Actualizado: 23/04/2024 20:43
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Literatura, Cortázar, Narrativa

Cuarenta años sin el Cronopio mayor

Regresamos al universo cortazariano y la fascinación no arropa una vez más

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Hace cuarenta años Julio Cortázar (Ixelles, Bruselas, 26 de agosto de 1914-París, 12 de febrero de 1984) —“el argentino que se hizo querer por todos: el ser humano más impresionante que he tenido la suerte de conocer”, como lo rememoró Gabriel García Márquez, escritor que supo deslindarse del crepúsculo y suscribir la letanía de todos los fuegos en el fuego a través de sorprendentes ritos y juegos en otro cielo de presagios y claves ocultas— miró por última vez la Torre Eiffel y se marchó a seguir cantando en el coro de Cronopios las cantilenas más insólitas de sus sueños. “No te preocupes más por mí. Voy a marcharme a mi ciudad”, le reveló a su eterna cómplice, Aurora Bernárdez, poco antes de morir.

Regresamos al universo cortazariano y la fascinación no arropa una vez más. El sumario de códigos imbuidos en un mundo imaginario de prodigiosa riqueza nos asalta siempre que visitamos los folios de este fabulador que “puso a la narrativa en tela de juicio”, al decir del crítico literario Jean Franco.

Orígenes: La familia de Cortázar regresa a Argentina desde Europa después de la Primera Guerra Mundial y se instala en Banfield, barrio de Buenos Aires. El joven Cortázar abandona los estudios universitarios y decide trabajar como maestro de secundaria. Bajo el seudónimo de Julio Denis publica un cuaderno de poemas titulado Presencia (1938), en que no hay índices del posterior destino literario del joven de 24 años, crítico de Perón, quien se ve conminado a renunciar al puesto de profesor y tras la aparición de Los reyes (1949) —breve poema dramático en prosa sobre el mito del minotauro sin repercusión—, se marcha a París en 1951, favorecido por una beca del gobierno de Francia.

Bestiario (1951), libro de cuentos en que Cortázar configura los designios que más tarde lo consagran en el rango de uno de los autores de habla hispana más originales e influyentes del siglo XX: figura insoslayable de la narrativa contemporánea. París, espacio donde escribe casi toda su obra mientras trabaja en la Unesco. Momentos en que realiza las memorables traducciones al español de los Cuentos completos, de Edgard Allan Poe, y Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar.

Aparición de libros cardinales: Final del juego (1956), Las armas secretas (1959), Historia de cronopios y de famas (1962): cuadernos de relatos que son recibidos con entusiasmo en México, Buenos Aires, Caracas, La Habana, Lima, París, Bogotá, Santiago de Chile, Montevideo, Barcelona y Madrid. El nombre de Julio Cortázar se asienta en referencia obligada de los espacios de la literatura de lengua española.

Los premios (1960), su primera novela recibida con frialdad y calificada de “trazas de un intelectualismo que no compagina con la trama cautivante” (José Miguel Oviedo). Rayuela (1963), obra maestra que lo revierte prontamente en célebre y lo vincula con el boom, a pesar de que no es un narrador cronológicamente nuevo (José Miguel Oviedo), su trayectoria inicia en los años iniciales de la década de los 50, mientras que los autores del boom (Carlos Fuentes, Vargas Llosa, García Márquez, José Donoso…) se dan a conocer a finales de los 50 y se consolidan en el tránsito de los 60-70.

Rayuela: refutación del arte narrativo donde la estructura rompe con la tradición novelística y el autor propone otra lectura bajo la guía de Oliveira. Azaroso viaje geométrico en que las dilucidaciones interpretativas se enlazan con la libertad creativa en diálogo con una fantasía desbordada que anula la estrechez de lo real para suscribir dimensiones enclavada en las franjas del imaginario infantil.

