Actualizado: 20/11/2018 18:13
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Cine, Marx, Arte 7

Crítica de la crítica crítica

Por el recuerdo: una película sobre Marx destinada a los jóvenes, que solo ven los viejos

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Con The Young Karl Marx (2017) hice algo que no acostumbro —casi me atrevería a decir que insólito en mí— y fue levantarme y dejar que la película transcurriera por cinco o diez minutos antes de seguir viéndola. Tampoco la vuelta al asiento y a la pantalla del televisor fue una decisión —menos curiosidad, disciplina y hábito—, sino simplemente una forma de pasar el tiempo. Al final no comprobé que lo había perdido, porque eso ya lo sabía —si ustedes quieren intuía— desde casi el principio. Fue más bien un acto de comprobación: hay temas no aptos para un filme que no renuncia a ser convencional —pese al activismo político del director y de ejemplos anteriores suyos de mayor mérito—, porque obligan a una simplificación penosa cuando se opta por dicho medio: el fantasma del comunismo no recorre cualquier cine.

Una aclaración que no quisiera necesaria. Nada de mi valoración tiene que ver con las virtudes, defectos y maldades del marxismo, el comunismo o incluso el socialismo. Precisamente esa es una trampa del realizador —que estoy dispuesto a perdonarle—, cuanto limita la trama a cinco años de la juventud de Marx y Federico Engels (usar el Friedrich después de haber vivido en Cuba me parece pedante) y la culmina con la creación del Manifiesto Comunista, así como añadir unas pocas imágenes conocidas del fracaso comunista —Muro de Berlín, con escape y caída; Invasión de Checoslovaquia— en lo que resulta un intento de balance, objetividad o “limpieza” más bien torpe e hipócrita.

La escena que produjo mi abandono momentáneo fue cuando Jenny von Westphalen —interpretada por Vicky Krieps, cuya presencia solo sirve para recordarnos su actuación excelente en Phantom Thread ese mismo año— les sugiere a un Marx y Engels cautivos aún de una resaca, el título de la obra que la noche anterior —entre copas, jugadas de ajedrez y una persecución policial propia más de adolescentes que de revolucionarios— han pensado escribir contra los “jóvenes hegelianos”: “Crítica de la crítica crítica” (posteriormente Marx optará por otro, quizá más mordaz pero menos literario: La sagrada familia, para disgusto de Engels, y la “sugerencia” figurará en segundo lugar en el libro).

No fue la anécdota lo que me molestó, sino que esta escena es la culminación de otras anteriores, en que la discusión ideológica, la lucha política y hasta la represión son tratadas con un tono juvenil, casi festivo, que en cierto modo intenta copiar o imitar una cinta de la Nouvelle Vague, y en este sentido Raoul Peck, el realizador de The Young Karl Marx, no solo adultera la realidad histórica sino corrompe el significado de la película.

Todo ello con independencia de que tanto protagonistas como otros personajes fueran jóvenes entonces, que realmente la primera larga conversación de Marx y Engels fuera en el Café De La Régence de Paris y que el lugar fuera famoso en toda Europa como el mejor establecimiento para jugar ajedrez.

Impresión reforzada al leer posteriormente que la película está destinada a un público joven —aunque algunos actores aparentan una juventud no tienen—, según declaraciones de Peck a la revista New York[1].

Igual impresión volvió casi al final de la película —aunque ya no valía la pena levantarse, acomodado, adaptado, resignado a tanto cliché—, cuando supuestamente en una playa de Holanda (al parecer en referencia al viaje que Marx hizo a este país para negociar con sus parientes por parte de madre un anticipo de su herencia) este y Engels discuten sobre la creación del Manifiesto y el primero se queja de un cansancio tanto espiritual como por la carencia de dinero.

En The Young Karl Marx constantemente se apela a la manía gastada —presente en muchas biografías fílmicas de escritores, políticos y hasta músicos— de tomar frases, lemas y hasta conceptos que aparecen en libros y todo tipo de textos de los personajes representados, y lanzarlos en medio de cualquier tipo de conversación —no importa el grado de trivialidad o significado de estas— como una manera de llenar sin mucho esfuerzo los diálogos de las páginas del guion; convirtiéndolo en una especie de adaptación literaria al cine, sin cuento, novela, relato, testimonio o cartas de referencia.

