Actualizado: 20/10/2021 13:39
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Literatura, Teatro

El cumplimiento de una asignatura pendiente

Tras varios años de dedicación a la labor crítica e investigativa, Norge Espinosa Mendoza ha recopilado parte de ese trabajo en cuatro títulos que, como si se hubiesen puesto de acuerdo, han salido juntos de la imprenta

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Aunque acumula ya unos cuantos años dedicado a la labor crítica e investigativa, Norge Espinosa Mendoza (Santa Clara, 1971) contaba con una bibliografía muy exigua en ese campo. Hasta donde tengo memoria, se reducía a un único título, Carlos Díaz: Teatro El Público: la trilogía interminable (2002). Se había preocupado más en editar su poesía (Las breves tribulaciones, 1993; Las estrategias del páramo, 2000) y sobre todo su producción dramática (Romanza del lirio, 2003; La Virgencita de Bronce, 2004; Cintas de seda, 2007; Ícaros y otras piezas míticas, 2010; Un mar de flores, 2011). En cambio, sus textos críticos y ensayísticos se hallaban dispersos en las publicaciones periódicas de las cuales es asiduo colaborador, así como en algunas antologías.

Felizmente, por fin se decidió a cumplimentar esa asignatura pendiente. Y lo ha hecho no con uno, sino con cuatro títulos que, como si se hubiesen puesto de acuerdo, han salido juntos de la imprenta. Aquí los detallo en riguroso orden alfabético: Cuerpos con un deseo diferente (Ediciones Matanzas, Matanzas, 2012, 248 páginas), Escenarios que arden. Miradas cómplices al teatro cubano contemporáneo (Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2012, 588 páginas), Mito, verdad y retablo: El Guiñol de los hermanos Camejo y Pepe Carril (coescrito con Rubén Darío Salazar, Ediciones Unión, La Habana, 2012, 280 páginas) y Notas “en” Piñera (Ediciones Extramuros, La Habana, 2012, 154 páginas).

En esos cuatro títulos están presentes varios de los temas a los que Espinosa Mendoza ha dedicado más atención. Por ejemplo, Cuerpos con un deseo diferente reúne textos acerca de “la visibilidad del tema homosexual en la literatura, el teatro, y la vida misma”, escritos a lo largo de más de dos décadas. Se trata de reseñas críticas, artículos de opinión, ensayos, notas a programas, obituarios, así como algunos poemas. Originalmente, vieron la luz en revistas o bien fueron leídos en eventos y presentaciones de libros. Como apunta el autor en las páginas introductorias, en ellos aborda el problema que aún implica en nuestra sociedad asimilar “el espesor de significantes” que representa el homosexual: gay, lesbiana, trans, bisexual, “puntos cardinales de un mapa apenas entrevisto con transparencia entre nosotros”.

En ese sentido, hay que señalar que Espinosa Mendoza ha hecho una muy valiosa contribución para que ese mapa vaya adquiriendo una visibilidad y una configuración más precisas. En primer lugar, lo ha hecho desde un activismo militante, a través de la organización de numerosas iniciativas (menciono entre ellas las Jornadas de Arte Homoerótico). Y en segundo lugar, mediante la escritura de textos como los recogidos en Cuerpos con un deseo diferente (tiene otros inéditos, pues como él expresa, ha aprendido “que siempre es bueno guardarse algunas páginas para la próxima ocasión”). Especialmente significativos, a mi juicio, son “Historiar en el vacío: arte, gays y espacio social en Cuba”, “Bajo la luz de un sol extraño: Homoerotismo y teatro en Cuba” y “Otro color para una Cuba rosa”. En ellos su autor sustenta su discurso en reflexiones documentadas, en una acuciosa investigación y en un gran dominio del instrumental teórico-conceptual. Asimismo es de destacar que saca a la luz hechos tradicionalmente sepultados en el olvido, y que forman parte de la historia de la homosexualidad en Cuba. “Una historia disimulada, enmascarada, cuando no cubierta de un vergonzante silencio”.

