Actualizado: 23/09/2019 16:12
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Oscar Valdés, Cine, Cine cubano

El magisterio ejercido con modestia

Se cumple el centenario del nacimiento de Oscar Valdés, cuya filmografía no ha sido valorada en su justa dimensión y es en la actualidad prácticamente desconocida para el público

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En más de un sentido, la vida y la ejecutoria de Oscar Valdés (La Habana, 19 de agosto de 1919-4 de febrero de 1990) estuvieron marcadas por curiosas paradojas. El cine que le interesaba hacer era el de ficción, pero dejó una filmografía integrada por 40 documentales. Solo pudo rodar un largometraje, acerca de una historia que leyó en la prensa cuando era un adolescente y que soñaba con llevar a la pantalla. Pero al final, quedó inconforme con el resultado, pues no era la película que él había imaginado. Le apasionaba la ópera y podía dedicar una tarde completa a escuchar El anillo de los nibelungos, a pesar del calor habanero. Pero se ocupó de géneros de nuestra música popular como el danzón y la rumba. Sus documentales participaban en festivales internacionales y recibían premios, pero eran otras personas las que los recibían. Quienes lo conocieron y trataron, alaban sus conocimientos y su cultura, algo de lo cual no hacía alarde porque era un hombre sencillo, humilde y de bajo perfil.

Críticos y cineastas no dudan en reconocer el gran valor artístico de su obra. El realizador Jorge Luis Sánchez lo sitúa, junto con Santiago Álvarez, Sara Gómez y Nicolás Guillén Landrián, como los cuatro documentalistas que “nos hicieron entender la realidad de otra manera, la realidad pasada por el ojo del artista”. Y Teresa González Abreu, quien se ocupó de sus cintas en varios textos, afirma que la historia del documental cubano no podrá escribirse sin mencionar títulos como Vaqueros del Cauto, El ring, Escenas de los muelles, Muerte y vida en El Morrillo, Arte del pueblo y Habana Vieja. Sin embargo, la filmografía de Oscar Valdés no ha sido valorada en su justa dimensión y en la actualidad es prácticamente desconocida para el público. Es una paradoja más a añadir a las otras que lo acompañaron en sus trabajos y sus días.

Estuvo entre los primeros que ingresaron en el recién creado ICAIC, donde pasó a trabajar en 1961. Al igual que otros de los que entonces comenzaron, no tenía formación. La única que había recibido fue a través del cineclub de la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo, en cuyos debates participaba. Estaba además la formación adquirida como cinéfilo. Como contó en una entrevista, “desde niño el cine fue un atractivo muy especial para mí. A todo el mundo le gusta el cine, pero yo desde los diez años ya leía revistas de cine y veía las películas con un interés muy especial. Quizás debo esta afición a mi madre, que buscaba mi compañía. Recuerdo que solíamos ir a distintas salas y tandas, persiguiendo una película. Ahora he vuelto a ver muchos de aquellos filmes, y recuerdo sus imágenes desde los días de mi infancia”. Era un gran admirador de la cinematografía norteamericana de los años 30 y 40, y entre sus directores preferidos estaban Howard Hawks, John Ford y John Houston.

Debutó como documentalista con Escenas del carnaval (1965), pero fue su siguiente trabajo, rodado ese mismo año, el que hizo que su nombre pasara a ser conocido. Valdés reconoció que su interés por la vida del hombre en un medio hostil, duro, su lucha contra la naturaleza y contra el hombre mismo, era algo que tenía bien definido. Quiso llevar a la pantalla ese tema y casualmente apareció en el camino el de los vaqueros cubanos. Ese fue el origen de Vaqueros del Cauto, que le valió los primeros reconocimientos internacionales que obtuvo en los festivales de Moscú y Bilbao.

A lo largo de 30 minutos, asistimos a la labor de los vaqueros de la zona del río Cauto: el arreo, la doma, el ordeño, la marca de las reses, el rodeo. Valdés hace un estudio sagaz de su personalidad, sus rasgos psicológicos y sociales. Para plasmar ese mundo épico y de áspera belleza, se apoyó en el lenguaje y el ritmo cinematográfico del western, pues estimó que podía servir como fuente de inspiración para crear un cine de acción popular y esencialmente cubano. Contó con un equipo de cinco camarógrafos, así como con la colaboración de Leo Brower en la música y Jorge Timossi en el guion. El resultado fue, en opinión de Mario Rodríguez Alemán, “un filme de imágenes vitales, algo más que crónica de vida, verdadero examen de una condición humana”.

En sus siguientes trabajos, Valdés prosiguió reflejando ese mundo violento y eminentemente masculino y viril que tanto le interesaba. Respecto a la violencia, no obstante, aclaró: “No es que me interese la violencia por la violencia. Yo creo que la vida es así, la vida es violenta, es dura, en todas partes. Incluso no siempre la violencia se manifiesta naturalmente con el movimiento, con la acción; hay también la violencia interna”. Eso aparece recreado a través del mundo del deporte en El ring (1966) y 250cc (1967). En el primero toma las figuras de Kid Chocolate y Fermín Espinosa para establecer una contraposición dialéctica entre el boxeo profesional de antes de la revolución y la concepción con la cual ahora se practica en Cuba. Era el documental que más le gustaba, porque él y su equipo lograron imprimirle “un ritmo dramático propio del cine de ficción”. En cuanto al segundo, se trata de un reportaje sobre el motociclismo. Posteriormente, Valdés volvió a acercarse a los temas deportivos en Nuevos hombres en el ring (1974), Cuba en los VII Juegos Panamericanos (1975), Campeonas (1988) y Gimnasia femenina (1990).

