Actualizado: 22/10/2021 20:51
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Garro, Literatura, Literatura mexicana

El odio creador

A cien años del nacimiento de Elena Garro, su vida no logra desprenderse de la polémica, pero su obra ha encontrado su propio camino

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Todo respira a ciudad de provincia en Puebla. El mismo nombre del lugar se niega, con modestia y recato, a la más mínima esperanza de trascendencia geográfica o política. La grandeza del lugar parece encerrada en su magnífica catedral, con sus altares cuajados de oro y sus órganos remozados en ocasión de la visita papal. Fuera de la iglesia, cuando uno camina por el parque con su fuente central, espera que de un momento a otro una banda municipal inicie la retreta. Pero esto que escribo es más ficción que recuerdo, porque cuando uno da dos pasos por el parque de Puebla de Zaragoza o Puebla de los Ángeles —la ciudad y capital del estado de Puebla, y a la que por general uno se refiere simplemente como Puebla— solo puede tratar de esquivar, a veces sin lograrlo, las innumerables palomas del lugar que vuelan incesantes, y a las que lo único que detiene brevemente es el tomar algún alimento del suelo.

Más provinciano aún debió haber sido Puebla en 1916, cuando el 12 de diciembre nació allí Elena Garro, quien conocería la pasión literaria, la satisfacción de ver su obra publicada y premiada, y también el privilegio de participar en la historia personal, y un viaje y una estancia —formadores tanto política como intelectualmente— en España, del más célebre y poderoso escritor mexicano del siglo XX, y de desarrollar luego un incesante odio hacia él: “Yo vivo contra él, estudié contra él, hablé contra él, tuve amantes contra él, escribí contra él y defendí indios contra él. Escribí de política contra él, en fin, todo, todo, todo lo que soy es contra él (…) en la vida no tienes más que un enemigo y con eso basta. Y mi enemigo es Paz”.

Garro murió olvidada y pobre en Cuernavaca en 1998, frente a la celebridad y el funeral imperial de quien fuera su esposo. En su momento este hecho tuvo el atractivo de la reflexión fácil, el comentario obligado disfrazado de profundo, la posibilidad vulgar de hablar del destino humano. Acercó a Octavio Paz a una dimensión que casi nos permitió tutearlo; no lo alejó de su grandeza literaria pero no los devolvió más humano, con sus defectos y virtudes.

No es que la obra de la escritora admitiera comparación con la del poeta. Garro fue una creadora desigual, con libros buenos y otros de escaso valor literario, sino que abrió la posibilidad para una revalorización de ambas figuras en el futuro, ya sea a través de la literatura o el cine. En este sentido, ya era posible aventurar entonces, cuando murieron con casi cuatro meses de diferencia —el primero el 18 de abril y ella el 22 de agosto— que finalmente la mujer iba a resultar triunfadora; al menos a su manera, pues su vida era capaz de despertar la admiración y el mito, como en el caso de Frida Kahlo.

En parte ya lo ha logrado. El personaje Amaya Chacel, de la novela Paseo de la Reforma, de Elena Poniatowska, posee el poder de seducción que dicen la Garro siempre tuvo sobre Juan García Ponce, Carlos Fuentes y la misma Poniatowska, quien declaró en los días del lanzamiento de la novela: “Hace más de 30 años que no veo a Elena Garro, pero sí recuerdo que de joven la admiraba muchísimo. Me gustaba tanto su forma de ser y no puedo negar que ella ejercía cierto encanto y seducción sobre quienes la visitábamos en su casa. Sí, varios rasgos de su carácter se encuentran en Amaya’’.

Garro nunca pudo —nunca buscó— separarse de la sombra de Paz. “Pero cuidado, ella no es nuestra Simone de Beauvoir, es nuestra Céline”, nos advierte Christopher Domínguez Michael.

Sobran las razones políticas que justifican ese juicio despiadado. Tras el divorcio de Paz se acercó al Partido Revolucionario Institucional (PRI) y la tentación del poder la llevó no solo a juicios erróneos sino incluso a la delación, algo que por otra parte siempre negaron Garro y su hija, ambas fallecidas. Un memorándum, guardado en el Archivo General de la Nación, muestra que empezó a tratar con la policía secreta. “No fue una espía, como se llegó a decir, más bien se acercó y fue utilizada por el régimen”, señala el investigador Rafael Cabrera en un artículo de Babelia.

Su momento más bajo, en ese sentido, llegaría con el l2 de octubre de 1968 y la Matanza de Tlatelolco. Aunque luego se ha especulado que todo no fue más que una manipulación de la prensa de las declaraciones originales, lo que se impuso fue que Garro culpaba a los intelectuales de izquierdas —entre ellos a Carlos Monsiváis, Rosario Castellanos y Leonora Carrington— de haber provocado el derramamiento de sangre.

