Actualizado: 13/05/2021 18:11
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Bulgákov, Literatura, Literatura rusa

El diablo suelto en Moscú (I)

Cuando se cumplen 75 años de la muerte de Mijaíl Bulgákov, se ha publicado en español la que se considera la edición definitiva de su obra maestra

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Este mes, exactamente el día 10, se cumplen 75 años de la muerte de Mijaíl Bulgákov (1891-1940), uno de los escritores rusos más sobresalientes del período soviético, y también uno de los que mejor personificó sus contradicciones. Fue el autor de Los días de los Turbín, la pieza teatral favorita de Stalin, algo que, sin embargo, no lo salvó de la censura. El dictador le perdonó la vida, pero permitió que sus comisarios y burócratas se la hicieran muy amarga. Entre los documentos que el investigador Vitali Shentalinski rescató en los archivos de la Lubianka, hay un informe del 7 de noviembre de 1936 que refleja lo que fueron sus últimos años. De acuerdo al agente que lo redactó, en una reunión Bulgákov comentó: “Soy un encausado, al que solo le falta la escolta. Ocurra lo que ocurra en el país, lo único seguro que no va a cambiar es mi situación de perseguido.// Si al menos alguien me dijera a las claras: Bulgákov, no escribas nada más, dedícate a alguna otra cosa; vuelve, por ejemplo, a tu profesión de médico, y dedícate a curar, y entonces te dejaremos en paz, en este caso lo agradecería de verdad. O, a lo mejor, soy un cretino y ya me lo han dicho y soy yo el que no lo ha comprendido”.

Ocho años antes, el escritor había dirigido al gobierno de la Unión Soviética una dramática y valiente carta. Allí, entre otras cosas, proporciona unos elocuentes datos: “Tras analizar los recortes de prensa, en diez años de labor como escritor he descubierto 301 referencias a mi obra. De ellas, las favorables han sido 31; las adversas e insultantes suman 298. Estas últimas constituyen un fiel reflejo de mi vida como escritor”. Asimismo anota que al héroe de su pieza Los días de los Turbín “lo han llamado en verso y en letras de imprenta «HIJO DE PUTA», y al autor de la obra lo han calificado de individuo atacado de «SENILIDAD CANINA». Se me ha tratado de «BASURERO literario», recogedor de despojos «VOMITADOS por una docena de comensales»”.

Se dirige luego “a los sentimientos humanos del poder soviético”. Pide que, dado que la prensa considera unánimemente que sus obras no podían existir y que él no es provechoso en su patria, se le deje magnánimamente en libertad. Como otra opción, propone que se le destine a un teatro como “director y actor del todo honesto, sin sombra de maldad”. De eso no ser posible, se ofrece como figurinista. Y si tampoco puede ser figurinista, se ofrece para el puesto de tramoyista. Bulgákov finaliza la carta con esta desesperada petición: “Si tampoco esto resulta posible, pido al gobierno soviético que haga conmigo lo que crea conveniente, pero que haga algo, porque en cuanto a mí, un dramaturgo que ha escrito cinco obras, conocido en la URSS y en el extranjero, lo que me espera EN EL MOMENTO PRESENTE es la miseria, la calle y la muerte”.

Nacido en Kiev, donde estudió medicina, Bulgákov se instaló en Moscú en 1921. A partir de entonces, abandonó la profesión de médico para dedicarse a la literatura. En esos primeros años sobrevivió como periodista y autor de folletines y cuentos de corte satírico. Pero tenía un credo estético que le iba a acarrear los primeros problemas: la defensa de la libertad de expresión. Eso lo dejó bien claro en su carta al gobierno soviético: “Soy un ardiente admirador de esta libertad y creo que si a algún escritor se le ocurriera intentar demostrar que esta no le hace falta, entonces se parecería a un pez que afirmase públicamente que no necesita el agua”.

Su primera novela, La guardia blanca (1925), a partir de la cual escribió Los días de los Turbín, fue rechazada por la crítica oficial. Similar suerte corrieron las piezas teatrales El apartamento de Zoika (1926) y La Isla Púrpura (1928). Esa trayectoria le acarreó, a fines de la década de los 20, la prohibición de publicar. Pasó de ser el dramaturgo más representado en los escenarios de la Unión Soviética a ser vetado en todos. A partir del inicio de las purgas estalinistas en los años 30, su vida fue cada vez más dura. En 1938 empezó a padecer nefroesclerosis hipertónica, una enfermedad hereditaria de rápido desenlace. Perdió la vista y hasta su fallecimiento vivió entre constantes dolores.

