Actualizado: 13/05/2021 18:11
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Literatura rusa, I Guerra Mundial, Literatura

El lado oscuro de la vida

Escrita en medio de la primera conflagración mundial, en El yugo de la guerra el escritor ruso Leonid Andréyev trata de entender por qué la gente se mata y qué sentido tiene destruir e incendiar ciudades

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Hoy se le recuerda poco y se le edita menos. Pero Leonid Andréyev (1871-1919) fue uno de los autores rusos más característicos de finales del siglo XIX y comienzos del XX. En un momento en que se dibujaba el éxito de Máximo Gorki, fue su rival más calificado, lo cual no impidió que entre ambos se estableciera una amistad. De hecho, su carrera comenzó cuando Gorki lo descubrió a través de unos relatos suyos aparecidos en el Mensajero de Moscú y en otras publicaciones. Andréyev fue un hombre que tuvo una vida pobre en acontecimientos, pues la actividad literaria lo absorbió por completo. Se puede decir que su vida se hallaba concentrada en las de sus personajes, a los que, sin embargo, pudo dar muy poco de sus experiencias. La excepción fue tal vez la de un intento de suicidio en la juventud, por desilusiones amorosas.

Llamó primera la atención del público y la crítica con novelas y cuentos como Había una vez (1901), El abismo (1902), En la niebla (1902), Risa roja (1904), Los siete ahorcados (1908). Durante ese período, el de mayor auge de su trayectoria como escritor, también empezó a escribir para el teatro, donde se reveló su duplicidad artística y espiritual. Por un lado, creó piezas característicamente simbólicas como La vida de un hombre (1906), permeada de su pesimismo característico. Por otro, escribió dramas realistas y sicológicos. El más famoso es Anfisa (1909), que le dio a conocer ampliamente en los escenarios europeos. Su protagonista es una vieja centenaria que se finge sorda y que asiste a la descomposición de la familia. La obra de Andréiev influyó en autores como Herman Hesse, Franz Kafka, Thomas Mann William S. Burroughs, Milan Kundera. Este último lo calificó como “un viejo amigo, un inmenso escritor”.

Por su ideología, Andréyev se oponía a toda violencia. Esa fue una de las razones de su ruptura, al final de su vida, con el régimen soviético. Tras eso, se trasladó a Finlandia, donde murió en la pobreza. Durante la Primera Guerra Mundial, mantuvo una postura combativa en contra del conflicto bélico y el germanismo. En su obra, esto se materializó sobre todo en su actividad periodística. No obstante, en su producción estrictamente literaria se reflejó en dos textos: la pieza teatral Las tristezas de Bélgica (1914) y la novela El yugo de la guerra (1915).

Llama la atención que entre los numerosos artículos publicados este año, a propósito del centenario del inicio de la Primera Guerra Mundial, no se haya mencionado la novela de Andréyev. El hecho resulta doblemente notorio pues hace poco apareció publicada en nuestro idioma (Editorial Berenice, Córdoba, 2013, traducción de Rafael Torres Pabón, 141 páginas). Se trata además de una obra con valores muy notables, aunque no sé si tantos como para considerarla “una de las grandes novelas sobre la Primera Guerra Mundial”, como se apunta en la contraportada. En todo caso, es un libro cuya salida amerita ser saludada y reseñada.

De entrada, la novela de Andréyev se distingue de la mayoría de las obras que tratan aquel conflicto bélico: Sin novedad en el frente, Adiós a las armas, El retorno del soldado, Johnny cogió su fusil, Los cuatro jinetes del Apocalipsis, Viaje al fin de la noche, El miedo, Senderos de gloria, Las aventuras del buen soldado Svejk, para mencionar las más famosas. A diferencia de esos títulos, El yugo de la guerra no se desarrolla en el campo de batalla, sino en la ciudad de San Petersburgo. O mejor dicho, tiene lugar por completo en la mente de Ilya Petrovich Dementiev, su protagonista, pues se trata del diario que este lleva entre el 15 de agosto de 1914 y el 30 de septiembre de 1915.

