Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Cine, Arte 7

El militar, el burócrata, el museo y el arte

Aunque la han definido como documental, Francofonia trasciende géneros y se mueve entre ellos

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A lo largo de 40 años de trabajo (aunque su labor más valiosa comenzó después de la caída del imperio soviético), Alexander Sokurov (Irkutsk, Siberia 1951) ha ido compilando una obra cinematográfica realmente impresionante, que lo sitúa como uno de los directores más importantes del cine contemporáneo, a pesar de que entre ellos, es uno de los menos difundidos.

En sus obras de ficción ha tratado temas tan variados como las relaciones ente padres, madres e hijos (Mother and Son, Father and Son), los intereses personales a la sombra de un sangriento conflicto bélico (Alexandra), las vidas de dictadores violentos en períodos cruciales de la historia en su trilogía sobre Hitler (Moloch), Lenin (Taurus) e Hirohito (The Sun) y principalmente su preocupación por la expresión de la historia a través del arte y su periferia (Russian Ark) y su interés en realizar una introspección dentro del alma rusa, en sus cinco documentales sobre San Petersburgo y su The Dialogues with Solzhenitsyn. Lo ha hecho utilizando diversos estilos cinematográficos y muchas veces entrecruzando el campo documental con el de la ficción. Se considera y se le considera, heredero de Tarkovski, con quien tuvo una amistad y de quien recibió una carta de recomendación que le valió entrar en los estudios Lenfilm en 1980.

En su filme más reciente, Francofonia, posa su mirada sobre el museo del Louvre, su historia y la relación entre Jacques Jaujard, el director de museos de Francia desde los años 30 y el Conde Franz Wolf-Metternich, un militar de carrera, francófilo y amante del arte, quien fuera encargado de asegurar que todo el arte atesorado en Francia, pasara a manos de los nazis.

Siendo un filme de Sokurov, la exploración no se detiene ahí. Varios temas y tramas también se entrelazan y la película se mueve entre el presente del propio director, quien desde su apartamento conversa por Skype con el capitán de un carguero que transporta obras de arte y su nave anda a la deriva enfrentando una fuerte tormenta en el norte del Atlántico.

Por otra parte, establece varias secuencias de ficción en los cuales Jaujard y Wolf-Metternich dialogan incómodamente sobre el arte, las obras almacenadas en el Louvre y las que han sido escondidas para ser protegidas de los bombardeos. También aparecen repetidas veces Napoleón y Marianne (la mujer del gorro frigio), en las cuales el emperador alardea de todas las obras que trajo al Louvre como resultado de sus conquistas bélicas.

Jaujard fue un burócrata de carrera que mediante una actitud sumisa consiguió salvar numerosos tesoros artísticos y finalizó en los 60 como ministro de Cultura. Wolf-Metternich fue escarmentado por el Gobierno nazi porque no dejó que muchas obras de arte fueran a parar a manos de los Goebbels, Goring y comparsa que tanto las querían para sus arcas personales. Tras la guerra fue condecorado en el occidente y desde 1952 hasta su retiro fue director de la Biblioteca Hertziana de Roma. La relación entre estos personajes se parece bastante a la de los personajes que interpretan Jean Gabin y Eric von Stroheim en esa obra maestra y visionaria película que es La Gran Ilusión (1937) de Jean Renoir. Estos últimos se admiran mutuamente por encima de las diferencias entre sus gobiernos por su lazo aristocrático. Jaujard y Metternich por su amor al arte y a Francia. Sokurov sutilmente expresa su desdén por el burócrata y una contradictoria admiración por el militar.

En Russian Ark el director hizo una meditación de la historia rusa y de su entonces futuro inmediato, a través de un paseo cinematográfico por el Hermitage de San Petersburgo poco antes de la llegada de los bolcheviques. Se pudiera pensar que al escoger el Louvre en medio de la ocupación nazi, intenta trasladar la técnica a la historia del occidente, pero se me antoja que la película guarda un mayor parecido con Notre Musique (2004), de Jean-Luc Godard, en la cual el director suizo explora, utilizando Sarajevo al igual que Sokurov utiliza el Louvre, como centro para explorar las desigualdades culturales y sus repercusiones en el destino de la humanidad.

En la película de Godard, este utiliza la figura del poeta palestino Mohammed Darwesh para especular que Darwesh es un “poeta de los vencidos” para insistir que hay que proteger la poesía, pues un “pueblo sin poesía es un pueblo derrotado”. En Francofonia, Sokurov enlaza el destino del Louvre y del occidente, con la resistencia del ejército y el pueblo soviético durante los asedios nazis a Stalingrado y Leningrado. Hay un poco de ironía en su intento de vincular, no sin razón, la salvación del arte y la cultura francesa, de un pueblo que apenas resistió el ataque nazi y que jugó la carta del servilismo (y repetidas veces lo ilustra con Jaujard y el Gobierno de Vichy y la figura de Petain), por la acción heroica de la resistencia de un pueblo ignorante y también sometido, cuya aristocracia, solamente cuarenta años antes, preferían hablar en francés entre sí.

Aunque la película la han definido como documental, Francofonia, trasciende géneros y se mueve entre ellos. Utiliza ficción, materiales de archivo, tomas computarizadas y una narrativa metafórica, que para mí es la única que no funciona, entre Sokurov y el capitán del barco. Todo se sincroniza de una manera que también recuerda la máxima de Godard: “A mí me gusta que las películas tengan un principio, un intermedio y un final, pero no necesariamente en ese orden”.

Quizá un defecto de este extraordinario y complejo filme es que no se contiene en sí mismo. La gran cantidad de referencias y guiños a otras obras cinematográficas, incluyendo las del propio Sokurov, y a los antecedentes históricos que maneja, la hacen demasiado dependiente de esas intertextualidades. Para disfrutarla bien hay que estar bien informado.

Escrita por el propio Sokurov, como todas sus películas, presenta un guion que desafía las expectativas del espectador. Cuenta con la extraordinaria fotografía del francés Bruno Delbonnel, quien trabajó con Sokurov en Fausto, y que ha sido director de fotografía en Inside Llewyn Davis, Across the Universe, Amelie y A Very Long Engagement, entre muchas otras. El trabajo de efectos especiales es excelente, haciendo piruetas inventivas con la pirámide de cristal de I.M. Pei que hoy se encuentra a la entrada del Louvre. El filme obtuvo dos premios menores en el Festival de Venecia de 2015 y fue nominado al León de oro en dicho festival.

El tema ha sido tocado varias veces en otros filmes recientes, como TheMonuments Men y Diplomacy, pero nunca con la pretensión artística y la complejidad temática con que lo hace Sokurov. Sin embargo, a pesar de su belleza y su valor artístico, el filme no me tocó a nivel emocional.

Francofonia (Francia/Alemania/Holanda, 2015). Guion y dirección: Alexander Sokurov. Director de fotografía: Bruno Delbonnel. Con Louis-Do de Lencquesaing (Jaujard), Benjamin Utzerath (Meternich), Vincent Nemeth (Napoleón), Johanna Korthals Altes (Marianne) y Alexander Sokurov (como él mismo). De estreno limitado en algunas ciudades de Estados Unidos.


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