Pero Bulgákov tenía la convicción de que “el escritor debe ser firme, por muy difícil que sea. Sin eso, no hay literatura”. Durante la etapa de ostracismo no dejó de escribir. De hecho, murió recostado sobre una almohada cuando corregía con su esposa Yelena el manuscrito de El maestro y Margarita, una novela en la cual venía trabajando desde 1928. Tenía una inderrotable fe en ella y por eso la reescribió incansablemente (se considera que hizo, por lo menos, seis versiones). El hecho de ser un autor denigrado a quien la censura impide editar, marca esa obra de modo indeleble. Tal condicionamiento permite ver en el personaje del maestro un alter ego del propio Bulgákov.

A esa etapa corresponde también la redacción de otra novela suya que quedó inconclusa. Me refiero a Las memorias de un difunto, que se publicó póstumamente con el título de Novela teatral. En ella, su autor ataca duramente al director Constantín Stanislavski, de quien se distanció a raíz de la penosa historia del montaje de su pieza teatral sobre Molière. Su publicación en 1965 en la revista Nóvy Mir, se debió a los denodados esfuerzos de Yelena Bulgákova. Gracias a ella, además vieron la luz Apuntes de un joven doctor (1962), Dramas y comedias (1965), Prosa escogida (1966). Además, entre 1966 y 1967, tras permanecer inédita durante un cuarto de siglo, la revista moscovita Moskvá dio a conocer a los lectores soviéticos El maestro y Margarita. Eso sí, con unas 100 páginas de menos. No fue hasta 1973 cuando la novela se editó sin cortes.

Obra intensa y divertida a la vez

A más de ser la obra cumbre y el testamento espiritual de su autor, El maestro y Margarita constituye una de las obras narrativas emblemáticas del siglo XX. Entre sus valores y hallazgos, que son muchos, se cuenta el de anticiparse algunas décadas al realismo mágico. Eso, sin embargo, no puede dar una idea de su riqueza y su inagotable capacidad de imaginación y sugerencia. Bulgákov retoma la tradición satírica rusa de autores como Nikolái Gógol, Mijaíl Saltikov-Schedrín y Antón Chéjov. Incorpora además técnicas de la vanguardia europea de su tiempo (expresionismo, surrealismo). Con deslumbrante talento, integra esa amplia serie de elementos y logra crear una estética personal. Ese proyecto profundamente meditado cristalizó en una obra intensa y divertida a la vez, en un clásico que se lee con esa pasión con que uno lo hace en la infancia.

En la novela se desarrollan tres líneas argumentales. La primera se refiere a la aparición del diablo en Moscú, acompañado de un extravagante séquito. La segunda cuenta la historia de amor entre el maestro, un escritor caído en desgracia, y Margarita, una mujer casada. La tercera es una narración sobre Poncio Pilatos, en los días del arresto y crucifixión de Jesús. La novela está dividida en dos partes. En la primera predomina el relato de los incidentes que arma Woland, el diablo, en Moscú. Entre esos capítulos, van intercalados los correspondientes a la narración sobre Poncio Pilatos. En la segunda parte, Bulgákov da entrada a la historia del maestro y Margarita, con lo cual la complejidad estructural se acentúa.

A Woland lo acompañan un inmenso gato negro que habla y camina como una persona (Behemot), un tipo alto y pelirrojo con un ojo verde y otro negro (Fagot-Koroviev), un sicario colmilludo (Azazello) y una bruja nudista (Hella). Su visita a Moscú tiene como propósito comprobar los cambios que la revolución ha tenido en sus habitantes. Por dondequiera que pase este extravagante cortejo, ocurren los lances más inconcebibles: arden pisos y tiendas, el dinero se convierte en papel de etiquetas de vino, hermosas mujeres se transforman en brujas, ciudadanos de Moscú aparecen repentinamente en Yalta…

En una famosa carta que envió a Stalin, Bulgákov reconocía que la sátira es algo consustancial a su obra. En El maestro y Margarita, la utiliza como un medio para poner en evidencia las debilidades humanas de sus compatriotas y ridiculizar al asfixiante aparato administrativo y la inepta burocracia comunista. No hace falta ser ruso ni haber vivido en aquella época, para identificar escenas como la que a continuación reproduzco. Aparece nada más empezar la novela, y se desarrolla en los Estanques del Patriarca, un caluroso atardecer de primavera:

“—Deme un agua de Narzón —pidió Berlioz.

