Actualizado: 15/10/2021 16:37
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El colmo de la depauperación

Goteras, agujeros, una orquesta catastrófica…: La ruina que es hoy el Gran Teatro de La Habana sirve de sede al célebre Ballet Nacional de Cuba.

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En la más reciente temporada del Ballet Nacional de Cuba (BNC) en La Habana, el lago no se colmó de cisnes sino de wilis. Aquellos seres inmateriales de desafortunado destino danzaron sobre auténticos charcos de agua. Un verdadero diluvio caía del cielo y más de un espectador sugirió cambiar de ballet y dejar Giselle para un día soleado. Quizás El lago de los cisnes hubiera sido más apropiado.

El tiempo jugó una mala pasada a los bailarines. Bueno, el tiempo y el techo del célebre Gran Teatro de La Habana, uno de los más fastuosos del siglo XIX y principios del XX. La temporada de Giselle se inició un sábado bajo un torrencial aguacero fuera y, por consiguiente, dentro del teatro (relación directamente proporcional). El estado de depauperación de la techumbre ha favorecido el nacimiento de numerosas goteras justo sobre el escenario.

Hace seis años, Lorna Feijóo, entonces primera bailarina del BNC y hoy máxima estrella del Ballet de Boston, cayó al suelo durante la función en la que estrenaba para la Isla Il ballo della regina. Su interpretación fue impecable, tanto que la mismísima Merrill Ashley, la bailarina para la cual Balanchine creó ese ballet, le dijo emocionada que si el coreógrafo estuviera vivo ella sería una de sus musas. Lástima que por poco la presión casi le estalla cuando Lorna llegó al piso por culpa de un evidente resbalón. Aquel día también había llovido.

En otra ocasión, la actual primera bailarina de la compañía, Hayna Gutiérrez, fue a parar al suelo por la misma causa cuando danzaba finamente Dido abandonada. Los dioses la abandonaron e hizo el ridículo; pero ninguno de sus compañeros en escena rió porque hubiera podido sucederle a cualquiera. Las goteras de la sala Lorca del Gran Teatro se han hecho famosas por el efecto de realismo que confieren a algunas tramas y los sustos que han gastado a varios artistas.

En la referida temporada de Giselle, las pobres wilis terminaron empapadas. Algunas bailarinas del cuerpo de baile, al final del primer acto, lucían emocionadas, transportadas a otro mundo con la interpretación que las protagonistas realizaban de la escena de la locura, hasta que algo —frío y líquido— les arruinó el momento. Las gotas que cayeron de arriba inesperadamente, directamente en la cabeza y hasta en los ojos, desconcentraron a más de una. Ya en el segundo acto les fue más fácil disimular, dado el aparente mal carácter que tienen las wilis. Parecían estatuas de bronce resignadas a su condena.

Como las tuberías que conducen el agua por todo el teatro están podridas, el edificio queda anegado con gran frecuencia en aguas albañales, muy apestosas. Con el tiempo, el deterioro del sótano ha alcanzado dimensiones que hoy preocupan a varios de los trabajadores, artistas y amantes de la cultura en la Isla. Cuando la tumba de Giselle comienza a descender, rumbo al sótano, un hedor invade la sala como si de verdad todas las wilis estuvieran muertas abajo. El híbrido de agua de cloaca, orine y heces fecales riega de pestilencia el ambiente.

Una orquesta proletaria

En tanto, la orquesta del Gran Teatro se esfuerza por estar a tono con la institución a la que representa. Sería una infamia decir que acompaña a los bailarines, más bien los destruye o ayuda a que se vuelvan locos —y ojo, la locura sólo se reserva para Giselle en este ballet—.

El día del debut de la joven Yolanda Correa en el papel protagónico fue tanto el descalabro en el primer acto, que la mismísima prima ballerina assoluta, la milenaria Alicia Alonso, ordenó sustituir la orquesta en el segundo acto por música grabada. Algunos suponen que no se hubiera resignado a escuchar una de sus piezas favoritas sin arpa. Quien tocaba el instrumento determinó faltar al trabajo debido a las lluvias y la pésima situación del transporte —otra relación directamente proporcional en Cuba—. Gracias a su ausencia, o a los estallidos de cólera de los maestros y artistas, que tampoco faltaron, o a ambos, la novel Yolanda Correa y compañía pudieron asumir con aplomo el resto de la coreografía.

El día de cierre de la temporada se escuchó la mejor actuación de los "agotados" músicos. Luego de haber saboteado cinco funciones, la proletaria orquesta se dispuso a acompañar a un Albrecht que más parecía un campesino que un duque. Inmerecido partenaire de una figura como Viengsay Valdés, reconocida a nivel mundial, hoy el tesoro más valioso del BNC, Elier Arturo Bouzá está lejos de la madurez artística y a años de distancia del modelo de príncipe que instauró Jorge Esquivel, el mejor Albrecht cubano con que contó la Alonso.


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