Actualizado: 10/12/2019 14:39
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Edipo en Miabana

El concierto de Juanes deviene otro capítulo más de esa novela de la insuficiencia estética de una gran parte de la sociedad cubana.

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El anciano ciego y desterrado que leemos en las páginas de Edipo en Colono ha logrado despojarse de su culpa materna (patria o madre) y muere tranquilo —más allá de reconciliaciones, regresos e incestos—, tras escuchar los truenos anunciadores de Zeus —o lo que es lo mismo: hermosas resonancias inéditas—, en el bosque de las Euménides.

Sigmund Freud leyó mal la saga trágica de Sófocles: se queda anclado en el imaginario de Edipo Rey, para entonces reducir la condición humana a una suerte de falos que penetran vulvas progenitoras y la vez representaciones de dominación a partir del falo.

Claro, la mala lectura de Freud le valió un lugar dictatorial en la historia del pensamiento moderno. Epígonos y lacanianos han sobrado. Ha sido más cómodo ver complejo de Edipo en el deseoso que huye de su madre, que las líneas de fuga estéticas que en verdad propone Lezama desde su barroco sin límites. (Así nos dice Homero que Aquiles huye de Tetis hacia la Guerra de Troya gracias a su representación estética del mundo, dejándoles a otros el deber ético).

El concierto de Juanes en La Habana deviene otro capítulo más de esa novela de la insuficiencia estética de una gran parte de la sociedad cubana, dondequiera que se encuentre. Para ellos, el ojo sólo puede ser víctima de formas desde y para la "Revolución" del 59. Se actúa, se reacciona, incluso se intenta crear a partir de ella.

Las estructuras que condicionan la mirada, y por extensión el pensamiento, resultan inconcebibles más allá de la barba, la boina, y el pan con bistec del Versailles. La lamentable frase —por lo cursi, por lo sentimentalmente terrible— "dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada", en la calle ocho se invierte, así de simple. Todo se reduce al "a favor" y/o al "en contra" de un hecho histórico que desemboca en modulador de esencias y principios éticos.

Cada cubano, a semejanza del complejo de Edipo que encajona el deseo en una representación meramente sexual, quiere definir al otro y así mismo desde tales principios morales. Y la única moralidad alcanzable es la que se contrae y dilate en el ojo.

Como señalo Brodsky —quien sufrió la cárcel y el destierro, pero supo que su destino creador estaba en otra parte: más allá (o acá) de rejas y geografías y gobiernos—, "el sentido estético es gemelo del instinto de supervivencia, y es más fiable que la ética […], partir es un destierro del ojo hacia las provincias de los demás sentidos; en el mejor de los casos hacia las grietas y hendeduras del cerebro".

Sí, todo arte es político, pero en la medida que política es subordinación, no regencia.

Apenas un lugar de paso

La ingenuidad —fingida o no, apenas importa— de Juanes & Co. respecto de los mecanismos de proceder del gobierno cubano, no es el centro del problema, por demás que cada quien cante y proteste donde y cuando le salga; la cosa en sí, ni más ni menos cognoscible, es que tal parafernalia de tarimas, imágenes mitificadas, plasmas gigantes y enorme masa reunida, en nada provocaron al ojo.

El "ojalá pase algo" y el "bandolero" y "la camisa negra" sólo podían provocar esos otros subniveles del mito de lo cubano: el movimiento de caderas y culos, ese dispositivo innato en el sentido auditivo que, según aseguran ciertos musicólogos, tiene el cubano para catar ritmos, y otros etcéteras.

En el otro lado, pero bien cerquita, la aplanadora —sería acaso el equipo de pelota de Santiago de Cuba— se alistaba y rodaba para lograr los diez millones de discos destruidos. Y por supuesto que tienen todo su derecho, porque son los autores "del error", pero no por capacidad sino por insuficiencia creadora.

Fidel Castro, para bien o para mal, es para muchos el centro del canon; Martí es el Dante que lo anticipa o lo niega; fuera de ese cuadro que no debe faltar en la sala de cada familia cubana, no hay cabida a otros óleos posibles. Pero resulta que los flujos de deseo relativos a la creación también están en otra parte. Sí, ya lo sé, me he estado atragantando de Deleuze en los últimos días, por suerte.

Cuentan que Edipo llegó al destierro en Miabana, que quiso pasar sus últimos días en un Paraíso desolador que nada le debiera a la mitología a la que lo han querido reducir. Pero los ruidos de la aplanadora de Saavedra, de las pésimas letras de Juanes y del sí se pudo de Juan Formell, le recordaron el falo dictatorial y por ende el parricidio; y el culo de la Tañón, el peluquín del "valiente Ceriani" y los diamantes inexistentes de la Cucú, substituidos por rosas en el mar, le trajeron a la memoria la vulva húmeda de la madre que quiere masturbarse día y noche con el falo dictatorial que ha encarnado en el hijo.

Las resonancias inéditas de Zeus jamás las escuchó, a pesar de la paz y el amor prometidos. Por supuesto, Miabana fue apenas un lugar de paso. Ahora Edipo está en otro lugar, podría llamarse Santa María y/o College Station, y su bosque de las Euménides es una cama —rodeada de montañas de libros—, de la que apenas se baja porque, según le ha dicho a su esposa, teme que Freud, el perro beagle de la casa, le vaya a morder.

Entonces lee en Gottfried Benn —sí, también lo sé: fascista hasta los huesos—: "El mundo como fenómeno estético es lo único que podemos vivir aún, todo lo demás es ponche para dormir".


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