Actualizado: 24/09/2021 16:37
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Literatura, Crítica, Emir

El crítico ecuménico (II)

Como profesor, Rodríguez Monegal formó varias generaciones de estudiosos, y su inmersión en el mundo académico tuvo un efecto corrosivo que cambió el canon de los estudios hispánicos y trajo el presente a la universidad

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En 1968, al regresar de Europa a Uruguay, se produce un hecho que va a marcar el rumbo que tomará su vida. En la entrevista antes citada, a la pregunta de Campodónico de por qué se fue de su país, dio esta respuesta: “A mí me fueron en el año 1968. Cuando volví de Francia con una licencia sin goce de sueldo me enteré que me habían destituido por abandono de cargo. Todo fue una intriga espantosa, yo había ganado mis cargos de profesor por concurso y después de veinte años de trabajo me quedé en la calle. Como sin las clases no podía vivir, porque lo que ganaba como crítico me daba para muy poco, me fui a buscar trabajo por ahí. Estuve en Caracas, en Francia, en Inglaterra, hasta que al final conseguí un trabajo permanente en la Universidad de Yale”.

La Universidad de Yale lo contrató como profesor del Departamento de Español. Empezó dando dos cursos, uno sobre Pablo Neruda y otro sobre la nueva novela latinoamericana. En 1970 fue nombrado jefe del Programa de Estudios Latinoamericanos y subjefe del Departamento de Lenguas Romances, cargos que desempeñó hasta 1973. Ese año pasó a ser jefe del Departamento de Español y Portugués. Sus cursos pasaron así a ser iberoamericanos, pues incorporaban la literatura brasileña, que conocía bien desde joven. Dictaba además clases en inglés, acerca de la las relaciones de esas literaturas con las universales. En sus años en Yale, organizó además seminarios y congresos, en los que reunió a escritores como Haroldo de Campos, Jorge Luis Borges, Octavio Paz y Cabrera Infante. Por otro lado, como profesor invitado enseñó en las universidades de Cambridge, Liverpool, California y Río de Janeiro.

Formó varias generaciones de estudiosos, que hoy reconocen lo mucho que aprendieron con él. Al referirse a su faena docente, Roberto González Echevarría expresó que la inmersión de Rodríguez Monegal en el mundo académico “tuvo un efecto corrosivo que cambió el canon de los estudios hispánicos”. Trajo el presente a la universidad y renovó la academia, cuyos departamentos de español “vivían como avestruces con sus cabezas enterradas en Pepita Jiménez y Peñas arriba”.

Las clases le exigían dedicación completa. Como reconoció, para él fue “la mutilación de otra parte mía que era la crítica que escribía sobre lo que quería”. Empleó entonces el tiempo libre para retomar la investigación. De su labor en esta etapa surgieron obras como el segundo volumen de Narradores de esta América, El boom de la novela latinoamericana, Tres testigos españoles de la guerra civil, Borges por él mismo, Mário de Andrade/ Borges. Um diálogo de textos, así como las compilaciones Maestros hispánicos del siglo veinte, Noticias secretas y públicas de Américas y The Borzoi Anthology of Latin America. Esta última, compuesta de dos tomos que suman mil páginas, la concibió “para explicarles a los norteamericanos que cuando ellos estaban comiendo maíz, en Latinoamérica había literatura con grandes escritores”. Póstumamente vio la luz en México Las formas de la memoria I. Los magos, un relato autobiográfico de su infancia y adolescencia en el cual hace gala de sus dotes narrativas. Era un proyecto que había postergado durante años y que tenía pensado estaría integrado por cinco tomos.

La obra que Rodríguez Monegal alcanzó a publicar en vida está integrada por numerosos estudios sobre literatura iberoamericana, así como por ensayos, que hoy son de referencia inevitable, sobre figuras fundacionales como José Enrique Rodó, Horacio Quiroga, Pablo Neruda, Jorge Luis Borges. Leídos varias décadas después de haberse publicado, sorprenden por la vigencia que mantienen sus reflexiones, la precisión de su criterio, el rigor del método y una concisa claridad alejada de las simplificaciones. Su erudición y su agudeza no impedían a su autor ser siempre ameno, y en sus textos sabía incorporar un fino humor que hacía que el bagaje teórico y la vasta cultura se hicieran invisibles. Richard Morse, quien fue su colega en Yale, lo llamó “el Edmund Wilson de las letras latinoamericanas”.

