Actualizado: 23/09/2019 16:12
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Literatura, Lectura de Verano

El cartero no llama dos veces

CUBAENCUENTRO ha retomado este año su sección Lectura de Verano, dedicada a publicar obras de narrativa, que pueden ser enviadas a nuestra dirección en Internet

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Aguedo se despertó cuando la claridad empezó a colarse entre las tablas frente a su cama y sin moverse, repaso las rendijas una a una. Las tres o cuatro a la altura de sus ojos eran estrechas y paralelas como los ojos de un chino, después venia una que parecía una negra flaca con nueve meses de embarazo, y más arriba le seguían dos que le recordaban los contornos suaves de una playa cortada por la línea firme del techo. Con la mano izquierda echó la colcha a un lado y se sentó poniendo los pies descalzos sobre el piso frio. Aguedo era un mulato corpulento y a los sesenta años su cuerpo comenzaba a tomar forma de pera, pero sus brazos seguían siendo macizos y capaces de un abrazo de oso.

Le vino la imagen de su hijo a la mente, mientras alisaba las sabanas una y otra vez con la palma de la mano, el mulato alto, delgado aún con la delgadez de la juventud, diciéndole adiós en el portal de mampostería en las afueras de Cienfuegos. “Nunca viene a verme” pensó Aguedo. La familia numerosa de su nuera lo había absorbido y su hijo se dejó llevar con su inercia habitual. Cuando era niño Aguedo lo miraba jugar pelota frente a la casa, y si lo pedían en un equipo él iba, pero si el otro equipo decía que no pues regresaba sin protestar, nunca era el capitán.

“Siempre me despierto triste; no debería pensar antes de tomarme mi café” pensó Aguedo y tanteó con los pies debajo de la cama, encontró sus chancletas y salió al patio a buscar agua.

Una cerca de planchas de zinc separaba el patio de Aguedo de la calle. La mitad del piso estaba cubierta por una placa de concreto cuarteado, la otra mitad no estaba pavimentada y en ella se veía la tierra marrona, oscura y húmeda. A mano izquierda crecía una pequeña mata de limón, sus hojas estaban todavía cubiertas de rocío. Al otro lado de las planchas de zinc escuchó el jolgorio de los estudiantes llegando a la secundaria, hablando, riéndose, correteando en el solar mientras esperaban el timbre de la entrada.

Aguedo puso el cubo en el lavadero y abrió la llave. El agua golpeó el fondo de zinc creando un sonoro retumbe que se fue acallando a medida que el cubo se llenaba. Aguedo dejó el cubo llenándose y entró a la casa, pasó frente a su cama estrecha y destendida y en dos pasos entró a la cocina. La cocina era una habitación cuadrada con paredes de madera que estaba a oscuras porque la única ventana, que daba al patio, estaba cerrada. Aguedo sacó el tubo de acero que servía de tranca para asegurar la ventana, y metiendo los dedos entre los barrotes empujó la hoja de la ventana hacia afuera para que entrara la luz.

Al lado de la ventana había una pequeña mesa de plywood terminada con una capa de formica amarilla. Aguedo se sentó primero de lado, y después enderezó su cuerpo y metió sus largos y pesados pies bajo la mesa. Entonces tomó el acta que le habían levantado en el sector de policía, lo dobló, y lo echó a un lado. “¿Para qué se mete usted en esto viejo?”, le había preguntado el investigador del DTI con condescendencia. “Como si uno por ser viejo dejara de ser hombre”, pensó Aguedo. Después con sus largos y agiles dedos ordenó las cajetillas de cigarros que tenia para vender y las metió en un jaba. En la misma jaba metió una cuchara de aluminio que usaba para almorzar en la escuela de enfermeras. Veinticinco años había sido Aguedo chofer en la escuela de enfermeras. Primero fue el chofer del docto’, lo llevaba a reuniones en Santa Clara y la Habana, y después manejó las guaguas Girón que transportaban a los alumnos. Casi diez años después de su retiro, en medio de un maratónico apagón de 12 horas, Aguedo volvió al comedor de la escuela de enfermeras con su bicicleta china color cucaracha y su cuchara de aluminio, y los que los recordaba lo saludaron como si nunca se hubiera ido, así que no tuvo que explicar nada y siguió almorzando en el comedor de la escuela todos los días excepto los domingos, como en los buenos tiempos.

