Actualizado: 23/09/2019 10:00
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Literatura, Lectura de Verano

Días sin sombras

CUBAENCUENTRO ha retomado este año su sección Lectura de Verano, dedicada a publicar obras de narrativa, que pueden ser enviadas a nuestra dirección en Internet

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Curiosa la relación primordial entre el fin de la literatura y la longevidad. Cuando los hombres fueron capaces de vivir ochocientos años, desaparecieron los escritores.

Al principio se creyó que ocurriría lo contrario. Sin tener que preocuparse por un fin cercano, hubo tiempo para volver sobre el poema, cambiar de nuevo cada palabra del relato, empezar y concluir una novela en que las situaciones, personajes y lugares se transformaban para dar cabida a otro texto subyacente. Fue entonces posible ofrecer el mismo texto en planos diversos, con expresiones y giros lingüísticos tan extraños que terminaron por convertir a cada autor en una enciclopedia. El dominio de idiomas de signos incompatibles, adquirido con el paso del tiempo, permitió que una misma obra se elaborara una y otra vez, sin que cada nueva versión que surgía se asemejara al original. Las distinciones de géneros y estilos sucumbieron, frente a un modelo inagotable que permitía extender las fronteras y considerar a un individuo novelista durante los primeros cien años de su existencia, luego poeta por los próximos dos siglos, ensayista a lo largo de las tres centurias siguientes y autor dramático en la época que marcaba su período más fértil, al lograr la madurez creativa tras superar el medio milenio. Lo que con anterioridad se consideraba la amenaza principal de decadencia intelectual —por el deterioro de las facultades— ahora eran apenas unos pocos días, al ocurrir la muerte no por el desgaste físico del organismo sino más bien producto de la voluntad individual de negarse al proceso regenerativo, después de agotadas las posibilidades de experimentar nuevas sensaciones. Los misterios e incertidumbres —que con anterioridad acompañaron y engrandecieron la vida de los escritores famosos— pasaron a ser considerados parte de los entretenimientos más vulgares, a los que solo dedicaban atención quienes eran incapaces de buscar ejercicios más inquietantes. Dejó de despertar interés la aparición de una nueva obra, porque se sabía que cada cual contaba con el tiempo suficiente para perfeccionarla, olvidarla y negar que en algún momento sus esfuerzos se hubieran concentrado en un producto que ahora le resultaba inmaduro, repetitivo y anticipado. El truco de esperar por la culminación creativa ya no engañaba a nadie. El talento perdió valor ante el hecho de que —con el tiempo suficiente por delante— cualquiera era capaz de concluir una elaboración tan detallada, que desafiaba el encuentro del más mínimo error. La imperfección quedó fuera del alcance de los humanos.

Se pensó al principio que la búsqueda de lo novedoso siempre rendiría frutos, que no importaba la fecha si el producto despertaba el interés del lector ante lo desconocido. Pronto todos supieron que lo nuevo había dejado de existir. El posponer para mañana el aprendizaje de una lengua —en resumidas cuentas, ¿qué importancia tenía conocer hoy un idioma que podía comenzarse a usar doscientos años más tarde?— llevó a limitar la comunicación a un vocabulario reducido, compuesto de una pocas palabras universales que estaban al alcance de cualquiera. Unos pocos se esforzaron por que sus obras fueran divulgadas solo en su versión original; despreciaron la labor de engrandecer sus escritos con experiencias y conceptos adquiridos muchos años después y defendieron la escritura como un borrador irrepetible.

El fracaso no se hizo esperar. Los grandes autores de otras épocas podían ser estudiados hasta en sus más mínimos detalles. Nadie volvió a intentarlo transcurrido medio milenio. Perdió interés el dedicarse a leer obsesivamente un texto, tras aquel significado aún desconocido, que había aludido múltiples lecturas anteriores. Carecía de sentido recorrer un camino, cuando se contaba con el tiempo suficiente para agotar todas las posibilidades abiertas al inicio. La vieja tradición, que en épocas anteriores obligó al redescubrimiento de los textos —a la apropiación de las obras antiguas mediante la adquisición de nuevos significados— fue suplantada por la inercia que imponía una sabiduría inútil. Al no quedar sombra y desvelo —capaces de imponerse al tedio de una lectura prolongada—, el conocimiento fue echado a un lado. Cualquiera era capaz de convertirse en especialista, de dominar hasta en los detalles más insignificantes la vida y obra de determinado autor, de reproducir sin errores las características esenciales e intranscendentes de cierta escuela o período literario. Las compilaciones, resúmenes y síntesis fueron abandonados. Los estudios y análisis quedaron sin atractivo. Dedicarse a escribir adquirió el desencanto de las tareas más domésticas. Postergado para siempre el aliciente de concluir una obra.

Aumentar la longevidad de los humanos prolongó la juventud de los idiomas. No fueron necesarias nuevas traducciones, que ponían al día los textos antiguos para los nuevas generaciones. No hubo que agregar más notas al pie de página, que acompañaran los textos canónicos. Desapareció la necesidad de explicar a los lectores recientes el significado de vocablos en desuso. Cada idioma pasó a ser un modelo inalterable, donde la reducción de palabras se impuso a la diversidad de significados. La modernidad pereció aplastada por el peso de los años. Renovar el lenguaje resultó imposible, frente a una memoria milenaria que guardaba fresca —luego de varias centurias— los vocablos aprendidos en la infancia. Se agotaron los esfuerzos por descubrir autores propios a cada época, cuando los nacidos quinientos años atrás continuaban ofreciendo obras que repetían creaciones anteriores en claves extrañas, pero fáciles de descifrar si se contaba con el tiempo suficiente para hacerlo. Lo que con anterioridad fue conocido como brecha generacional, relevo y puesta al día, pasó ser reafirmación, estabilidad creativa y continuidad de las tendencias establecidas.

Quienes eran más jóvenes —aquéllos que apenas contaban con doscientos años de edad— despreciaron una actividad en la que resultaba imposible destacarse, ya que a cada momento recordaban que cualquier nuevo intento había sido agotado mucho antes. La literatura se limitó a la memoria, el recuento y la repetición. Al tiempo que las obras clásicas se volvieron más compresibles, pues habían sido analizadas hasta en sus detalles más ínfimos, se tornaron más distantes. Cuando la inmensidad y la complejidad literaria adquirieron nitidez, dejaron de atraer.

Ya nadie escribe una novela, un cuento o un poema. La claridad del saber humano pospone ahora esa zona oculta, que una vez llevó a otros a descubrir sus dudas.


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