Actualizado: 24/09/2021 16:37
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Emir, Literatura, Crítica

El crítico ecuménico (I)

Se cumplen cien años del nacimiento de Emir Rodríguez Monegal, uno de los críticos más destacados e influyentes del habla hispana, aparte de que además alcanzó una dimensión internacional

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Aunque desde abril ya se vienen realizando actividades, será el miércoles de la semana entrante cuando en Uruguay se celebre el centenario de Emir Rodríguez Monegal (Melo, 28 julio de 1921-New Haven, 14 noviembre de 1985), a quien su compatriota Carlos Real de Azúa no duda en llamar “el más importante de nuestros jueces culturales”.

Su relevancia, sin embargo, rebasa las fronteras nacionales: en vida, Rodríguez Monegal era considerado uno de los críticos más destacados e influyentes del habla hispana, aparte de que además alcanzó una dimensión internacional. Era respetado y temido, alabado y discutido, y el antes citado Real de Azúa también lo definió como “el escritor uruguayo con más enemigos”. Animador cultural, conferencista, antólogo, autor de una extensa bibliografía, era un hombre que estaba hecho de literatura, como dijo de él Guillermo Cabrera Infante. Pese a que solo alcanzó a vivir sesenta y cuatro años, desarrolló una faena tan fecunda como valiosa, que tuvo como brújula la militancia americanista.

Perteneció a la Generación del 45, que él mismo bautizó, y en la cual hizo grandes amigos y también grandes enemigos, que discreparon con él a causa de sus posturas estéticas e ideológicas. Entre los integrantes de aquella promoción, había varios que se dedicaban al quehacer crítico, lo cual llevó a otro integrante, Ángel Rama, a acuñar el nombre de “la generación crítica”. Rodríguez Monegal no fue la excepción y en 1943 empezó a colaborar en el semanario Marcha. Como recordó en una entrevista que le hizo Miguel Ángel Campodónico:

“En Marcha había cinco críticos que cumplían distintas funciones, cine, teatro, música, etc., de manera que éramos un grupo. Pero también había mucha gente fuera, en revistas como Escritura o Clinamen, de manera que fue lo que Rama llama ‘la generación crítica’. Claro, no coincidíamos en todos los detalles, pero coincidíamos en exigir una crítica que fuera crítica y esto fue una labor (…) colectiva muy importante porque a partir de ahí la crítica —buena, mala, genial o estúpida— volvió a ser crítica como lo había sido en el Uruguay con Francisco Bauzá, Rodó o Zum Felde. Nosotros la restauramos con métodos nuevos, aunque no siempre coincidiendo”.

En 1945 le encargaron ocuparse de la sección literaria del semanario, trabajo que realizó hasta 1959. Al referirse a ello, expresó que “escribiendo sobre Borges y Reyes, sobre Henríquez Ureña y Amado Alonso, reproduciendo algunos de sus mejores textos, comentando y extendiendo sus perspectivas al aplicarlas a textos nacionales, ayudé a crear en el lector de Marcha una conciencia literaria”. Sus breves notas se distinguían por la lucidez y penetración de los análisis y por la amena erudición. A menudo incluían opiniones rotundas e incluso hirientes, lo cual como era de esperar le ganó iracundos detractores. A eso se agregaba que, como ha hecho notar Danubio Torres Fierro, en esos años, correspondientes a una primera etapa de su desarrollo, “su activismo intelectual se caracterizó por una voluntad de revisar el repertorio literario del país desde una perspectiva analítica nueva, que mucho se alejó de las complacencias y complicidades de un medio que las tenía por habituales”.

Uno de sus compañeros en esa etapa fue Homero Alsina Thevenet, considerado un maestro de la crítica cinematográfica. Ha recordado que, si bien Rodríguez Monegal no fue el único que se destacó en aquellas tareas, es cierto, en cambio, que “fue un precursor y un activo practicante en esa tarea de difusión, no sólo en notas informativas y muy precisas sino también en numerosos artículos esclarecedores sobre la trayectoria y la obra de aquellos y otros autores, examinando sus vidas cuando ellas iluminan sus textos”. A lo cual añade: “Donde muchos de sus colegas so conformaban en apoyarse en resúmenes y manuales, Emir podía aducir con fundamento que había leído, por ejemplo, a los autores brasileños en portugués y a Corneille y Racine en francés. Con cuatro idiomas, su memoria, una monstruosa biblioteca a cuestas y su resistencia a la fatiga, Emir quedaba más allá de todo posible competidor”.

