Actualizado: 19/10/2018 10:27
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Escatología, Décimas, Sexo

El sexo visto con humor

Una antología propone un primer y justiciero paso hacia la reivindicación de esa parcela de nuestro folclor que es el humor sobre temas eróticos y escatológicos

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La portada, para qué decir otra cosa, es fea e inexpresiva y este cronista confiesa que por más cacumen que le dio, ha sido incapaz de descifrar qué tiene que ver con el contenido del libro. Pero los lectores de la Isla han hecho caso omiso de ese detalle y han convertido Decimerón (Sed de Belleza Ediciones, Santa Clara, 2016, 239 páginas) en un sonado éxito de ventas. Encontrar un ejemplar en las librerías es prácticamente imposible y aquellas personas que se han hecho con uno lo tienen a resguardo de posibles hurtos. Su “autor” (a ello me referiré más adelante) es Yamil Díaz Gómez (Santa Clara, 1971) y, según se indica en la cubierta, por ese libro mereció el Premio Dador 2012.

En “Cantando al sexo con humor”, Díaz Gómez define Decimerón como “un primer y justiciero paso hacia la reivindicación” de esa parcela de nuestro folclor que es el humor sobre temas eróticos y escatológicos. Este, anota, “fluye en incontables cuentos, décimas y otras expresiones populares y que podemos llamar, más campechanamente, de relajo”. Sostiene que, a estas alturas del siglo XXI, “seguimos condenando a la sombra una parte de la producción cultural criolla donde hay muestras antológicas de hasta dónde pueden llegar el ingenio, la picardía y el humor cubanos”. Con Decimerón, afirma, pretende redimir aquellas décimas humorísticas que, a juicio suyo, mejor se han referido a los citados temas. Y precisa que al recopilarlas, “no hará muchas distinciones entre las piezas del llamado doble sentido y (…) aquellas cuyo contenido obsceno aflora sin enmascaramiento”.

Díaz Gómez apunta que el libro debe su título y su estructura al Decamerón de Giovanni Boccaccio. Lo de la estructura tiene que ver con las diez jornadas en que ha distribuido los textos: Jugando con las palabras, Sex and the City, Consultorios, farmacias y remedios, Al final de la jornada, Fracasos en el amor, La gente del otro bando, Versos para los anales, Rebelión en la granja, El desenfreno erótico y Jugando con la historia. Atendiendo a que Decimerón “no es dos ni muchos sino un único libro, pero no puede aspirar a contar con un solo lector”, propone un tablero de lectura para “evitar sinsabores a parte de sus destinatarios potenciales”.

Así, quienes solo admiten el tratamiento de los temas eróticos sin palabrotas y bajo la fórmula del llamado doble sentido, deben leer los textos que se detallan en una lista. Quienes opinen que los grandes hechos y figuras de la historia deben excluirse de la poesía satírica popular, deben abstenerse de leer el prólogo y la jornada décima. Por último, aquellos que no están incluidos en esos dos grupos pueden leer el libro “de cabo a rabo”. Por mi parte y como voy a ilustrar los comentarios con algunas décimas, advierto de ello a aquellas personas para quienes las malas palabras resultan insultantes. El que avisa no es traidor.

Díaz Gómez inicia su compilación con un bloque dedicado a los juegos de palabras, que para él son el sino de toda poesía. Se trata de un procedimiento expresivo que emplean decimistas y trovadores, así como también los compositores musicales (entre estos quedan excluidos, por supuesto, los reguetoneros, que sustituyen el doble sentido por la vulgaridad más explícita y pedestre). Esa jornada la abre Jesús Orta Ruiz, el Indio Naborí, quien, como Díaz Gómez destaca, “no fue nada ajeno a lo epigramático como lector ni como creador a la hora de jugar con las palabras”. De él es “Modelo de secretaria”:

“Mi secretaria María

no usaba comas ni puntos,

yo dictaba los asuntos

y ella me los escribía.

Recuerdo que cierto día

escribió Remos por ramos,

confundió trinos por tramos,

Petra Pons por piedra pómez,

yo le dije Lucas Gómez,

y ella escribió Laca Gamos”.

Una doble lectura propiciada y buscada

Entre los 42 autores a los que pertenecen los textos, hay nombres conocidos. Aparte de Orta Ruiz, están Alexis Díaz Pimienta y Lorenzo Lunar Cardedo. Abundan más, sin embargo, los creadores que no cuentan con obra publicada. Y dado el carácter popular de la antología, tampoco faltan décimas pertenecientes a don Anónimo, “el mejor escritor de la literatura universal”. Anónima es, por ejemplo, esta décima que, como se deduce de sus versos, corresponde cronológicamente a los años cuando en Cuba se llevó a cabo una campaña nacional para estimular el ahorro de energía. Para ello, se renovaron los electrodomésticos y se distribuyeron ollas arroceras marca Reina, hornillas, refrigeradores. Siguiendo la muy criolla tradición de reflejar la vida cotidiana mediante el choteo, el desconocido autor escribió:

“Dieron Reina y arrocera,

hornilla y calentador,

también un ventilador

que recibió Cuba entera.

Refrigerador se espera

para todo el que no tiene,

y a todo aquel que mantiene

la tranca muerta y no singa

le van a dar una pinga eléctrica

el mes que viene”.

El doble sentido puede llegar —también propiciar e incluso buscar— a que se comprenda mal o se le dé una lectura equivocada, a algo que no la tiene. Ese aprovechamiento de lo que Gómez Díaz llama “los desencuentros entre emisor y receptor en el proceso de codificación-descodificación de los signos, para hallar motivo de risa”, lo ilustra esta décima de Chanito Isidrón, el Elegante Poeta de Las Villas:

“Yo fui dentista en La Habana

de mucha reputación

y saqué más de un millón

de muelas a la semana.