“—No hay —respondió la mujer del quiosco, que parecía ofendida.

“—¿Y cerveza? —preguntó Bezdomni con voz ronca.

“—La traen por la noche —contestó la mujer.

“—¿Qué tiene, entonces? —se interesó Berlioz.

“—Refresco de albaricoque, pero está caliente —dijo la quiosquera.

“—¡Está bien, está bien, démelo!...”.

La delirante sesión de magia en el Teatro Variedades sirve para subvertir los valores y cimientos de la sociedad soviética. En la misma se revela la vanidad y la codicia de los moscovitas. Asimismo Woland hace notar cómo el régimen aprovecha el deseo de los ciudadanos de tener mayor espacio donde vivir para corromperlos. Aunque hay más de un ejemplo, menciono el del amigo del maestro, que lo denuncia para poder quedarse con el piso en donde habita. Asimismo en el capítulo que tiene lugar en la tienda donde solo se puede comprar en divisas, Bulgákov critica el sistema jerárquico de exclusividad reservada y privilegios oficiales. También dirige sus dardos contra el mundo intelectual y, en particular, contra los mediocres y arribistas dirigentes de la asociación Massolit, quienes entre otras prebendas, tienen dachas en Perelyno.

Hay demás algunas claves que permiten hacer otra lectura de esa farsa esperpéntica y carnavalesca. En su excelente estudio sobre Bulgákov, D.G. Piper sitúa la acción en el funesto año de 1937, que marcó el inicio del terror y las purgas. Así lo sugiere la referencia al centenario de la muerte de Alexander Pushkin (1799-1837). Otro detalle que avala la tesis de Piper es que en marzo de1937 Stalin pronunció un discurso en el que alertaba sobre la existencia en el país de trotskistas, guardias blancos y extranjeros. En el primer capítulo de la novela, cuyo significativo título es “Nunca hable con desconocidos”, la conversación que sostienen Mijaíl Aleksándrovich Berlioz e Iván Nicoláievich Ponyoriov, es interrumpida por un extraño que inquieta a ambos por su apariencia de extranjero, y que resulta ser Woland. Por otro lado, en el capítulo de la tienda de divisas Bulgákov hace una parodia de la xenofobia oficial que se desató en esa época. Fagot-Koroviev y Behemot llaman extranjero a uno de los clientes e incitan al público contra él: “¿Y quién es él? ¿Eh? ¿De dónde ha venido? ¿Para qué? ¿Es que le echábamos de menos? ¿Lo hemos invitado?”.

Aplicando esas claves, también es lícito relacionar la misteriosa desaparición de algunos personajes de la novela con la situación análoga que a partir de entonces empezó a ser algo común en la Unión Soviética. Asimismo varios de los afectados por las diabluras de Woland y sus compinches aceptan su culpa y firman las confesiones que les presenta la policía. Lo cual se puede leer como una alusión burlesca a las falsas y grotescas autoinculpaciones que se produjeron en la Unión Soviética a partir la década de los 30.

Una de las fuentes en las cuales se inspiró Bulgákov es, naturalmente, el Fausto de Goethe. Él mismo se encarga de revelarlo en la cita que incluye en las primeras páginas de su novela. Pero su Woland es un diablo especial, con el cual el lector acaba por simpatizar. Como ha comentado José María Guelbenzu, más que un diablo actúa como un desenmascarador de vicios, lo cual resulta muy satisfactorio para las almas honestas. Durante su estancia en Moscú, pone al descubierto la ineptitud, la irresponsabilidad, el egoísmo, la mezquindad, en fin, todo lo miserable y abyecto que puede contener una sociedad totalitaria y burócrata como la Rusia de Stalin. Por el contrario, trae justicia y reconciliación y se muestra benévolo con los personajes puros, como Margarita y el maestro (a este último le evita además el trabajo de tener que reescribir la novela que quemó). Asimismo en descargo suyo se puede agregar que la mayor parte de las felonías no son cometidas por él, sino por sus secuaces. En suma, Woland no es una copia del Fausto de Goethe, sino una creación propia de Bulgákov.