Se han hecho múltiples enlaces entre el autor de Ficciones y el Cronopio mayor: indudable la inscripción cortazariana con la literatura fantástica. “Sin embargo, Cortázar no es Borges y no podemos confundir sus respectivos mundos imaginarios” (José Miguel Oviedo). Señalemos: las fantasías de Borges se sustentan en la especulación de que la realidad es ficticia, ilusoria (“El jardín de los senderos que se bifurcan”, “El Aleph”, “El muerto”…); mientras que Cortázar no soslaya la realidad y propone que, subyacente a ella se ocultan circunstancias aterradoras en acecho de impredecibles acasos (“Casa tomada”, “Las puertas del cielo”, “Las babas del diablo”, “Axolotl”, “La noche boca arriba”…).

“El perseguidor”: In memoriam al más grande saxofonista del jazz, Charlie Parker. La libertad en música cobra trascendencia en el jazz a través de la improvisación. La escritura de Cortázar está trazada en síncopas, sinuosidades y yuxtaposiciones con el ánimo de buscar lo indecible. “Yo creo que la música ayuda a saber. No a entender, porque en realidad no entiendo nada”, confiesa Johnny, protagonista de “El perseguidor”. Rayuela pudo titularse Jazzuela, como lo sugiere la musicóloga Pilar Peyrats. Creador de collages, misceláneas y textos inclasificables entre los cuales sobresalen La vuelta al día en ochenta mundos (1967), 62/Modelo para armar (1968), Ultimo Round (1969), Prosa del observatorio (1972) y Los autonautas de la cosmopista (1983).

El libro de Manuel (1973), novela polémica que aborda los problemas de la ‘acción revolucionaria’ y los ‘compromisos intelectuales’ que se derivan de esos hechos. Referencias al debate generado en el campo intelectual latinoamericano tras el caso Padilla en Cuba (1968-1971) acerca de la ‘función’ del escritor y el intelectual latinoamericano y la toma de posición política después de la acusación al poeta Heberto Padilla (1932-2000) de ser enemigo de la Revolución (Fuera del juego, 1968). Época en que Cortázar establece una comprometida relación con la oficialista Casa de las Américas de La Habana.

El libro de Manuel establece vínculos con En mi jardín pastan los héroes (1981), de Heberto Padilla. Dos obras que hacen alegorías al desencanto político e intelectual asentado en torno a la Cuba castrista a través de las correspondencias entre la ficción narrativa y el contexto histórico del momento. La dilucidación irónica de “la necesidad de cambios no sólo políticos sino también ideológicos” de los personajes de Cortázar se emparentan con los gestos y la desesperación del escritor Gregorio Suarez de Padilla.

Después del triunfo de la Revolución cubana, Cortázar realiza un viaje a La Habana como invitado especial de Fidel Castro, raíz de sus fervorosos alegatos como promotor de las ‘causas revolucionarias’ en ensayos, artículos periodísticos y conferencias. Sus ánimos políticos de izquierda se corroboran en la relación que establece con los dirigentes de la Revolución sandinista. Viaja varias veces al país centroamericano, publica en 1984 Nicaragua tan violentamente dulce, cuaderno donde plasma sus impresiones del proceso revolucionario nicaragüense en páginas desbordadas de amor, simpatía, solidaridad y ternura.

Vasto catálogo literario con algunos volúmenes póstumos: El examen (1986) —considerada un antecedente de Rayuela— y Divertimentos (1996): dos novelas escritas entre 1949-1950, las cuales no se publicaron en su momento por las inseguridades del joven Cortázar y, asimismo, quizás, por las alusiones políticas sobre el peronismo.

Vocación narrativa asombrosa en que el goce de escribir se elucida en coordenadas donde se entretejen, con un profundo sentido, las exploraciones en los mitos a través de alegorías deslumbradoras. “Los ídolos infunden respeto, admiración, cariño y, por supuesto, grandes envidias. Cortázar inspiraba todos esos sentimientos como muy pocos escritores, pero inspiraba además otro menos frecuente: la devoción”, confesó Gabriel García Márquez.


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