Actualizado: 23/09/2019 10:00
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Literatura, Lectura de Verano

De noche en la terraza

CUBAENCUENTRO ha retomado este año su sección Lectura de Verano, dedicada a publicar obras de narrativa, que pueden ser enviadas a nuestra dirección en Internet

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Hace horas que estamos esperando el tractor que nos va a llevar para la costa. Un rocío prematuro cubre de gris el encaje metálico de la baranda. Susana no lo sabe, pero tengo que arrancármela de una vez y por todas. Quizás fuera cierto que ella planeaba irse a mis espaldas. ¿Y lo que sucedió después?

Nunca la había visto antes de tropezarnos en las clases del Somos Jóvenes. Me asomé a la puerta y vi su pelo negrísimo, muy corto, y me iluminó con la sonrisa coqueta que después conocería tan bien. El club estaba frente al parque, y entre los cupeyes se veían los bancos vacíos y la iglesia que resplandecía entre los violetas del atardecer.

Aquella tarde de diciembre busqué la forma de hablarle pero parecía envuelta en una nube de amistades casuales.

Se fue pedaleando trabajosamente hasta la esquina del antiguo Casino Español, y la fachada de recurrentes arabescos se tragó la rueda delantera de su bicicleta, su perfil, su nuca de pelo reluciente, y por fin la parrilla y el lumínico del guardafangos, y me quedé mirando las ventanas de cristales rotos y adentro los estantes empotrados de la biblioteca cubiertos de cagadas de murciélagos.

El profesor de computación del club era Homero, que después se iría para Miami y se olvidaría de todos nosotros. En el abandono de los mediodías solía encontrármelo dibujando diagramas de balsas en pedazos de cartón. El 94 se acababa con cobardía clintonesca, oscurecía temprano, y el 31 de diciembre me llené de valor y le pregunté a Susana si quería salir conmigo.

Aquella noche nos dimos un beso cálido, exploratorio. Sarria, el novio de Susana, se había ido en un bingbang[1] el año pasado. Tuvo que irse solo porque no cabía nadie mas, le prometió sacarla y mientras tanto la mantenía.

Regresamos a mi casa mientras el río expelía la neblina de su enfriamiento, los perros dormían en los patios entre corrales de puerco y virutas de tornería, y nuestros pasos resonaban delatores en el vacío de las calles. La cuadra de mi casa estaba oscura porque se habían robado los bombillos de los postes. La luna se veía clara y redonda desde el balcón, la mata de limón se extendía sobre la tapia de enfrente, y bajo las hileras cóncavas y convexas de los tejados estaba el silencio del pueblo dormido, muerto. Subimos callados y lo hicimos desnudos en el sofá, ella sobre mí, apagamos la luz y nos quedamos ciegos hasta que los contornos lilas y suaves del piano, las butacas acusadoras, los cobos desteñidos sobre los libreros, los cuadros con flamboyanes ribereños fueron emergiendo primero cenicientos y luego solidificándose con la textura incierta de los fantasmas. Los balcones estaban cerrados pero las persianas abiertas nos traían el chirriar de los grillos, el cuchicheo de algún peatón casual, y con ello la complicidad de hacer el amor tan cerca de otra gente, escuchándolos pasar.

Susana trabajaba en el Museo de la Música, un casón señorial con ventanales de cedro, barrotes de hierro fundido, y vitrales anaranjados y nácar. Las días de concierto los ventanales estaban abiertos desde por la mañana y en la sala se veía el pulido piano de cola y al fondo estaba el patio de losas grises, un plátano patriarcal que acariciaba los aleros y se extendía hacia las casas vecinas, y canteros menores con rosas y gladiolos. El Museo estaba al doblar de mi casa, y desde el balcón podía ver la mata de mangos que crecía en el traspatio, y tener a Susana tan cerca añadía una excitación molesta (como una piedrecilla en el zapato) a nuestra clandestina relación. Sabía que a las cuatro y media, cuando el sol pintaba de naranja las tiendas y los postes del alumbrado, Susana saldría del Museo, iría a comer a su casa, y más tarde, ya de noche, cuando el noticiero dejara de repetirse de puerta en puerta, de sala en sala, Susana regresaría pedaleando su bicicleta color cucaracha y vendría a verme.

