Actualizado: 14/12/2018 10:51
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Literatura, Literatura cubana, Novela

De sueños e ilusiones perdidas

En su primera incursión en la narrativa, Reinaldo Escobar Casas cuenta el escalonado proceso que lleva a la desilusión a un joven que tenía una convicción firme, aunque no ciega, en la revolución

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La Editorial Verbum, que cuenta con un catálogo cuyas notas distintivas son la opulencia y la calidad, convoca desde el año 2014 el Premio Iberoamericano de Novela. En ediciones anteriores lo ganaron los cubanos Elizabeth Mirabal (La isla de las mujeres tristes) y Evelio Traba (El ritual de las cabezas perpetuas) y los españoles Antonio Cabanillas de Blas (Luigi Bocherini, vida de un genio) y José Antonio Martínez-Climent (Campo de víboras). En la última convocatoria, el galardón recayó en Reinaldo Escobar Casas (Camagüey, 1947), conocido por su labor como periodista independiente y por ser jefe de redacción del diario digital 14ymedio.

Los avatares que vivió Escobar Casas con La Grieta (Editorial Verbum, Madrid, 2108, 234 páginas) me hicieron recordar los que tuvo el difunto Reinaldo Arenas con su novela Otra vez el mar. Según este contó, redactó una primera versión de aquella novela entre 1966 y 1969. El manuscrito fue destruido por un amigo a quien se lo había dado a guardar, así que se dio a la tarea de reescribirlo entre 1969 y 1971. Esa segunda versión fue incautada por la policía castrista. Ya en el exilio, Arenas volvió a reconstruir la novela a partir de fragmentos que andaban dispersos por el extranjero y de otros que recordaba. Fue esa tercera reescritura la que finalmente apareció publicada en España en 1982.

Aunque él no tuvo que reescribir su texto tantas veces, el autor de La Grieta comparte con Arenas la importancia que le daba a su primera incursión en la narrativa. De hecho, Yoani Sánchez menciona en el prólogo que, junto con la de seguir haciendo periodismo tras haber sido expulsado de los medios oficiales, su otra obsesión cuando lo conoció veinticinco años atrás era “esta novela, un exorcismo de corte biográfico que escribía con una disciplina casi monástica”. Para mayo de 1994 la había logrado completar y sacó una copia mecanográfica para llevarla consigo en su primer viaje fuera de Cuba. La Seguridad del Estado hacía tiempo que lo vigilaba y sabía de la existencia de la misma. En el aeropuerto habanero, antes de que tomara el vuelo hacia Alemania, se encargaron de confiscarle aquel original. Le entregaron un documento con el sello de la Aduana General de la República, en el cual se da cuenta del decomiso de unas “hojas con escrituras mecanografiadas a máquina”. Al igual que Arenas, Escobar Casas no tiró la toalla. Apelando a la memoria, se dedicó a recomponer su novela. Esa faena, anota Yoani Sánchez, le llevó más de dos décadas.

Al inicio de La Grieta, su protagonista, Antonio Martínez, asciende lleno de ilusiones los noventa peldaños de la legendaria escalinata de la Universidad de La Habana. Va a comenzar la carrera de periodismo, y poseía “la fe que se necesita para ser ingenuo (…) y la autoestima irresponsable para ver que podía cambiarlo todo”. Al finalizar la novela, ha acumulado varios años de trabajo en la Columna Juvenil del Centenario, la revista Cuba Internacional y el diario Juventud Rebelde. En el plano puramente profesional, su labor ha sido muy buena, pero eso no es obstáculo para que decidan separarlo de cualquier medio de difusión controlado por el Estado, que en la práctica entonces eran todos. La razón: su línea de pensamiento no coincide con la línea de pensamiento del Partido (decir cuál sería redundante, pues no hay otro). En ese momento, Antonio Martínez empezó a ver con claridad que había estado esclavizado a una ideología avasalladora: “Si hay algo de cierto en todo esto es que yo no puedo pensar igual que ustedes, ni voy a esforzarme para logarlo. Me basta con esa idea de que porque yo piense diferente no pueda ser periodista. Ahí mismo comienza a ser divergente mi línea de pensamiento”.

La novela narra el escalonado proceso que lleva a la desilusión a su protagonista, un joven que tenía una convicción firme, aunque no ciega, en la revolución. Durante su etapa en la universidad, sus compañeros de estudio se distribuían en dos grupos: los oficialistas, que se definían a sí mismos como “el vivo retrato de la lealtad política”, y los librepensadores, que se sentían los defensores del más sagrado derecho que puede tener un ser humano: la libertad de pensar y de expresar lo que piensa. De los primeros, Antonio Martínez admiraba su apasionada entrega a “la causa” y “su voluntad inquebrantable de no ceder ante las dificultades”. Pero de igual modo, compartía con los segundos en “la tolerancia hacia las posiciones ajenas y la convicción de que cualquier proyecto puede ser infinitamente mejorado si se expone a la luz de diversas opiniones”. Pensaba que era posible conciliar ambas posiciones, pero la realidad se encargó de demostrarle que, al menos en el contexto cubano, eran monolíticas e irreconciliables.

