Actualizado: 25/09/2020 0:20
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Cine, Cuba, Arte 7

Deconstruyendo la utopía

Un documental que fundamenta un drama, que a su vez testifica el desastre de la realidad cubana

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Me asomé a Epicentro prejuiciado, desdeñoso y titubeante. Aparte de mi ya ancestral rechazo al género documental, vi cuando le dieron el premio en el festival de Sundance, el director austríaco, con pasión que me pareció forzada, dedicaba el galardón a sus “jóvenes profetas” que hicieron posible el filme. ¿Sería más de lo mismo? ¿Otro primermundista dándose un baño de tercer mundo en Cuba para celebrar su Yom Kippur privado? Leí que su cine se concentraba en los efectos del colonialismo y pensé que me iba a tropezar con otro bodrio buenista en el cual el europeo civilizado miraba condescendientemente al nativo ingenuo y rescataba las virtudes de la pobreza material. Pero casi desde la primera secuencia me percaté de que esto iba de otra cosa.

No hay dudas de que hay bastante de lo anterior en este filme, pero Sauper logra rebasar las posibles limitaciones porque no se encierra en sus preconcepciones y deja que el guion, que tiene muchas escenificaciones, lo lleve a otros predios que quizá no se propuso.

Epicentro parte de la premisa de que Cuba es el foco de tres sucesos que marcan el desarrollo del mundo tal y como es ahora: la trata de esclavos, el inicio del colonialismo americano (ya que la guerra Cubano-Hispano-Americana marca el primer triunfo bélico de Estados Unidos en camino a la expansión colonial) y la lucha entre comunismo y capitalismo durante la guerra fría. A ello le aplica el concepto del efecto mariposa. La interacción crea dos mundos completamente diferentes. El desarrollo económico americano y la miseria cubana.

Otro aspecto importante para Sauper es el nacimiento del cine pocos años antes de la voladura del Maine, tras el cual se crearon falsos documentales para instigar el odio contra España. El cine es la máquina de sueños, que a través de la mentira crea realidades, la Cuba que surgió en el siglo veinte puede ser el producto de la manipulación cinematográfica. Cuba como fabulación. El destino de la nación como resultado de un sueño.

El filme comienza con unas imágenes impresionantes del mar embravecido inundando más allá del Malecón, mientras un hombre impávido fuma su tabaco. Luego salta a lo que es obviamente un actor parado sobre un mapa de las Américas y dice que siempre está trabajando, Cuba es la utopía, pero él no sabe lo que es la utopía y continúa diciendo “somos lo máximo, aquí siempre con el yerro parado”. Luego salta a imágenes de la voladura del Maine y nos muestra a unos niños, de entre 9 y 11 años, a los que se les enseña un filme viejo en el que se menciona la bandera americana como el símbolo de la libertad y los muchachos reaccionan como cualquiera con el cerebro lavado, no lo pueden creer. Claro, lo que le muestran es mentira de todos modos.

La historia del Maine y de Teddy Roosevelt esta basada en un concepto simplista del dibujo animado Elpidio Valdés contra el águila y el león, explicado por el propio Juan Padrón, el creador del famoso personaje, en lo que posiblemente fue su última aparición en el cine y que es probablemente lo peor de la película. El filme gana en convicción y realización artística cuando sigue a un grupo de muchachos que Sauper llama los “jóvenes profetas”, niños preadolescentes que por una parte recitan lemas, himnos y consignas de hace más de cincuenta años, muy bien memorizados, pero cuando comienzan a hablar espontáneamente entonces se muestra lo que es el razonamiento moldeado de un niño a una edad en la cual la consciencia social no existe, pero se le imponen ciertos valores para que queden grabados sin ningún criterio, y así fomentar el odio a través de la confusión.

Sauper reduce el protagonismo a tres personajes, dos niñas, Leonelis y Annyelis, y una mujer joven, Clarita. Espetan relatos históricos risibles, como “Perucho Figueredo liberó a los esclavos en 1959… no en 1888 y entonces vino Fidel…”. Son niños, no se les puede pedir más, pero son una buena muestra de la mentalidad en ciernes del “Hombre nuevo”. Clarita le explica a un extranjero que en La Habana no querían Revolución, sino casinos, bailes y vivir bien y que por eso Fidel, el Che y Raúl fueron a Santiago, a Camagüey y otras provincias y lucharon por doce años. Luego relata que su mamá le contó que Cuba estuvo perfecta con Fidel durante los primeros diez años, pero que después, se cayó la Unión Soviética y todo se vino abajo.

Sé muy bien que toda esta contradicción de datos sin pies ni cabeza no la conocen ni se dan cuenta de ella, no solamente los extranjeros, sino muchos cubanos también, me pregunto incluso cuánto sabe Sauper, pero como los filmes tienen tantas lecturas como espectadores hay, en mi caso lo que veo es una burla sarcástica a la mentalidad esclava de la Cuba de hoy. Además, lo que más detesto es un panfleto, aunque esté de acuerdo con él.