Un nuevo “realismo” documental

Abordó la violencia no espectacular en Escenas de los muelles (1970), donde puso en práctica su convicción de que el cine moderno no admite la delimitación en cuanto a ficción y documental. Registra a manera de crónica las relaciones entre Raúl y El Moro, dos estibadores del puerto habanero provenientes del ambiente marginal y cuya amistad entre en conflicto con la responsabilidad moral que han traído los cambios sociales. Valdés mezcla el presente con el pasado y emplea los registros ficcionales para reconstruir el asesinato del líder sindical Aracelio Iglesias.

El plano del presente se apoya en la puesta en escena y el cine directo, y el realizador hace que los trabajadores se interpreten a sí mismos. Acerca de ese filme, Juan Antonio García Borrero comentó que lo más valioso del mismo “está relacionado con su nueva propuesta de «realismo» documental, o lo que es lo mismo, con la inserción de una ambigüedad narratológica que aún contraría los postulados estéticos y éticos pregonados por el grueso de la producción de entonces”. Por su parte, su director defendió que Escenas de losmuelles “es un documental puro, aunque todo es a base de actuación”.

Esa búsqueda en la combinación de los recursos técnicos y expresivos del cine documental y el de ficción fue ampliada por Valdés en Muerte y vida en El Morrillo (1971). Es un retrato de Antonio Guiteras, uno de los principales revolucionarios de la generación del 30. Se centra en el período que va desde la caída de Gerardo Machado hasta la muerte de Guiteras el 8 de mayo de 1935, cuando se aprestaba a marchar rumbo a México. Planeaba continuar allí la lucha contra el nuevo dictador: Fulgencio Batista. A raíz del estreno, el cineasta declaró que no lo movió “la intención de realizar un filme biográfico, ni el estudio de un carácter, sino más bien la crónica de un momento político protagonizado por Antonio Guiteras (…) Así, Guiteras es la figura principal, teniendo como contrafigura a Batista”. Guiteras era una figura que atraía mucho al director. Lo consideraba un personaje extraordinario y soñaba con dedicarle un largometraje. Incluso llegó a adelantar su título: Antonio Guiteras, un hombre de acción.

Los hechos históricos están contados de forma objetiva y sencilla. El filme incorpora cintillos de periódicos, noticieros, materiales de archivo, así como entrevistas a compañeros de lucha y familiares de Guiteras. Esos testimonios van intercalados a lo largo del filme, y además de completar su retrato le dan animación y efectividad dramática. Algunos de los relatos se dramatizan, como el secuestro del millonario Falla Bonet y los momentos finales de Guiteras. El presente y el pasado son colocados así en la misma dimensión, haciendo que ambos planos se interpolen. Asimismo, conviene anotar que en el caso de la puesta en escena de la muerte de Guiteras, eso se hizo en el mismo lugar donde ocurrió. Con Muerte y vida en El Morrillo, Valdés logró uno de sus mejores trabajos y hoy figura entre los clásicos de la cinematografía cubana.

Entre 1973 y 1975, la dirección del ICAIC permitió a un grupo de documentalistas que debutaran en el largometraje de ficción. Valdés vio por fin la oportunidad de materializar su viejo sueño. Acudió a Sergio Giral para que escribiera el guion de la que iba a ser su primera película. Partiría de un suceso acaecido en 1931 en La Habana. Rachel Keigesters, una joven corista francesa, fue asesinada durante una orgía en la cual participaban personas de la política y la alta burguesía. La prensa amarilla magnificó el hecho, con el fin de desviar la atención de los graves problemas sociales que afectaban al país, a la sazón bajo la dictadura de Machado. Valdés era un gran conocedor del cine norteamericano de gánsteres y desde el principio tuvo claro que aquel caso tenía todos los elementos típicos e incluso algunos clichés para realizar una película de cine negro. Un género que hasta entonces la cinematografía cubana no había explorado.

El proyecto, sin embargo, tuvo dificultades incluso desde antes de iniciarse el rodaje. Hay que recordar que era la etapa más dura del decenio negro. La dirección del ICAIC no vio con buenos ojos que se hiciera una película cubana al estilo del cine norteamericano. Esto cuando en la declaración del Congreso Nacional de Educación y Cultura se llamaba a estimular y desarrollar “las expresiones culturales legítimas y combativas de la América Latina, Asia y África que el imperialismo trata de aplastar”. Lo primero que se hizo fue reescribir el guion, que pasó a incluir en los créditos a Julio García Espinosa, quien defendía un “cine imperfecto” alejado lo más posible del de Hollywood. No fue él el único que metió la mano. También hizo su contribución Jesús Díaz, quien al igual que García Espinosa al hacerlo nunca consultó a Giral. Como este contó en una entrevista, tras aquella reescritura solo quedó el 40 por ciento del guion original.

