Actualizado: 21/09/2020 14:29
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El espejo roto de una Cuba ensoñada

Con Cubalandia, El Ciervo Encantado confirma que es uno de los ejemplos más nítidos de experimentación y compromiso que la escena cubana puede mostrar ahora mismo a su espectador más interesado

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Yara la China es una cubana experta en el deporte nacional que ha acabado siendo la “lucha” entre sus compatriotas. Luchar, en su acepción más caliente y contemporánea, quiere decir, valga la aclaración para los desconocedores, estar al día en la batalla cotidiana, en la invención constante y veloz de faenas que, al margen de una política oficial, permitan a quienes se ejercitan en tal cosa un orden de vida algo más desahogado, por poco que quiera decirse con esto. Hay quienes revenden productos robados al mercado estatal, hay quienes se autotitulan arquitectos y levantan barbacoas en edificios a punto de derrumbe. Están los que, bajo el siempre engañoso disfraz del artista, se nombran curadores, managers, representantes, maestros, licenciados, etc., a la manera de una nueva galería que hubiese alimentado al mejor teatro bufo. Y están los que, como Yara, no dudan en ser creativos, sacando provecho de la mayor estrechez, y poniéndose, hasta donde ella y sus iguales lo creen, a la misma altura de quien no posee un bolsillo capaz de asegurarnos lo elemental en estos tiempos.

Con su maletín a cuestas, música de reguetón tan alta como soez, y un descaro que es su carta de presentación, Yara está dispuesta a montar su negocio donde sea. Poco antes de que los carretilleros que portan frutas y viandas regresaran, licencia mediante, al paisaje habanero, ya estaba ella corriendo esas calles, con su proyecto a cuestas, demostrándonos que es toda una adelantada, una genuina visionaria. Las exageradas uñas, la peluca con vetas a la moda, la boca delineada en algo que es ya más una máscara y no un rostro, son parte de todo lo que nos vende: una idea de esta Cuba dominada por la doble moneda, y a la cual nadie debe renunciar, máxime cuando ella está dispuesta a hacernos recorrer el mapa de punta a cabo con sus iniciativas turísticas. Aunque no lo diga nunca, Yara, amén de su pasión por El Cabilla (su romance del momento y a quien no vemos nunca), tiene un fervor por las economías que le permite sacar cuentas rápidas, ansiosa por hacernos caer en su juego. Cuando termine su paso ante nosotros, su representación, no hay dudas de que alguno de sus espectadores habrán hecho cuentas, y tal vez salte al transporte que va de una punta a otra de la Isla, bajo los embates de esos ritmos ensordecedores, convencido de que Yara le ha dado la mejor opción.

Creado a fines de la década del 90, como natural desprendimiento del trabajo de la actriz y directora Nelda Castillo de la célula madre del Teatro Buendía, El Ciervo Encantado es uno de los ejemplos más nítidos de experimentación y compromiso que la escena cubana puede mostrar ahora mismo a su espectador más interesado. Probando fuerzas en montajes como Un elefante ocupa demasiado espacio y Las ruinas circulares, Castillo demostró, aún bajo la guía de su maestra Flora Lauten, las potencialidades que ya dueña de su propio grupo han ido aguzándose y perfilándose de un modo más rotundo. La búsqueda de esa Cuba secreta advertida por María Zambrano, se ha conectado a través de la lectura y la investigación de fuentes diversas, que van de los Diarios del Descubrimiento a Fernando Ortiz, José Martí, Lezama y Piñera, Dulce María y Flor Loynaz, Reinaldo Arenas y Cabrera Infante, con un punto de particular atención en Severo Sarduy, al que “resucitaron” con dos espectáculos imaginados a partir de sus novelas Pájaros de la playa y De dónde son los cantantes. La calidad telúrica del espectáculo fundacional, justamente nombrado a partir del relato de Esteban Borrero que les sirvió de impulso: “El ciervo encantado”; ha ido modulándose con cada proyecto, corroborando una confianza en la imagen como elemento narrativo que desdeña dramaturgias al uso, interconectado células de acción desde una teatralidad múltiple y subrayada, en la que el actor mismo es un símbolo que se lee críticamente en diversas interpretaciones y provocaciones.