“¡El cubo!” se acordó Aguedo y se levantó lo más rápido que podía, es decir, muy lentamente, colgó la jaba en el respaldar de la silla, y salió al patio.

El agua corría silenciosa sobre la superficie inclinada dentro del cubo y se deslizaba al lavadero. Apenas Aguedo cerró la llave cuando escuchó el timbre de entrada de la escuela, eléctrico y persistente, y el gorjeo de los estudiantes en el solar se acalló por un momento, y fue sustituido por un rugido de multitud moviéndose como una carga de caballería mientras atravesaban el solar corriendo, riéndose, uniéndose, empujándose, formando un enjambre compacto que subía por la amplia escalinata de entrada de la escuela.

El doctor se despertó en el segundo cuarto de la casa en su cama de toda la vida. La casa era una vereda de techos altos y losetas con flores pardas que iba desde la vasta sala de tres balcones hasta el dormitorio principal en su extremo norte, pasando por cuartos abigarrados de escaparates de lunas descoloridas, libreros inundados de polvo, mesitas de noche, el comedor con cristaleras llenas de vajillas en desuso y zapatos viejos. Por afuera había un pasillo al aire libre al cual daban las puertas de cada cuarto incluyendo la sala y la cocina.

El doctor echó la sabana a un lado y se sentó en la cama. Sin verlo sabía que el sol inundaba la sala a través de los pétalos naranja de los vitrales y recalentaba el aire y los libreros llenos de tomos viejos. Permaneció sentado un momento con el mentón contra el pecho, su figura empequeñecida por la edad a dimensiones de un preadolescente, los mechones rebeldes de su pelo aún negro cayendo sobre su frente.

Había que comenzar el día.

Con un movimiento enérgico se levantó de la cama y empezó a abrir balcones.

Cuando abrió el de su cuarto vio el pasillo entero en la sombra lila de la mañana y la franja oblicua de sol cortando la esquina norte de la fachada interior y los cordeles vacíos de las tendederas y pensó en el hijo que hace una eternidad vive en Miami(quien le iba a decir que su hijo se iba a ir y él se iba a quedar, a él a quien la idea de irse le había estado dando vueltas media vida acercándose y alejándose de su cabeza como la órbita elíptica de una luna). Pero separarse de la casa donde había pasado su feliz y atormentada juventud era como desgarrar la carne del soporte óseo de su esqueleto, y en su terquedad absurda llevó a su mujer a rendirse, y ella también se había ido, hace seis meses que estaba allá en una visita agónica sin probable regreso, y su hijo lo creía egoísta y mal padre por no seguirla y eso le traía una amarga melancolía pero testarudamente insistía en vivir como individuo lo que el destino le había deparado y rehusaba a ser un apéndice.

Cruzó la sala pasando junto al retrato marcial y augusto de abuelo Jacobo, junto al pesado escritorio de caoba lleno de la correspondencia de papá cuando fue presidente de la asociación de colonos, manuscritos de novelas que abuela Nana escribió a luz de quinqué y con tinta química, cartas secretas de amoríos aciagos, artículos de su mujer en esotéricas publicaciones académicas, batallas navales imaginadas a crayola por su hijo, cruzó la sala y abrió el primer balcón como le llamaban todos en el lenguaje íntimo y secreto de la familia, y se asomó a la calle.

En el esplendor de la mañana vio la ceiba del parquecito martiano, los flamboyanes a la orilla del río, el campanario del antiguo colegio de jesuitas, las vetustas fachadas revestidas de andamios de madera de la calle Martí, la mata de mangos en el Museo de la Música, los nombres de las tiendas empotrados en gastadas letras doradas en las aceras, jóvenes cambiando dólares detrás del edificio del correo…

Al cruzar la calle, como en la palma de la mano, estaba el patio del mecánico que le alquilaba el garaje, pavimentado y vacío con excepción de un Chevy 58 calzado con un gato y sin la goma de atrás como un perro petrificado en el acto de ofender un poste. Las copas verdes de los árboles, el azul intenso del cielo, los cuatro pisos amarillos de los apartamentos Parisién, el brillo de la mañana tan llena de todos los ruidos de la vida que despierta, comienza a moverse, a trabajar, estudiar, caminar, conversar, comprar, vender, comer, resolver, hablar, pensar, llorar, estaban ahí, pero el doctor solo pensó, ensimismado: “tengo que acordarme de reconectar la batería del carro, que deje el positivo desconectado anoche para que no se descargara”, y volvió a entrar.

