Actualizado: 17/09/2021 9:52
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Música, Música cubana, Música estadounidense

Clásicos en la vida y la muerte

George Gershwin, Amadeo Roldán y Alejandro E. García Caturla

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Temprano aún en la cálida y tranquila noche del 9 de julio de 1937, George Gershwin, después de una cena ligera fuma en su pipa y repasa al piano una vez más la partitura de la banda sonora creada por él para la cinta holywoodense Goldwyn Follies, dirigida por George Marshall, que se acaba de filmar y está pendiente de estreno, algo que no ocurrirá hasta 1938, el compositor que venía sintiéndose mal de salud desde varios meses antes, cae súbitamente de bruces sobre las teclas del gran piano de cola color ébano y en unos segundos resbala por un costado de la banqueta hasta quedar tendido en el suelo.

Aunque su antológica capacidad de trabajo y su acuciosidad en los detalles más nimios se habían visto disminuidas desde unos meses antes debido a intensos dolores de cabeza, mareos y cierta pérdida de la concentración, nadie esperaba en un hombre tan joven y fuerte un desenlace de este tipo. Convulsiona Gershwin un par de veces en el piso de mosaicos pulidos antes de que lo atiendan, pierde definitivamente la conciencia y su rostro toma una palidez cerúlea, casi cadavérica. Intentan reanimarlo, pero sus acompañantes, su pareja y un par de amigos, se dan cuenta enseguida de que el problema que aqueja al compositor es muy serio y no pierden más tiempo. Es llevado a todo correr al hospital Cedars of Lebanon de la ciudad de Los Angeles donde el músico ingresa ya en coma profundo.

Después de repetidos e infructuosos intentos de sus familiares y del propio personal médico y administrativo del hospital por localizar a algún neurocirujano de primera línea —el fundador de la especialidad neuroquirúrgica, el maestro Harvey Cushing lleva ya cuatro o cinco años de retiro y el profesor Walter Dandy, su más reconocido alumno y continuador está en una pesquería deportiva en Nueva Inglaterra, al otro extremo del país—, Gershwin es intervenido de extrema urgencia —no se puede esperar más— por los cirujanos de guardia en el enorme y moderno centro hospitalario.

Abren el cráneo de Gershwin los operadores y encuentran, es ostensible a simple vista, un tumor cerebral de gran tamaño, que luego será estudiado y diagnosticado por los patólogos del centro como un glioblastoma maligno. Observan además con perplejidad, y no pueden hacer casi nada para contenerlas, unas pequeñas pero devastadoras hemorragias intracerebrales descritas desde hace tiempo en los libros de texto como líneas de Duret. Con eficacia, pero aplastados por el desaliento, quitan un segmento de la neoplasia, no pueden eliminarla toda para no destruir completamente el cerebro, yugulan el sangramiento hasta donde les es posible, cierran la herida quirúrgica y comienzan una espera que todos ellos saben definitiva hasta que ocurra el inevitable desenlace final. Al amanecer del 11 de julio, alrededor de las 5 am, y sin llegar a salir nunca del coma, expira George Gershwin y así se apaga la vida de uno de los compositores más representativos y universales de la música.

Nacido en 1898 en Brooklyn, Nueva York, como Jacob Gershovitz, hijo de una pareja judía ucraniana emigrada a Estados Unidos en busca de mejores horizontes, y por tanto norteamericano él de primera generación, alumno de férrea disciplina autoimpuesta, niño prodigio en la ejecución instrumental del piano y compositor musical desde la adolescencia, George Gershwin dejó al morir a los 38 años de edad una obra que asombra por su extensión y sobre todo por su imbatible calidad y modernidad.

Virtudes estas últimas que debía, en primerísimo lugar a su enorme talento innato, pero también a un disciplinado y profundo conocimiento de los clásicos: Bach, Beethoven, Mozart y Haydn, de los renovadores de la música como Claude Debussy, Igor Stravinsky, Dmitri Shostakovich, Arnold Schoenberg, Alban Berg y Darius Milhaud así como a la música que hace su amigo el francés Maurice Ravel, con el que tocó en el exitoso viaje de Gershwin a París en 1928 y más tarde en una memorable ocasión en Nueva York.