Pagó por ello. Repudiada por la intelectualidad mexicana —y en ello puede que interviniera directamente su exmarido y seguramente los amigos y el círculo alrededor de este—, se fue a vivir con su hija, producto del matrimonio con Paz, a Nueva York, Madrid y París. Sobrevivió a duras penas durante 20 años. Regresó a México en 1993, y durante ese tiempo solo se mantuvo fiel a su odio hacia a Paz.

A Paz y al castrismo. Años antes se había acercado a la Dirección Federal de Seguridad, al mando del capitán Fernando Gutiérrez Barrios, quien había detenido a Fidel Castro y al Che Guevara durante la estancia de estos en México, durante la preparación de la expedición de vuelta a Cuba. También por entonces tuvo lugar un encuentro en apariencia anodino, pero que luego ha dado lugar a múltiples interpretaciones.

Dos meses antes del asesinato del presidente estadounidense John F. Kennedy, el 22 de noviembre de 1963, Lee Harvey Oswald viajó a México para tratar de obtener una visa de entrada en Cuba. Durante ese tiempo fue invitado a una fiesta que celebraban funcionarios cubanos, y allí coincidió con Garro. Posteriormente la escritora le relataría lo ocurrido a Charles William Thomas, funcionario de la Embajada de Estados Unidos, quien a lo largo de los años —como consta en los archivos de la CIA— informó a sus superiores de sus conversaciones con la escritora. Nada evidencia que algo extraordinario ocurriera entre el estadounidense y la mexicana, y todo fue más casualidad que encuentro. Oswald se había hecho amante de la secretaria consular Silvia Tirado Durán, colaboradora mexicana de los cubanos, y al parecer esa era la razón de su presencia en el lugar. Oswald permaneció solo ocho días en México, pero las interrogantes sobre ese viaje persisten, como apunta Jorge G. Castañeda en un artículo.

La relación de Garro —quien, por cierto, en una ocasión escribió un artículo sobre el fotógrafo cubano Germán Puig, fundador de la primera cinemateca en la Isla, anterior a 1959— con la revolución cubana, es tema más de novela que de historia. Y en ella se mezcla también su hija Helena Paz, quien en una declaración a la revista Proceso comentó haber sido amante de Roberto Fernández Retamar e intentar irse a vivir a Cuba, lo cual su madre rechazó.

El escritor René Avilés Fabila recuerda que la primera vez que vio a Garro esta sostenía una discusión con el embajador de Cuba en México “sobre la vía que Cuba había tomado con su revolución”. Áviles agrega: “De la plática ella se retiró airada”.

Lo cierto es que Garro, a quienes muchos consideran que en su época tenía ideas mucho más progresistas que Paz, nunca se dejó engatusar por la revolución cubana.

Discusiones políticas a un lado, ahora que se cumplen cien años de su nacimiento, la figura de Garro es cada vez más revalorizada en México.

“Elena Garro escribió un libro extraordinario, es autora de una novela traducida a varios idiomas, Los recuerdos del porvenir, en 1963; de una obra de teatro majestuosa sobre Felipe Ángeles y otros textos magistralmente escritos. A Elena Garro, incluso no se le ha reconocido, pero es precursora del realismo mágico pues Los recuerdos del porvenir se publicó cuatro años antes que estallara el Boom Latinoamericano con Gabriel García Márquez y su Cien años de soledad como máximo exponente”, enfatiza Áviles.

Los recuerdos del porvenir ha sido comparada con Los pasos perdidos de Alejo Carpentier, en Where Cuba meets Mexico: Alejo Carpentier and Elena Garro, de Niamh Thornton. A su vez, la investigadora Adriana Méndez Rodena se refiere también a dicha semejanza, pero la interpreta en clave feminista: “Los —otros— recuerdos del porvenir, escritos a diez años de Los pasos perdidos, refutan la noción carpenteriana (masculina) de un origen primigenio, asociado con la mujer elemental (la Rosario de la selva) e imposible de recuperar por voluntad. Si la firma del padre obliga al protagonista de Los pasos perdidos a habitar el mundo de la historia, de las formas arquitectónicas y de los textos retrospectivos a la experiencia, Los recuerdos del porvenir, de Elena Garro, se inserta de otro modo en la textualidad, no obstante, las repercusiones carpenterianas evidentes en su recreo de la dimensión temporal”.

Pasado ya el momento del ajuste de cuentas con Paz, la obra de Garro continúa sin poder desprenderse de la polémica vida de su escritora —algo que por lo demás ella nunca ansió ni buscó—, pero mantiene sus valores más allá del odio y la intriga.


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