Actualizado: 23/09/2019 16:12
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Como en los sesenta…

El Primer Festival de Cine Latinoamericano de São Paulo mostró sólo una parte de la cinematografía cubana: la de la estética revolucionaria.

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Si desconsideramos el estilo Oscar y el estilo Cannes en que los artistas que trabajan para la TV Globo crecen y se desarrollan, se puede afirmar que en Brasil el público que frecuenta los eventos cinematográficos es escaso. No obstante, en el país existen festivales considerados tradicionales y cults; en específico, el Festival de Gramado; y en los últimos años el de Ceará, donde los directores y productores Wolney de Oliveira (Brasil) y Margarita Hernández (Cuba) han desarrollado, a través de la productora Bucanero junto con instituciones estatales, películas y documentales en los que el cine latinoamericano mantiene un espacio considerable.

En São Paulo se organizan muestras anuales, inencontrables en casi cualquier parte del mundo, como la muestra de documentales É Tudo Verdade y la Muestra Internacional de Cine, que privilegia regiones excéntricas. También, todos los años Río de Janeiro extiende a São Paulo la programación de su Cinesul Competitiva, por lo general con muestras de películas que no entran bien en el circuito comercial.

El pasado mes de julio esta pequeña movida cinematográfica inauguró en el Memorial da América Latina, en São Paulo, el Primer Festival de Cine Latinoamericano de la ciudad. Ningún edificio público sería más apropiado ni representativo que uno concebido por Oscar Niemeyer; tampoco nadie más idóneo que Fernando Birri, fundador de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños (EICTV), para inaugurar en Brasil un evento de tal naturaleza.

Con capacidad para cuatro centenas de personas, en la sala principal el público se acomodó en los pasillos laterales, en el espacio libre entre la primera hilera de butacas y el escenario. Sin embargo, por causa de la obra más reciente de Birri, ZA 05. Lo viejo y lo nuevo —con la cual presta homenaje a los 20 años de la EICTV y a su maestro neorrealista Cesare Zavattini—, el mismo pasillo, minutos antes obstruido por el tumulto, comenzó a vaciarse lentamente. Birri en el salón, Birri en la pantalla. Sí, Birri comienza su filme consigo mismo dando un discurso. Enseguida, todas las imágenes posibles del horror del continente convertidas en panfleto, reformulado con una especie de agresión visual "post", que, en su tendencia pseudoliberadora, no especifica si se trata de guerra o de guerrilla.

El "catálogo de San Antonio" curado por Birri, y para el que en buena medida ha sido producido este evento, es un verdadero batido de violencia y desconsuelo. Desde un anacrónico lente acusador, los mejores trabajos de graduación de los estudiantes de San Antonio ("las tesis") son recortados y entrecosidos al canon cinematográfico regional (Glauber Rocha, Fernando Solanas, Santiago Álvarez, Birri una vez más).

No obstante, también le fue reservado un espacio a las películas en que aparecen las grandes metrópolis latinoamericanas, aquellas que han conseguido insertarse en el circuito del melodrama y de la estética comercial estadounidense. Aun así, el "mensaje" de que las películas actuales de América Latina están asumiendo un aire más comercial sigue sin convencer a los más radicales artistas e intelectuales de izquierda. De ahí que se organizara una programación basada en la lectura arqueológica, que mantiene ejemplarmente el viejo concepto de festival de los años sesenta.


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