Tras quince años en Marcha, Rodríguez Monegal pasó al diario El País, donde escribió sobre cine, teatro y literatura. Era un cinéfilo apasionado y sus artículos sobre esa manifestación son también muy valorados. En su bibliografía figura el libro Ingmar Bergman. Un dramaturgo cinematográfico, escrito en colaboración con Alsina Thaevenet. A esa actividad hay que sumar sus colaboraciones en revistas como Film y Número, de la cual fue cofundador. En vida, Rodríguez Monegal no se ocupó de recoger en libro esa producción tan abundante e intensa. Ha sido tras su muerte cuando Pablo Rocca y Alsina Thavenet han emprendido ese trabajo. Fruto de su esfuerzo, es Uruguay y sus letras: del novecientos a la generación del 45, que se anunció como el primero de cuatro volúmenes.

Paralelamente a esa actividad, Rodríguez Monegal inició su labor docente. En 1945 empezó como profesor de Literatura General en liceos del Consejo Nacional de Enseñanza Secundaria, y pasó después a impartir Literatura Inglesa en el Instituto de Profesores de Montevideo. La publicación de sus primeros libros (José Enrique Rodó en el novecientos, La literatura uruguaya en el novecientos, El juicio de los parricidas, Narradores de esta América, Las raíces de Horacio Quiroga) y sus colaboraciones en revistas como Sur, Cuadernos Americanos, Ficción de Buenos Aires y Times Literary Supplemment, contribuyen a que comience a ser conocido fuera de su patria. Un hecho que lo pone de manifiesto es que en una fecha tan lejana como 1954, un joven llamado Alejo Carpentier le hizo llegar desde Caracas un ejemplar de Los pasos perdidos, una novela que hacía poco había publicado.

En 1964 Rodríguez Monegal es invitado a dictar unos seminarios sobre la literatura hispanoamericana en México y, al año siguiente, enseña como profesor invitado en la Universidad de Harvard. Asimismo, recibe la beca Rockefeller, que le permite realizar en Nueva York un estudio sobre la influencia norteamericana en el romanticismo hispanoamericano. Asiste además a conferencias y congresos que lo llevan a viajar con frecuencia.

Se le presentó además la oportunidad de hacer algo que sabía hacer bien: dirigir una revista. Surgió así Mundo Nuevo (1966-1968), un proyecto que pudo sacar adelante gracias a las relaciones que había establecido con los escritores e intelectuales latinoamericanos y también al respeto que estos le tenían. Como lector y como crítico, Rodríguez Monegal había verificado que en América Latina existía un movimiento literario muy interesante, pero cuyo principal defecto era la incomunicación. En el continente había zonas muy aisladas unas de otras. Por eso el principal propósito de Mundo Nuevo fue constituirse en el lugar de encuentro de quienes componen “el concierto de una cultura viva y proyectada hacia el futuro, una cultura sin fronteras, libre de dogmas y fanáticas servidumbres (…) Recoger en una publicación periódica, verdaderamente internacional, lo más creador que entrega América Latina al mundo, ya sea en el campo de las artes y la literatura, ya en el del pensamiento y la investigación científica”.

Ni una publicación académica ni para eruditos

Mundo Nuevo no estaba orientada a un lector medio, sino a un público culto, aunque no pretendía ser una publicación académica ni para eruditos. Rodríguez Monegal se preocupó de que los artículos y ensayos estuviesen escritos en la forma más clara y precisa posible, pero con un cierto rigor y exigencia de juicio crítico. Entre otros méritos, la revista llamó la atención sobre autores que entonces eran conocidos, pero no contaban con el reconocimiento que después tuvieron: Carlos Fuentes, Guillermo Cabrera Infante, Gabriel García Márquez, Severo Sarduy, Néstor Sánchez. Tuvo el privilegio de publicar como primicia de obras que en poco tiempo serían decisivas, como Cien años de soledad, El obsceno pájaro de la noche, La traición de Rita Hayworth. En cuanto a la poesía, presentó una serie de autores, que incluía tanto a los consagrados como a otros relativamente nuevos. En fin, quien quiera echarle una ojeada a Mundo Nuevo, puede hacerlo en la web de la Biblioteca Nacional de Uruguay, que ha digitalizado casi toda la colección.

En la presentación de la primera entrega, Rodríguez Monegal expresó la voluntad de establecer “un diálogo que sobrepase las conocidas limitaciones de nacionalismo, partidos políticos (nacionales o internacionales), capillas más o menos literarias y artísticas. Mundo Nuevo no se someterá a las reglas de un juego anacrónico que ha pretendido reducir toda la cultura latinoamericana a la oposición de bandos irreconciliables y que ha impedido la fecunda circulación de ideas y puntos de vista contrarios. Mundo Nuevo establecerá sus propias reglas de juego, basadas en el respeto por la opinión ajena y la fundamentación razonada de la propia”. Esas intenciones de independencia y de propiciar un nuevo debate se produjeron en un momento en que las realidades más visibles de la cultura latinoamericana eran el diálogo sustituido por la repetición de consignas, la discusión por el recitado de dogmas, el análisis crítico por varios coros rivales.

