Actualizado: 12/08/2022 22:46
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Literatura

“Después de la ceniza”, de Efraín Riverón

Acaba de ser publicado en Miami un libro de poemas escrito en décimas, una forma poética que ha sido subvalorada

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La décima escrita, al ser separada de la poesía como tal en concursos literarios, periodizaciones, tratados y otros estudios, ha sido discriminada. Cuando algo es sobreprotegido queda claro que no está a la misma altura de aquello de lo que resulta escindido. El poeta decimista ha corrido la misma suerte: se le suele llamar solo por el segundo de estos sustantivos (que, por cierto, no está reconocido gramaticalmente), como si “poeta” fuera otra cosa, un nivel más alto, diríamos.

De acuerdo con la preceptiva literaria, los versos de ocho sílabas —como los de la décima— son de tono menor. Pero hoy sabemos que la preceptiva no es más que un punto muerto que visitamos de vez en cuando únicamente para ver de dónde surgió todo.

En el caso de Cuba, una de las razones del demérito de la décima escrita, además, es que se contaminó en buena medida del repentismo, la décima cantada. Se confundieron los límites. No quiero decir que el repentismo sea algo desdeñable, solo que es otra cosa.

Huyéndole a ese rintintín de la décima, suelo leer esta estrofa olvidado de las rimas: leyendo a golpes de 16 versos, buscándole a éstos la sangre, no la música.

La miamense Ediciones Iduna acaba de publicar Después de la ceniza, de Efraín Riverón (La Habana, Cuba, 1942), un libro de poemas escrito en décimas. Un excelente libro de poemas, digo, escrito por un poeta que escribe décimas.

Este libro está conformado por tres secciones. En las tres hallamos dos temas recurrentes: la nostalgia (que se percibe hasta en los versos que abordan el pasado más cercano) y el erotismo. Y es un poemario que empieza arriba y sigue subiendo hasta el final. Y en el que no hallé siquiera una rima forzada (tomemos en cuenta que aun hay diccionarios de rimas): algo que desencanta hasta el rechazo a cualquier lector avisado.

La primera sección, “Sin Nombre”, está dedicada sobre todo a las remembranzas más cercanas, no faltan las alusiones al entorno miamense donde hoy habita el poeta. Flagler parece dormida/ como una novia lejana,/ o idéntica a una campana/ que deja quieta la vida (Pág. 10). Mas, el erotismo, el canto o el lamento para la (una) mujer o al menos para la belleza femenina, según el caso, es una constante de la que el poeta no puede apartarse. Vienes al recuerdo, eras/ casi un abrir de mañanas/ entre flores. Qué ganas/ te apuraban las caderas.

En “Imágenes”, la segunda sección, todavía más, Riverón reafirma la condición de poeta seducido por la belleza femenina. Esta sección, en su casi totalidad, está dedicada a este tema. Quiero hacer hincapié en tres aspectos que se pueden encontrar en éstas y otras páginas del libro. Primero, la persistente utilización del tiempo presente aunque se aluda a un pasado remoto, lo cual sin duda le otorga mucha más agilidad al verso, amén de que con la utilización de este tiempo el poeta se encuentre en mejores condiciones de rimar. Segundo, escasean en el libro los referentes a la naturaleza campestre —algo que resulta lluvia sobre mojado en el molde estrófico que nos ocupa—: raro será toparse con un sinsonte, un tomeguín, un bohío a lo largo de las 73 páginas del poemario. Tercero, en ningún caso el tratamiento de lo erótico se apoya en la picardía, en el chiste con barniz literario (como ocurre en no pocos “decimarios”); por el contrario, el candor —un candor estremecedor—es la vía fundamental para tratar estos asuntos. Sirva de ejemplo: ¿Qué parte no descubierta/ otea bajo tu blusa,/ como quien sin dar excusa/ le cierra el rostro a la puerta?(Pág. 61).

Como lo indica su nombre, “Metafísica”, la tercera sección, rezuma, más que nostalgia, melancolía. De modo que aquí hallamos las eternas preguntas: dónde estás, dónde estoy, quién soy, quién eres. Aunque es ésta una sección breve, sus poemas resultan un excelente cierre para Después de la ceniza, por la apertura a una universalidad superior y lo emblemático de los objetos líricos, que ofrecen una lectura realmente polisémica. Cito: Todo es confuso. No hay brillo./ Y sin que nadie responda/ sigue la abeja de ronda/ en el espacio amarillo. (Pág. 68).

Sólo me resta convocar a quien quiera leer buena poesía —poemas, enfatizo— que se acerque a este libro. No se arrepentirá.


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