Actualizado: 15/11/2018 8:55
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Literatura, Literatura cubana, Exilio

El atributo de la autenticidad

Tras haber obtenido el año pasado en España el Premio Internacional Pilar Fernández Labrador, la faena creativa de Lilliam Moro está conociendo un periodo muy fértil

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En su prólogo a Contracorriente (Diputación de Salamanca, 2017, 78 páginas), poemario con el que Lilliam Moro obtuvo el IV Premio Internacional de Poesía Pilar Fernández Labrador, la profesora Carmen Ruiz Barrionuevo apunta que “es un libro que manifiesta una honda coherencia con su escritura precedente, ya dilatada, y una fidelidad a su poética, a sus reflexiones y a sus ideas”.

El comentario es atinado, pero conviene hacer notar que con esta nueva entrega de su poesía Moro ha iniciado una nueva etapa que contrasta con un rasgo notorio que hasta ahora había caracterizado su ejecutoria. Si se revisa su bibliografía, se advierte que entre la salida de un libro y otro transcurrían varios años: La cara de la guerra (1972), Poemas del 42 (1989), Cuaderno de La Habana (2005), Poesía casi completa (2013). En cambio, tras obtener el mencionado galardón su faena creativa está conociendo un periodo muy fértil. Meses después de la publicación de Contracorriente, salió de la imprenta El silencio y la furia (Editorial Ultramar, Miami, 2017, 61 páginas). Y aunque no es inédito, pues ya estaba incluido en Poesía casi completa, conviene mencionar que este año ha aparecido en edición electrónica Tabla de salvación (Editorial Betania, 2018, 63 páginas).

Interrogada por quien esto escribe acerca de este hecho notorio, Moro ha dado esta explicación: “Desde que salí de Cuba hace más de 48 años, toda mi obsesión era dedicarme a escribir. Entonces tenía 24 años. Hice todo lo imposible por realizar este afán, que se volvió una dolorosa lucha contra la necesidad de sobrevivencia material, pues el trabajo era prioritario. No sirvo para ser poeta a media jornada y, como dice una frase que hice mía: «Donde pongas tu atención, ahí estás tú». Fue un largo y frustrante camino. Pero actualmente me di cuenta de que si hubiera tenido todo el tiempo del mundo no habría podido expresar lo que últimamente he escrito. Ahora, que dispongo de tiempo, es como si hubiera hecho explosión todo lo que llevaba dentro, contenido, aguardando este momento. Hay un tiempo exterior y un tiempo interior. Todo llega cuando tiene que llegar”.

¿Cuáles son las principales vertientes temáticas por las cuales transita la poesía más reciente de Moro? Ante todo, conviene decir que hallamos varios de los motivos que estaban presentes en sus libros anteriores. En algunos de los textos de Tabla de salvación, abordaba el propio hecho poético. En Contracorriente, vuelve al mismo en el bloque “Por imperativo categórico”, un título en el que Moro, como bien señala Ruiz Barrionuevo, hace alusión a su destino vocacional en la escritura. En “Erótica de la página en blanco”, ese síndrome inherente al proceso creativo deja de ser algo angustioso para adquirir una connotación sensual: “Aquí está frente a mí/ tratando de excitarme con su olor/ cuyo efluvio es la reminiscencia/ del origen de todos los placeres,/ la fuente de la vida que quedará impregnada entre mis dedos./ Me lleva a acariciar su superficie/ y coloco mi mano sobre su suave piel/ y la deslizo como si fuera el cuerpo/ ensimismado y tembloroso de una primera vez”.

En “Metáfora imposible”, que forma parte de El silencio y la furia, emplea la personificación o prosopopeya para hablar de la dificultad de lograr la expresión justa. Esa figura asume así valor corpóreo y “se resiste como un amor esquivo/ o un cuerpo que no ha temblado aún/ bajo el ardor de las palabras”. Se muestra indiferente a sus reclamos, “pero hace señas desde lejos/ para que la persiga,/ la traiga hasta mis sábanas de tinta/ con el sosiego de los amores imposibles”.

De esa suerte de desacralización o, si se prefiere, de acercamiento del hecho literario a la vida, también participa “El equilibrista”. Aunque la lectura más obvia es la de la concepción del mundo que tiene Moro (“Nadie sospecha/ que somos los equilibristas/ sobre la cuerda finísima del caos/ en un circo de espectadores ciegos”), también es admisible la interpretación de Álvaro Alves de Faria, para quien “el poeta es aquel equilibrista que anda sobre la cuerda finísima del caos, de lo que está quebrado, de lo que dejó de existir y vive una memoria casi agotada, donde las imágenes se pierden y las palabras se mutilan en las sombras. Cabe al poeta reconstruir y juntar los pedazos y transformar todo en poesía, lo que al menos se salva lo lírico casi imposible en un tiempo de absoluta negación”.