Se me presentó una anciana,

la senté en el aparato,

la inyecté y esperé un rato:

la anestesia no cogía.

Y la vieja me decía:

«Si me la sacas te mato»”.

Otra de las jornadas que conforman Decimerón reúne textos que aluden a los medicamentos, remedios y estimulantes empleados por los hombres para mejorar o aumentar su energía sexual. Entre ellos, escojo uno referido a una planta que, desde hace unos años, está conociendo en Cuba un renacer o redescubrimiento. Se la presenta como fuente de la eterna juventud, poseedora de 17 veces más calcio que la leche, 25 veces más hierro que las espinacas, 15 veces más potasio que el plátano. Hablo, naturalmente, de la moringa, que, de acuerdo a Raúl Herrera, autor de esta décima, posee además otras cualidades:

“La moringa es una planta

de afrodisiaco valor,

y a mí me dijo el doctor

que hasta el ánimo levanta.

Como la demanda es tanta,

no vaya a ser que se extinga,

para mantener la pinga

que corte como un cuchillo,

me sembré en el calzoncillo

una mata de moringa”.

Pero ya se sabe que cuando se llega a cierta edad, de nada valen moringa, viagra ni PPG. Con los años, la potencia sexual mengua en la misma medida en que aumentan las arrugas. Lo que no disminuye en la capacidad de nuestros decimistas para abordar con buen humor el tema del arribo “al final de la jornada”. Así lo demuestran estos versos con los que Ramón Espinosa Falcón contestó a unas muchachas que lo llamaron viejo:

“¿Viejo yo? Mucho cuidado,

si yo soy como el licor

que tiene mejor sabor

cuando está más añejado.

¿Viejo yo? Que le he copiado

la agilidad a los peces.

¿Viejo yo? Que muchas veces

dejo a los nuevos detrás

¡y ahora estoy mamando más

que cuando tenía seis meses!”.

Por razones de espacio y de consideración con el lector, no puedo ilustrar con muestras de cada una de las diez jornadas del libro. Solo voy a incluir una más, que a diferencia de las anteriores está protagonizada por animales. Se trata de una vaca y una gallina de granja, que de esta manera se quejan de su situación:

Vaca

“Voy a tener que emigrar

porque la inseminación

me ha quitado sin razón

el derecho de singar.

A mí me gusta aguantar

un toro con valentía

y —aunque es poca la osadía—

en vez de una buena pinga

me meten una jeringa

con poquita leche y fría”.

Gallina de granja

“Yo sí me puedo quejar

porque no tengo marido

ni derecho a hacer mi vida,

ni a ser madre, ni a singar.

Tú no puedes protestar

porque con esa jeringa

—aunque es cierto que no singas—

te meten una varilla

como si fuera una pinga”.

Vaca

“Tú vives mucho mejor.

Nadie a ti te mortifica

ni te registran la crica,

que causa tanto dolor.

Ahora viene lo peor

y es por obligación:

al final de la cuestión,

para acabar de sufrir,

también tengo que parir

un ternero cabezón”.

Gallina de granja

“Yo vivo y muero encerrada.

Tú tienes más libertad

y tienes maternidad,

que es una cosa sagrada.

A mí no me dan más nada

que alimento y agua fría.

Y aunque por la espalda mía

nunca se ha trepado un gallo,

yo tengo en el culo un callo

de poner todos los días”.

Tiene justificada razón Díaz Gómez cuando afirma que hay dos parcelas de nuestro folclor, “ricas e inundadas de genialidades”, que aún permanecen condenadas a la oralidad: el humor político de proyecciones subversivas y el humor sobre temas eróticos o escatológicos. Por motivos que no hace falta explicar, al primero nunca se le permitirá salir de ese confinamiento. Un hecho elocuente es que el libro de Abel Prieto El humor de Misha. La crisis del «socialismo real» en el chiste político solo cuenta con edición… argentina. El segundo, en cambio, no tiene por qué seguir sufriendo la condena de la sombra. En ese sentido, la publicación de Decimerón constituye una aportación muy de aplaudir y muy de agradecer. Tras la muerte del incansable Samuel Feijóo, el rescate del folclor oral criollo se ha descontinuado, y solo se han hecho algunos esfuerzos esporádicos. Díaz Gómez ha hecho una laboriosa búsqueda y se ha acercado a esta temática con osadía y sin prejuicios. Algo muy de reconocer, pues para muchos sigue siendo un tabú. Asimismo, ha distribuido inteligentemente esos textos, que van precedidos por notas breves y pertinentes.

Pienso que de lo anterior se deduce que su crédito es el de compilador de Decimerón. Es el término que comúnmente se emplea para quienes, como se define en el diccionario de la Real Academia, se dedican a “allegar o reunir en un solo cuerpo de obra, partes, extractos o materias de otros varios libros o documentos”. Eso fue justamente lo que él cumplidamente hizo. Pero ocurre que en la portada figura como autor y también en una de las primeras páginas, aquella que los bibliotecarios de todo el mundo toman como base para redactar la ficha bibliográfica de los libros (pruebas al canto, Díaz Gómez aparece como autor de Decimerón en el catálogo de las bibliotecas de las universidades de Miami y Princeton). Eso da lugar a la inexplicable incongruencia de que es el autor de un volumen que reúne décimas de cuarenta y tantos autores, pero en el cual ni una sola está firmada por él.