Admiración que no es ciega ni extremista

Notas “en” Piñera responde a lo que Espinosa Mendoza reconoce es en él una suerte de obsesión. Ese seguimiento de la figura y la obra de Piñera se ha materializado en los diez textos recopilados en el libro. Al igual que Cuerpos de un deseo diferente, está armado con materiales de formato y origen diversos: “fragmentos de notas al programa escritas para un espectáculo piñeriano, referencias dispersas, momentos de algunas entrevistas, palabras leídas en la presentación de algún libro y críticas firmadas a partir de estrenos de sus obras o inspiradas en ellas, etc.”.

Pero más allá de su heterogeneidad, esas páginas poseen un denominador común: orientar “una admiración que no quiere ser ciega ni extremista” por un principio aconsejado por el creador de La carne de René: leerlo en clave Piñera, y no en clave de los ilustres consagrados. Es decir, a partir de su propio lenguaje, de su propia estética. Adoptando esa perspectiva, Espinosa Mendoza ha leído sus obras para buscar en ellas un Piñera particular. Resultado de eso son los lúcidos análisis de la pieza teatral Los siervos, del poema “La gran puta”, del ensayo “Ballagas en persona”, de la edición de 2002 de su Teatro Completo. En sus lúcidas y documentadas reflexiones, se muestra además innovador y creativo frente a la repetición mimética y el cliché. Refuta así posturas críticas que tradicionalmente se han perpetuado. Ese es el caso del hábito de dividir la producción teatral de Piñera en piezas mayores y menores, cuando como bien él hace notar, varias de estas últimas ni siquiera se han representado.

En la introducción que su autor redactó para Escenarios que arden, se lee: “Escribí mi primera crítica en 1993, y por supuesto, siguiendo el ejemplo del maestro Rine Leal, he descartado su posible aparición en este volumen. Me reservo incluso el sitio de su publicación, porque al leerla ahora me doy cuenta no tanto de sus defectos, como sí de todo lo que me faltaba en ese instante para asumir este papel tan severo, desagradecido y necesario”.

Desde entonces, Espinosa Mendoza ha desarrollado una intensa actividad crítica. De su asistencia regular al teatro y de su condición de espectador adicto, dan cuenta las casi 600 páginas que acumula ese libro. En él ha recopilado críticas, artículos y ensayos sobre obras llevadas a escena en Cuba. Sin embargo, más que una compilación Escenarios que arden constituye un resumen de la construcción de una mirada crítica. Un decisivo itinerario que respira inteligencia, conocimiento y amor por el teatro.

Nuevamente, Espinosa Mendoza opta por unir un puñado de textos que cubren diferentes registros. La mayor parte son críticas y ensayos, pero hay también notas a programas, así como entrevistas a Antón Arrufat, Verónica Lynn, Alexis Díaz de Villegas, Nelda Castillo y Vicente Revuelta. Al hacer la selección, se decantó por trabajos referidos a espectáculos teatrales hechos por creadores cubanos. No obstante, apunta que ha recuperado “alguna que otra nota sobre un hecho danzario o una propuesta extranjera, dada la impresión perdurable que causaron en mí”. También le sirvió como brújula el criterio de escoger textos que, de acuerdo a él, lo identifican como carácter. En unos, asume la función de crítico, en otros, la de asesor. En todos, sin embargo, se pone de manifiesto el talento de Espinosa Mendoza, quien a la capacidad analítica une la precisión del ensayista.

Un hervidero de creatividad

En el Pórtico de Mito, verdad y retablo: El Guiñol de los hermanos Camejo y Pepe Carril, Espinosa Mendoza cuenta su génesis. Años atrás supo que Rubén Darío Salazar, fundador y director del Teatro de las Estaciones, andaba enfrascado en el empeño de “tocar puertas que parecían bien cerradas, logrando que se develaran secretos e interioridades no solo del mundo de los Camejo y Carril, sino de esa obsesión que me acosará siempre: la memoria escénica de Cuba”. En un momento dado, Darío Salazar puso a su disposición todo el material que había conseguido acopiar, para que él se encargase de redactar el libro.

