hechos y hasta cierto punto abúlico, a una persona que se involucra y queda afectada por la situación, de manera muy natural. María Mercedes Coroy, que ha trabajado anteriormente con Bustamante, es también una actriz de gran presencia escénica y con gran economía dramática expresa a la perfección su personaje, proyectando con fuerza las dimensiones reales y oníricas del personaje de Alma.

La fotografía del peruano Nicolás Wong es muy buena y se convierte en un personaje más del filme, si bien de manera sutil y ajustada a la trama. Aparte de una buena banda musical, Bustamante utiliza al final la canción popularizada por Chavela Vargas (interpretada también por Joan Baez y Nana Mouskouri), “Llorona” interpretada aquí por la excelente cantante guatemalteca Gaby Moreno, quien actualmente se destaca en Estados Unidos por sus interpretaciones de blues y jazz.

El filme tiene momentos muy bien logrados y el final presenta ciertos altibajos, ya que dado el aspecto de politización que a veces le resta fuerza dramática al filme, resulta gratuitamente tremendista. El filme es la propuesta de Guatemala a los premios Oscar.

La llorona (Guatemala/Francia, 2019). Dirección: Jayro Bustamante. Guion: Jayro Bustamante y Lisandro Sánchez. Director de fotografía: Nicolás Wong. Con: Margarita Kenéfic, María Mercedes Coroy, Sabina de la Hoz y Julio Díaz. De estreno virtual en varias plataformas.


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