Actualizado: 20/01/2022 14:54
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El silencio de Volodia

El escritor chileno no deslindó entre justificar un proceso social y apoyar una tiranía.

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Volodia Teitelboim ha muerto, y la política y la literatura chilena le rinden honores. La suya fue una vida consagrada a un sueño. Cuando ese sueño probó su inviabilidad, Volodia no dejó de soñarlo, porque de la imaginación lo había trasladado a sus entrañas. Semejante traslado ha ocurrido muchas veces, como acierto o como error.

El Chile que acaba de abandonar Volodia no fue el de la dictadura del proletariado, sino otro donde el mercado, junto con políticas sociales de envergadura, ubican al país como uno de los más prósperos y confiables de América Latina. Desde luego que resta mucho por hacer.

Dirigente del partido comunista hasta que expiró —un liderazgo también intelectual—, Volodia se fue del mundo cuando aún su organización está fuera del Congreso chileno. Cualquiera diría que es otra derrota. Pero al utopista, al escritor relevante por ensayos llenos de mundo sobre una memoria a toda prueba, el pueblo chileno lo despidió de forma masiva, como hace tres años a Gladys Marín.

Si políticos chilenos de todas las banderas le elogian hoy la consecuencia de militar 75 años en el partido comunista, los cubanos demócratas tenemos algunos reproches, confesables incluso ante el respeto y la casi obligada aprobación que impone la muerte.

Incondicionalidad

Legítimo es desear que una naturaleza brillante, que luchó contra la dictadura de Pinochet, se mantenga siempre del lado de la justicia, allí donde las personas son privadas de sus derechos, cerca de aquella porción de humanidad que sufre en voz baja porque gritar es la cárcel, el exilio o la muerte.

Dotado estaba Volodia Teitelboim para deslindar hasta dónde se justifica un proceso social y cuándo ese proceso se convierte en tiranía. Pedirle que hubiera atisbado ese preciso momento en Cuba, sería abusivo. Pero pudo darse cuenta en los casi veinte años que distan del regreso a la democracia en Chile.

La cercanía de Volodia con Fidel Castro nadie la objeta. Pero cuando un amigo se convierte en un criminal, se le censura o se le retira la palabra o se cambia el trato habitual. En situaciones muy delicadas, se callan opiniones sobre su conducta, se rechazan diplomáticamente invitaciones, se entrega un silencio, en fin, que evidencie la distancia o el desacuerdo. No actuó así Volodia Teitelboim con respecto a Fidel Castro.

Los comunistas chilenos sienten que adquirieron una gran deuda con Castro, aliado en la contienda contra Pinochet. Por eso el silencio de Volodia sobre lo que ocurre en Cuba hubiera sido un silencio decoroso. Sin embargo, no actuó así Volodia.

El autor de El oficio ciudadano fue, por encima hasta de García Márquez, el más reiterativo alabador de la dictadura cubana. A la Isla dedicó su última visita al extranjero, en noviembre de 2006. El título del evento al que asistió resulta muy ilustrativo: "Coloquio Internacional Memoria y Futuro: Cuba y Fidel".

En el texto que presentó, éste no será absuelto por la historia, ya que el conferencista actuó como juez y apuró el veredicto: "La historia no sólo lo absolvió, sino que lo tiene como gran figura de dos siglos".

La conferencia empieza y concluye de este tenor, pues no otro objetivo tenía el simposio. Además de no absolver al régimen castrista, la historia tampoco absolverá las reincidencias laudatorias del escritor y político chileno.


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