Compromiso auténtico con su realidad

El mito de lo cubano arde en esos espectáculos, y tal cosa se hace más evidente en sus tres últimos estrenos: Visiones de Cubanosofía, Variedades Galiano y Cubalandia, el que ahora comento. En ellos, la madurez del pequeño grupo ha sabido expresarse mediante entregas inquietantes, que rompen el espejo de una Cuba ensoñada (la de sus primeros empeños) para cada vez mirar con mayor fijeza a la realidad nacional, y extraer de ella los incómodos rostros de una Historia que más que ser narrada, es interrogada sin piedad, trabajando sobre materiales, personajes, historias seguramente no “televisables”, pero de incidencia poderosa en el auditorio que espera cada estreno con ansiedad.

Yara la China (Mariela Brito en un extraordinario desempeño de máscara total), es el eje de Cubalandia, que parece desprenderse de la investigación que, a nivel de calle, sirvió de base a Variedades Galiano (la mejor puesta de su año en Cuba, digan lo que digan ciertos jurados y especialistas despistados). Lista para la batalla, nos hace sus cómplices a la hora de extender el mapa del país que imaginó el ingenio punzante de Lázaro Saavedra, y logra un instante estremecedor cuando extrae de su maletín el cartel con la consigna y los rostros de los líderes históricos de la Revolución. Porque ella, hablen lo que hablen, “está aquí y está con esto”, y no quiere juegos ni turbulencias con lo que pueda poner en riesgo su bien pensado negocio. Mediante el humor, en una oleada que tiene mucho de canovaggio de la commedia dell´arte, la actriz permite que su personaje fluya libremente, desde una noción interna que le impide perder el carácter de lo que trata, y mucho menos caer en vacíos de provocación inútil. El espectáculo se reajusta a partir del diálogo constante con la platea, negando y dilatando su convención, y su minimalismo refuerza el absoluto control que demanda a la actriz sobre todos sus elementos, exponiéndola en ese escenario desnudo que no permitiría un solo paso en falso.

Hija del intenso trabajo de máscaras y personajes que ha animado varios performances e intervenciones del grupo en espacios y foros de discusión sobre el arte y su función social, Yara la China otorga a El Ciervo Encantado un nivel más de fe hacia lo que el grupo ha venido expresando en tanto compromiso auténtico con su realidad, abordándola sin rebajar un ápice la teatralidad inteligente de sus propuestas anteriores.

Para algunos, cuando la representación haya concluido y Yara se retire con su maleta en la que ha apretujado el cartel, el mapa, la escultura en yeso de un indio al que invoca en sus momentos más difíciles, todo habrá sido una simple humorada. Para otros, la imagen de esa Cuba escindida en el posible alcance que algunos podrán o no pagar a fin de tener unas mínimas vacaciones decentes que sus simbólicos salarios no les permiten pagar, el efecto será distinto. Qué nación es esa, Cubalandia, que es puro trazo en el mapa y no paisaje: inalcanzable y tan distinta de las utopías en las que se educó más de una generación. El espectáculo pregunta esas y otras incomodidades. Como buenos cubanos, nos habremos reído de lo que otras culturas entenderían en términos de tragedia.

No está mal, saludar un espectáculo así, en el año del centenario de Virgilio Piñera, aquel que nos dijo: “Pueblo mío, tan joven, no sabes definir”. El Ciervo Encantado, que el 22 de febrero abrirá en la Galería Raúl Oliva su exposición retrospectiva “A la eterna memoria”, nos recuerda que el teatro existe para inquietar y estremecer. Para que alcancemos, así sea en los rigores y levedades del trópico, aquella identificación visceral con lo que vemos y de la cual, tal vez, no logremos librarnos sino a través del estertor de la más desgarradora catarsis.


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