Actualizado: 18/01/2022 16:22
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'Dónde comienza el hombre'

El retablo del Conde Eros, de Eliseo Alberto, publicado recientemente por Planeta y El Aleph Editores.

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De La Celestina a Don Catrín de la Facenda, la narrativa de habla hispana —sin fronteras reductoras por países— tiene su abolengo en nuestra vigorosa tradición picaresca. Entre Fernando de Rojas y José Joaquín Fernández de Lizardi, rompiendo a la vez con la escasa facturación de novelas picarescas en Cuba, irrumpe Eliseo Alberto con su más reciente saga, ahora de enredos y sátiras, de equívocos y aventuras.

Aunque "las novelas pasan en las novelas" —como afirmara Juan García Ponce en "¿Qué pasa con la novela en México?"—, La Habana tan mitificada y contada — Tres tristes tigres— de los años cincuenta, sirve de escenario para que Eliseo Alberto demuestre una vez más su capacidad de entretener y urdir, de saber cómo se atrapa la amorosa sesgadura de un personaje y los ambientes donde bracea.

La tragicomedia del actor Julián Dalmau y su propósito de estrenar en el teatro París la obra Cuatro gatos encerrados, para de inmediato ahorcar su soledad y remordimiento, arman desde el párrafo inicial la trama, el retablo donde pronto comenzarán los embrollos. Formado en las técnicas del guión cinematográfico y de la telenovela, marino sabedor de amarrar y soltar cabos, el novelista que alguna vez leyó acerca de la dispositio en la Retórica de Aristóteles —lectura recomendada a no pocos narradores— enseguida hace que el lector muerda los anzuelos, los enigmas.

La voz que cuenta —el quinto gato— es tramposa, en el mejor sentido que identifica autor con testigo presencial. El artificio narrativo nunca hace invisibles, de modo obvio, los sucesos donde van apareciendo y creciendo los protagonistas, que después repasaremos gustosos en el epílogo y en la relación de "Personalidades y personajes de la novela". Los hilos de la trama —como diría, al clásico estilo, un Miguel de Carrión o un Carlos Montenegro— dejan ver con alevosía un punto de vista, una subjetividad que poco a poco "sentimentaliza" la historia. Le da entrañas.

Y desde ese amor —verdadera humanización, cristianización— viene la mejor trampa, el mago que oculta el truco. Porque Julián Dalmau y sus remembranzas cierran un círculo en Centro Habana, no en la entonces bullente La Rampa, llega a bares ("El Porvenir" es un metafórico nombre) y prostíbulos ("La Gruta" es un preciso nombre), hasta el teatro porno llamado, con razón etimológica, "Finisterre". Y allí hace crecer otro enigma, que refuerza el célebre autor de novelas pornográficas: Juan José Gómez-Gómez, dueño de la reglana Imprenta Cervantina donde editaba, bajo el seudónimo de El Conde Eros, sus novelas "sucias", algunas con títulos que recuerdan la tan popular colección Molino Rojo ( La Señorita Sorbeto, Dale que dale), atesoradas por Enrique Labrador Ruiz.

Amorosa invitación a calarnos

Sin personajes acartonados en estereotipos, es decir, sin los facilismos que suelen acompañar a ciertas novelas de "ambientación picaresca" o de "retrato de época", el Retablo se burla de lo previsible. El erotismo entre las parejas aquí no resbala hacia lo explícito, donde la grosería indica más la falta de talento y el comercialismo de baja estofa, que una voluntad subversiva a lo Henri Charles Bukowski ( Mujeres, Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones). La sugerencia impulsa la imaginación del lector, no necesita apoyarse en la tan trillada explotación del sexismo o de la procacidad.

Tampoco sustentarse en la sodomizada noción de "testimonio", cuyos mejores textos más tienen que ver con el gran reportaje que con la investigación antropológica o la microhistoria. Y se agradece. Aún más porque entonces —sin simplismos de etnología y folclor— las analogías inevitables de una Catherine Kindelán con bailarinas de la época, de Ezequiel Rojas con barítonos criollos, de Eulogio Cortés con periodistas de El Diario de la Marina o de semanarios como Bohemia, de prostitutas como Lorenza Garrido y homosexuales peluqueros como Roberto Luis Salgado, alias Boby la China, no buscan una estampa sino un fresco a la encáustica, no el costumbrismo sino con mucho la caracterización, aparencialmente festiva, de un ambiente de burdeles y bares y teatricos calientes, como los que hoy se pueden recorrer en el barrio de Saint Pauli en Hamburgo, como los que —ahora sí marginales— comienzan a proliferar en La Habana de dos monedas y antros clandestinos, de jineteras, turisexo y policía benevolente.

Por supuesto que no contaré las historias que el Retablo ensambla, no le quitaré al lector su mayor placer, pues al tratarse de escenas alternas, como en otra dirección las novelas policíacas, los sucesos merecen descubrirse sin que nadie interfiera, vicie el vicio de las expectativas. Pues se trata de un texto cuyo centro de imantación descansa en el acontecer, no en la reflexión ensayística o en los fragores verbales, salvo un uso muy delicado de los adjetivos, que recuerda la maestría con que los maneja Gabriel García Márquez, a quien Eliseo Alberto rinde una tácita, torneada gratitud.

Pietro Zamorini —mecánico y tenor de fama argentina— o Dalmau y su destino en Nueva York junto a su media hermana Cecil, protegida del sastre Vinyoli; nos advierten, como el Conde Eros, contra los excesos de buscar paralelos con personajes y sitios reales de aquella ciudad bullente y fragmentada, ya en trance revolucionario contra la dictadura de Batista. La ficción —libertad imaginativa— nunca omite —más bien propicia— las analogías históricas. Sin desdorar ese otro papel del reconocimiento como parte del juego receptivo, tomarla de ilustración para tesis o para crónicas de época, sería quitarle a este delicioso Retablo sus mejores boleros y tangos, es decir, su dulzura triste.

¿Dulzura triste? El retablo del Conde Eros perfectamente podría publicarla alguna editora de la Cuba oficial, si la burocracia sectaria olvidase Informe contra mí mismo, renunciara a ser ella misma. Su contexto, como los de las novelas de Severo Sarduy o los poemas de Gastón Baquero, brinca sobre ideologías duras y políticas miopes, va a un arte donde es el hombre, sus abismos y esperanzas, quien ríe y sufre.

Eliseo Alberto, escritor que junto al Conde Eros está dispuesto a arañar con un bolígrafo seco las páginas finales de su libreta, coloca dos preguntas de Eliseo Diego como epígrafe: "Dónde comienza el hombre, / dímelo, / dónde termina, / con la sombra debajo, / la sombra encima". Debajo y encima, sombra y luz, el Retablo vibra por su amorosa invitación a comprendernos, a calarnos.


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