Como era de esperar, de inmediato se produjeron las acusaciones y los sabotajes, en una campaña de difamación orquestada por los sospechosos habituales. La principal objeción era que Mundo Nuevo estaba sufragada por el Congreso por la Libertad de la Cultura, originario de la guerra fría y financiado, como se había admitido, por la CIA. El mismo año en que empieza a circular la revista, se creó el Instituto Latinoamericano de Relaciones Internacionales, que, como se dio a conocer en el primer número de su boletín informativo, sustituía al Departamento Latinoamericano del Congreso por la Libertad de la Cultura y asumía todas sus actividades, sus centros y sus equipos de colaboración. Los fondos del ILAR provenían exclusivamente de la Fundación Ford y estaban fiscalizados por la agencia fiduciaria Price and Waterhouse, de Londres.

Relacionar Mundo Nuevo con el Congreso era una típica estrategia de pescador en río revuelto, destinada a convencer o por lo menos a confundir a la opinión pública. En el número 13, julio 1967, Rodríguez Monegal publicó el editorial “La CIA y los intelectuales”, que continuó en la entrega siguiente. En ese texto declaró su enérgica condena de los vínculos del Congreso con la CIA, revelados un par de meses antes. Eso confirma, escribe, “lo difícil que es conquistar y conservar la libertad. La condición del intelectual independiente en el mundo moderno es una condición de riesgo y miseria. El escritor o el artista que no esté dispuesto a decir Amén o Heil, a firmar donde le digan y cuando le digan, a repetir humildemente el catecismo o las consignas, está por eso mismo expuesto a la más cruel aventura”. Y concluye: “La CIA, u otros corruptores de otros bandos, pueden pagar a los intelectuales independientes sin que estos lo sepan. Lo que no pueden hacer es comprarlos”.

A unos cuantos escritores e intelectuales se les aconsejó y, en algunos casos, se les presionó para que no colaborasen en la revista. Dos ejemplos fueron Reinaldo Arenas y Cabrera Infante. En el libro Homenaje a Emir Rodríguez Monegal, se reproduce una carta del primero, que le hizo llegar al escritor uruguayo a través de Jorge Camacho y su esposa. En Mundo Nuevo había aparecido un fragmento de Celestino antes del alba, lo cual Arenas le agradeció profundamente. Pero “los oficiales de la UNEAC y sus policías” lo han conminado a redactar una carta de protesta que publicarán en La Gaceta de Cuba. Confiesa Arenas que primero se negó a hacerlo, pero lo amenazaron con expulsarlo de la UNEAC, donde entonces laboraba, lo cual “significa ir a parar a un campo de trabajo forzado y desde luego a la cárcel”. Redactó entonces un texto benigno, que fue rechazado: querían algo agresivo y denunciante. Tuvo así que “elegir entre la redacción de la infame carta o la prisión”. Arenas finaliza su misiva con estas palabras: “Admiro tanto su revista, como su labor crítica. No soy un personaje político. Pero sé que todo lo que se dice contra Mundo Nuevo es una infamia. Espero que algún día podamos hablar. Espero, aunque sin mucha esperanza, ser algún día un hombre libre”.

Por su parte, Cabrera Infante cuenta que conoció “a Monegal antes de conocer a Emir. Es decir, al crítico le precedió su reputación —que en este caso no era precisamente literaria (…) El avance de la calumnia o reputación interesada, lo que fuera, ocurrió en la embajada de Cuba en París, en noviembre de 1965”. El embajador lo había invitado a almorzar, algo extraño dado que el autor de Tres tristes tigres había dejado Cuba para siempre. Al fin del convivio, apareció el caricaturista Juan David, que ocupaba el cargo de agregado cultural y que tenía algo que comunicarle. Le comentó que iban a editar una revista, “que va a ser financiada por la CIA, por supuesto. La va a dirigir un argentino llamado Monegal con pretensiones literarias. No te asocies con esta gente porque te va a traer malos resultados”.

Agrega Cabrera Infante que decidió que “David había sido ordenado para que informara a los cubanos de París por Roberto Fernández Retamar. El único toque original de David fue hacer de Emir un argentino. La imaginación es el último refugio del burócrata (…) La inteligencia de David no era su parte más visible. Sin embargo, reiteró, sería peligroso para mí embarcarme en tal empresa. Mundo Nuevo vista como una barca, yo como polizón. O tal vez secuestrado. Empresa en su voz sonaba a presa”.

A propósito de esa campaña para mermarle los colaboradores, el director de la revista comentó: “Sé de mucha gente que no pudo colaborar con la revista por posiciones políticas, pero que tenía la mejor opinión de la libertad de selección y de criterio que imperaba en ella”.