Dividido en dos partes, La aventura es fundar y El mundo de Carril y los Camejo, Mito, verdad y retablo reconstruye la trayectoria artística que, desde la década de los 50, protagonizaron Pepe y Carucha Camejo y Pepe Carril. Pioneros de la manifestación titiritera en nuestro país, fueron además los creadores del Teatro Nacional de Guiñol. Durante la etapa fundacional en que ellos lo dirigieron (1963-1971), ese colectivo marcó pautas en la dramaturgia y la puesta en escena y colocó esa manifestación en un elevado nivel de excelencia.

Bajo su dirección, el TNG se convirtió en un hervidero de creatividad, y en poco tiempo atrajo la atención del auditorio infantil con espectáculos como Alelé Alelé, El pequeño príncipe, El patito feo, La caja de los juguetes. Otra línea desarrollada por el grupo fue el repertorio para adultos, algo inusual entonces en casi todo el mundo. A la misma pertenecen montajes tan memorables como Don Juan Tenorio, La corte de Faraón, La loca de Chaillot, La Celestina, Shangó de Imá.

Sobrevino entonces el fatídico año de 1971, en el cual se celebró el Congreso Nacional de Educación y Cultura. Lo que vino después fue, cito las palabras del fallecido Eliseo Diego, un auténtico patíbulo para la cultura cubana. En el caso del TNG, hay que decir que hubo un ensañamiento especial. No solo se relevó de sus cargos a Carucha, Pepe y Carril y se desmanteló el elenco, que prácticamente quedó reducido a mujeres, sino que además se hizo todo lo posible para borrar su trabajo.

Como se señala en el libro, “el fondo de muñecos se deshizo: muchos fueron enviados a otros grupos del país, sin orden ni concierto, otros se los llevaron subrepticiamente del teatro, algunos se regalaron, y otros fueron botados con otros desechos: se cuenta de un niño al que se vio correr Rampa abajo con un títere de La corte de Faraón, y Mario González recuerda haber visto la cazuela de la Cucarachita Martina apilada junto a un montón de basura en la esquina misma del Focsa. Ni las personas ni sus imágenes: el gesto operaba sobre lo vivo y lo inanimado, como si esas figuras pudieran cobrar vida y defenderse de tal ataque”.

Esa historia, que he tratado de resumir en unas pocas líneas, está minuciosa y rigurosamente reconstruida en Mito, verdad y retablo. Cuando se lee el libro, resulta evidente que tras su escritura hay, en primer lugar, una exhaustiva labor de investigación. Esa labor llevó a los autores a revisar archivos y bibliotecas, una tarea que en Cuba implica muchas dificultades. Acudieron además a fuentes orales. En ese aspecto, son muy valiosos los testimonios que se citan, y que fueron aportados, entre otros, por Carucha Camejo y los actores Xiomara Palacios y Armando Morales. Asimismo algo que ha contribuido a sus muchos aciertos es el hecho de que tanto Rubén Darío Salazar como Espinosa Mendoza conocen desde dentro la práctica del teatro de muñecos y poseen una sensibilidad titiritera. El primero, ya lo señalé antes, por sus varios años como creador al frente del Teatro de las Estaciones. Y el segundo, por haber escrito para esa agrupación los textos para montajes como Federico de noche, Pinocho corazón madera, En un retablo viejo, La caja de los juguetes, La Virgencita de Bronce, El Patico feo.

Mito, verdad y retablo es, en suma, una significativa aportación a la historiografía de nuestro arte escénico. Así debió reconocerlo el jurado que, en 2009, le otorgó el Premio Rine Leal de Investigación Teatral, convocado por las Ediciones Tablas-Alarcos. Algo que hace unas semanas fue revalidado con uno de los Premios de la Crítica, a los mejores títulos publicados en 2012. Pero más allá de ser un magnífico libro, tiene el mérito de ser un libro necesario. Escrito no para ajustar cuentas, ni exigir responsables tardíos, arroja una luz poderosa y rescata del olvido la memoria de un capítulo de la historia de nuestra cultura que muchos preferirán que siguiese preterido y condenado al silencio.

Gracias a Norge Espinosa Mendoza y Rubén Darío Salazar, Carucha y Pepe Camejo y Pepe Carril “por encima del olvido, por encima del ostracismo (…) por encima de aquellos que deben estar revolviéndose la bilis porque este libro existe, vuelven a Cuba de una manera mucho más deslumbrante”.