Actualizado: 23/10/2017 23:51
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De los peces rojos a las manchas negras

Esta novela conjuga dos naufragios: uno naval y otro humano. La catástrofe del Prestige en la costa gallega y el naufragio de un policía madrileño en el mundo de las drogas

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Bajo el sello editorial Algaida acaba de aparecer La mancha negra (Sevilla, 2011, 248 pp.), última novela de Manuel Sánchez Dalama, que obtuvo el XIV Premio de Novela Ciudad de Badajoz, 2010. Una novela que marca el final de un ciclo o el inicio de otro, según se mire.

Licenciado en Economía y técnico en periodismo, Manuel Sánchez Dalama (Santa Clara, Cuba, 1951), ingresó a los 17 años en las Fuerzas Armadas Revolucionarias y a los 20 fue condenado a seis años de prisión en la fortaleza de La Cabaña. Emigró a Galicia en mayo de 2000, con la firme voluntad de escribir lo que no había escrito en los cincuenta años anteriores, pero ni una palabra sobre Cuba. Y comenzó a reunir información para escribir una novela que se desarrollara en la Galicia del siglo IV AC, pero los caminos de la literatura, como los del Señor, son inescrutables.

En 2004 apareció Peces rojos en la lluvia (Ediciones Noroeste, Santiago de Compostela, 2004, 208 pp.), cuyo hilo narrativo es el diario que escribiera en la prisión de La Cabaña, con flashbacks a su infancia y su primera juventud entre los años del batistato y los primeros de la revolución, y que cierra con los sucesos del Mariel en 1980 y una coda lejana en el Madrid del siglo XXI. Lejos de la heroicidad, el protagonista es un hombre vapuleado por la historia que intenta sobrevivir a la epopeya y las miserias de su tiempo. El propio Dalama afirma que “el problema básico de Fernando no es que él no quiera a la revolución sino que la revolución —con su férrea intolerancia-- no lo quiere a él. En este sentido la novela es, también, una defensa del hombre”. Desde ese punto de vista, podría ser la historia toda del exilio.

El santaclareño que no quería escribir sobre Cuba publicó en 2009 Hasta el fin del mundo (Vigo, 175 pp.), un libro de tránsito que nació de su recorrido por el tramo final del Camino de Santiago y después hasta Finisterre, “donde los peregrinos de la vieja Europa remataban un largo viaje siguiendo el curso de la Vía Láctea, lavaban su pasado en el frío mar, quemaban las ropas usadas, asistían a la puesta del sol y emprendían el impredecible regreso a su lugar de origen” y el Monte Pindo, “El Olimpo Celta”. Un concierto de los Valdés, Chucho y Bebo, completó la trama que gira alrededor de un joven abandonado por su padre, un viejo pianista, y es engañado por su mujer y por sus amigos en una lejana referencia a la vejación de la tumba de Gonzalo Castañón por los estudiantes de medicina en el siglo XIX. Las relaciones entre política, poder, libertad y (des)amores filiales centra esta historia que se desplaza como un largo camino de Santa Clara a Finisterre pasando por Santiago.

Por fin, en 2011, La mancha negra gira alrededor de la realidad española, aunque lejos del siglo IV AC.

Esta novela negra conjuga dos naufragios: uno naval y otro humano. La catástrofe del Prestige en la costa gallega, y el naufragio de un policía madrileño sumergido en el tenebroso ambiente de las drogas en la capital. Ambos se anudan al final por el destino de Manfred Gnädinger, Man, “el alemán de Camelle” que edificó en la Costa da Morte su propio museo de piedra junto al mar y que pregonaba su peculiar credo naturista.

Una historia de frustraciones personales, ambición, lucro, violencia y poder, redimidos de alguna manera por los sueños extraviados en la adolescencia, por una percepción alternativa de la realidad, un mundo posible o probable menos sujeto a los dictados de la codicia y el hedonismo, y por la generosa actuación de los voluntarios que recuperan la costa de la tragedia ecológica.

Alrededor de Ángel Bravo, el policía afincado en Madrid, giran un confidente toxicómano, un policía ciego por un atentado de ETA, mafiosos, policías y un matrimonio tan maltrecho como el Prestige, ese buque obsoleto, con bandera de Bahamas, armador griego y propiedad de una empresa liberiana, que continúa navegando a parches de codicia y desinterés criminal por el medio ambiente. Un buque que transporta petróleo con alto contenido de azufre aunque su lugar ya estaba en el desguace. Tan sórdido como los bajos fondos de Madrid, en este mundo se mueve el capitán Mantouras, dispuesto a transigir con las condiciones del barco y la carga, porque su única vida posible es la mar.

La mancha negra resuelve con habilidad las subtramas que trenzan la historia, consigue las atmósferas en que se mueven los personajes y subraya el dramatismo del naufragio tras un acertado contrapunteo entre autoridades marítimas, políticos, armadores y aseguradores, en medio de los cuales, como víctima en lecho de Procusto, el capitán es lentamente desmembrado.

Los dos disparos del agente Bravo que desencadenan toda la acción de la segunda subtrama no son, quizás, demasiado convincentes, al tratarse de un policía con amplia experiencia y que se mueve desde hace mucho en el submundo del narcotráfico, pero a partir de ese momento los acontecimientos se encadenan con acierto de acuerdo a las leyes de la necesidad narrativa. También resulta prescindible su impulso homicida final, cuando en la cárcel se anudan ambas historias, y no diré más para no arruinar la sorpresa a los lectores.

La estructura de la novela es consecuente con las normas del género y los acontecimientos se mueven con agilidad y sin apenas codas o remansos hacia su solución, algo que los lectores agradecerán. Se echa de menos, quizás, un trazado sicológico más completo de Man, de los protagonistas y del ex policía ciego, aunque quizás no sea precisamente eso lo que esperen los lectores de género, y mi percepción no pase de ser una deformación profesional.

Si en sus novelas anteriores el autor apelaba a una estilización de la norma lingüística cubana, en La mancha negra consigue una textura del idioma equidistante, una suerte de norma neutra con una precisa administración de los localismos, de modo que la intelección es inmediata y fácil para cualquier hablante de la lengua. En qué medida ello resta posibilidades a la riqueza del idioma y en qué medida es un acierto poner el lenguaje estrictamente al servicio de lo narrado, es algo que cada lector deberá juzgar por su cuenta. Ciertamente, cumple eficazmente su cometido, sin innecesarios “exabruptos poéticos” o prescindibles cambios de tono que con frecuencia obstaculizan la lectura. En cualquier caso, a lo largo de sus 248 páginas se percibe una voluntad de alcanzar y mantener un tono que facilita al lector el disfrute de la trama.

En el presente globalizado, donde la información viaja a una velocidad sin precedentes y el español recobra la universalidad del Siglo de Oro, esta novela no solo busca un espacio argumental común, que puede ser de interés para cualquier lector, sino que consigue un lenguaje que facilita este proceso y subraya los términos ya casi globales del contrato entre los lectores y las fórmulas de la escritura.


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