Todo lo anteriormente dicho es cierto, pero no debe pasarse por alto, es parte del conjunto que hace tan brillante y tan moderno al artista, la estrecha relación de Gershwin con el ragtime, el jazz sureño original y el bebop de los maestros newyorkinos, algo que se hace patente en casi todas sus composiciones, y además, es quizás lo más sorprendente, con el por entonces muy de moda son cubano, eso que los americanos denominan «rumba», lo que se explica por sí solo al escuchar uno su muy colorida «Cuban overture», escrita bajo el influjo de sus descubrimientos y experiencias después de un gratificante recorrido de dos semanas por la ciudad de La Habana y sus alrededores en febrero del año 1932.

Estrenada por la New York Philharmonic Orchestra con el nombre de «Rumba», era la moda, el 16 de agosto del mismo año 1932 en el Lewisohn Stadium —el añejo edificio fue demolido hace años para hacer lugar a un rascacielos—, la obertura cubana de Gershwin, en realidad un poema sinfónico de relativamente larga extensión, acogió esa noche a 17.845 personas y quedaron unas 5.000 más en la puerta sin poder entrar. Un éxito rotundo de la pieza orquestal de Gershwin que coloca, entre otros sonidos caribeños, la melodía sonera del músico cubano Ignacio Piñeiro conocida por «Echale salsita» en el oído norteamericano. Ya con su título definitivo: «Cuban overture», Gershwin se negaba a encasillarla en un solo género musical, la obra “cubana” de Gershwin fue reestrenada tres meses después en el Metropolitan Opera House y dirigida esta vez por el propio compositor.

Lo cierto es que la muerte de George Gershwin no pasa inadvertida en Cuba. El violinista y compositor Amadeo Roldán y Gardés, que hasta donde sabemos no conoció personalmente a Gershwin aunque sí al importante director de orquestas norteamericano Henry Cowell, que estrenó en marzo de 1929 en Nueva York, y con la presencia del cubano, la música del ballet de su autoría «La Rebambaramba», está muy al tanto de la obra sinfónica, operática y teatral del ya consagrado pianista americano.

Amadeo Roldán y Gardés había nacido en Europa y justo con el nuevo siglo. Hijo de un músico español y de una excelente y muy cotizada pianista mulata nacida en Cuba, Albertina Gardés, vino al mundo en París el 12 de junio del año 1900. Su madre lo llevó unos años después, junto con sus dos hermanos, María Teresa y Alberto, futuros cantante de ópera ella y cellista él, a Madrid para que estudiara violín, viola y teoría musical en el famoso Conservatorio de Madrid, donde se graduó con honores a los 16 años de edad.

No conoce Roldán la isla de Cuba, y esto es un hecho notable teniendo en cuenta la cubanía posterior de su música, hasta el año 1919. Pero le gusta el ambiente social y musical que se respira por entonces en La Habana y decide hacer de Cuba su patria definitiva. No ha cumplido aún los 25 años cuando es nombrado, y por méritos, vale decirlo, maestro de conciertos de la orquesta Filarmónica de la Habana, una de las mejores orquestas por entonces, no solo de Cuba, sino del continente iberoamericano. Al cumplir los 32 años será ascendido, algo sorprendente para un músico tan joven, al cargo de director de la misma. Pero Amadeo Roldán no se duerme en los laureles.

Se interesa Roldán, contra todo pronóstico, por la música negra que se hace en Cuba y sobre todo por la “misteriosa para los blancos” percusión afrocubana, unos géneros, música ritual negra, rumba con todas sus variantes (columbia, guaguancó y yambú), conga, tumba francesa, coros de clave, son, danzón que no son bien vistos, o son ignorados o tratados con cierto desdén, por la alta y altamente selectiva burguesía blanca que controla los centros de música de arte o música culta que controla las organizaciones de mecenazgo que patrocinan a los teatros y artistas de concierto de la capital de la Isla.

La ya mencionada música escrita para la «Rebambaramba», el ballet El Milagro de Anaquillé, la impactante «Obertura sobre temas Cubanos» y sobre todo las «Rítmicas», especialmente las números V y VI configuran una obra en verdad rompedora que introduce, por primera vez en la historia de la música sinfónica occidental, la percusión casi en solitario como célula matriz de la música denominada culta. Pero el destino es ingrato con el maestro, todos le llaman así desde hace tiempo, Amadeo Roldán.

