Actualizado: 07/12/2022 17:02
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Artes Plásticas

Confabulación de los opuestos

Florencio Gelabert insiste en apostar por esa vida breve y lustrosa que asoma en sus esculturas.

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Como todo lo que aspire a estar vivo, la obra de Florencio Gelabert Jr. se alimenta de contradicciones. En sus muestras más recientes (Interceptions, Frost Art Museum, FIU, Miami, y Birth & Accumulations, Chashanna Art Studios & Gallery, Nueva York), el artista se empeña en conjugar dos desvelos incongruentes en apariencia (y valdría añadir, tratándose de un escultor, también en textura): arquitectura y naturaleza. Un teólogo (o un masón) no tendría mayores problemas para disolver la incoherencia, ya que ambas —explicaría— son obra de arquitectos. La diferencia estribaría en que mientras unos trabajan con planos y piedras, el Otro prefiere lo absoluto como materia.

 

Pero a Gelabert no parecen atraerle las soluciones sedantes de la retórica o la teología. De la arquitectura le interesan, no la totalidad, sino los fragmentos en su condición de ruina, despojo de lo que alguna vez fue sueño hecho piedra. De la naturaleza elige expresiones tan elementales y ubicuas como las yerbas y las flores silvestres, emblema sencillo y vital. La vida y la muerte, en suma, pugnando por hacerse espacio cada una al precio de la otra.

 

En medio de la arquitectura moribunda brota la vida en su variante más simple y feliz. Parecería que el artista quisiera darle la razón a aquel predicador escocés que intentaba resumir la impotencia del hombre frente a la divinidad pontificando: "Nuestras obras decaen y desaparecen pero las obras más tiernas de Dios se mantienen, mirando con desprecio las ruinas que nos esforzamos por criar".

 

Gelabert es menos optimista que el predicador en cuanto a la supervivencia de la obra del Gran Arquitecto. Sabe que la humanidad ha multiplicado su capacidad de envenenarla casi hasta la aniquilación y, sin embargo, insiste en apostar por esa vida breve y lustrosa que asoma en sus esculturas.

 

En textos y declaraciones, el artista (pese a la apariencia austera de sus esculturas) insiste en acusarse de barroco. Si entendemos lo barroco, no como simple recargamiento, profusión de detalles, sino como expresión de un tiempo de confusiones y desgarraduras, de conciencia extrema de lo frágil de la existencia, podríamos ver en la obra reciente de Gelabert justo la inversión de cierta lógica barroca, la del vanitas.

 

En medio de la abundancia ostentosa de las naturalezas muertas, siempre había espacio para colocar un detalle (una calavera, un reloj, los signos de putrefacción de una fruta) que recordase la fugacidad de la vida y el imperio moroso de la muerte. En estas obras de Gelabert, la irrupción de las flores entre las ruinas parece empujarnos a recordar la reserva de vida que puede encontrarse en plena decadencia.

Pero a este vitalismo que proponen las piezas del artista habría que añadir una última contradicción. La sustancia, las materias mismas de las que se componen estas piezas y sus texturas ponen en cuestión todo lo dicho anteriormente, llevando el sentido de la obra al reino próspero de lo ambiguo.

 

Ruinas de sheet rock y flores plásticas: nada que indique pretensiones de realidad. Lo que aparenta ser piedra herida no esconde sus rebordes de cartón. Como si el artista no quisiera que olvidáramos que esta batalla entre lo vivo y lo muerto no es más que un simulacro; que el arte nunca puede renunciar a su carácter fantasmal so pena de perder su única fuerza, que es el reconocimiento de su debilidad. O que la creación (con minúsculas) no aspira a competir con la otra Creación, más segura de sí misma pero, si lo pensamos bien, no menos fantasmal.


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Ottoland (detalle), de 2008.Foto

Ottoland (detalle), de 2008.

Obras de Gelabert