Decepción que imprimió una fuerte huella

Pese a todos los cambios para que se adaptara a la nueva política cultural, la filmación de El extraño caso de Rachel K contó con poco apoyo. El presupuesto fue bajo, lo cual es una limitación para un filme de época. Aunque fue terminado en 1973, tardó cuatro años en llegar a los cines. Como usualmente sucede, las razones de la demora nunca se explicaron. La película tuvo una buena acogida entre los espectadores, no así entre los críticos. Estos reconocieron que no estaba lograda, pese a no carecer de valores parciales. Y estimaron que los resultados estéticos estaban muy lejos de la calidad y la coherencia alcanzadas por Valdés en sus trabajos precedentes. En realidad, no cabe considerar como suya una película en la que tantas personas metieron la mano, convirtiéndola en una suerte de proyecto Frankenstein. El extraño caso de Rachel K fue mejor recibida en el extranjero, donde empezó a proyectarse en 1980.

Aquella primera y frustrada experiencia en el largometraje marcó en su trayectoria un punto de inflexión no precisamente positivo. Hasta ese momento, había abordado temas que le apasionaban y que consideraba tenía posibilidades de llevar a la pantalla. Como él mismo reconoció, dar con ellos le resultaba difícil, y a partir de entonces tuvo que filmar los que aparecían por el camino o bien que le sugerían. No le falta por eso parte de razón a Alberto Ramos cuando expresa que la decepción dejada por El extraño caso de Rachel K “imprimió una fuerte huella sobre el resto de su obra, a juzgar por el evidente retroceso que sufrió su carrera en lo adelante. Oscar Valdés se fue acomodando a un estilo complaciente, simplificador, marcado por el didactismo, a medio camino entre la ingenuidad y la falta de imaginación”.

Valdés se concentró en realizar documentales sobre figuras y expresiones de nuestra música popular. En ese bloque temático se inscriben títulos como Rompiendo la rutina, A ver qué sale, Arcaño y sus Maravillas, La rumba, El danzón, Rita, Lecuona, María Teresa, Roldán y Caturla. Se ocupó también de personalidades del arte y la cultura como Fernando Ortiz, Juan Marinello y Rita Longa. Y en El general de las cañas rindió homenaje al líder sindical y militante comunista Jesús Menéndez.

Matizando un poco el juicio de Alberto Ramos, es justo apuntar que en su filmografía posterior a El extraño caso de Rachel K hay filmes que, si bien no alcanzan el nivel de las mejores obras de Valdés, en modo alguno desmerecen respecto a ellas. Por ejemplo, está Arte del pueblo (1974), que recoge la actividad artística que los habitantes de un barrio del reparto Juanelo, de La Habana, realizan bajo la orientación de la pintora Antonia Eiriz. Está también Habana Vieja (1988), que logra combinar la visión poética con el carácter didáctico e informativo. Cabe agregar que con uno de sus últimos trabajos, Campeonas, el cineasta obtuvo el Premio Colón de Oro en el Festival Internacional de Cine Iberoamericano de Huelva, España.

Valdés no realizó documentales de larga duración, como La NuevaEscuela, Tercer mundo, tercera guerra mundial, Viva la República, Girón, por no hablar de los varios que rodó Santiago Álvarez. Le bastaban poco más de treinta minutos para expresar lo que quería decir. Rompió esa norma en La rumba (45 minutos), y justamente algunos críticos señalaron que su punto más débil era su duración. Asimismo, siempre que tuvo la oportunidad trabajó con un guionista. Sostenía que “el guion es un oficio y la dirección es otro”. Y no se explicaba por qué el ICAIC no se había preocupado de desarrollar guionistas profesionales, al igual que había hecho con otras especialidades. No es casual que sus mejores filmes surgieron de la colaboración con personas que se encargaron de la escritura de los guiones. Víctor Casaus, Jorge Calderón, Marisol Trujillo, Miguel Barnet, Julio García Espinosa, Teresa González Abreu y Rebeca Chávez, fueron algunas de ellas.

Al referirse a los últimos años de Valdés, la escritora Mercedes Santos Moray recordó cómo languidecía y se apagaba, en medio de la incomprensión, la ignorancia y la injusticia, “aquel hombre, el realizador de documentales antológicos como Vaqueros del Cauto (…); sobre todo, cuando se sabe que en cada obra, más allá de sus resultados estéticos, un creador se entrega hasta el último aliento, como sucedió con este hombre que se veía vivir entre la indiferencia y el olvido”. Por qué tan subestimado e incomprendido, es algo que resulta difícil entender. Nunca trató temas polémicos o inconvenientes, que pudiesen molestar en las esferas políticas. En todo caso, no pudieron impedirle que hoy ocupe en el cine cubano un sitio que nadie osaría discutirle, porque él supo ganárselo con una obra de inmensos valores artísticos.