Actualizado: 04/12/2020 15:14
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Cine, Cine estadounidense, Arte 7

Cine político malo

El director conduce el filme como un entretenimiento ordinario hollywoodense, lo cual es una lástima pues el tema merecía algo mejor

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Por lo general, por razones de entretenimiento, Hollywood siempre enfoca el cine político a través del lente del maniqueísmo. Es la política de la taquilla, para que algo sea digerible y ameno, tiene que ser bien simple y mientras menos matices mejor. La lucha entre buenos y malos mantendrá en vilo al espectador hasta el final. The Trial of the Chicago 7 es un buen ejemplo de ello.

La trama del filme se basa en los hechos ocurridos en Chicago, primero durante la convención demócrata que, en septiembre de1968 nominaría a Hubert Humphrey como candidato a la presidencia, cuando un grupo de activistas había organizado unas manifestaciones delante de la convención para pedir el fin de la guerra en Viet Nam y el juicio que se les celebró un año después en una corte federal de la misma ciudad.

Originalmente se llamaron los “Ocho de Chicago”, ya que los encartados fueron Rennie Davis y Tom Hayden, dirigentes y creadores del Students for a Democratic Society, una organización que se trazaba como propósito recobrar “las virtudes que la izquierda había perdido con el estalinismo”. Jerry Rubin y Abbie Hoffman, creadores del Youth International Party (YIP), conocidos como los Yippies. John Froines y Lee Weiner, dos estudiantes de ciencias que poco tenían que ver con el resto. David Dellinger, un hombre mucho mayor que estos que había sido un objetor de conciencia durante la Segunda Guerra Mundial, pacifista devoto, y Bobby Seale, líder de los Panteras Negras, que en realidad no tenía nada que ver con los hechos y cuyo juicio fue separado del resto rápidamente.

Las acusaciones eran cruzar fronteras para crear caos e incitar disturbios. Los jóvenes habían pedido permiso para manifestarse en Grant Park, frente al hotel donde se llevaba a cabo la convención y quedarse a dormir en Lincoln Park, un poco más al norte. La idea era que, a través de la desobediencia civil, la propia policía fuera la creadora de los problemas.

Los hechos están narrados con bastante fidelidad en el filme. Se toman algunas licencias, como ubicar la muerte de Fred Hammond, líder de los Panteras Negras de Chicago, durante el juicio, cuando en realidad ocurrió tres meses después. Pero no es un documental y se mantiene fiel al espíritu de los sucesos y sus motivaciones. El juicio fue una farsa, conducido por el Juez Julius Hoffman, un personaje caricaturesco, que en el filme es una caricatura de la caricatura, y su transcurso está bastante bien presentado.

Donde se le ven demasiado las costuras al filme es en sus predilecciones. Es difícil cuando se ubican personajes solamente en la Historia y en el quehacer político, darle mucha vida, pero aquí se nota inmediatamente el deseo de presentar muy positivamente a los personajes de Tom Hayden, Jerry Rubin, Abbie Hoffman y en menor medida Bobby Seale, por ser los que continuaron como iconos de la contracultura. Todos son apasionados, simpáticos y sin fallas, si acaso tienen alguna es su excesivo amor por sus causas. Los demás personajes pasan a un segundo plano. Los agentes del FBI y la fiscalía, como ya se ha visto muchas veces, son serios, carentes de sentido del humor y macabros. Esto convierte al filme en un panfleto divertido. Más agit-prop que arte.

Hoffman, un hombre que continuó involucrado en el activismo político hasta que se suicidó en 1989, es interpretado por Sacha Baron Cohen (Borat), quien despliega a la perfección sus aptitudes de comediante, protagonizando un papel muy lineal, sin riesgos dramáticos. Un poco de humanidad le quieren conceder a Hayden, interpretado por Eddy Redmayne (The Danish Girl, The Theory of Everyhting), al convertirlo en un personaje dubitativo y de alguna manera débil ideológicamente. Hayden fue después representante y senador estatal de California por casi veinte años, y esposo de Jane Fonda, con quien tuvo un hijo. Siempre fue un activista de la Nueva Izquierda. Rubin, el tercero en importancia, es interpretado por Jeremy Strong (Molly’s Game, Zero Fark Thirty), en un tono menor. A la larga, Rubin se convirtió, en los años setenta, en un empresario exitoso y multimillonario, siendo uno de los primeros inversionistas de Apple. Murió en un accidente de tráfico en 1992. Seale, quien pasó un tiempo en La Habana, donde no le fue muy bien, es interpretado como una pancarta por Yahya Abdul-Mateen (Us), que no tiene muchas opciones dramáticas y hace lo mejor que puede. Todavía vive, ha sido profesor y activista y aparece como Barry Seaman en la novela 2066 de Roberto Bolaño.

Aaron Sorkin, quien anteriormente dirigió Molly’s Game, pero que ha escrito los guiones de películas como A Few Good Men, Charlie Wilson’s War y The Social Network, y quien aquí es también responsable por el guion, conduce el filme como un entretenimiento ordinario hollywoodense, lo cual es una lástima pues el tema merecía algo mejor.

La fotografía y la música sin ser nada extraordinario, están bien eficientes para completar este paquete de estudio, un producto para el entretenimiento, mientras que de paso se lanzan un par de ideas simplonas, para propagandizar la utopía de la Nueva Izquierda. Todo un lamento de viudez ideológica.

The Trial of the Chicago Seven (EEUU, 2020). Guion y dirección: Aaron Sorkin. Director de fotografía: Phedon Papamichael. Con: Eddy Redymayne, Sacha Baron Cohen, Jeremy Strong y Yahya Abdul-Mateen II. De estreno en la plataforma de Netflix.


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