Un miércoles de noche, después de las clases, venía caminando del parque con Homero y nos detuvimos frente a la Empresa Minorista, bajo la única luz en la cuadra envuelta en una oscuridad de tinta de pulpo.

—Oye Marcelo —me dijo Homero con preocupación— esta jebita Susana, con la que tú estas saliendo, estaba conmigo en la Universidad, un año menor que yo, y tiene millas.

Hizo una pausa, para que yo digiriera la noticia.

—No sé si ya dejó de correr, pero en su tiempo era un venaito…

Escuché con aparente indiferencia, pero sentí una fría viscosidad gotearme en el tórax. Asociar lo que Homero me decía con su sonrisa luminosa, su andar de gato, su llanto fácil, sus libros… me parecía irreal. La idea de la duplicidad me repugna. Mi affaire con Susana siguió a plena maquina y las palabras de Homero solo añadieron a mi empecinamiento.

Susana malvivía con su madre, Amalia, en un apartamento de los bloques[2] cerca del cabaret. Amalia era una mujer amargada, de apariencia severa. Damián, el padre de Susana, era el director de la granja agrícola Los Molinos y por lo tanto un magnate local. Era un tipo obeso, de aspecto apoplético, que había abandonado a Amalia por una muchacha más joven cuando Susana era adolescente.

Se movía en un jeep ruso con un chofer que cinco años atrás estaba guataqueando yucas por la carretera de Uvero y ahora feliz y contento gastaba un coche cada seis meses.

Amalia detestaba a Damián, pero nunca dejó de quererlo. Era una mujer de escasos intereses, de reglas rígidas, y no aprobaba el modo de vida de Susana. Volcando en Susana la insatisfacción que sentía con su propia vida, Amalia convertía cada salida en una batalla, y si regresábamos tarde en la noche yo ni subía al apartamento para ahorrarme sus silencios duros y su mala cara. Susana, por su lado, hacia con su vida lo que le viniera en gana, y las quejas o consejos de su madre caían en oídos sordos.

En su dormitorio se aislaba y recibía a sus visitas, que tenían que sentarse en la cama o en el piso, porque recibirlos en la sala hubiera sido una concesión y no podrían hablar en libertad. Sus lecturas, su amor por el arte, y sus numerosos intentos de fugarse de Cuba eran asuntos personales que Susana no se molestaba en consultar con Amalia, y esta desvinculación entre hija y madre me sorprendió y me pregunté si ello ayudaría a Susana a tener menos escrúpulos y más libertad de decisión.

Comenzamos a visitar la Roca, un motel a diez kilómetros del pueblo en el tope de una loma. Como no había transporte público la Roca era para uso exclusivo de los dueños de autos que aún se movían o para los visitantes de Miami. Desde el mirador se veía la extrañeza geológica de los mogotes, dos senos peludos llenos de cuevas entre la extensión amarilla de los cañaverales. De noche la caña desaparecía y se veían las luces del pueblo con sus calles rectas, la iglesia iluminada en el medio del parque, el hotel sustentado por sus memorias de antaño esplendor, la joroba metálica del puente, la oscuridad de los barrios ocultos entre flamboyanes y plátanos. Más allá del pueblo y de las escasas luces del puerto se extendía una oscuridad más densa, distinta y peligrosa.

Una noche de febrero Susana y yo estábamos acostados en su cuarto (como insectos bajo el microscopio implacable de la fluorescencia) pretendiendo leer una copia maltratada de Patrick Suskind mientras yo la tocaba por debajo de la bata de casa. El olor a manigua y humedad entraba por las persianas, Amalia dormía atrás en su cuarto ascético y oscuro, cuando de pronto un hombre quitó el ganchito de la puerta de la sala y fue directo hacia nosotros. Vi su rostro moreno en la oscuridad, el pelo negro cayéndole sobre las orejas y un bigote lacio con las puntas hacia abajo. Al verme se turbó y se detuvo. Yo me paré, seguro de tener frente a mí a un ladrón. En ese momento Amalia emergió de la oscuridad vestida y sin rastros de sueño, y agarró al tipo por el brazo y lo comenzó a increpar:

—¡Vete de aquí! ¡Lárgate! ¡No tienes nada que hacer aquí! ¡Vete!

