Actualizado: 24/06/2022 11:47
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Cine, Arte 7

Contemplación de lo corriente

Carlos Machado Quintela ha optado por evadir jineteras, ruinas, discursos políticos y criaturas macarrónicas, temas y personajes excesivamente recurrentes en el cine cubano

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La piscina es una película original, dentro del cine cubano, en muchos sentidos. Cuatro adolescentes discapacitados, Diana, una muchacha a la cual le falta una pierna, Dany, un joven con síndrome de Down, Rodrigo, quien a juzgar por sus dificultades motrices, sufre de Parálisis Cerebral Infantil y Oscar que padece de mutismo electivo, asisten a su rutina veraniega: clases de natación con un instructor indolente, alguien que alguna vez fue un atleta destacado pero cuyos mejores años han quedado bien atrás. Solamente seremos testigos distantes de lo que ocurre ese día, un día en el cual nada ocurre y que parece ser la norma y no la excepción.

El instructor parece habitar una inopia existencial en la cual matar las horas sin objetivo es su meta principal. Los adolescentes cumplen con su rutina corriente con la relajada disciplina de quienes no esperan otra cosa. Son seres marginales que se refugian en su microcosmos, en el cual se sienten protegidos por la invisibilidad que les proporciona. Esto se acentúa en un momento determinado cuando llega un grupo de adolescentes que forman parte de un equipo competitivo, que vienen a cumplir su entrenamiento y que se entregan a su práctica sin siquiera reconocer la presencia de los cuatro adolescentes, quienes se retiran cediendo la piscina temporalmente, aprovechando su invisibilidad para centrarse en sus propias interrelaciones.

El día pasa sin contratiempos, no hay exigencias. Diana y Rodrigo parecen tener una relación romántica y las únicas tensiones se crean cuando ésta provoca a Rodrigo para que se burle de Oscar por su mutismo y un poco de Dany, quien busca la aprobación del grupo. A Diana le gusta flirtear y los varones se sienten inseguros ante su actitud, pero nada pasa de ahí, todo se resuelve sin consecuencias. Las emociones se cruzan pero nunca se enfrentan. Los personajes viven el sosiego de la apatía cotidiana.

En su primer largometraje de ficción, Carlos Machado Quintela, ha optado por evadir jineteras, ruinas, discursos políticos y criaturas macarrónicas, temas y personajes excesivamente recurrentes en el cine cubano. También ha decidido narrar su historia con minimalismo dramático, dejando que los breves diálogos fluyan con la relativa incoherencia de la vida misma, aprovechando al máximo la expresividad del silencio y de los sonidos ambientales. Los encuadres son de planos distantes, con la cámara inmóvil, dejando que la acción entre y salga del campo visual, lo cual mezcla con planos medios. Apenas hay primeros planos, evita el intimismo para no caer en el melodramatismo. Solamente observa conductas y no se adentra en las motivaciones de sus personajes.

Todo esto deja al espectador la posibilidad de elaborar sus interpretaciones de lo que ve, de proyectar sus propias expectativas. ¿Es el filme solamente lo que vemos o es la discapacidad una alegoría del excepcionalismo, un canto a la marginalidad? No conozco ninguna película cubana en la cual los cuatro personajes centrales sean discapacitados, relegados genéticos.

Desgraciadamente la originalidad no garantiza la buena calidad. A Quintela se le ven demasiado las costuras. Las influencias, reconocidas por el propio director, de Apichatpong Weerasethakul y de Tsai Ming-Liang, en el ritmo, los encuadres y el sonido del filme son demasiado obvios. A través de ellos entra también la influencia de Antonioni, en esos personajes incapaces de comunicar sus emociones íntimas. La película a veces parece un hueco ejercicio de estilo. Quintela, graduado de la Facultad de Medios Audiovisuales del Instituto Superior de Arte y de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, quien anteriormente ha realizado cortos experimentales y ha trabajado con Miguel Coyula, tiene mucho oficio, pero se le va la mano mostrando su orfebrería. Por otra parte, en este tipo de cine, que parece muy simple, hay que tener mucho cuidado porque siempre existe el riesgo de que desde el quinto minuto, y esto le sucede a La piscina, uno pueda anticipar el resto de la película.

Raúl Capote es el único de los actores principales con experiencia profesional. Mónica Molinet (Diana) tiene algunos estudios de cine, pero Carlos Javier Martínez (Oscar), Felipe García (Rodrigo) y Marcos Costa (Dany) son actores sin experiencia previa. Todos cumplen muy bien sus roles. El guión de Abel Arcos se ajusta bien a las necesidades expresivas del director y la fotografía de Raúl Rodríguez capta la apatía y el desahogo del ambiente.

A pesar de sus fallos, es estimulante ver que los jóvenes directores cubanos se alejan, como dije anteriormente en el caso de Melaza y su director Carlos Lechuga, de los preceptos del cine imperfecto que preconizara Julio García Espinosa, o del ya envejecido y no tan Nuevo Cine Latinoamericano y que se acerquen a los principios estéticos y al lenguaje narrativo de lo mejor del cine actual, que casualmente proviene de cinematografías no tradicionales, que surgen en países como Tailandia, Taiwan, Turquía y Corea del Sur, que han sabido digerir lo mejor del cine europeo de los años sesenta.

La piscina (Cuba-Venezuela, 2011). Dirección: Carlos Machado Quintela. Guión: Abel Arcos. Fotografía: Raúl Rodríguez. Con: Raúl Capote, Mónica Molinet, Marcos Costa, Felipe García y Carlos Javier Martínez. 65 minutos. La película actualmente hace el recorrido de los festivales. Se ha exhibido en los festivales de La Habana, Berlín y esta semana en el Festival de Miami.


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