Convencido de que le asistía el derecho a opinar, expresó su desacuerdo con la expulsión de Eduardo Heras León, considerado por todos como “la persona más brillante que había pasado por la Facultad en muchos años”. Otros dos estudiantes hicieron lo mismo. Como consecuencia de ello, a los tres se les aplicó la medida de no poder graduarse hasta que cumplieran dos años trabajando en un plan agrícola de la universidad, más uno más prestando servicio en una publicación de provincia. Una vez pasado ese tiempo, una comisión analizaría la conducta de cada uno y determinaría si se les podía entregar el título o no. Antonio y otro estudiante fueron ubicados en Camagüey en la Columna Juvenil del Centenario, donde se iban a ocupar de un programa de radio y de una publicación quincenal de esa institución. No obstante, el Decano les comentó que “no debían tomar su estancia allí como una sanción, sino como una forma de contribuir a su maduración política”.

Tras cumplir satisfactoriamente lo que no era una sanción, Antonio pudo regresar a La Habana. Recibió por fin su ubicación definitiva como graduado de periodismo, que resultó ser en la prestigiosa revista Cuba Internacional. Allí tuvo entre sus compañeros de trabajo a los escritores Manuel Pereira, Eliseo Alberto, Antonio Conte, Minerva Salado, y a los fotógrafos Iván Cañas y Pirole. Cuando llevaba ya varios años, un inocuo comentario hecho durante el recibimiento a Leonid Brézhnev (“¿Han precisado en cuál lado del auto viene Brézhnev? ¿A la derecha, o la izquierda del Comandante?”) da lugar a que sea citado a la Dirección. Aunque él le dio al episodio un cariz humorístico, Manuel Pereira le hizo ver su gravedad. A casusa de ello, seguramente le abrieron un expediente en la Seguridad del Estado, y lo peor, en la letra más fea: “La que tiene que ver con quienes guardan probable relación con un posible atentado a quien tú sabes. Por culpa de este incidente, tu nombre ha sido escrito en la lista de esa sección y, pase lo que pase, hagas lo que hagas, nunca van a borrar tu nombre de allí. Estás marcado para siempre bajo la A de atentado”.

Obedecer y cumplir disciplinadamente las orientaciones

Aquello, sin embargo, no impidió que fuese propuesto para que se le iniciara el proceso para entrar en el Partido. Méritos no le faltaban: tempranamente se incorporó a la recién triunfante revolución, tomó parte en la Campaña de Alfabetización, fue al Servicio Militar de forma voluntaria… Pero los integrantes del núcleo estimaron que los cinco años transcurridos no eran tiempo suficiente para superar los problemas que le habían señalado en su etapa en la universidad.

Por otro lado, los años que llevaba en Cuba Internacional le hicieron darse cuenta de que la revista era una vitrina de logros destinada para los lectores extranjeros. Su capacidad para redactar reportajes triunfalistas se había agotado, aunque él aún no lo sabía. Vino a descubrirlo cuando le asignaron escribir sobre una fábrica de baterías para autos y camiones, inaugurada hacía un par de años en las afueras de La Habana. Una charla con el responsable del sindicato le reveló que la información suministrada por el director solo se refería a la potencialidad y no a lo producido por la fábrica: “La realidad —dijo Cuco con una enigmática sonrisa— es que se está haciendo en un mes lo que la fábrica debería producir en una semana. Pero esa tampoco es la verdad —aclaró— porque deberíamos confeccionar por lo menos seis modelos de acumuladores y solo estamos fabricando dos”.

Su segundo proceso para ingresar en el Partido también fue revocado, lo cual representó un punto de inflexión en sus convicciones revolucionarias. Esta vez, sin embargo, no sintió decepción, sino alivio. Empezó a comprender que el Partido no correspondía con lo que él esperaba de la organización. “Aprendió que la capacidad de acción en la base se restringía a los asuntos locales y triviales. Para participar en las verdaderas discusiones, donde se debatían los objetivos esenciales, era imprescindible estar más arriba, en algún escalón de la estratificada estructura de las Instancias Superiores, o mejor aún, en la máxima instancia: el Comité Central del Partido”. Si un honrado militante pretendía llegar allí, con la noble intención de hacerse escuchar, “lo primero que debía hacer era obedecer y cumplir disciplinadamente las orientaciones (…) Aceptar muchas veces lo inaceptable como única vía para llegar al sitio desde donde podría actuar eficientemente contra los errores, para renovar lo agotado o desbrozar nuevos caminos”.

