Actualizado: 25/01/2022 14:16
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Literatura

¿Cuál es la rumba?

Cuando la dictadura cese serán posibles las valoraciones de cada obra y autor, de disidencias y colaboracionismos, de políticas culturales y responsabilidades individuales.

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Rumba es rumbo. El reciente carnaval en torno a la descongelación de los viejos comisarios, con el pisotón final en la declaración del Secretariado de la UNEAC y el ciclo de conferencias sedativas en la Casa de las Américas, suscita temas más constructivos —como apunta una de las cartas enviadas a Encuentro en la Red—.

La incertidumbre del país ante su futuro es lo apremiante, aunque la pasión y el derecho a optar —más vale solo que mal acompañado— sean tan necesarios como la memoria afectiva y la honradez. Ah, y unas goticas de valentía fuera de la ducha, fuera de lo tácitamente parametrado por el Poder.

Por el rumbo de la literatura cubana y de sus autores me acaba de preguntar un amigo escritor —nada rumbero— desde el cuarto donde malvive en Centro Habana. Y de inmediato recordé la frase de Camus en carta a Sartre, firmada el 30 de junio de 1952, cuando el autor de A puerta cerrada aún ditirambeaba —neologismo que alude a que se le caía la baba— por Stalin.

Albert Camus —el autor de El hombre revolucionario, mejor que traducirlo por rebelde— parece contestarle a la incertidumbre de mi amigo: "Uno no decide qué tiene de verdad un pensamiento considerando si es de derecha o de izquierda".

Tal vez la primera fumigación higiénica que necesita la cultura cubana es olvidar la manía ortopédica de izquierda o derecha, pocos años más joven que nuestro primer pensador de relieve: Félix Varela (1788-1853), propia de una modernidad obsoleta, hoy arrastrada como lugar común para dividir una perseverante realidad que no resiste filosofías políticas polarizantes, casi siempre charlatanas, populistas.

Hay una sola vía

Aunque por haraganería nos dejamos arrastrar por el tópico, lo evidente es que la encrucijada ya no ofrece dos caminos, salvo para los políticos que disfrutan—como dijera Montaigne—: "la maligna voluptuosidad de ver sufrir a los demás". Hay una sola vía —para acabar con las citas—, la que enunciara con su lacónico cinismo Winston Churchill: "La democracia es la peor forma de gobierno conocida, con excepción de todas las demás".

Hacia la democracia vamos —con todas sus complejidades—, aunque aparezcan mil diablos en la tierra del sol. Porque la única certeza es lo insostenible del actual "infierno de cosas", atenazada no sólo por la globalización internáutica de la economía de mercado —la única que funciona, con las conocidas perversidades—, sino por una población sin nostalgias, más joven que la muerte del Che, vacunada contra los virus y bacterias que aún suelta el espejismo de 1959 a través de su herrumbrosa propaganda.

Y ahí se abre la rumba de preguntas, la que convierte en superfluos —por no decir ridículos— los intentos continuistas del estatismo o las esperanzas en rectificaciones dentro del sistema arruinado y arruinante. Sesudos especialistas en economía y ciencias sociales, expertos en fases no traumáticas de transición, debaten las variantes a seguir. Ya hay proyectos sólidos, ninguno mágico —dicho sea para ilusos y demagogos—.

Las opciones revitalizan un tópico decimonónico: la dependencia de Estados Unidos. Mil y una incertidumbres asedian los análisis, bajo un sencillo axioma: la realpolitik para una Cuba irreversible y enajenada. Por ahí también andarán la literatura y sus autores. Sin esperar milagros en el bolsillo, pero bajo otra atmósfera, menos opresiva, hacia la democracia como meta volante que poco a poco se liberará de medio siglo totalitario.

Cuando la dictadura cese —matices según la variante que prime—, ya las actuales diferencias entre nosotros serán obsoletas e insignificantes las reclamaciones. Entonces, bajo un clima permisivo y plural, serán realmente posibles los análisis y valoraciones de cada suceso, de cada obra y autor, de disidencias y colaboracionismos, de políticas culturales y responsabilidades individuales.

Los jóvenes escritores y lectores —sobre todo— agradecerán mucho —sin estatuas de sal para nadie— que la objetividad, las evidencias, primen ante la necesidad de que no se tergiverse la historia, para que no vuelva a suceder lo que sufrimos.


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