Poseedor de un exigente y agudo sentido crítico, Rodríguez Monegal era reacio a la solemnidad y la pedantería y supo demostrar que la inteligencia, la sagacidad de las opiniones y la erudición son perfectamente compatibles con la amenidad. Escribía con una prosa de una claridad cristalina que, sin embargo, no lo llevaba a caer en esquematismos. Leerlo propicia tanto la reflexión como el disfrute de la lectura, algo muy de agradecer. Como ilustración de lo que digo, véase este fragmento:

“A primera vista, Cien años de soledad retrasa el reloj del tiempo. En un panorama literario que dominan Rayuela y Paradiso, Cambio de piel y Tres tristes tigres, García Márquez se da el lujo de contar una historia interminable sobre un pueblecito colombiano perdido en una maraña de selva, montaña y pantanos; de contar sus historia poniendo bien claro el acento en la violencia política, en la explotación económica del capital nacional y extranjero, en el fraude y en el atropello, temas y motivos bien conocidos de la (aparentemente) difunta novela de protesta social que tanto engendro ha suscitado en nuestra América. Pero no solo eso: al contar puntualmente su historia de una familia y sobre todo de uno de sus héroes, el coronel Aureliano Buendía, el notable narrador colombiano parece volver a la novela de anécdota y personajes, la novela fascinada por la aventura, la peripecia, el destino fatal. Todas las enseñanzas de la escuela objetiva francesa, del nouveau rouman y aun del nouveau nouvea roman han sido desoídas, y tal vez ni siquiera escuchadas, por García Márquez, para quien la realidad de sus personajes estalla en la carne y sangre de su apalabra incandescente”.

Borges fue su vocación constante e indispensable

Algunas de sus investigaciones le tomaron varios años y lo llevaron a consultar bibliotecas de diferentes países. Una de ellas fue la que se materializó en El otro Andrés Bello (1969), donde reconstruye la aventura intelectual del humanista y poeta venezolano. Acerca de su interés por esa figura, declaró en una entrevista: “En realidad Bello es, no diré una de mis pasiones porque es un escritor ante el que es muy difícil apasionarse, pero ha sido uno de mis intereses más constantes. Mi primer trabajo erudito lo hice sobre él (…) Pero desde 1950, mientras he hecho otras cosas, he continuado trabajando sobre Bello. Es un tema que requiere una enorme dedicación. He tenido que leer obras que no tienen nada que ver con mis estudios generales. He trabajado en Cambridge y Londres, luego en Chile en 1954 y finalmente en Londres durante tres años. El resultado de todos estos trabajos es un libro bastante grande, de casi 500 páginas, que se llama El otro Bello y que es una biografía literaria de Bello”.

Otro de sus libros importantes es Neruda: el viajero inmóvil (1966), que tuvo posteriormente una edición ampliada. Se trata de una de las obras capitales de la nueva crítica latinoamericana, y un estudio esencial para adentrarse en la obra del autor de Residencia en la tierra. Si este es considerado el poeta de la totalización, en Rodríguez Monegal encontró a su estudioso más completo y adecuado. En Confieso que he vivido, Neruda escribió: “Emir Rodríguez Monegal, crítico de primer orden, publicó un libro sobre mi obra poética y lo tituló El viajero inmóvil. Se observa a simple vista que no es tonto este doctor. Se dio cuenta en el acto que me gusta viajar sin moverme de casa, sin salir de mi país, sin apartarme de mí mismo”.

