Actualizado: 23/04/2024 20:43
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Literatura, Libertad, Albania

Crecer en el fin de la historia

En Libre, mezcla brillante de ensayo histórico, relato autobiográfico y reflexión sociopolítica, Lea Ypi narra cómo fue crecer bajo un régimen comunista cuya caída no supuso la entrada de la democracia en Albania

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Varias revistas y suplementos literarios de España coincidieron en seleccionar entre los mejores libros del año pasado Libre. El desafío de crecer en el fin del mundo (Editorial Anagrama, Barcelona, 2023, 321 páginas, traducción de Cecilia Ceriani). Eso no vino más que a refrendar la excelente y unánime acogida que ha tenido internacionalmente: premios, magníficas críticas y lectores en medio mundo, gracias a las veintisiete traducciones que hasta la fecha acumula.

Su autora, Lea Ypi (Tirana, 1979), es una reputada profesora de la London School of Economics, donde imparte clases de Teoría Política. Es además profesora asociada de Filosofía en la Australian National University. Como ella misma confiesa al final de Libre, esta no es la obra que tenía en mente cuando empezó a trabajar en ella. “Al principio iba a ser un libro filosófico sobre la superposición de las ideas de libertad en las tradiciones liberal y socialista. Pero cuando comencé a escribir, igual que cuando comencé a leer Das Kapital, las ideas se convirtieron en personas; en las personas que me hicieron ser quien soy. Se amaban y se peleaban, tenían diferentes conceptos de sí mismos y de sus obligaciones para con los demás. Eran, como escribe Marx, el producto de relaciones sociales de las que no eran responsables, pero, a pesar de ello, intentaron superarlas”.

Cuenta, asimismo, que la mayor parte de su libro la escribió durante la pandemia de la covid-19. Se hallaba entonces en Berlín, y muchas veces trabajaba dentro de un cobertizo. Resultó ser un lugar perfecto para esconderse de los niños que tenía que educar (sus hijos), y también para reflexionar sobre unas palabras que en una ocasión le dijeron: “Cuando nos resulta difícil ver con claridad el futuro hay que pensar qué podemos aprender del pasado”. A la persona que se las dijo, Lea Ypi la recuerda en la dedicatoria que estampó en las primeras páginas de Libre: “En memoria de mi abuela Leman Ypi (Nini), 1918-2006”.

“Nunca me pregunté lo que significaba la libertad hasta el día en que abracé a Stalin”. Así comienza Lea Ypi su libro. El Stalin al que se refiere no es, por supuesto, el de carne y hueso. Alude a un hecho ocurrido en diciembre de 1990, cuando el régimen comunista de Albania se derrumbó. Ese día ella corrió casi dos kilómetros, atemorizada por el ruido atronador que producían sobre el asfalto un grupo de manifestantes. Se trataba de “los mismos que habían participado en las marchas que celebraban el socialismo y el avance hacia al comunismo”, y que entonces se echaron a las calles para exigir su fin. Manifestaban que las únicas cosas que habían conocido bajo el socialismo no eran la libertad y la democracia, sino la tiranía y la coacción.

Lea Ypi, entonces una adolescente, cuenta que ese día se refugió tras la estatua de Stalin que estaba en un jardincito y se abrazó a sus piernas. Cuando se sintió segura, miró hacia arriba para comprobar si el bigote del dictador de verdad le cubría el labio superior y si sonreía con los ojos. Pero para su sorpresa no había sonrisa, ni labios, ni siquiera bigote. La estatua había sido decapitada. Y describe lo que verla así significó para ella:

“Me tapé la boca para ahogar un grito. Stalin, el gigante de bronce con su simpático bigote que se alzaba en el jardín del Palacio de la Cultura desde mucho antes de que yo naciera, ¿decapitado? Stalin, ¿del que Hangel podría haber afirmado que había visto el espíritu del mundo sobre un tanque? ¿Por qué? ¿Qué querían? ¿Por qué gritaban «Libertad, democracia, libertad, democracia»? ¿Qué significaba eso?”. Y agrega: “Nunca me había parado a pensar en la libertad. No hacía falta. Teníamos muchísima libertad. Me sentía tan libre que a veces percibía la libertad como una carga, y en alguna que otra ocasión, como aquel diciembre, como una amenaza”.