Sin embargo, ya desde las primeras líneas aparece la guerra, que se mantendrá como motivo central a lo largo de la novela: “Hablando en conciencia, todavía no me he podido explicar por completo una extraña circunstancia, ¿por qué me asusté entonces?// La guerra es la guerra, por supuesto, por supuesto que no te alegras y te pones a dar palmas, pero todo el asunto es bastante sencillo y habitual… ¿Es que acaso hace mucho que fue la de Japón? E incluso ahora, cuando ya están teniendo lugar los sangrientos combates, no siento ningún miedo especial, vivo como vivía anteriormente: trabajo, voy de visita, e incluso al teatro o al cinematógrafo y no he observado en absoluto ningún cambio decisivo en mi vida. De no estar en la guerra Pavlushka, el hermano de mi mujer, a veces me podría olvidar completamente de todos esos terribles acontecimientos”.

El narrador-protagonista es un hombre de 45 años, padre de familia, felizmente casado y con una vida módicamente acomodada. Trabaja como contable y tenedor de libros, y cuando llega a su casa escribe por las tardes y las noches su diario, simulando que se trata de papeles que llevó de la oficina. Para él, es extremadamente importante y necesario que nadie lea sus anotaciones, pues de ser así perdería la libertad para expresar sus pensamientos. En ese sentido, hace recordar al Makar de Pobre gente, de Dostoievski. Este también es un modesto empleado que dedica largas horas a redactar cartas a una joven que vive enfrente de su habitación. Al igual que los apuntes de Ilya Petrovich Dementiev, sus escritos se caracterizan por la capacidad de razonar y por la fuerte carga sentimental.

Debido a su edad, el protagonista de El yugo de la guerra no ha sido llamado a filas. En modo alguno se considera un cobarde, pero se alegra de que para combatir prefieran a los hombres más jóvenes. Eso lo hace sentirse feliz, aunque se cuida de no comentárselo a nadie: “Comenzaré con una gran confesión: ¡qué hombre tan impúdicamente feliz soy rodeado de la desgracia general! Allí hay guerra, sangre y horrores, y aquí mi Sashenka acaba de bañar en agua caliente al angelito de Lídochka y al cernícalo de Pietka y ahora termina de bañar a Zhenia y se ríe de algo. Después se dedicará a sus cosas, pondrá todo a punto para el domingo, puede que toque un poco el piano”.

De la guerra no hay posibilidades de librarse

Por supuesto, Ilya Petrovich Dementiev se muestra contrario al enfrentamiento bélico y no entiende a aquellos que esgrimen argumentos patrióticos para justificarlo: “Me disgusta terriblemente que haya guerra. Es muy probable (como de hecho sucede) que las más altas mentes: estudiosos, políticos, periodistas, sean capaces de ver algún sentido a este enfrentamiento indecente, pero con mi pequeño entendimiento no puedo encontrar qué es lo que puede haber de bueno en todo esto. Y cuando me imagino que voy a la guerra y estoy en medio de un campo vacío y que me disparan a bocajarro con escopetas y cañones para matarme, que me apuntan, que intentan por todos los medios darme, huele todo a una tontería tan excepcional que me llega a resultar ridículo”.

Pero los combates tienen lugar muy lejos de San Petersburgo y, por tanto, él y su familia no tienen nada que temer. Solo les preocupa la suerte de Pavlushka, su cuñado, quien se halla luchando en algún lugar de Prusia. Les escribe cuando puede y cuando demoran en recibir noticias de él, se sienten abatidos. Fuera de eso, la existencia del narrador transcurre más o menos con normalidad: va a trabajar diariamente, en las horas libres pasea por el malecón o por la Nevskaya, escribe su diario… Como él apunta, mientras volvía a su casa “pensaba sobre lo lejos que se encuentra de nosotros la guerra y cómo con toda su enorme furia era impotente sobre la vida humana y la creación del hombre (…) Y mi vergonzante miedo del inicio resultó más irrisorio. ¿Acaso tenemos que tener miedo?”.

Mas poco a poco comienza a darse cuenta de que no hay posibilidades de librarse de la guerra. Tiene una discusión con su esposa, pues ella no comprende que él no pueda odiar a los alemanes. En la oficina hay conversaciones diarias alrededor de los mapas. Los vendedores de periódicos anuncian a voces la marcha de los combates. Y el precio de los alimentos se ha encarecido y el dinero ya no alcanza como antes. Por otro lado, en su propio edificio instalan una enfermería para atender a los heridos, y su esposa pasa a ser asistente. Algo que a él le parece un comportamiento estúpido y censurable: “Esta maldita guerra no tiene derecho a irrumpir en nuestra casa como un ladrón y saquearla. Bastante tenemos con los sufrimientos y las víctimas, que llevamos con humildad, a pesar de ser completamente inocentes”.