Aproximadamente en la fecha en que fallece George Gershwin, Roldán nota una protuberancia anormal, una especie de mancha abultada en su rostro. Después de varios diagnósticos erróneos y tratamientos ineficaces, los médicos que lo ven concluyen que el maestro Amadeo Roldán padece de un crecimiento maligno en la cara. Se trata, estimamos nosotros, porque nunca hemos podido encontrar la confirmación anatomopatológica en este caso, de un melanoma nodular o de un melanoma lentiginoso acral de pronóstico muy reservado y más en aquellos tiempos pre quimioterápicos.

Todos atribuyen el crecimiento tumoral facial que padece Amadeo Roldán al tabaquismo, fuma cajetilla tras cajetilla de cigarrillos, entre cuatro y cinco en un día, pero hoy pensaríamos más bien en los rayos ultravioletas del sol de la isla y su efecto deletéreo en una tendencia genética preestablecida. Lo cierto es que el tumor desfigura y destruye su cara y progresivamente su cuerpo. Amadeo Roldán fallece, en plenitud de facultades artísticas pero convertido en una ruina humana, el 7 de marzo de 1939. Tiene al morir 38 años de edad, los mismos que tenía George Gershwin al irse de este mundo.

Al sepelio de Amadeo Roldán acude desde el pueblo de San Juan de los Remedios, en la provincia cubana de las Villas, un joven abogado de profesión, pero músico por convicción, por amor más bien, llamado Alejandro Evelio García Caturla. Nació en ese mismo pueblo en el año 1906 y por tanto es más joven que Roldán en seis años, pero no le va a la zaga en cuánto pasión por la música culta y por los géneros afrocubanos.

Toca el joven García Caturla como un consagrado el violín segundo o el concertino de una orquesta sinfónica, algo que hacía muy bien Roldán, pero Caturla le lleva una ventaja o quizás dos; posee, además del oído absoluto y el don de la composición musical, una bastante poderosa y muy bien modulada voz de barítono. Ah, y también ha estudiado entre 1925 y 1927 con la profesora Nadia Boulanger en París, esa dama de la música, convertida ya por entonces en una especie de mito, que también dio clases a George Gershwin. Amadeo Roldán y García Caturla eran un par de adolescentes hace solo tres lustros y ya se codean con los grandes de la música cubana. Y ni que decir que a veces los superan.

A Caturla, que se sentía hasta cierto punto deudor de Roldán en el descubrimiento de la música negra cubana, le cueste creer que se ha quedado solo en la empresa de convertir todos esos fascinantes sonidos en música de arte. Su ópera Manita en el suelo, escrita a cuatro manos con Alejo Carpentier, amigo de ambos músicos y futuro escritor de renombre internacional, las Danzas cubanas, la Danza Lucumí, la Comparsa, que dedicó al maestro Fernando Ortíz, la primera Berceuse, los Tres preludios y en general toda su obra sinfónica se la ha mostrado primero a Roldán, excepto, él ya no quería ver a nadie debido a su enfermedad, la Berceuse para dormir a un Negrito y la Berceuse campesina que acaba de terminar. Caturla siente en el alma la muerte de su amigo Amadeo Roldán pero sabe al mismo tiempo, y eso le alivia, que le quedan muchos años de creación artística por delante, que al fin y al cabo solo tiene 33 años de edad.

Aunque puede ocurrir que el destino tenga otros planes para él. Nombrado juez por oposición en el tribunal de su pueblo, San Juan de los Remedios, que de algo tiene que vivir y además mantener a sus once hijos, que la música, eso lo sabe todo el mundo, paga muy poco, Caturla practica la ley con un no muy común sentido de la justicia y el deber para aquellos tiempos. Es un juez insobornable, sus coterráneos lo saben y lo celebran.

Pero no todos. El 11 de noviembre del año 1940 un hombre, el custodio de prisiones Jorge Argacha, va a visitar al juez Caturla en su propio tribunal para convencerlo, vaya a saber con qué proposiciones, de que no lo condene por homicidio calificado en el juicio que debe celebrársele al día siguiente. El juez Caturla lo despide del lugar a cajas destempladas. Al día siguiente, temprano en la mañana, el acusado regresa con una pistola calibre 38 de reglamento y mata a Caturla instantáneamente de varios disparos por la espalda. Alejandro García Caturla, el juez, y también el gran compositor en ciernes, tiene al morir 34 años de edad.

Siempre, en casos como estos, se repite el mismo tópico. ¿Qué hubieran hecho estos tres maestros, Gershwin, Roldán y Caturla juntos? No lo sabemos, claro está, pero ahí queda la sorprendente y excepcionalmente buena obra musical de los tres para seguir disfrutando.


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