Desde la perspectiva de una niña despierta

Fue así como empezó a perder la inocencia una niña que siempre había pensado que no había nada mejor que el comunismo. Que todas las mañanas se despertaba deseando hacer algo para que llegara más rápidamente. A esa etapa está dedicada la primera parte de Libre, en la cual su autora describe, desde la perspectiva de una niña despierta, lo que fue crecer bajo un régimen totalitario. La mayor parte de lo que allí se relata corresponde a momentos felices, pues debido a su edad Lea Ypi veía aquel mundo de modo diferente a como lo veían los adultos.

De acuerdo a una de sus profesoras, ella provenía de una familia “de intelectuales”, frase que decía con un leve gesto de desaprobación en el rostro. Pero aunque oficialmente lo eran, pues habían ido a la universidad, ni su padre ni su madre estudiaron lo que les hubiese gustado. Su papá tenía un talento natural para las ciencias y quería estudiar Matemáticas, pero el Partido le dijo que debía integrarse en la verdadera clase obrera a causa de su “biografía”.

Era algo que en la casa se mencionaba a menudo, pero la escritora comenta que nunca entendió qué quería decir ese término: “Lo utilizaban para situaciones tan diversas que me era imposible comprender su significado en ninguno de los contextos. El hecho fue que a su padre no le permitieron estudiar Matemáticas, porque al graduarse podría convertirse en profesor y no podía permitírsele que impartiera clases en razón de su “biografía”. Así que fue enviado a cursar Ingeniería Forestal, algo que, apunta Lea Ypi, “debió de parecerle bien, porque nunca intentó suicidarse”.

En la escuela, a la escritora la educaron de acuerdo a las directrices del Partido, y como los demás niños repetía las consignas que les inculcaban. Eso hizo que sintiera entusiasmo por el Partido, deseos de servir a la patria, así como desprecio por sus enemigos y pena por no tener parentesco con héroes de la guerra a quienes honrar. En preescolar le enseñaron canciones partisanas y después aprendió de memoria poesías dedicadas al “Tío Enver”, de quien leyó todos los libros para niños que escribió. Recriminaba a sus padres por no tener en la casa un recuerdo fotográfico de él, algo que era de obligado cumplimiento.

Además de asistir a su educación comunista y su adoctrinamiento, en esa primera parte de Libre Lea Ypi describe con calidez, inteligencia y humor la vida social en Albania. Para comprar alimentos siempre había colas, que se formaban antes de que llegara el camión que los traía. Las colas se dividían en aquellas en las que nunca pasaba nada y aquellas en las que siempre sucedía algo. En las segundas, las filas eran animadas, ruidosas, alborotadas, y todo el mundo tenía que estar presente. En las primeras, en cambio, se podía delegar el orden de llegada marcándolo con algún objeto apropiado: una lata, una bolsa de compra vieja, un ladrillo, una piedra.

Misterios sin resolver de la niñez

La población hacía esfuerzos por enterarse de lo que pasaba en el exterior. Para ello instalaban antenas clandestinas. En el canal albanés había muy poco que ver: un programa de canciones y bailes folclóricos de distintas regiones del país, un reportaje sobre las cooperativas que habían sobrecumplido el plan quinquenal, un campeonato de natación y el parte meteorológico. Lea Ypi cuenta que se incorporó Lenguas extranjeras en casa, un espacio diario en el cual se podía aprender italiano, francés e inglés.

En una clase de este último idioma, se presentó una escena que tenía lugar en un supermercado de Inglaterra. Para los alumnos fue toda una sorpresa descubrir que allí no era necesario hacer cola, que cada persona podía elegir los alimentos que deseara, que las estanterías estaban llenas de productos. Eso suscitó entre ellos una discusión acerca de para qué los clientes usaban los carros, si para llevar sus comprar o para llevar a sus hijos.

De vez en cuando llegaban turistas a Tirana. Para ellos había una tienda especial llamada valuta, que estaba justo al lado del Museo de los Héroes de la Resistencia. Por supuesto, solo se podía pagar con divisas, y sobre la misma la escritora comenta: “La tienda valuta era el lugar donde los sueños se hacían realidad. Aunque según la profesora Nora, no eran sueños, sino meras aspiraciones capitalistas”. Y en cuanto a los turistas, expresa:

“Un turista no se parecía a nosotros. Un turista no podía ser como nosotros. Un turista vestía distinto. Un turista se peinaba de forma rara, se cortaba el pelo diferente o no se lo cortaba, o llevaba un corte que nuestro Estado le había impuesto recientemente en la frontera: un modesto precio que debían pagar los viajeros del mundo para visitar un país cuyos ciudadanos solo podían viajar con la imaginación”.

