Actualizado: 19/09/2019 11:02
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El poder lenitivo del arte

Lo malo es que el director de este filme utiliza al extremo los peores elementos del cine convencional, para subrayar el melodramatismo en los momentos claves, y recurre al chantaje sentimental

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La exhibición de Arte Degenerado fue lanzada por Hitler, con el apoyo de Adolf Ziegler, en Munich, el 19 de julio de 1937. La idea era organizar una exhibición de 650 obras confiscadas de varios museos alemanas, que incluían obras de los alemanes Paul Klee, Otto Dix y Emil Nolde, entre otros, y de extranjeros como Wassily Kandinsky y Pablo Picasso. Se organizó con prisa para abrirla al día siguiente de una exposición titulada Gran Arte Alemán, que iba a exponer lo mejor de la vanguardia alemana. Hitler quería subrayar que todo ese arte se burlaba de los principios éticos del espíritu germano y así comenzar a establecer los principios represivos de su política cultural. La exhibición después se desplegó por otras ciudades alemanas como Dusseldorf, Leipzig y Weimar, así como las ciudades austríacas de Viena y Salzburgo.

Al comienzo de Never Look Away, el joven Kurt, con apenas seis años, es llevado por su tía Elizabeth a la exhibición de Arte Degenerado en Dresde, en 1937. El niño se queda impresionado con el discurso solemne, didáctico y convencionalmente coherente del guía. Todo un manual de la opresión. Terminan frente a un cuadro de Kandinsky y luego su tía, una joven que no llega a los veinte años, le confiesa que a ella le gustan los artistas degenerados. De regreso a la casa, Elizabeth se detiene en el parqueo de unos ómnibus de la ciudad, cosa que parece haber hecho varias veces anteriormente y le pide a los choferes que toquen el claxon todos a la vez, lo cual para ella es un momento de belleza reveladora.

Poco después, toca el piano desnuda y cuando Kurt la ve, esta le dice, sin ningún interés sexual, que la mire, que nunca deje de mirar fijo, porque todo lo que es verdadero es bello. Mientras dice esto se golpea la cabeza hasta sangrar. Llega el resto de la familia y la hospitalizan, ahí se le diagnostica como esquizofrénica y es enviada a una clínica ginecológica que se dedica a esterilizar a los insanos y luego mandar a exterminar a los incurables. El director de la clínica es el Dr. Carl Seeband, quien decide que Elizabeth tiene que ser exterminada. Entre ellos ocurre un intercambio casi paterno-filial y con visos de adivinación. Elizabeth es arrastrada por la fuerza a su destino y Seeband queda impresionado con el suceso.

La guerra viene y va y como están en el este de Alemania, llegan los soviéticos. Seeband es hecho prisionero, pero le salva la vida a la esposa del jefe principal de la KGB y a partir de ahí, este se convierte en su protector, lo saca de la cárcel y le da un puesto como director de hospital. Mientras tanto, Kurt, quien pierde a casi todos sus amigos durante el bombardeo de Dresde, se desarrolla como pintor, entra en la academia de arte y se destaca como uno de los mejores estudiantes. Allí conoce y se enamora de una muchacha también llamada Elizabeth, que resulta ser la hija de Seeband.

El espectador está mucho más enterado que los personajes de sus propios antecedentes. Kurt y Elizabeth se casan, a pesar de una jugada sucia de Seeband, que olfatea trastorno mental en el joven Kurt y no quiere que este tenga descendencia con su familia. Kurt se convierte en uno de los mejores pintores del realismo socialista, pero es algo que no le interesa y ante la represión artística, en 1961, poco antes que se eleve el muro, se va con Elizabeth para Alemania Occidental. A su vez, el ahora general de la KGB le comunica a Seeband que lo han transferido y le aconseja que se vaya también para Alemania Occidental, facilitándole la salida.

Seeband termina de director de hospital en Dusseldorf, que es a donde va a parar Kurt, ya que es la capital de la vanguardia artística alemana.

