Actualizado: 01/12/2021 17:25
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Literatura

El Didi y el profesor Jinks

Abrir las páginas de este libro es encontrarse con el universo personal construido por un extraordinario dibujante, cuya fantasía se elaboró a partir de su infancia

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No hay dudas de que todo nació en el reino del abuelo. Tal vez por confirmar de nuevo esa convicción, me he tomado tiempo en la reflexión sobre este libro, que ya circula en México bajo el sello del Consejo Nacional de Cultura (Conaculta) en su colección de Narrativa Infantil y con el diseño y formación de Isabelle Marmasse. Su autor es el dibujante Constante de Diego García Marruz, fallecido hace siete años, quien firmó su obra con el nombre que le gustaba y por el cual le conoció medio mundo: Rapi.

Abrir sus páginas es encontrarse con el universo personal construido por un extraordinario dibujante, cuya fantasía se elaboró a partir de su propia infancia, crecida bajo las arboledas de Villa Berta, la emblemática quinta de Arroyo Naranjo, propiedad de su padre Eliseo Diego, donde se forjaron muchos de los proyectos personales y colectivos de los miembros del Grupo Orígenes.

Rapi, el mayor de los tres hijos de Eliseo con Bella García Marruz, fue quien recogió de manera visual toda la fantasía heredada de los suyos, para trasmitirla en un lenguaje que tiene en la línea intencional del dibujo su mayor riqueza. Fue un dibujante de hoy que preservó la huella de los clásicos, en los que muchos bebimos nuestra niñez, y administró el color con cautela y precisión. Su aplicación de los matices, nunca impidió el flujo de la reflexión sobre las ideas que dictaba el trazo, pues sólo se proponen marcar algún rasgo de la identidad del personaje o de su entorno.

De este modo, con esta técnica, creó figuras tan memorables como los ogros pestilentes, los transeúntes de grandes pies, los soñadores al estilo del astronauta criollo Matías Pérez y aún los aurorretratos conque enviaba mensajes a sus allegados.

Para este libro, y pese a los tonos multicolores, Rapi concibió figuras que portan los atributos esenciales de ese universo en el cual prevalece su línea: el profesor Jinks, enfrentado al Didiboche, su contrafigura. Uno maloliente, cuya “ogredad” consiste no sólo en el olor que despide su cuerpo, sino en el rechazo a la fantasía, que le impide aceptar lo que está a la vista, en este caso, la existencia de los didis de grandes pies y orejas puntiagudas, evocativos de aquellos duendes de la literatura nórdica proverbial. El afán de cientificidad a ultranza, se opone a la observación minuciosa y sensible de esa parte de la realidad vigente en nuestros sueños más profundos. El profesor pretende demostrar la no existencia de lo que existe y en la controversia sale victoriosa la metáfora de Rapi: Jinks se aferra a su cantaleta, mientras establece un vínculo real con los seres a quienes augura una próxima desaparición.

Toda una paradoja. Delineada a través del vuelo del dibujo y de un texto fluido, que se une a las imágenes con humildad y, sin apartarse del estilo de Rapi en lo visual, exhibe pasajes escritos de gran elocuencia poética:

Aún no han nacido en el oasis las elegantes palmeras y ya reposan las semillas de sus dátiles en las bostas del camello Ahmed.

Este 8 de enero se cumplieron siete años del viaje de Rapi Diego. Antes de irse tuvo la generosidad de legarnos este libro, como puerta de entrada al mundo que creó. Obra para niños que ha de ser leída con atención por los adultos. Sus lectores tendrán el privilegio de entrar al universo de un hombre maduro que no se permitió dejar de ser niño, y en el trayecto de sus pasos aceptó la lección del padre, quien le invitaba a ejercer la extraña conciliación de los dias de la semana con la eternidad.[1]



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