Siguiendo a los personajes se nos muestra una Habana esperpéntica, arruinada, que parece haber pasado una guerra nuclear. Ese parece ser el resultado del efecto mariposa. Una miseria material y espiritual inconcebible. A los padres no parece importarle lo que hacen sus hijos y todos los personajes tienen la mente en otra parte, todos quieren irse a lugares que desconocen, pero les parecen atractivos porque cualquier cosa es más atractiva que la realidad que habitan. Los niños tienen sueños, pero no esperanzas.

Su otro punto de concentración es la crueldad del turista como el nuevo elemento colonial. El nuevo explotador que viene en busca de sexo barato y fácil, de gente que se les revela por una pluma que dice New York, o por un chicle. Muestra las tiendas de la Manzana de Gómez, con precios imposibles para el cubano de a pie. Los niños se encargan de contabilizar lo que les costaría a sus padres comprarse una pluma que cuesta unos 2.500 dólares. Luego vemos a los turistas ir a admirar los carros de los años cincuenta y la Plaza de la “Revolución”, o sea, como ya se ha dicho, van a ver y a disfrutar La Habana de Batista. Quieren aprovechar y ver un parque temático de la década del cincuenta, de la prosperidad americana y el plan Marshall. Y por supuesto, siempre alguien termina mostrando, en este caso un italiano que vive en Cuba y parece ser el único que sabe la definición de utopía, los hoteles construidos por la Mafia, específicamente enseñan el Riviera.

Finamente, muestran el rostro de la represión cuando una noche, Clarita habla con el director y pasa un policía uniformado, la mira y ella le responde “Aquí, hablando bien de Cuba” y luego se vira hacia el director y le dice “Me van a matar”. El premio de Clarita es llevarla a pasear en un descapotable de los 50. Luego lleva a Leonelis y a Annyelis al hotel Parque Central y de inmediato en el lobby un miembro de la seguridad los intercepta y les dice que ahí no pueden estar porque es solo para huéspedes, tras un tiempito, Sauper le dice el número de su cuarto y el camarada abochornado se retira. Es la imagen deprimente y repugnante del nuevo brazo del verdugo, esclavo por partida doble. Las niñas cumplen el sueño de bañarse en la piscina y comer una torta de chocolate, que cuando el director le dice el precio a Leonelis, esta casi se atraganta.

En el filme también aparece Oona Castilla Chapin, nieta de Charlie Chaplin e hija del realizador chileno Patricio Castilla y de la hija de Chaplin, Geraldine, actriz muy conocida. Oona ha pasado mucho tiempo en Cuba y vive parte del tiempo allá, pero por supuesto, como Dios manda, como una extranjera. Su naiveté sacarinosa es saturante. Hay una secuencia muy interesante en donde Oona rodeada de un grupo de niños ven El Gran Dictador.

Hay antiamericanismo, antitrumpismo y una dosis de paternalismo en el filme, pero Sauper, que lo escribió, lo dirigió y lo fotografió lo resuelve bien y las inexactitudes históricas no molestan. No se propone contextualizar mucho, lo cual es su defecto y su virtud. Logra una obra llena de lirismo visual, usa unos tonos en los colores que dan en muchos casos un aspecto surreal a lo que enseña. La Habana que vemos nunca había sido retratada así.

Hubert Sauper (Austria, 1966), es un documentalista multipremiado que, como dije anteriormente, se enfoca en los efectos del colonialismo. Es conocido por Darwin’s Nightmare (2004), por la cual fue nominado al Oscar, y We Come as Friends (2014). Con Epicentro ha dado un paso de avance en la mezcla de realidad y ficción, ha realizado un documental que fundamenta un drama, que a su vez testifica el desastre de la realidad cubana. Evita las cabezas parlantes, busca a los menos instruidos, esperando más espontaneidad y lo logra. Nunca editorializa y evita el didactismo.

No sé cuales fueron las intenciones de Sauper, incluso es mejor ignorar las declaraciones que ha hecho a la prensa, pero el producto de su trabajo muestra un país que vendió un falso sueño que no ha sido más que una pesadilla de la cual muchos no pueden despertar, porque es casi seguro que si despiertan se enfrentarían a una realidad aún más ominosa. Con sus defectos (falta de contextualización e ignorancia del efecto del colonialismo soviético), es probablemente el mejor documental que he visto sobre Cuba.

Epicentro (Austria/Francia, 2020). Guion, dirección y fotografía: Hubert Sauper. Con: Oona Castilla Chaplin, Leonelis Arango Salas, Annyelis Pelladito Zaldívar y Clarita Sánchez. De estreno virtual a través de la plataforma Kino Lorber que beneficia a los cines alternativos del área.


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