Actualizado: 16/10/2017 9:39
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Literatura, Vargas Llosa, Revolución cubana

Cuando Vargas Llosa dijo no

Sobre una frustración temida y anunciada

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El primer rechazo de Mario Vargas Llosa al comunismo se debe a la literatura. Cuando en 1953 entra en la Universidad de San Marcos, en Lima, y al poco tiempo comienza a militar en Cahuide, nombre con el que se trataba de resucitar al Partido Comunista en Perú, sus primeras discrepancias con los camaradas no tienen que ver con la lucha de clases y las tácticas políticas, sino con el realismo socialista. No será una simple diferencia de criterios, sino una posición que marcará su vida: la libertad de expresión como tabula rasa para medir cualquier sistema. Una guía atractiva y sugerente, pero no libre de limitaciones.

Vargas Llosa describe así esa etapa de su juventud: “Era la época del reinado absoluto del estalinismo, y, en el campo literario, la estética oficial del partido era el realismo socialista. Fue eso, creo, lo que primero me desencantó de Cahuide”, según lo describe en El país de las mil caras.

A partir de entonces, puede decirse que la estética ha marcado su ética.

“Su criterio para definir el clima de libertad de una sociedad ha sido siempre el mismo: el espacio que se le da al escritor para que exprese libremente sus ideas”, dice Carlos Granés, al analizar el recorrido intelectual del escritor en el prólogo a Sables y Utopías.

La adopción del criterio de la libertad de expresión como una especie de imperativo categórico, al que se refiere Granés, adquirió en la práctica una conducta de lucha y denuncia, por encima de cualquier intransigencia a ultranza. El intento de salvar un ideal de justicia social y valores dentro de un pensamiento, que en su época de desarrollo intelectual e incluso en nuestros días, se sitúa dentro de un discurso de “izquierdas” —por la carencia de mejor denominación— lo acompañó aún por largo tiempo.

Al mismo tiempo, iba produciéndose una erosión de tales ideas en favor de un posicionamiento ideológico hacia lo que hoy se conoce como neoliberalismo, la forma de pensar que finalmente adoptó, y que ahora defiende con igual o mayor fervor que con anterioridad su postura dentro de la izquierda política.

Pero esa transformación conceptual en el plano político obedeció fundamentalmente a dos factores: uno que hasta cierto punto puede considerarse teórico y otro determinado por los acontecimientos.

Vargas Llosa ha asumido el criterio del mercado como panacea a partir de la necesidad de un sustento ideológico que le resuelva la necesidad de un marco de referencia para lidiar con sus inquietudes hacia los problemas sociales y económicos en cualquier sociedad actual. Es un sistema de adopción imprescindible para esa parte de su personalidad que lo caracteriza como ser social, pero que no lo define fundamentalmente. Incluso en un momento de ilusión pensó en convertirlo en centro de su vida, con su aspiración a la presidencia de Perú. Aunque nunca ha sido su definición mayor, que es por supuesto la de escritor. Desde el punto de vista emocional le brinda la adopción de una fe: cree en el determinismo del libre mercado como en el siglo pasado los marxistas consideraban a la lucha de clases y el desarrollo de las fuerzas productivas como el motor de la historia (o la Historia, como gustaban escribir). Busca y se aferra en los datos que refuerzan su creencia con la misma fuerza que rechaza los que la contradicen. En este aspecto sí se manifiesta con toda intransigencia, que lo lleva al dogmatismo y las declaraciones y escritos menos felices que en la actualidad produce.

Sin embargo, tras esa actitud pública —y quizá determinante en ella— hay otra historia personal, donde la frustración asume un papel fundamental, porque en primer lugar se relaciona con la razón primordial de su existencia: la de escritor.

El no aceptar la aberración del realismo socialista no le impidió a Vargas Llosa continuar comprometido con una actitud izquierdista, que iba va más allá de una afinidad ideológica. Fue la época en que participó dentro de la corriente intelectual que buscaba la existencia de un socialismo que no estuviera manchado con las enormes limitaciones —mejor decir aberraciones— que desde el inicio caracterizó al comunismo soviético, de los llamados países socialistas y que luego fueron adoptados por el régimen establecido en Cuba con la llegada de Fidel Castro al poder.