Una entrevista a Alina Sánchez vino a poner fin a su etapa en Cuba Internacional. Pese a que las declaraciones de la cantante lírica eran impublicables, por sus duras críticas al Ministerio de Cultura, Antonio procesó con esmero el material y lo entregó una semana antes de la fecha prevista. El director lo llamó para saber por qué había presentado un trabajo que la revista no podía publicar. Su respuesta fue: “Para que nadie pudiera acusarme de ejercer la autocensura”. Y le confesó que había perdido la capacidad de continuar escribiendo en una publicación cuyo fin es proyectar internacionalmente la obra revolucionaria.

El hecho de haber laborado durante catorce años en una revista tan prestigiosa le ayudó a trasladarse sin dificultad al diario Juventud Rebelde. Llegó lleno de entusiasmo, pues pese a todo no había perdido la confianza en el proceso revolucionario. En ese momento, desde las altas esferas del Departamento de Propaganda del Comité Central se estaba llamando a la prensa a romper esquemas y adoptar posturas más críticas, analíticas y creativas ante los problemas. Eran además los años de la perestroika, lo cual animó aún más a Antonio. Sus primeros trabajos fueron muy bien recibidos, incluido uno titulado “Es muy fácil prohibir”, sobre acerca del uniforme de los estudiantes de las secundarias que provocó una inesperada reacción de los lectores, a favor y en contra de lo que allí expresaba. Pero uno posterior, así como la versión tergiversada de su intervención en dos incidentes, provocaron que dejara de trabajar en Juventud Rebelde.

En el caso del texto de marras, se consideraba que era el punto más alto al que él había llegado “en una línea caracterizada por el uso de términos y giros ambiguos, propios para una doble lectura, donde se entrevé una crítica velada a la Revolución, al Partido”. Y en cuanto a los incidentes y de acuerdo a informes confiables, demostraban que se reunía con jóvenes entre los que sembraba la confusión ideológica. De nada le valió apelar y presentar documentos que probaban que había sido y seguía siendo un hombre fiel a “la causa”. El motivo fundamental por el que se le separaba del ejercicio periodístico es que su línea de pensamiento no coincide con la del Partido. “Lo demás, como le hizo saber el funcionario que lo recibió a nombre de Carlos Aldana, carece de importancia”.

Ese itinerario de la fe revolucionaria a la apostasía de la disidencia que recorre el protagonista de La Grieta, fue exactamente el que recorrió Escobar Casas. Este no se ocupa de disimular el carácter autobiográfico claramente de su estreno como escritor. Solo se aparta de sus vivencias cuando incorpora unos pocos brochazos imaginativos, con los cuales la historia se amplía y se enriquece desde el punto de vista narrativo. Me refiero en concreto a los sueños recurrentes con el Máximo Líder que tiene Antonio y a la novela que planea redactar. Piensa titularla La Grieta y su personaje principal se llama Reinaldo. Para no reducirlo a un texto exclusivamente autobiográfico, intentaría establecer un paralelismo entre la construcción de un edificio y la tarea de erigir una nueva sociedad. Se establece así un juego de espejos con el que la novela gana en dimensión literaria.

A propósito de la prosa desprovista de ornamentos y sin alardes metafóricos con que está escrita La Grieta, Yoani Sánchez señala que la intención de su autor nunca fue convertir en literatura el accidentado periplo de un comunicador, sino “en hacer que la ficción rebosara de objetividad y cargara con parte de aquellas palabras que no había podido colar en la prensa nacional”. En efecto, el periodismo —el buen periodismo, es pertinente aclarar— dejó su marca en Escobar Casas en un lenguaje preciso, claro, que no apela a los efectos ni a deslumbrar con imágenes. Ese influjo benéfico también se advierte en su manera ajustada y contenida de narrar, que no cae en el alegato ni en la propaganda, así como en la capacidad de captar la atención del lector. Una vez iniciada, es difícil abandonar esta novela tan atrapante como dolorosa.

Dolorosa, porque la historia de Escobar Casas y su alter ego Antonio Martínez no es solo la suya, sino también la de muchos cubanos de su generación. En ella se han de identificar todos aquellos que creyeron en eso que, por pura inercia, seguimos llamando revolución. Que se sumaron a ella llenos de confianza y entusiasmo a la construcción de un luminoso futuro del que hoy no queda ni el espejismo de un leve resplandor, y que hoy ven cómo sus sueños e ilusiones terminaron traicionados y machacados. La Grieta es un testimonio valioso y esclarecedor del desmoronamiento del edificio, aunque una comisión de especialistas trate de convencernos de que el inmueble solo pasa por “un natural proceso de acomodamiento estructural”.