Actualizado: 01/12/2020 17:54
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Como para leerla dos o tres veces

Wendy Guerra y su homenaje a Anaïs Nin en forma de novela, en que la autora imagina lo que Anaïs pudo sentir al llegar a Cuba, sus deseos y dudas

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Entre lo cierto y lo apócrifo fue el método que la autora Wendy Guerra escogió darnos a conocer en lo posible a este personaje , y logra que uno a veces casi ignore las fronteras entre la realidad y la ficción. Por lo tanto, es la impresión recibida que enmarca ambas partes, quizás que pueda suceder, y retar a que uno se balancee entre realidad y fantasía, donde esta última no es un mero remiendo, sino que hasta por la forma que optó la autora, para acercarnos convincentemente a este personaje, cualquiera puede pensar que desechara otros problemas y les pasó casi por arriba para no caer en lo explícito.

Lo cierto es que Posar desnuda en La Habana, enmarcada en los años veinte, donde la joven mujer, que poco vivió en nuestra isla, pero que quizás la marcó en cierta forma, es una obra que no ha sido muy divulgada en nuestras editoriales, máxime del poco tiempo que vivió junto a nosotros.

Pero lo que más resplandece es que la parte apócrifa y la real por suerte no se entrecruzan, sino se complementan, y todo desde el principio al fin transcurre en un mismo nivel adecuado que asemeja mucho a las epístolas escritas por el personaje, a veces contradictorio para algunos, pero para los que poseen la cualidad de mente abierta, lo tomarán como acciones comunes en cualquier ser humano.

Sus mismas cartas, donde una cascada de tristezas, por las que atraviesa Anaïs Nin, desosiegan; donde requerimientos, estados de soledad, sentirse como una triste refugiada en plena Habana de los años veinte sobrecoge de triste manera. Mientras a través de ellas, captamos, la relación algo difícil con la madre, muy diferente a la del padre, que ya sabíamos que con él raya ciertos matices que cualquiera, por esto o por aquello, no pudiera sentir ese amor prohibido; condenado por la Iglesia Católica, a pesar de que entre griegos y romanos existió, aunque sin que se nombrara mucho.

Sin embargo, Wendy Guerra pelea y triunfa porque ante tal personaje algo polémico, nos acerca a la vez, el ambiente habanero de esa época, donde calles, callejones, fachadas, futuros repartos que después se erigieron; el mismo transporte de coches y ya la posible y cercana aparición de los tranvías eléctricos se hacen presentes, sin dejar a un lado los caballos en medio de tierras donde casas o casonas. Uno no sabría si estábamos en las afueras de nuestra Capital o dentro de ella misma. Además, con personajes reales que se complementan para que la obra alcance un sentido real, como si ambas partes y acciones no existieran, y todo fuera solamente una, nada más.

Y a la vez, y sin dejar de contar ya en las partes apócrifas escritas por la autora, debió, y nos parece, que estudió bien esa época y atmósfera de una burguesía ya algo lejana de la española para resplandecer por sí misma; tanto en lo aparecido en las cartas de Anaïs como en la creación de Wendy Guerra, que uno no sabe por momentos cuando es uno o es otro, ya que se complementan —un logro sin lugar a dudas— y todo entre, aún sin desearlo, la perenne tristeza de Anaïs que la acorrala, la mantiene en un clásico “no sé qué hacer”, o que parte de su íntima verdad la esconde, que la misma autora los trata con cierta delicadeza, lejos de la repulsión, porque en definitiva, somos seres humanos, hagamos lo que hagamos, aunque algunos (no podía ser de otro modo), luchen por sacar sus lanzas de condena.

Además, ese estilo en la escritura que la autora escogió pone un sello muy personal, no muy presente en la literatura cubana actual, que a quién escribe este comentario le sorprendió, cuya sutileza, su elegancia nos sorprende, que invita a recomenzarla a leer, en busca de los trasfondos que nos quiere insinuar, en su parte apócrifa, comenzar desde la primera página sino que hace aún más interesante cada escena, como si estuviéramos junto a ella en el momento que comenzó a escribirla.

De todos modos, pienso por otra parte que Posar desnuda en La habana no ha sido divulgada como merece, quizás por ciertos párrafos, donde la autora, con una escritura muy aparentemente sencilla (una sugerencia para los analíticos de la Escritura), no tiene miedo y expone lo que se comentó de esta personaje aún cuando nos abandonó, que tampoco es para condenarla a la hoguera, sino entender que los caminos del amor no son tan claros como piensan algunos con mentes cuadradas; sino que los vericuetos inesperados de vez en cuando se abren para comprender y entender, que ese, el AMOR como sea, refracta diversos axiomas procedentes del alma de cualquier ser humano aunque no nos guste. En resumen, Posar desnuda en La Habana, de Wendy Guerra, convence a toda costa.


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