Ilya Petrovich Dementiev es un hombre inteligente y posee una gran sensibilidad. Eso hace que, a medida los horrores del conflicto avanzan, se dé cuenta de que no puede permanecer indiferente. Se siente dominado por los hechos que divulga la prensa (victorias y derrotas del ejército ruso, sesiones de la Duma, alto costo de la vida, masacre de armenios en Turquía) y se atormenta. La guerra termina por golpear a la puerta de su casa cuando su cuñado muere. A él le toca decírselo a su mujer y su suegra, y entonces piensa que la pena de muerte o cualquier tortura son preferibles a tener que comunicar a una madre que han matado a su hijo.

Su tragedia continúa con la muerte de Lídochka y la pérdida de su empleo. La menor de sus hijas falleció de apendicitis porque, a causa de los heridos, los médicos estaban desbordados de trabajo y no pudieron atenderla a tiempo. Ese golpe hace que no escriba en su diario por casi tres meses. Poco después, la oficina en la cual era empleado se arruina y todos quedan en la calle. Eso lo hace anotar: “¿Cómo voy a alimentarme a mí y a los niños? Este pensamiento es más terrible que el de los alemanes. Estos puede que lleguen o no, pero lo otro es un hecho; en el plazo de cierto tiempo, no tendré nada con lo que alimentarme a mí ni a los niños”. Sin embargo, opta por ocultárselo a su mujer y cada mañana sale de la casa a la hora de costumbre.

El dolor y el resentimiento lo llevan a adoptar una actitud insensible y egoísta frente a las dificultades impuestas por la guerra a la población civil. Se aísla de todo, se refugia en una burbuja. No siente lástima por nadie, no le importa nada e interiormente se va llenando de rencor. Como el mismo admite, es sorprendente hasta qué punto se ha convertido en otra persona. Piensa incluso en que suicidarse es la mejor salida. Pero gradualmente el sentimiento patriótico y el altruismo renacen en él, y al final se reconcilia con la vida. En la última anotación en su diario, expresa: “Se me ha pasado la furia y de nuevo me siento triste y apesadumbrado, y de nuevo me corren las lágrimas calladas. ¿A quién maldigo, a quién juzgo, cuando todos somos igual de infelices? Contemplo el sufrimiento general, veo manos que se extienden y sé que cuando se toquen la madre tierra y su hijo llegará una gran resolución… pero yo no la veré”.

En abril de 1918, Andréyev apuntó en su diario que la Primera Guerra Mundial empezó a envenenar su alma, al punto de que temía llegar a perder la razón. Para combatir esa amenaza se dedicó a escribir, pues decidió que tenía que vivir sin enloquecer. Fue entonces cuando creó, entre otras obras, Las tristezas de Bélgica y El yugo de la guerra, que él consideraba las más débiles de todas las correspondientes a esos años. Su explicación es que, sobre todo la segunda, presentaba, en sustancia, una pobre materia publicista. En otras palabras, le faltaba mayor contenido propagandístico.

Precisamente eso que Andréyev veía como un defecto es, en mi opinión, uno de los aciertos de su novela. Al abordar el tema de la miseria humana y moral que conlleva toda guerra, optó por prescindir de las escenas bélicas. En lugar de eso, ubicó la trama en la retaguardia e indagó en la mente de Ilya Petrovich Dementiev, para ofrecer su dura y descarnada imagen del conflicto. A lo largo de la novela, que lleva el subtítulo de Confesiones de un pequeño hombre sobre los grandes días, el narrador trata de entender por qué la gente se mata, qué sentido tiene destruir e incendiar ciudades. Asimismo a través de su evolución se muestra convincentemente que es imposible mantenerse neutral o al margen, cuando sucesos tan atroces ocurren a otros seres humanos. Al final, la rueda de la guerra arrastra a todos y destruye todo lo que halla en su camino. Todo eso está muy bien narrado, con una prosa concisa y cuidada y con esa terrible perspicacia, señalada por Gorki, que tenía Andréyev para tocar el lado oscuro de la vida.