Me interpuse y le pregunté:

—¿Qué es lo que tu quieres brode?

—Tenemos que hablar —me dijo el tipo— te espero en la esquina del cabaret —y enseguida viró la espalda y salió.

Vi los ojos de gata asustada de Susana.

—¿Qué es esto? —le pregunté— ¿Quién es ese tipo?

—No vayas —me respondió, y la vi muy nerviosa e inmediatamente bajé las escaleras.

A esa hora el cabaret estaba cerrado y no había un alma por todo aquello. Alguna que otra ventana estaba encendida en los edificios, puercos inquietos gruñían en corrales improvisados, y una neblina apenas perceptible venía del río, de las aguas enfriándose, indicando que ya era tarde en la noche. El tipo se me acercó en una bicicleta y como yo no sabia que esperar, me mantuve en guardia. Se detuvo a mi lado y habló sin desmontarse.

—Mira, esto te lo digo en confianza: yo estuve con Susana después que se fue Sarria, y estamos planeando irnos juntos. Nosotros estamos peleados ahora, pero…

—Pero nada asere, ¿qué tu piensas? —lo interrumpí— Ella está conmigo ahora y se acabó la historia.

—Las cosas no son tan sencillas como parecen…

—Pues para mi son bien sencillas —le dije, yéndome.

En la calma de la noche oí chirriar la cadena de su bicicleta, alejándose. Caminé hasta la esquina, hasta el césped transformado en platanal por vecinos ingeniosos y de pronto Susana salió de la oscuridad y se me acercó.

—¿De qué hablaste con Lino? —me preguntó en voz baja.

El corazón me latía como si hubiera corrido el maratón.

—¿Así es como se llama? Hablamos de muchas cosas, por ejemplo me dijo que había estado contigo desde que Sarria se fue y que estaban planeando irse juntos.

—Es mentira Marcelo —me dijo alzando la voz y había lágrimas en lo dicho.

—¡¿Qué es lo que es mentira Susana?!

—Todo. ¡Todo lo que te dijo!

—¿Nunca estuviste con él?

—No, sí, sí estuve con el, pero no fue desde que se fue Sarria y fueron unas semanas nada más.

—¿Y cuál es la historia de la ida de ustedes juntos?

—¡¿Qué ida, Marcelo, si de aquí no se va nadie?!

Me fui a pie por la avenida oscura, pasé frente al asilo de ancianos con su patiecito de grava y mar pacíficos mustios; el chirrido de los grillos envolvía las persianas plegadas y los barrotes de las ventanas y las cornisas de yeso y el frontón neoclásico; pasé frente al puentecito ferroviario encima de la cañada que fluye hacia el río entre fruta bombas y sapos contentos; pasé frente a las casitas dormidas del antiguo barrio bueno y escuché a un perro ladrar en un patio lejano, oí mi propia respiración y mis pasos monótonos, vi la luz mustia del obelisco frente a los portales donde durmió el desconocido muerto a balazos en la huelga del 9 de abril. Bajé hacia el puente y caminé sobre la reja metálica de su pavimento oprimiendo con las puntas desgastadas de mis zapatos los orificios romboidales, y a diez metros bajo mis suelas estaba el agua oscura del río, los corazones flotantes de las malanguillas, y el canto triste de los sapo toros.

