Actualizado: 20/10/2021 13:39
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El caso cubano de Borges

Roberto Fernández Retamar fue el único emisario de la Isla que visitó al escritor argentino, pero desaprovechó el encuentro por no despojarse de su levita de funcionario.

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La mejor antología de Jorge Luis Borges, muerto en Ginebra hace 20 años, no ha sido compilada aún. Para tal empeño, se tendrían que atenuar aún más las diferencias entre los tres géneros que practicara a lo largo de su fecunda vida: ensayo, narrativa breve y poesía. Y luego, habría que entremezclar esos afortunados textos de acuerdo con su intensidad o su significado, rechazando la cronología u otros criterios filológicos tradicionales. Un ejercicio de abstracción pudiera llevarnos a la vertiente ideal, donde es posible distinguir entre montajes y mensajes, y repensar esas diferencias llevadas por Borges a su menos significativa enarcación.

No creo que sea difícil hallar un consenso en torno a sus piezas más representativas; o mejor aún, las piezas que sin afán de representar su credo, le puedan hacer justicia de escritor. Esa antología pudiera desechar, sin remordimiento alguno, sus ocasionales composiciones de interés localista, pues el propio autor las justificaba alegando que se habían escrito por sí solas. Tendríamos un libro tan lúdico como los acertijos y las proposiciones del extasiado bibliotecario, un libro ajeno a todo criterio editorial, intercalando verso y prosa, ficción y ensayo, aseveraciones y perplejidades. Todo esto para realzar su amor enfermizo por ciertos temas que son en definitiva uno: la indagación del ser.

Borges sobrevive a las malas traducciones, a las compilaciones que pretenden satisfacer curiosidades, y a su manía de enfatizar y repetirse. Sus tantas contradicciones se han ido limando al cabo de los años y quedan como viñetas en su anecdotario, por haber sido su personalidad un fértil vivero donde se entremezclaron lo positivo y lo negativo de la manera más grácil concebible. Nos empecinamos en recordar sus muchos ejemplos de humildad y en olvidar los pocos comentarios con que la izquierda liberal (es decir, casi todo el mundo) clavó su ataúd político.

Allí donde hubiere una causa perdida, acudirían los verdaderos hombres; nunca los buscadores de necesidades históricas o los optimistas que confiasen en las leyes de las probabilidades en favor de vencer.

Su inclusión en el Canon, con todo y que críticos como Harold Bloom le conozcan en lengua vertida, es muestra del respeto que su obra genera en un mundo donde todo lo que provenga del hemisferio austral es visto a través de un prisma paternalista o como efecto de los intentos por balancear un currículum sobrecargado de Primer Mundo. Esto es precisamente lo que hacen las universidades y editoriales de Europa y Norteamérica, y Borges es una de las pocas excepciones.

Las interrogantes que Retamar no formuló

El conocimiento que el argentino hubiese tenido sobre Cuba y su literatura es una veta que aún necesita explorarse, y sobre la que sólo existen comentarios al azar y anécdotas no confirmadas. Se especula sobre cuánto pudo leer y apreciar de esos autores queribles y nuestros que no acaban de cuajar en el tomo universal. Hasta qué punto desconocía a Lezama Lima y hasta dónde llevó su desdén hacia José Martí, son parte del magma que desconocemos y presentimos ardiente a la vez.

La feliz circunstancia de que fuese Borges quien primero publicase a Virgilio Piñera en los medios bonaerenses provoca un raro escozor, al constatar cómo la causalidad se redefine cuando une puntos aparentemente incompatibles. Lo mismo pudiera pensarse del singular hecho que nos tocó calibrar desde la impotencia de las gradas: el ilustre ciego fue visitado en los umbrales de su muerte por el poeta y ensayista Roberto Fernández Retamar, ave de rapiña que había presenciado la agonía de Lezama Lima en un salón de hospital precisamente llamado Borges.


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