Se afeitó, se tomo una taza de café amargo, se puso una camisa blanca sin almidonar, y salió al descanso de la escalera que lleva a la calle cerrando tras sí la puerta con tres vueltas de llavín. El local de la escalera, cerrado, caliente y arrullador, había absorto el calor de la mañana. En la pared colgaba el afiche de toros madrileño, un recuerdo de cuando había estado en el ápice de la ola. El inconveniente de una juventud feliz es que el resto de la vida nos parece una continua decepción. Con frescura y avaricia el doctor había gozado La Habana legendaria de bares limpios y bien surtidos, de manifestaciones en la escalinata y broncas con la policía, había disfrutado horrorizando a su parentela provinciana con desplantes de insurrecto, luego vino su breve exilio europeo, y la vida había parecido entonces un continuo ascenso que coincidía con el esperanzador recomenzar colectivo. Luego vinieron la petición denegada de ser liberado del Ejército Rebelde para enseñar en la Universidad de la Habana, el lento descender a cargos administrativos de provincia, luego al pueblo, y con la lentitud de la evolución genética lo que antes fue motivo de amargura y parecía un fracaso se convirtió en su razón de ser. Si la vida lo había empujado a quedarse en el pueblo, a conservar la casa paterna, los muebles de caoba ya opaca, las cartas viejas, la flauta que papá tocaba en la retreta los domingos, si continuaba saludando a los vecinos de siempre, a los amigos de tiempos remotos, a los viejos empleados agradecidos, la red de personas que te conocen desde niño… pues hay peores destinos, mucho peores. Se surtió del privilegio doble de su pasado acomodado y su juventud revolucionaria como de dos manantiales bifurcados en el tope de una misma colina, hasta que el pueblo, la casa, los papeles viejos, los recuerdos que no tenía con quien compartir fueron lo único tangible y verdadero, pero volvió a recordarse “Tengo que reconectar el positivo de la batería que lo deje desconectado para que no se descargara por la noche.”

El cartero llego pedaleando y se desmontó sin frenar, como un jinete experto, y caminó rápido por la acera a lo largo de la cerca de planchas de zinc, aguantando con ambas manos el manubrio y la jaba azul atada al manubrio. En cuanto llegó a la puerta de Aguedo vio que tenía la cadena pasada y el candado por fuera, así que Aguedo había salido. Acto seguido vio asomándose por la esquina el capó blanco de la patrulla. Tocó el metal del candado como pensando que hacer, y con un mal presentimiento se volvió hacia la esquina y ahora la patrulla estaba en medio de la calle y el chofer, un mulato de rostro duro y gafas oscuras, le hizo un seña breve con el índice de que se acercara. “Me cago en la madre de los tomates” se dijo el cartero y ya con mucho menos impulso, como si la jaba azul estuviera llena de bloques de piedra en vez de correspondencia, fue caminando con su bicicleta a rastras hasta la esquina.

—¿El viejo no está ahí, no? ¿Aguedo? —preguntó el chofer. A su lado estaba otro mulato igual, enfundado en su uniforme azul, mirándolo con sus gafas oscuras como si él y el chofer fueran gemelos siniestros hechos en una fábrica de ciencia ficción.

—No, el candado esta por fuera así que debe haber salido… —el cartero hablaba más de lo normal tratando de aparecer jovial y encubrir con palabras su incomodidad.

—¿Qué fue lo que le llegó? —Déjame ver.

—Yo ni me fije, una carta creo.

—Déjame ver.

El cartero hurgó en su jaba azul separando con los dedos bultos de cartas, cuentas de electricidad y periódicos, y saco dos estrujados sobres blancos. Mientras los entregaba vio que uno era la cuenta de electricidad y el segundo era una carta de la hija de Aguedo de Miami.