Al cruzar el puente me eclipsé en la penumbra del parquecito martiano donde Manino Aguilera, historiador del pueblo, pone nocturnos de Debussy los domingos por la tarde en un tocadiscos escondido en un cajón de plywood bajo la ceiba centenaria, y subí la cuesta que va desde mi casa hasta la escalinata por la que mulatos musculosos bajan kayaks de fibra de vidrio por las tardes y donde el agua de lluvia salta y rueda durante los aguaceros despeñándose hacia el río. ¿Me estará mintiendo Susana? Si fuera verdad que ella no está con Lino, él no estuviera merodeando su casa. ¿Estará Susana planeando irse a mis espaldas?

Subí los 26 escalones de mármol negro como si fueran uno, en un sueño.

Por fin Damián me resolvió trabajo en un túnel popular[3]. Un lunes de llovizna fui pedaleando mi bicicleta verde y roja hasta la plataforma que había quedado de los últimos carnavales cubriéndose de óxido, al final de un reparto de bloques cuadrados y grises como juguetes anónimos. Frente a la plataforma se extendía un solar lleno de guisasos y ladrillos que terminaba en la, y al cruzar la Calzada estaba el hospital. El hospital era un edificio verde de seis pisos con apariencia de cake de cumpleaños, rodeado por un parqueo de asfalto cuarteado y flamboyanes mustios. Lo afeaba la chimenea que escupía un humo oleaginoso y negro que se adhería implacablemente a las paredes del sexto piso. El hospital quemaba leña.

Un grupo de gente en ropa de trabajo se guarecía en la plataforma.

—¿Quién es Llerena? —pregunté.

—Yo —crujió un mulato largo y huesudo como una soga llena de nudos.

—Soy el geólogo del que le habló Damián, hoy es mi primer día de trabajo.

—Si sigue lloviendo no vas a trabajar mucho —respondió Llerena.

Sentí risitas entre la muchedumbre obrera. Llerena recostó sus antebrazos sobre la baranda de la plataforma, y nos quedamos en silencio. Siguió lloviznando.

Las semanas siguientes aprendí a hacer mezcla al calor de las once de la mañana, a tomar mediciones del avance del túnel, a calcular cuánta dinamita era necesaria por día y a cortar los salchichones de explosivos con un cuchillo oxidado. Mis días comenzaban bajando al túnel con el dinamitero por un escalera de cabillas clavada en la pared de concreto del boquete de acceso; poníamos los explosivos en la arcilla blancuzca con franjas naranja al final del túnel, los encendíamos, y volvíamos caminando por el pasillo oscuro en el calor sofocante del subsuelo. Subía, Llerena me daba la mano, y en cuanto ponía el pie por encima del borde de cemento ¡boom! la tierra sonaba como si hubiera tosido, y los vecinos de los bloques se paraban en los balcones a gritar ¡Van a tumbar el edificio cojones!

Esperábamos a que se diluyera el humo agrio de la explosión, y los obreros comenzaban a bajar las dovelas y los bloques y los sacos de cemento y a sacar la tierra y los pedazos blancuzcos y pulidos de piedra caliza.

Por las tardes después del trabajo Susana me llevaba a la Casa del Combatiente. Solos en la tranquilidad de la tarde nublada, me gustaba el patio con bancos de granito entre arboles frondosos; parqueaba la bicicleta en el asfalto mojado y subíamos a la sala de billar en el segundo piso apartando los gajos de mango que colgaban sobre la baranda, recuerdo el golpe de los tacos contra el piso y reírnos sobre nuestra pésima habilidad para el billar y ordenar tragos de ron pelado del bar y vasos con jugo de tomate.

En abril comenzamos a ir a la playa en bicicleta con Llerena y su mujer. Al salir del pueblo nos rodeaban los potreros de pangola salteados con ásperos islotes de marabú. Las vacas eran manchas pardas contra el amarillo de la hierba y las auras eran minúsculas manchas negras posadas sobre las vacas. La carretera corría junto al río y entre el mangle se veían retazos de agua oscura y verde.

A la izquierda estaba la laguna de la salina, habitada por bandadas rosadas de flamencos. Nos bañábamos en la playita detrás de la terminal de trenes, y marineros aburridos nos miraban desde la popa de algún herrumbroso buque griego.