En septiembre de 1989, un chico nuevo llegó a su clase. Le dijo que eran parientes: su abuelo era primo de la abuela de ella. Y agregó: “Tienes que decirle a tu abuela que Ahmet se licenció”. Ese mensaje dio lugar a una conversación en su casa que para la escritora no tenía pies ni cabeza: la mujer de Ahmet había fallecido y él era demasiado viejo para trabajar. Eso la hizo descubrir que sus familiares mostraban un gran interés por las personas que terminaban la universidad. Un tema que se volvió recurrente en los cumpleaños y las reuniones. Supo después que esos misterios sin resolver de la niñez eran “parte de una verdad que siempre estuvo delante de mis ojos, esperando a ser descubierta, tan solo tenía que saber dónde buscar. Nadie me ocultaba nada, todo estaba al alcance de mi mano. Y, sin embargo, necesitaba que me lo dijeran”.

La escritora cuenta que fue después de aquel diciembre de 1990, cuando se fundó el primer partido de la oposición, sus padres le revelaron la verdad, su verdad. “Me dijeron que mi país había sido una cárcel a cielo abierto durante casi medio siglo. Que las universidades que habían perseguido a mi familia eran, sí, instituciones de enseñanza, pero de un género muy peculiar. Que cuando mi familia hablaba de la graduación de nuestros parientes, en realidad se referían a que acababan de salir de prisión. Que obtener una licenciatura era un lenguaje en clave para referirse a que habían cumplido la sentencia. Que las iniciales de las ciudades universitarias eran las de los diferentes centros de encarcelamiento y deportación: B. de Burrel; M. de Maliq; S. de Spaҁ”.

Asimismo, le revelaron que Xhaffer Ypi, el ex primer ministro del gobierno del gobierno anterior que ella odiaba tanto por tener su mismo apellido, era su bisabuelo. El peso de aquel nombre aplastó las esperanzas de su padre durante toda su vida. tuvo que reparar un error que nunca cometió y disculparse por ideas que no compartía. Su propia hija tampoco escaparía a su biografía. Pese a ser pionera, nunca la habrían dejado unirse a la organización juvenil, ni mucho menos ingresar en el Partido. Además, habría tenido que pagar por la familia de su madre, cuyas propiedades fueron confiscadas por el gobierno comunista. De hecho, el edificio que albergaba la sede del Partido también fue de ellos.

Las esperanzas rápidamente se desvanecieron

Lea Ypi apunta que en aquel diciembre de 1990 ocurrieron más cambios que en todos los años que antes entonces había vivido. Ella intentó comprender todo eso, pero no podía: “Las cosas eran de una manera y después fueron de otra. Yo era una persona y después me convertí en otra”. No sabía si su familia era la regla o la excepción, si lo que acababa de descubrir hacía que ella fuera más parecida a los demás niños o aún más atípica. No sabía a dónde mirar, ni a quién creer. Y confiesa que empezó a preguntarse en qué clase de familia le había tocado nacer. Dudaba de ellos y, al hacerlo, empezó a dudar de quién era ella. La realidad es que tanto su familia como ella eran el producto de una sociedad en la que la política y la educación se infiltraban en todos los aspectos de la vida de las personas.

En una entrevista, Lea Ypi declaró: “El libro también trata de la carga generacional. ¿Qué significa crecer en una sociedad en la que te conviertes en el destinatario de todos los ideales de tus padres y todas las cosas que no pudieron hacer? De eso va la segunda parte del libro, que es un poco más sombría y oscura, en parte porque me convertí en adolescente. El libro quiere reflejar una diferencia generacional en cómo percibimos el pasado, cómo nos relacionamos con él y cómo pensamos sobre el futuro a la luz de ese pasado”.

En la segunda parte de Libre, se refiere a los cambios que se produjeron en Albania tras la caída del comunismo. Desde su experiencia personal, refleja un período convulso de transformaciones políticas que no dieron paso a la democracia, ni trajeron la libertad y la justicia. Las esperanzas de la población rápidamente se desvanecieron ante la realidad que sobrevino. La transición supuso la reestructuración de la economía. Eso dio lugar a la pérdida masiva de empleos, a la quiebra del país y en 1997 provocó una breve guerra civil. Asimismo, surgieron las mafias y el tráfico de seres humanos.