El chofer tomó los dos sobres, miró uno, miró el otro, mientras su compañero se inclinaba levemente hacia los sobres dirigiendo sus gafas oscuras hacia las letras grandulonas e inmaduras que deletreaban la dirección.

—¿Martin vio esto? —El chofer le preguntó al cartero. Ahora hablaba mirando al frente a través del limpiaparabrisas, mirando la calle recta de postes no totalmente verticales, de fachadas descascaradas, de ventanas abiertas tras gruesos y espaciados barrotes, de gente caminando, cruzando la calle aguantando sus bicicletas, dejándole paso a un camión de la fábrica de hielo que titubeo cambiando de segunda a primera al doblar la esquina, tosió una nubecilla de diesel negro, vibró de cuerpo entero, y recobró velocidad.

—De verdad que no sé —respondió el cartero ansioso por agradar— porque hace rato que no veo a Martin desde la semana pasada porque tú sabes que él tiene la niña enferma, ingresada y todo…

—Yo me voy a quedar con esto —dijo el chofer, y seguía hablando sin mirar al cartero, mirando hacia el frente, como quien habla con un sirviente o un niño que cometió un error y olvidó las reglas —si ves a Martin dile que yo tengo la correspondencia del viejo este. Tú sabes que él está metido en eso de los derechos humanos, haciéndose el gracioso.

Y sin más, enganchó primera y la patrulla blanca rodó lentamente dejando atrás al cartero inmóvil, callado, recostado al caballo de su bicicleta, mirando la calle recta llena de gente que hormigueaban frente a la terminal de guaguas, la gente echándose a un lado para dejar pasar al camión de la fábrica de hielo que siguió rugiendo, sin parar, sin aminorar su velocidad, y tras dejarlo pasar, resumieron enseguida su afiebrada actividad.

El doctor fue frenando desde mitad de cuadra y cuando el motor tembló un poco, desenclochó y dejó el carro en neutro para llegar al pare. Desde la esquina pudo ver el tráfico bajando por la calle Colón y vio a Aguedo pedaleando, erguido, su rostro bien parecido pero con varios días sin afeitar, la patilla casi toda blanca, y la montura de los espejuelos cogidos con tape sobre la nariz.

—Aguedo —lo llamó el doctor por la ventanilla, pero Aguedo siguió pedaleando— ¡Aguedo! —Volvió a llamar. “Esta sordo pal carajo” se dijo el doctor y doblando la esquina en primera tocó el pito con insistencia.

Aguedo se viró de perfil y le dijo con la mano que pasara, pero cuando el Lada blanco estuvo parejo con el reconoció al chofer y su cara se iluminó con su sonrisa limpia y total.

—Coño docto carajo…

Un poco inseguro descolgó el pie del pedal y fue buscando el contén de la acera mientras frenaba, tanteando el contén con el pie hasta que la bicicleta paró por inercia y se desmontó. La dejó donde había parado y caminó hasta el Ladita parqueado unos pasos más adelante al lado de la acera. Caminó y se asomó por la ventanilla del lado del pasajero.

—¿Vas para la escuela de enfermeras? —preguntó el doctor.

—No, primero voy a vender unos cigarros ahí, tengo las cajas en la jaba —con sonrisa cómplice respondió Aguedo— nos están dando jan pero hay que ganarse los frijoles.

—Y la gorda que, ¿te escribió de Miami?

—Como un reloj docto, todos los meses me llega una cartica. Tengo que ahorrar unos pesos que este mes voy a Placeta para reunirme con la gente del movimiento, hasta me hablaron de que aplicara para la visa por preso político pero yo no quiero ser carga, después llego allá y la gorda ya tiene dos muchachos y el marido, no sé, no me quiero ir.