Las vidas de Seeband y Kurt se entrecruzan de diferentes maneras. Después de una primera parte en la cual el énfasis está en la represión política totalitaria y sus consecuencias en el individuo y sus relaciones sociales, en esta segunda parte el argumento cambia y pone el acento en el poder lenitivo del arte, lo cual Kurt va encontrando a través de epifanías e iluminaciones agustinianas, hasta encontrar su lugar en el universo de la vanguardia alemana.

Es casi como ver dos películas diferentes.

Ese no es un problema. Lo malo es que Florian Henckel von Donnersmarck, el director y guionista, utiliza al extremo los peores elementos y clichés del cine convencional para subrayar el melodramatismo en momentos claves del filme, recurriendo al chantaje sentimental. No lo hace todo el tiempo, pero sí lo hace en momentos en los cuales convierte el argumento en un lloriqueo simplista, arruinando todo lo que se había establecido anteriormente.

Henckel von Donnersmarck dirigió The Lives of Others, un filme que en el año 2007 le valió el Oscar al mejor filme en lengua extranjera y cuyo argumento estremeció a muchos de los que vivimos por años bajo la represión socialista. Era un filme de estilo convencional, pero con una trama muy bien narrada y con los elementos comerciales bien contenidos. Era más fondo que forma, pero el resultado fue positivo. Tras su éxito, se mudó a Los Angeles y en 2010 escribió y dirigió The Tourist, un vergonzoso thriller que solo servia de vehículo para mostrar a Johnny Depp y a Angelina Jolie en lugares hermosos de Venecia, pero que recaudó casi 300 millones de dólares en la taquilla. Esto fue un anticipo formal de Never Look Away, su tercer filme.

El personaje central, Kurt Barnert, está basado en la vida del pintor Gerard Richter, considerado como uno de los más grandes pintores del siglo pasado. Richter se reunió varias veces con von Donnersmarck y al principio pareció entusiasmado con el proyecto, pero luego ha declarado que se siente “molesto” con el director y con el producto final. Otro de los personajes, el profesor van Verten, está basado en la figura de Joseph Beuys, otro artista visual de gran importancia en el movimiento Fluxus. Pero todo esto se vuelven solo pinceladas anecdóticas para los enterados y que ante el que no sabe de que se trata, solo aumenta cierta gravedad que se hace un poco insoportable en el filme. Los diálogos sobre arte vanguardista que establecen los personajes, suenan falsos y prefabricados.

Las actuaciones son muy buenas dentro de las exigencias del cine comercial. Sebastian Koch, el héroe existencial de The Lives of Others, hace aquí el papel del villano Seeband. Tom Schilling (A Coffee in Berlin), desempeña una excelente actuación como Kurt, así como Paula Beer (Frantz) en el papel de Ellie Seeband. En un papel más breve pero intenso, también se destaca Saskia Rosendahl (Lore). Oliver Masucci, que hizo de Hitler en la comedia Look Who’s Back, está muy bien en su pequeño rol como el profesor van Verten.

La fotografía de Caleb Deschanel (The Natural, The Right Stuff), siempre tan impecable, parece aquí un poco de postalita, de hecho, a veces interfiere en la visión del horror que quiere trasmitir el director, aunque se destaca en la iluminación de las escenas sexuales, que se convierten en hermosas metáforas.

A pesar de durar más de tres horas, el filme no aburre y la narración fluye, a pesar de que von Donnersmarck machaca y subraya en exceso los temas que no quiere que el espectador pase por alto y a veces se vuelve repetitivo. De hecho, trata de abarcar tanto, y es muchas veces tremendista en exceso, que el terror que narra se vuelve demasiado digerible y su filme termina siendo balsámico para el espectador preocupado. La película fue una de las cinco finalistas al Oscar para mejor filme en lengua extranjera.

Never Look Away (Alemania/Italia, 2018). Guion y dirección: Florian Henckel von Donnersmarck. Director de fotografía: Caleb Deschanel. Con: Sebastian Koch, Tom Schilling, Paula Beer, Saskia Rosendahl y Oliver Masucci. De estreno limitado en las ciudades importantes de Estados Unidos.


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