Ese panorama tan sombrío produjo una ola migratoria que pronto se encontró un muro de contención. Los mismos países europeos que antes criticaron la falta de libertad de los albaneses para poder salir, ahora les negaban la entrada. Sobre esto, Lea Ypi comenta: “En el paso te detenían por querer salir del país. Pero después, cuando ya no estaba prohibido emigrar, no éramos bien recibidos fuera de nuestras fronteras. Lo único que cambió fue el color de los uniformes de la policía. Nos arriesgábamos a que nos detuvieran, no en nombre de nuestro propio gobierno, sino en nombre de otros estados, los mismos que en el pasado nos habían incitado a liberarnos (…) Nuestros exiliados solían ser recibidos como héroes. Ahora los trataban como criminales”.

Ambos mundos distan mucho del ideal de libertad

Como el resto de sus compatriotas, sus propios padres se vieron afectados por la situación del país. Él se quedó sin trabajo como ingeniero forestal y ella como maestra. Perdieron además los ahorros familiares que habían invertido en empresas de nueva creación que pronto se declararon insolventes. Por otro lado, ambos asumieron opciones políticas diferentes: el padre se hizo diputado del Partido Liberal y la madre adoptó un credo neoliberal y estuvo al frente de organizaciones de mujeres. Por su parte, Lea Ypi cuenta que aprendió “a vivir con una sensación de precariedad constante. Asumí la insignificancia de acciones cotidianas como comer, leer o dormir cuando no sabes si podrás volver a hacerlo al día siguiente”.

A los dieciocho años resolvió irse a estudiar Filosofía en Roma. Una decisión que horrorizó a su familia. “Hasta Marx sabía que no servía para nada”, argumentó el padre. En tono tranquilo, ella le respondió: “Tú no pudiste estudiar lo que querías en la universidad. ¿Por qué quieres que tu hija pase por lo mismo? ¿Qué sentido tiene causarle a tu hija el mismo daño del que te has lamentado toda tu vida?”. Al final, hicieron un pacto: la dejarían estudiar Filosofía y a cambio ella prometía mantenerse lejos de Marx. Se despidió de ellos y desde entonces nunca más ha vuelto a Albania.

En el epílogo, la escritora anota que ni su padre ni su abuela alcanzaron a ver el resultado de sus estudios. En lo que se refiere a su madre, le cuesta entender por qué enseña marxismo y escribe sobre Marx, por qué escribe artículos sobre la dictadura del proletariado. Y concluye su libro con estas palabras: “Mi mundo está tan lejos de la libertad como aquel del que mis padres intentaron escapar. Ambos distan mucho de ese ideal. Pero sus fracasos adoptaron formas muy diferentes y, si no hacemos un esfuerzo por entenderlos, continuaremos divididos para siempre. He escrito mi historia para explicar, para reconciliar y para continuar la lucha”.

A diferencia de otros libros acerca de lo sucedido en los antiguos países socialistas escritos por economistas y politólogos, en el suyo Lea Ypi simplemente se dedica a narrar cómo era la vida en Albania bajo la dictadura y después tras su caída. Uno de sus mayores aciertos es que, al redactarlo, no asumió el plano de autoridad desde el cual se escriben las obras filosóficas. En lugar de eso, conservó la voz infantil de una adolescente que no trata de convencer a nadie, sino que simplemente refleja el mundo en el cual vivió su infancia y adolescencia. En ese sentido, la ayudó la lectura de los diarios que entonces llevó, así como también el escuchar a sus hijos.

Mezcla brillante de ensayo histórico, relato autobiográfico y reflexión sociopolítica, Libre está escrito con una prosa de excelente calidad literaria. Su autora incorpora además abundantes pinceladas de humor y demuestra un indudable talento para captar los detalles, cuando cuenta la vida cotidiana. En la contraportada del libro se reproducen extractos de varios comentarios. De entre ellos, reproduzco para concluir este de la escritora y periodista norteamericana Vivían Gornick: “Hacía mucho tiempo que no leía unas memorias procedentes de esa parte del mundo tan cálidas como estas. Escritas por una intelectual con grandes dotes para la narración, Libre presenta un retrato vivaz y directo de la cotidianidad de Albania”.