Actualizado: 24/01/2022 15:55
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Cuando se pretende 'humanizar' el mal

El testimonio del lugarteniente de Pablo Escobar: ¿Rectifica la visión piadosa que algunos conservan del narcotraficante o intenta convertirlo en héroe?

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Sadam Husein escribe poemas, Osama Bin Laden es hábil para escanciar un espumoso té verde en las jícaras de sus mílites, Fidel Castro concibe recetas de camarones bajas en colesterol para su amigo Frei Betto, Hitler juega con su perro mientras Stalin escucha música con un hijo en las piernas. Se dice que al destacar algunos rasgos sensitivos de los tiranos se logra humanizar el mal, lo que indirectamente sugeriría la ubicuidad del bien. Coartada perfecta.

Mientras El gran dictador de Chaplin dejaba al nazismo en ridículo, no cesan los intentos por (sobre)estetizarlo (como ha recordado un amigo, el nazismo implica una estética): asesinos que son capaces de apreciar la música, torturadores que planchan sus uniformes antes de ser condenados por sus crímenes, viudas que cronometran artísticamente el envenenamiento de sus hijos.

El gusto por el gesto humano del criminal equivale a virar la cara en el expressway para ver un cuerpo roto, o detenerse a contemplar la cinética descomposición de un animal muerto. Como postula Aristóteles hacia el segundo párrafo de su Poética, se trata de manifestaciones naturales del "morbo".

Se inscribe en esta línea el libro El verdadero Pablo. Sangre, traición y muerte (Ediciones Dipon/Ediciones Gato Azul. Colombia-Argentina, 2005), suerte de "confesiones" desde la cárcel del señor Jhon Jairo Velásquez Vásquez, alias "Popeye", lugarteniente del narcotraficante Pablo Escobar, certificadas por la periodista colombiana Astrid Legarda.

El libro, como asegura una amiga colombiana conocedora de su país, dijo a Colombia cosas que no se sabían. Con nombres y apellidos de personas, citando instituciones y revelando datos exactos. Hasta ahí, efectivamente, hace honor a la promesa de "verdad revelada" que porta en su título. Ahora bien, respecto a Pablo Escobar, ex jefe del Cartel de Medellín, si bien aporta algunas conductas con implicaciones inmorales, no hace más que profundizar (a veces de manera escandalosa en su admiración) en la versión populista de un Escobar sensible, de un narcotraficante "nacionalista" con el advertido lado humano que busca inducir clemencia (¿objetividad?) sobre ciertos criminales.

La 'filosofía' del narcotráfico

Popeye militó desde muy joven en el Cartel de Medellín, y permaneció junto a Pablo Escobar hasta sus últimos momentos. Sus confesiones son emitidas desde una doble cercanía: la física y la emocional. La primera da credibilidad a su relato; la segunda lo plaga de una subjetividad que a veces hace caer el libro en un plañir laudatorio.

No quedan claros los objetivos últimos del documento. No se comprende finalmente si está dedicado a mostrar una "verdad" que rectifique la visión piadosa que algunos conservan de Escobar o si, por el contrario, trata de contrapesar las visiones críticas hasta el punto de hacerlo un héroe. Tampoco es nítida la proyección social del texto.

En la dedicatoria, Popeye asegura que tiene fe en la verdad, que le pesa el sufrimiento del pueblo colombiano y cree que una guerra como la que ellos desataron "jamás debe volver a ocurrir…". Sin embargo, sus presupuestos en la comprensión del problema del narcotráfico, así como la visión que de Escobar nos transmite, evidencian una satisfacción en lo moral y una inevitabilidad en lo histórico del tráfico de drogas.


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