Esta simplificación por momentos atenta contra los protagonistas que se busca exaltar. La sólida investigación de Engels para su libro sobre la situación de la clase obrera en Inglaterra queda reducida —según expresa el personaje en la cinta— a la buena fortuna de ser hijo de un dueño de tres telares (y con participación en otros) y el acostarse con una empleada despedida por su padre. Según Peck, no solo es relativamente sencillo ser revolucionario: sociólogo también.

Doble falsificación

En la entrevista de New York, Peck señala que como realizador y artista, lo único que puede hacer —“a no ser que exista un movimiento colectivo”— es brindar “un instrumento para las batallas que se aproximan”. En The Young Karl Marx, el “instrumento” se limita a casi una consigna: así eran aquellos jóvenes revoltosos de entonces, hoy tan famosos; iguales a ustedes, los revoltosos de ahora: de la manera elemental y sin crítica, cuando se trata de presentar el camino revolucionario.

Sin embargo, Peck incurre en una doble falsificación.

Como cineasta ha hecho un filme que los críticos han comparado con una serie televisiva —con la sensibilidad de Downton Abbey, pero más aburrido—, donde el espectador termina conociendo algo de las vicisitudes de la sagrada familia marxista y un poco de las relaciones amorosas de Engels y la irlandesa Mary Burns (se lleva la impresión además de que estaban casados, porque así la presentaba Engels, cuando en realidad nunca lo fueron: rechazaban esa institución burguesa[2]), y de economía política solo aprende que el autor de El Capital compraba los tabacos más malos y baratos —y si era posible regateaba el precio—, porque no tenía dinero para más[3]. Si además ese espectador es afortunado, puede entender los dichos, la picardía y el humor irlandés de Burns en la interpretación que hace de ella Hannah Steele.

Cabe añadir —desde un punto estrictamente cinematográfico— que en un filme basado en dos hombres tan importantes para la historia y la política, en muchas ocasiones las actuaciones masculinas (August Diehl como Marx y Stefan Donarske en el papel de Engels) quedan por debajo de las femeninas.

Por otra parte Peck, el activista, ha intentado realizar una película para ilustración y entusiasmo de los jóvenes con el socialismo —limitándose a mostrar a los protagonistas a esa edad— cuando en realidad su público han sido los viejos, entre ellos yo[4].

Al final me parece que la explicación última de volver al asiento y seguir viendo The Young Karl Marx no tiene que ver con la cinta sino con su realizador. Buscaba una visión contemporánea de Marx a través del cine, a partir de un director de ahora: alguien que refleja, en su persona y trayectoria cinematográfica el mundo actual. Raoul Peck cumplía a plenitud mi interés, no así su película.

Un director singular

Peck es —algo singular— un conocido realizador haitiano. Aunque más preciso resulta señalar que nació en Puerto Príncipe en 1953, estudió en diversos países y ha desarrollado distintas labores en varios lugares del mundo —entre ellas un año de taxista en Nueva York—, cuya consecuencia más fácil de resumir es que ahora vive entre Voorhees Township (New Jersey, EEUU), París (Francia) y Port-à-Piment (Haití).

Cuando Peck tenía ocho años su familia huyó de la dictadura de Duvalier y se estableció en Kinshasa, en la República Democrática del Congo. Allí estudió, pero también en Brooklyn (EEUU) y Orléans (Francia), así como en la Universidad de Humboldt en Berlín y en la Academia de Cine y Televisión Alemana de Berlín (durante la antigua República Democrática Alemana). Fue ministro de Cultura en Haití en el Gobierno del primer ministro Rosny Smarth (1996–97).

Creador de documentales y obras de ficción, en su filmografía se destacan Lumumba (2000, ficción) y I Am Not Your Negro (2016, documental), sobre un manuscrito inconcluso de James Baldwin, que presenta la visión del fallecido escritor estadounidense sobre las relaciones raciales en EEUU y fue nominado al Oscar. Su primer cortometraje es De Cuba traigo un cantar (1982). Con relación a su activismo, entre otros galardones recibidos, Human Rights Watch le otorgó el Premio Néstor Almendros en 1994.