Al regresar nos secábamos a la sombra de algún portal de techo combado, en casas de madera gris pulida por el salitre, y entre las vigas oxidadas de los antiguos almacenes se veía el mar verde aceituna, la espuma blanca de las olas, y las migajas verdes de los cayos.

Un jueves ya acercándonos a Sagua vimos como nubarrones cenicientos se apiñaban sobre las primeras casitas del pueblo, y la luz naranja y moribunda de la tarde fue reemplazada de repente por una iluminación lila, delicada y amenazadora, y una brisa con olor a lluvia nos limpió la cara. Vimos el aguacero comenzar sobre los potreros y avanzar hacia nosotros como una sábana oscura y vertical, vimos los primeros goterones estrellarse contra el asfalto como insectos ciegos y evaporarse dejando redondas marcas oscuras, y luego gruesos hilos de agua unieron el abdomen de las nubes con la carretera vacía, las cercas de alambre de púa, las matas de limones en los patios de tierra, las casitas blanqueadas de cal. Llerena pedaleaba sonriendo feliz y Susana y yo parqueamos la bicicleta en medio de la carretera y nos pusimos a bailar.

Llegamos a casa de Susana ya de noche. Entre los inmóviles y polvorientos mar pacíficos estaba la entrada a la escalera, oscura como boca de lobo. Seguí a Susana embriagado aún por el aire de mar y los tragos de chispa de tren[4] y la transparencia del agua junto a los almacenes a través de la cual se veían las algas ocres y los caracoles minúsculos en el fondo y sobre los que, como levitando, se mecía un bote de remos. Entramos y seguí para el cuarto de Susana, me quité mis zapatillas blancas de las que tan orgulloso estaba (mi tío me las había mandado de New Jersey) y las tiré debajo de la cama y puse los pies sudados sobre las losas frescas del piso y me quedé por un momento sin pensar nada. Me pasé la mano por las piernas y las sentí quemadas por el sol. Estiré la mano y agarré el manual de inglés tirado con otros libros sobre la cama, y al abrirlo un pedazo rectangular de papel, una foto o una postal, se resbaló de entre las páginas y cayó debajo de la cama. En la cocina Susana discutía con Amalia en voz baja.

Me agaché y recogí el pedazo de papel. Me sorprendió lo limpio que estaba el piso: las losas brillaban y no había ni una sola viruta de polvo, ni una pluma abandonada, ni una presilla de papel o un juguete olvidado. Una familia de nómadas, sin historia, lista a recoger sus paquetes en cualquier momento. Tome la foto, la viré, y en ella, borroso y medio oscuro, estaba Lino.

Sentí un vapor rojo agrupárseme en el pecho y contraerme las mandíbulas. Y enseguida una vergüenza tremenda, el ácido de los celos, y la debilidad de la impotencia.

Me puse los zapatos y salí sin que las mujeres me vieran, absortas en su apasionado cuchicheo. Empapadas, las zapatillas croaban satisfechas a cada paso mientras pasaba una vez más frente al asilo de ancianos, la cañada que fluye al río, el obelisco frente a la secundaria. No podía verla más.

Mientras tanto en el túnel se precipitaban los acontecimientos. Teníamos que preparar la entrada al túnel para que lo inspeccionara el Estado Mayor del Ejército de Villa Clara. Empezamos a construir una rampa hacia arriba a golpe de dinamita y martillo neumático, y una rampa desde la superficie hacia abajo con una excavadora. ¿Se unirían? ¿Lo haríamos a tiempo? Hubo conversaciones de trabajar los domingos. Mi jefa, una burócrata resbalosa, quería que yo llevara la cuenta de los materiales de construcción que se consumían todos los días, pero yo le huía con cuidado. No faltaba más. Pallí, el jefe de brigada, tuvo que coger las tablas de la pared de su casa para cocinar, ¿y yo le voy a decir que no se lleve diez bloques? Al carajo. Un día tuve que parar la obra y Llerena se puso lívido: la rampa hacia abajo tenía paredes verticales y había gente trabajando en el fondo, en el hueco. Un derrumbe los hubiera sepultado vivos. Yo no sabia que las paredes de las excavaciones debían ser inclinadas. Y por lo visto, Llerena tampoco.