Poesía queda cuenta de lo vivido

En “Homenajes”, otro de los bloques que conforman Contracorriente, Moro añade nuevos tributos a cubanos insignes a los incluidos por ella en Cuaderno de La Habana (Ernesto Lecuona, José Lezama Lima). Ahora suma a esa galería a figuras de otras nacionalidades, y además de a Reinaldo Arenas, Gastón Baquero y Lydia Cabrera, dedica poemas a la activista y política birmana Aung San Suu Kyi y al poeta nicaragüense Rubén Darío. Asimismo y aunque no pertenece a ese bloque, también se inscribe entre esos homenajes “Los náufragos”, en el cual rinde homenaje a otros compatriotas suyos, estos anónimos, que han perdido en la vida en el mar: “Todos aquellos que nadaron/ y no llegaron a ninguna parte/ porque los devolvieron enseguida.// Todos los que arribaron a las playas/ de a tierra prometida pero inertes,/ boca abajo, con arena en la boca.// (…) Los que dejaron una familia esperanzada/ diciendo adiós desde la costa./ Los desesperados, los aventureros,/ los buenos, los malos, los casi malos, los medio buenos.// Los que tuvieron la suerte de llegar/ pero sintieron que no valió la pena.// A alguien le tendrán que pedir explicaciones”.

Los años vividos son suficientes para echar la vista atrás y hacer recuento. Eso se plasma en textos como “Conversando con Carlos”, “El saco”, “Prohibido por ley” y “La noche de la sidra”, en los que Moro adopta un discurso meditativo, conceptual y hondo. Reserva también espacio para una rememoración de personas, lugares y momentos que inevitablemente está teñida por “un poco de melancolía”. Mucho es el tiempo transcurrido desde la edad en que se creía que todo era posible y se vivía con la vana idea de ser eternos. Pero “el presente se hizo aire entre las manos/ mientras morían los amigos, los parientes,/ nuestros gatos/ y nuestras más solemnes convicciones.// Hoy por hoy/ ya no nos queda mucho tiempo/ para cambiar el mundo/ y mucho menos a nosotros”.

En esos textos, Moro se mantiene fiel a los que constituyen los rasgos característicos de su escritura. La suya es una poesía testimonial, que da cuenta de lo vivido y expresa sus pulsaciones, sus preocupaciones. Los temas están expresados con una dicción acompasada y con un lenguaje cuidado, a la vez sobrio y emotivo. Moro además construye sus poemas con una notable solidez y con un concepto claro de su arquitectura. Asimismo, sus textos poseen una lograda limpidez reflexiva, lo cual les confiere la capacidad de conmover y, al mismo tiempo, iluminar.

Resulta oportuno, sin embargo, hacer notar que en algunos de los poemas incluidos en El silencio y la furia se advierte un ostensible cambio de clave tonal. Aunque no son los únicos, pienso que donde eso se pone de manifiesto de modo más acusado es en “Rompiendo el aire” y en el que da título a la colección, y que además se cuentan entre los más extensos escritos por su autora. Para ejemplificarlo, me permito copiar un fragmento del primero: “Hoy he ayudado a matar a un inocente./ Desconozco sus señas personales,/ su biografía, si existe una familia que lo llore// no me pudo decir sus esperanzas o sus sueños;/ ni siquiera su nombre,/ ni si era bueno o malo;/ era solo uno más que temblaba de miedo/ al borde del precipicio del horror”.

Ambos son, ya digo, poemas mucho más extensos que los que Moro acostumbra escribir (“El silencio y la furia” tiene once paginas). Las formulaciones con que están expresados son también más complejas, lo cual da lugar al uso de imágenes y símbolos más intrincados. Por otro lado, el tono confesional e intimista ha dado paso a un discurso en el que el escepticismo y el engaño existenciales adquieren tintes más desoladores, desesperanzados y oscuros: “¿Pero de qué final estoy hablando?/ ¿Quién puede asegurarnos que hay un término/ y no un perseverar enloquecido en otra dimensión/ donde continuaremos arrastrando/ las miserables tensiones que nos trajeron hasta aquí./ a esta pausa engañosa que llamamos la vida?”.

Contracorriente y El silencio y la furia dicen mucho del buen hacer, el rigor y la constancia de su autora. Vienen a sumarse y a enriquecer una trayectoria coherente y destacada, que lleva el atributo indeleble de la autenticidad, de la poesía verdadera.