Aunque durante esos años de formación y periodismo no simpatizaba con la Unión Soviética y el campo socialista —a diferencia de Gabriel García Márquez— Vargas Llosa encuentra en la revolución cubana el modelo en que puede compaginar ese ideal libertario, que cada vez cobra más fuerza en su pensamiento, con la justicia social.

Algunas de las cartas intercambiadas con escritores cubanos y latinoamericanos, durante los años en que trata de mantenerse como aliado de la Revolución cubana, pero sin perder su capacidad y derecho a criticar lo que considera incorrecto, muestran ese esfuerzo que terminaría en frustración y el convencimiento de denunciar un gobierno que apoyó más allá de sus inicios.

La revista Letras Libres publicó en marzo de este año, con introducción del historiador Rafael Rojas, varias de esas cartas, que constituyen “El camino hacia la ruptura” con la Revolución cubana, y que tuvo lugar entre 1959 y 1971.

“A pesar de que desde 1961 el gobierno cubano dio muestras de avanzar hacia la alianza con Moscú y la adopción de algunos elementos propios de los socialismos burocráticos de Europa del Este, como el partido único, el control gubernamental de los medios de comunicación, el ateísmo, el machismo o la censura —en 1961, por ejemplo, fue clausurado el suplemento Lunes de Revolución, que dirigía Guillermo Cabrera Infante, y prohibido el film PM, de Sabá Cabrera Infante y Orlando Jiménez Leal—, los novelistas del boom mantuvieron su apoyo a La Habana”, escribe Rojas. Posiblemente sea Vargas Llosa el escritor que mejor refleje ese esfuerzo —por momentos casi patético— de no mantenerse al margen y apoyar un proyecto que cada vez le resultaba más ajeno y contrario a sus ideales.

En carta a Emir Rodríguez Monegal, director de la revista Mundo Nuevo, del 2 de febrero de 1967, le informa de la negativa de los escritores cubanos , fundamentalmente de las figuras alrededor de la revista Casa de las Américas, de colaborar con la publicación de Rodríguez Monegal, que La Habana catalogaba burdamente de estar financiada por la CIA, pero al mismo tiempo le pide que no se publiquen en esta ataques hacia la Revolución cubana:

“Abusando un poco, querido Emir, quisiera pedirte que, por decepcionado que te puedas sentir con la negativa cubana a colaborar en tu revista, hagas lo posible por evitar que ella sirva de algún modo de tribuna para los enemigos de la Revolución cubana. La actitud de los escritores puede parecerte demasiado intransigente, pero allá uno se explica bastante bien esta intransigencia, cuando ve la ferocidad con que la Revolución es combatida y con qué admirable convicción y coraje están saliendo adelante los cubanos a pesar del bloqueo, de los sabotajes, de la campaña internacional de desprestigio de cierta prensa. Nosotros hicimos un viaje por el centro de la isla, y visitamos granjas y aldeas y fábricas, y te aseguro que era un espectáculo conmovedor y a la vez muy triste cuando uno se ponía a comparar entre lo que está ocurriendo en el campo cubano y lo que ocurre en mi país, por ejemplo.”

En otra, a Carlos Fuentes, del10 de febrero de 1967, expresa lo siguiente:

“En la reunión de la Casa de las Américas, se habló de las alusiones inamistosas e incluso injustas que se te habían hecho en algunos documentos, como la carta abierta a [Pablo] Neruda, y tanto Julio [Cortázar] como yo criticamos el artículo de Ambrosio Fornet, aparecido en el último número de la revista de la Casa de las Américas, en el que se refiere a ti de una manera inaceptable. Conozco hace tiempo a Ambrosio —fuimos compañeros en la Universidad [Complutense] de Madrid—, y le tengo mucho afecto, y por eso mismo me sorprendió que se hubiera excedido en esa forma. Tú sabes el clima de tensión y de fervor en el que viven los cubanos, y la extrema susceptibilidad política en que los tienen las condiciones de la isla (el bloqueo, la amenaza permanente de invasión, etc.); creo que eso explica muchas cosas, pero desde luego que no las justifica todas.”