Más cercana a Vogue que al agitprop

The Young Karl Marx peca de pereza. No es agitprop salvo en su última secuencia, que casi nos despierta y aleja de tanto convencionalismo —en primer lugar desde la música, con el Blowin' in The Wind de Bob Dylan— y que es buena por encima del facilismo del recurso y del Che Guevara incluido. Más cuando la han antecedido imágenes idealizadas, si bien más cercanas a Vogue y Vanity Fair que al realismo socialista lejano. Hay que agregar que también se libra, en determinados momentos, del maniqueísmo comunista tradicional, en especial por la advertencia de Wilhelm Weitling (Alexander Scheer) a Marx: su celo doctrinario puede terminar en una violencia destructiva. Pese a ello, figuras como Mijaíl Bakunin (Ivan Franek) aparecen sin lograr captar la atención del espectador promedio y Pierre-Joseph Proudhon (Olivier Gourmet) es más que todo una caricatura (detalle que le hubiera encantado en vida a la figura protagónica).

Uno de sus mayores defectos es que nos muestra a miembros de un pensamiento político radical como formando parte de un drama televisivo. Una puesta en escena destinada a una audiencia de pensamiento moderado —en lo que se refiere a capacidad intelectual—, que solo se siente a gusto cuando le presentan las ideas políticas e ideológicas reducidas a una película de Merchant y Ivory: el pensamiento político envuelto en adornos tan familiares como un conocido traje de época. Posiblemente señalar esta característica disgustaría a alguien que estudió en la Universidad Humboldt de Berlín, pero no me queda otro remedio: The Young Karl Marx es demasiado convencional, demasiado sosa, demasiado burguesa.


[1] “La idea fue hacer una película para los jóvenes de hoy”. New York, 23 de febrero de 2018. Especialmente los jóvenes estadounidenses, se puede agregar. Por eso el espectador puede quedar con la impresión de la asistencia a un mitin político como quien va a una tómbola, como suele ocurrir en Estados Unidos pero no en la Europa de la década de 1840. También es cierto que Marx fue expulsado de varios países y estuvo preso por pocos días, pero fue Jenny von Westphalen la que —aunque por una noche— sufrió una represión más desagradable. Ocurrió en Bruselas y un poco posterior a los años a que se limita The Young Karl Marx: Marx había sido detenido y tenía orden de deportación y ella se presentó a la comisaría de policía a preguntar por él. Entonces el oficial de guardia la encerró en un calabozo con prostitutas. Al día siguiente la pusieron en libertad y el jefe de policía le brindó disculpas. Marx salió de la cárcel poco después. Por supuesto, que ambos hechos palidecen al lado de la represión en sistemas totalitarios y dictaduras de izquierda y de derecha. Cuando tras un regreso temporal a Francia, luego a Colonia (Prusia occidental), vuelta a París y de nuevo una deportación, la familia se traslada a Londres, no hubo más problemas policiales. Por lo demás, Marx siempre fue obediente cuando recibía una orden policial y no “buscaba problemas” con la ley.

[2] Un detalle incidental: en actos y celebraciones políticas Marx no solo tenía que lidiar contra sus “enemigos” entre partidarios socialistas, anarquistas y de izquierda, que eran muchos, sino también con el rechazo de Jenny von Westphalen a ocupar un sitio en una misma mesa con Mary Burns, porque no estaba casada.

[3] El mejor libro para conocer de primera mano la personalidad de Marx es Conversaciones con Marx y Engels, de H. M. Enzensberger. Hay edición alemana, la primera, y es muy posible que Peck la consultara; aunque en buena medida no la refleja en su película, que nos muestra una visión idealizada del difícil carácter de Marx, que es lo menos que se puede decir del coautor de La ideología alemana para no caer en merecidas ofensas.

[4] En su reseña en The New Republic, Josephine Livingstone señala que vio la película en un cine de Manhattan donde todo el público eran “viejos izquierdistas, aburridos por la cinta y cansados por una manifestación en que habían participado”.


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