Actualizado: 12/04/2021 10:55
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Billy Wilder, Cine, Arte 7

El lanzador de cuchillas

William Holden atribuía a Billy Wilder una mente llena de filosas cuchillas de afeitar. Lo peor, para sus enemigos y amigos, era que el director siempre estaba dispuesto a lanzarlas

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“Nadie es perfecto”, exclama Osgood Fielding III —esa caricatura que Joe E. Brown logra convertir en personaje— al final de Some Like It Hot. Billy Wilder no lo era. Pero de su talento para hacer una película entretenida y original —y a la vez perfecta— hizo un arte, y de su habilidad a la hora de contar imperfecciones ajenas una vía para descubrir las propias.

En el empeño lo ayudaron nacer judío bajo el imperio austrohúngaro, dedicarse al periodismo y al cine y vivir 95 años. Fue el último sobreviviente de los grandes directores europeos que hicieron carrera en Hollywood.

Su ironía elegante, y por momentos siniestra, es el mejor antídoto contra el sentimentalismo, tanto en la pantalla como fuera de ella. Wilder —a quien le gustaba arriesgarse y recorrer ligero la pendiente entre una lágrima y una carcajada— logró dos de los mejores finales de la historia del cine. Uno está en la mencionada Some Like It Hot y el otro en The Apartment. Permitió que la risa se prolongara más allá del final en la primera e impidió a tiempo el llanto en la segunda.

Al morir el 27 de marzo de 2002 en Los Angeles, el realizador, que había nacido Samuel Wilder el 22 de junio de 1906 en Galicia —entonces parte del imperio austrohúngaro, ahora de Polonia, y una región célebre en la narrativa, el teatro, la música y el cine por la presencia judía— nos dejó no solo varias obras maestras sino un sinfín de anécdotas corrosivas.

Cuando Wilder hablaba de los demás, las conclusiones solían ser tan demoledoras del sentimentalismo como sus películas. Lo hizo con Humphrey Bogart y la difícil relación entre ambos en Sabrina. El director quería para el rol a Cary Grant y Bogart lo sabía. Ello y una invitación a martinis al comienzo de la filmación, con el guionista y los otros dos protagonistas —William Holden y Audrey Hepburn—, que Bogart habría rechazado pero en la que no fue incluido, desataron la tormenta.

Bogart, que siempre prefería trabajar y beber con John Houston —hay testigos excepcionales y bebedores tan empedernidos como ambos, tal el caso de Truman Capote, que lo afirman— comenzó quejándose de que todos los primeros planos se limitaban a Holden y Hepburn, al punto de que casi no valía la pena que él se afanara con su peluquín, y terminó mofándose del acento del director y llamándolo “prusiano”, “nazi hijo de p....” y “a kraut bastard”, que son los peores insultos —reales y cinematográficos— contra alguien cuya madre había muerto en el campo de concentración de Auschwitz (años más tarde Wilder intentaría filmar Schindler's List, y cuando la cinta de Spielberg se estrenó escribió un artículo en un diario alemán: “Si los campos de concentración y las cámaras de gas no existieron, ¿podría decirme alguien dónde está mi madre?” No hubo revisionista que intentara una respuesta).

De vuelta al set de filmación de Sabrina, Wilder, por su parte, se deleitó haciendo sufrir a Bogart con el rumor de que había cambiado el final de la obra teatral: Hepburn se marchaba a París con el hermano más joven, interpretado por Holden; algo que preocupaba particularmente a Bogart, sensible como todo actor al envejecimiento.

El misterio sobre la última escena se mantuvo hasta el último momento, pero el verdadero secreto durante la filmación fue que Bogart tenía cáncer, algo que nadie sabía, incluido el actor.

Años más tarde, al relatar lo ocurrido, Wilder dice que cuando se enteró de la enfermedad acudió presuroso a ver a Bogart, que éste le pidió perdón y que todo fue maravilloso. Añade que el recuerdo final que tenía del actor era el de un tipo magnífico: “Era muy bueno, mejor de lo que yo pensaba. Le gustaba hacer el papel de héroe y al final de su vida lo fue”.

Sin embargo, no se queda ahí. Cuando sabe que ha logrado enternecernos, vuelve a los días de filmación de Sabrina, recuerda que el camarógrafo le había advertido que Bogart siempre escupía al hablar. Por ello, él “había prevenido a la empleada del vestuario que atendía a Audrey Hepburn, que estuviera siempre lista con una toalla. Pero que lo hiciera de la forma más discreta posible”. Puro Wilder.

Ese odio a ciertos actores —no a todos: hablaba bien de Jack Lemmon y Walter Matthau, pero criticaba a Grant por ser cicatero y rechazaba a James Cagney por ser republicano— era anterior a su oficio de director.

Cuando en Hold Back the Dawn Charles Boyer se negó a hablarle a una cucaracha, en una escena que se desarrolla en un hotelucho de México, mientras el personaje espera la entrada en Estados Unidos, Wilder —por entonces guionista— se vengó limitando al mínimo los diálogos del actor francés en el resto de las escenas que quedaban por filmar.

Holden atribuía a Wilder una mente llena de filosas cuchillas de afeitar. Lo peor, para sus enemigos y amigos, era que el director siempre estaba dispuesto a lanzarlas.

En 1945 Wilder regresó a Europa, con los grados de coronel de la División de Guerra Psicológica y la tarea de revisar y poner en marcha la industria cinematográfica alemana.

Como miembro de la comisión encargada de revisar los expedientes de los artistas, le presentaron la solicitud de Anton Lang para representar a Jesús en una Pasión de Cristo, un papel que este actor había desempeñado antes de la guerra y luego abandonado para incorporarse a las S.S.

La respuesta de Wilder fue afirmativa. Pero con una condición. Dijo sí, como no, pero añadió: “Siempre que se utilicen clavos de verdad”.


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