De nuevo Vargas Llosa escribe a Fuentes, el 20 de enero de 1969, y le dice:

“No sé nada de Cuba. No fui a la reunión de la revista, porque no tenía tiempo ni tampoco muchas ganas, pero hablé por teléfono con Fernández Retamar la otra noche. Julio acababa de partir de La Habana. Llamé a Roberto para tratar de confirmar si era cierto que Edmundo Desnoes estaba preso, acusado de ser agente de la CIA, pero al hablar con él no me atreví a preguntárselo. Lo noté un poco cauteloso y temí ponerlo en un apuro. Estoy sumamente inquieto, apenado y asustado con lo que ocurra en Cuba y te ruego que me cuentes lo que sepas. Lo último que llegó a mis manos fueron los discursos de Lisandro Otero que me produjeron escalofríos, casi tantos como los que tuve cuando leí las indecentes frivolidades contra la Revolución de nuestro amigo Guillermo [Cabrera Infante].”

Es una carta a Roberto Fernández Retamar, del 1 de marzo de 1969, donde se hace evidente que las relaciones entre el escritor de La Casa Verde y la Casa de las Américas y por añadidura el Gobierno cubano se acercan a un punto de ruptura. Vargas Llosa la envía en respuesta a una de Retamar, donde de entrada señala que el “tono y los sobrentendidos de tu carta —que, por momentos, me pareció más un comunicado que una carta—…” y señala:

“Discrepar de la actitud adoptada por Fidel en la cuestión de Checoslovaquia no significa, en modo alguno, haberse pasado al bando de los enemigos de Cuba, como no lo es tampoco enviar un telegrama opinando sobre un asunto cultural de la Revolución. Mi adhesión a Cuba es muy profunda, pero no es ni será la de un incondicional que hace suyas de manera automática todas las posiciones adoptadas en todos los asuntos por el poder revolucionario. Ese género de adhesión, que incluso en un funcionario me parece lastimoso, es inconcebible en un escritor, porque, como tú lo sabes, un escritor que renuncia a pensar por su cuenta, a disentir y opinar en alta voz ya no es un escritor sino un muñeco de ventrílocuo.”

En todas las misivas se hacen evidentes la exigencias del Gobierno cubano, expresadas a través de sus escritores-funcionarios, de un sometimiento total a los dictados de La Habana y un apoyo incondicional a cualquier acto o declaración de Castro, algo a lo que Vargas Llosa no estaba dispuesto.

Hay un ejemplo de esa exigencia de sometimiento que no aparece en esas cartas, pero fue relatada en su momento por Guillermo Cabrera Infante en Mea Cuba, y narra cuando Alejo Carpentier se reunió con Vargas Llosa en un restaurante londinense. No fue un simple encuentro entre escritores. Carpentier traía un mensaje de La Habana:

“Alejo le dijo a Mario que traía un mensaje de Haydee Santamaría, que lo saludaba como un verdadero revolucionario. Lo menos que quiere un escritor es que lo confundan con lo que no es, pero Alejo hablaba ahora de escritor a escritor. Lo que era una falsedad. Haydee quería que Mario donara, públicamente, su premio (unos 30.000 bolívares: Alejo, ducho en aritmética venezolana, calculó que eran unos 25.000 dólares) a la guerrilla. La Casa de las Américas (es decir el Gobierno de Castro, que pagaba siempre a los diplomáticos a través del Narodny Bank ruso), le devolvería a Mario esa misma cantidad a razón de mil dólares mensuales que le traería Alejo en persona.”

Vargas Llosa, por supuesto, dijo no.

“Mario sería un ingenuo político, pero no era un tonto. Aceptar la oferta que podía rechazar significaba convertirse, de hecho, en un agente cubano”, agrega Cabrera Infante.

La decepción con la Revolución cubana terminó en ruptura total a partir de 1971, con la firma del autor de Conversación en la catedral de la carta contra el encarcelamiento y la forzosa autocrítica de Heberto Padilla y su renuncia al consejo de redacción de la revista Casa de las Américas. En carta a Haydee Santamaría le expresa: “No es este el ejemplo del socialismo que quiero para mi país.” Una desilusión que años más tarde se convertirá en no querer socialismo alguno para un país cualquiera.


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José Lezama Lima, Camilo José Cela, Mario Vargas Llosa, Jaime Sabines y Edmundo Aray en la Casa de las Américas, La Habana en 1965. Cela y Vargas Llosa fueron miembros del jurado del concurso en ese añoFoto

José Lezama Lima, Camilo José Cela, Mario Vargas Llosa, Jaime Sabines y Edmundo Aray en la Casa de las Américas, La Habana en 1965. Cela y Vargas Llosa fueron miembros del jurado del concurso en ese año.