Hay un autor por el cual Rodríguez Monegal demostró una particular pasión: Jorge Luis Borges. Eso se pone de manifiesto en los títulos sobre él que aparecen en su bibliografía: Borges per lui-même (1970; edición en español: Borges por él mismo, 1979), Borges, hacia una lectura poética (1976), Mário de Andrade/ Borges. Um diálogo dos anos 20 (1978), Jorge Luis Borges. A Literary Biography (1978; edición en español: Jorge Luis Borges. Una biografía literaria, 1987), así como las compilaciones Borges. A Reader. A Selection from the Writingsof Jorge Luis Borges (1982), Jorge Luis Borges: Ficcionario. Una antología de sus textos (1985), Jorge Luis Borges: Textos cautivos. Ensayos y reseñas en El Hogar (1936-1939) (1986). Acerca de esto, Enrico Mario Santí ha comentado: “Borges fue para Emir más que una de sus múltiples lecturas, o un proyecto de biografía más. Borges fue su vocación constante e indispensable; enciclopedia y breviario. Diría algo más: Borges fue el amigo y el mentor que acompañó a Emir a lo largo de su vida intelectual. Fue una compañía, no solo una lectura”.

Lo descubrió muy tempranamente y fue de los primeros en reconocer y demostrar su grandeza. Él mismo ha contado cómo se produjo el hallazgo de los primeros textos suyos que leyó: “A mí el autor que más placer me produce leer, de todos los tiempos y de todas las épocas, es Borges. Descubrí a Borges en la forma más casual. Yo vivía con una tía que era una señora muy aficionada a las revistas femeninas. Yo tenía unos catorce o quince años y en su casa leía El Hogar, especialmente una sección que se llamaba Libros y autores extranjeros, y que firmaba un señor Borges de quien yo no tenía la menor noticia. Estaba escrita con tanto humor, con tanta erudición y hablaba, además, justo de los autores que yo quería conocer, que empecé a coleccionarla. Todavía tengo los recortes de aquella época. En ellos Borges hablaba de Tagore, de Spengler, de Yeats, de S. S. van Dine, de Virginia Woolf, de Hilaire Belloc, en fin, de toda la literatura inglesa. Y así, sin saber quién era Borges, me puse a leer los libros que él leía y comentaba”.

Estableció con él además una amistad literaria. Tras descubrirlo en su juventud, se dedicó a seguir su carrera de cerca, tanto en Montevideo, como en Buenos Aires y los Estados Unidos. Se encontró con él muchas veces, y todo eso lo hizo sentirse preparado para escribir su biografía. El tituló que le dio busca dejar claro que no había ninguna trampa: “La dificultad en escribir la biografía de Borges es que en realidad su biografía es la biografía de su literatura. Es un hombre que ha tenido una vida mediocre, corriente, como la de casi todos los escritores, para quienes las aventuras son imaginarias. La verdad es que no se podía pensar en una biografía novelesca o anecdótica. Por eso decidí poner A Literary Biography, que es una expresión muy tradicional en la literatura inglesa. Es el título de una obra extraordinaria que escribió S. T. Coleridge en el período romántico”.

Algo que ha de sorprender a muchos es el interés que demostró por la literatura cubana. En 1973, cuando era profesor en Yale, organizó tres simposios sobre nuestras letras. El primero de ellos estuvo dedicado a José Lezama Lima. Recogió los textos que allí se leyeron en un número doble de la Revista Iberoamericana. Escribió además varios trabajos sobre ese tema, y alguna vez deberían recopilarse en un libro. Por si alguien se anima a hacerlo, aquí relaciono los que he podido localizar: “Poesía de Nicolás Guillén”, “Heredia y Bello como precursores”, “La poesía de Martí y el modernismo”, “Estructura y significación de Tres tristes tigres”, “Joseph K en La Habana”, “Cuba: la escritura de su historia”, “Celestino antes del alba de Reinaldo Arenas”, “Paradiso: una silogística del sobresalto”, “Literatura y revolución en las letras cubanas”, “Cabrera Infante: la novela como autobiografía total”. A esas páginas hay que sumar las estupendas entrevistas a Severo Sarduy y Cabrera Infante incluidas en El arte de narrar.