Tres días antes de la inspección las rampas chocaron una con la otra, como los ejércitos en el Elba. Hubo júbilo, y por supuesto borrachera. Concluidas las rampas hubo que, a toda prisa, hacer los escalones de cemento.

La tarde de la inspección la mezcla estaba húmeda, pero la escalera estaba hecha. Con el amarillo cansado del sol recorriendo los bloques y el solar y los pozos de ventilación del túnel (boquetes de concreto como rezagos de una avasallada ciudad azteca), las ropas en los balcones emulando el velamen de antiguas carabelas, llegó la esperada caravana de guaguas Girón y jeeps verdes. Una vez parqueadas, descendió de las guaguas un diluvio de hombrecitos verdes, todos absolutamente iguales en sus gorras verdes y uniformes verdes y botas pulidas, como si una tribu de marcianos hubiera aterrizado a apropiarse del planeta. Se agruparon frente a la rampa, y algunos se aventuraron por los escalones aún húmedos.

El jefe, a la cabeza de la manada, se asomó a la entrada del túnel. El túnel se inundaba y las bombillas se explotaban con la lluvia, por eso solo nos quedaban dos que decidimos colgar donde la escalera entraba al boquete subterráneo. La serpiente negra de los pasillos se extendía en ambas direcciones alejándose del triste círculo de luz, las dovelas estaban cubiertas por el polvo de las explosiones, el agua en el piso duplicaba el brillo incandescente de las bombillas, y a unos metros más allá de la entrada, solo había oscuridad.

—Hay agua en el piso —dijo el jefe.

Sus palabras subieron por la escalera y se expandieron entre la manada de hombrecitos verdes como las ondas que mutilan la superficie de un charco impactado por una gota de lluvia, y tras pensarlo un poco regresaron a sus guaguas Girón. El gnomo jefe le dio la mano a Llerena y lo felicitó por el cumplimiento de la tarea asignada. Media hora más tarde la caravana había desaparecido como un mal sueño, y sentados frente a la caseta de las herramientas estábamos Llerena, un perro sin dueño que comía en el tráiler, y yo. Después vino Pallí y un mulato achinado, que era el del partido, un pobre viejo que todos cogían para el trajín. Sacamos dos botellas de chispa de tren detrás de la caja de los explosivos y nos las tomamos con calma mientras la tarde se ponía cada vez más fresca y el cielo se tornaba púrpura y lila y comenzaba a anochecer.

Son las tres de la mañana y en la acera de enfrente, por encima de la tapia de la iglesia bautista, se asoman las hojas de los plátanos. Al lado esta el edificio de los Arenas, una familia de desaparecidos millonarios. El portón del garaje esta cerrado con una cadena que entra y sale por los agujeros donde alguna vez hubo un llavín.

Como los romanos del bajo imperio, vivimos entre las reliquias de un tiempo mejor. Por encima de los plátanos y los limones y del campanario de la iglesia hay un cielo oscuro lleno de estrellas, y oigo el chirrido monótono de los grillos y algún perro ladra lejos, doblando muchas esquinas. Tengo que dejar de hacerme preguntas, de martirizarme.

Las sábanas estrujadas en la sala marcan el trillo de mi insomnio. Pallí y Llerena duermen, o desvelados como yo, se preguntan si tengo temple para esta aventura. Saben que estoy sentado en la terraza sin poder dormir, mirando la noche.



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Uno de los tantos túneles construidos en Cuba con el pretexto de proteger a la población en caso de una agresión enemiga al país.(Foto de Elizardo Rodríguez Suárez, tomada del sitio Misceláneas de Cuba.)Foto

Uno de los tantos túneles construidos en Cuba con el pretexto de proteger a la población en caso de una agresión enemiga al país.(Foto de Elizardo Rodríguez Suárez, tomada del sitio Misceláneas de Cuba.)