El doctor involuntariamente bajo la cabeza y miró la palanca de cambios mientras continuaba escuchando. Le daba pena con Aguedo, viejo, sordo, e ingenuo, víctima y peón en cualquier juego. Le daba pena su intensa sinceridad. Le daba pena porque la pelea de Aguedo y los suyos no tenía la menor posibilidad de éxito, ni un solo camino por el que pudieran triunfar. El espectro del arrogante y triste mayor del DTI que, según Aguedo le había contado, preguntó con asombro, condescendencia y desdén “¿Qué hace usted metido en esto, viejo?” Pero más que nada al doctor le daba pena que fuera Aguedo quien tuviera los cojones de protestar y declararse inconforme, de no temer echar una pelea de antemano perdida, de no temer por sí mismo, por sus hijos, de no tenerle miedo a la cárcel, a una posible violencia. Mientras que el doctor, con su desesperada juventud, que si conoció ser detenido y golpeado y fajarse con la policía bajo chorros de agua, sentía que no tenía energía, deseos, valor, para hacer lo que estaba haciendo Aguedo. “Hay que actuar sin conocer de lo que este sistema es capaz para tirarse así a las fauces de los leones” pensó el doctor con cierta tristeza sobre la humilde ignorancia de Aguedo. Allá estaban en casa del doctor, expuestos o escondidos en gavetas, La noche quedó atrás, Del cero al infinito, las biografías de Deutcher, y fresca en su amplia inteligencia para la historia y las humanidades estaba también el bandazo que dio el comandante en el 68 cuando le pusieron los dados sobre el tapete. Y en momentos de instantánea y desesperada lucidez se preguntaba el doctor si achacar las acciones de Aguedo a la ignorancia no sería una excusa con la que se estaba justificando ante sí mismo.

Y Aguedo miraba con cariño el mechón aún muy negro de pelo que caía sobre la frente del doctor cuando este con gesto involuntario bajó la cabeza observando la palanca de cambios, lo miró con cariño porque por dos décadas el doctor fue el jefe exigente, gritón, honesto, dispuesto a ayudar al más humilde de sus trabajadores, el director que sabía jugar con las dos cartas de la baraja rindiéndole pleitesía al lenguaje burocrático en reuniones y ponencias pero conservando en su actuar diario la honestidad de quien tiene los pies sobre la tierra y sabe como vive la gente, como viven sus empleados, y cuales son sus preocupaciones reales. El doctor que cuando el Mariel rescató a la pobre quinceañera atacada por una turba atravesando su carro entre la multitud y la semidesnuda víctima, abriéndole la puerta, y acelerando calle arriba antes de que nadie pudiera reaccionar. Aguedo, que no había leído a Koestler ni sabía quién era, entendía que al doctor le pesaba su posición inactiva, que el doctor pensaba que las acciones de Aguedo eran en el mejor de los casos una quijotada pero más probable producto de su ignorancia, y que al mismo tiempo se sentía inexplicablemente culpable (“yo contribuí a esto Aguedo” —le había dicho muchas veces— “a este desastre”) y Aguedo había estado demasiadas veces en la casa con la araña de cristal de 8 bombillos alumbrando la enciclopedia UTHEA, los tomos en ruso, inglés, francés, para no estar consciente que el docto habitaba, desde su juventud, en otra esfera mental. Y como siempre, Aguedo se reprochó haberle mencionado el movimiento y cambió de tema.

—¿Y la gotera del último cuarto docto?

—Oye, este hombre que tú me recomendaste es un tiro, hace una mezcla muy aguada de cemento y la va barriendo y barriendo por encima de la rasilla hasta que se mete en todas las grietas y las sella, hasta ahora, ningún problema y el trabajó ahí hace como dos meses ya.

—Docto, ¿tú sabes lo que me hace falta? Que hables con la señora de los bajos de tu casa a ver si me resuelve un par de galones de luz brillante que el que tenía se me está acabando.

—Bueno, yo tengo que ir a Cifuentes un momentico pero si pasas por la casa por la tarde bajamos y hablamos con ella.

—Bárbaro, como a eso de las cinco yo paso por ahí, ¿ok?

—Sí sí, a las cinco.

—Bueno, docto, y cuidado con darle botella a las guajiritas jovencitas —Aguedo tomo la mano del doctor entre sus dos palmas enormes y la apretó con un gesto de saludo y respeto y perdón— Chao.

El doctor se rió sin decir nada enseñando los dientes perfectos de su dentadura postiza, zarandeó la palanca de cambios para asegurarse que el carro estaba en neutro, y arrancó el motor.


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