Excluido por militares y militantes

Hasta el año 1971 Rodríguez Monegal pudo viajar al Uruguay sin problemas. Lo hacía habitualmente para visitar a su familia. Pero como recordó, en el 72 su hija cayó presa por pertenecer a los Tupamaros, y por el hecho de que le mandaba 80 mensuales dólares para que no se muriese de hambre, él pasó a ser acusado de subvencionar a ese grupo guerrillero. Eso dio lugar a que expresara: “Yo al final estaba preso en Estados Unidos, no podía conseguir el pasaporte uruguayo”. Durante años, estuvo silenciado en su país, excluido por militares y militantes, como ha escrito Lisa Block de Behar, quien agrega: “Después de diez años de ausencia, desprovisto de documentación uruguaya, censurado por los acosos de la dictadura contra la que se pronunció más de una vez, silenciado por los dogmatismos de una oposición más rival que partidaria, una uniformidad demasiado compacta que venía dominando el espacio cultural y mediático, ocupando los vacíos dejados por los crímenes de la persecución y el exilio”.

Tras más de una década de ausencia, pudo por fin regresar a su patria en noviembre de 1985, para dictar un seminario sobre teoría y crítica literaria. Se había comprometido a ir siempre que se hubiera restablecido la democracia. Para él, aquel viaje tuvo una significación particular, pues volvía para “recobrar su país”. En una entrevista declaró: “A mí lo que me importa es que me habían sacado el país y ahora es mío otra vez. Yo vuelvo a mi patria, a mi mundo, esto es lo único importante. Ahora, si además la gente reconoce mi trabajo y es cariñosa conmigo, yo estoy muy agradecido, pero aunque hubiera vuelto y nadie me hubiera dicho ‘ahí te pudras’, el regresar al Uruguay para mí ya era todo”.

En el Auditorio Vaz Ferreira de la Biblioteca Nacional, dictó la conferencia “Borges, Derrida, de Man, Bloom: la desconstrucción avant et après la lettre”, sobre la cual Mercedes Ramírez recuerda que leyó el texto “con un hilo de voz y una vigorosa inteligencia ordenadora —la suya de siempre”. Y agrega: “Si la devoción por la inteligencia y el trabajo pudieron caracterizar el trayecto y la obra de Emir Rodríguez Monegal hasta ahora, la conferencia del 5 de noviembre permitió disfrutar del buen humor, la sensatez, la amable ironía con que hoy ese hombre de las letras es capaz de juzgar el mundo de la cultura. Eso y una humildad inesperada, que se aliaba con una forma de alegría impensable para quienes lo escucharon, pero seguramente real para él, hicieron de esta jornada un acontecimiento que será difícil olvidar”. En esa ocasión fue leído un texto que Borges le había dedicado unos días antes, y en el cual se refiere a la gran amistad que los unía y a su anhelo de reunirse con su más apasionado estudioso. El presidente Julio María Sanguinetti le entregó a este una medalla diseñada y acuñada especialmente para rendir homenaje a él y a su obra.

Rodríguez Monegal padecía de cáncer de páncreas y le habían hecho dos operaciones. Estaba muy delgado y apenas podía caminar. Pero cuentan que a pesar de ello, no dejó de mostrarse risueño. Al volver a Estados Unidos, fue llevado al aeropuerto en una ambulancia. En el trayecto, el médico que lo acompañaba le comentó que había leído varios textos suyos. Los funcionarios del aeropuerto habían decretado una huelga general, pero al enterarse de su precario estado de salud decidieron interrumpirla para que el avión pudiese partir. Rodríguez Monegal murió en el Hospital de Yale, New Haven, diez días después de haber llegado.

Con su pasión por el quehacer literario, dejó una perdurable lección. Dejó además una obra en la cual se ocupó tanto del presente como del pasado. Hoy sus libros y artículos mantienen plena vigencia por su justa claridad, por la exactitud e independencia de sus criterios, por su penetrante análisis. Son las cualidades más obvias de la obra de un hombre que, como expresó Alfredo A. Roggiano, tenía como principal virtud “la de hacer del texto crítico una ayuda necesaria para la comprensión del texto literario, viendo en él lo que es más definitivo y permanente”. Intérprete perspicaz y ordenado, fue un divulgador de la literatura latinoamericana y la nueva novelística halló en él a su crítico más lúcido y exhaustivo. Todo eso hace que, treinta y tantos años después de su fallecimiento, se le siga leyendo con admiración y con agrado.