Actualizado: 17/10/2017 10:31
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El actor y el juglar

Falleció en Milán, a los 90 años, el dramaturgo y actor italiano Darío Fo, un escritor “comprometido” que obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1977, fecha en que fue escrito este artículo

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Fue Gian María Volonté a quien primero oí hablar de Darío Fo y su teatro de la strada, pero entonces no podía imaginarme que casi 25 años más tarde Fo ganaría el premio Nobel de Literatura, en una extraña y sorprendente ironía de un mundo donde el comunismo y el arte comprometido son cada vez más cosa del ayer. Como si la vetusta academia sueca quisiera con ese galardón saldar cuentas pendientes o de nuevo demostrar que sigue aferrada al pasado.

Pero cuando Volonté, un actor cinematográfico y teatral de paso por Cuba, habló de Fo, casi ninguno de los siete u ocho estudiantes universitarios que lo escuchábamos, con paciencia y molestia, vimos con simpatía esa forma teatral que decía fundamentarse en la commedia dell'arte, e incluso ir más allá y encarnar las formas populares del arte medieval y la labor de los juglares.

Y no podía ser de otro modo, porque vivíamos en Cuba y ya sabíamos que esa rebeldía por la que Fo fue premiado nos estaba prohibida, y toda la conversación con Volonté no fue más que un coloquio incómodo y falso, donde el actor que era comunista pero también europeo se sintió con la autoridad del colonizador, no solo para hacer algunas críticas ideológicas al evento al que estaba invitado sino para tratarnos con la arrogancia propia no de una estrella cinematográfica sino del comisario político.

El artista comisario

Quizá el comisario se impuso porque Volonté se nos presentó como el gran actor del cine político italiano, que venía de realizar Indagación sobre un ciudadano libre de toda sospecha y se preparaba para la filmación de Sacco y Vanzetti —un filme comprometido, se decía entonces con orgullo— y pensó que nosotros desconocíamos por completo su participación en el cine comercial, en películas como La muchacha de la valija, Hércules o la conquista de la Atlántida, El magnífico cornudo y Por unos cuantos dólares más. Aunque Mario Naito, uno entre nosotros que era una verdadera filmografía viva, nos advirtió con su sonrisa de descendiente oriental: “Este Volonté habla mucho de cine político, pero ha hecho cada bodrio…”.

También porque Volonté se sentía incómodo en Cuba, donde había llegado a través de una invitación al Partido Comunista Italiano, como espectador en el Festival de la Canción de Varadero, donde dijo había visto “cosas alucinantes”, como “búlgaras que imitaban a Doris Day y checos que cantaban como Elvis Presley”, para luego sentenciar agorero: “Muy interesante”. Quizá también porque el Consejo Nacional de Cultura de aquella época, anterior al Ministerio de Cultura, no sabía en resumidas cuentas de quién se trataba, y se había limitado a darle un guía que lo primero que hizo fue llevarlo a Tropicana, que Volonté se apresuró en catalogar de “espectáculo burgués y decadente”, y a la Universidad a petición del actor, donde se reunió con nosotros, un grupo de estudiantes que atendíamos un cine club. Al final de la reunión vinieron en su rescate —¿o en su secuestro?— los siempre afables y esforzados miembros del Instituto de la Industria y el Arte Cinematográfico (ICAIC), que se lo llevaron para una proyección de películas cubanas.

A partir de entonces, Volonté solo anduvo acompañado de alguno de aquellos funcionarios disfrazados con pantalones vaqueros y chaqueta azul que no lo dejaban solo un momento, convertidos no en aspirantes a juglares sino en su papel de los perfectos cómicos de provincia, que repiten y repiten el mismo papel. No sé si Volonté fue feliz exponiendo sus ideas del teatro de la strada entre ellos, pero regresó varias veces a Cuba y nosotros los estudiantes no lo vimos más.

Si he escrito tanto sobre Cuba y tan poco sobre Fo es porque trato de explicar que el régimen cubano me destruyó la capacidad de admirar por completo una figura como Fo, que más allá de celebrar su coraje y su persistencia como luchador, no puedo dejar de imaginármelo convertido en una especie de Nicolás Guillén si el comunismo hubiera triunfado en Italia. Como en Guillén y Neruda, hay un amor en Fo hacia la buena comida que los convierte en figuras amables a la hora de comentar con o sobre ellos, pero que también evidencia una cualidad terrenal que los hace sospechosos de plegarse a su propia causa cuando la sienten triunfadora. Me pregunto qué dirían Volonté y Fo ante manifestaciones artísticas como las llevadas a cabo en Cuba en los últimos años por pintores y teatristas independientes.

Respeto para el iconoclasta

Desde el punto de vista del creador, en última instancia el Nobel de Fo no representa un reconocimiento a la izquierda, sino una muestra más de que el galardón obedece a una suerte de ruleta rusa. La polémica que ha levantado no pasa de ser un comentario ocasional para periódicos. Por su parte, el teatrista italiano ya ha declarado que se pondrá su frac y marchará a Estocolmo como cualquier otro premiado. Si bien un mundo sin izquierdas resulta una visión aterradora, solo comparable al horror de la desaparición de las derechas, Fo no representa un futuro promisorio sino un pasado en retirada. Su obra tiene una inmediatez que la hace en parte transitoria, pese a la popularidad del momento. Su lenguaje directo y su necesidad de hacer explícito su mensaje limita su profundidad y hace que carezca de esa sutileza tan esencial al arte. Pero por encima de su valor ideológico, hay en Fo un rebelde y un iconoclasta que merece nuestro respeto. En resumidas cuentas, siempre es más duro el oficio de bufón que el de rey.


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